Mes: enero 2014

La música afro-cubana vuelve a casa

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Una de las primeras entradas de este blog, estaba dedicada al gran John Storm Roberts, el hombre responsable de inocularme el interés por la gloriosa música africana de mediados del siglo pasado. El texto acababa con una nota en la que pedía ayuda para conseguir la inencotrable cinta “Afro-cuban comes home” (1986) en la que -comentando selectos ejemplos musicales- Roberts explica la influencia decisiva de la música cubana o el soul en el nacimiento y la evolución de la música congoleña moderna, un gran ejemplo de eso a lo que en otra entrada me referí como «trasiego trasatlántico».

Pues bien, tras años de búsqueda, mis plegarias han sido atendidas y el usuario “seawall” del foro islandmix colgó la cara A de la cinta, y, al ponerme en contacto con él tuvo la amabilidad de compartir también la cara B.

Como a estas alturas es absolutamente inencontrable más que en alguna biblioteca académica y en el fondo es poco más que un programa de radio de hace casi treinta años, no creo inflingir ninguna ley compartiendo aquí la lección del maestro Roberts. Aunque sólo fuese por la inmortal “Merengue Fa Fa”, que no he encontrado en ningún otro lugar, ya merecería la pena la escucha. Pero hay bastante más:

http://grooveshark.com/#!/playlist/Afro+cuban+Comes+Home/94751519

El hombre de al lado

Los jamaicanos son los reyes del reciclaje. Si un “riddim” funciona, lo aceleran, ralentizan, comentan o desmontan hasta la evanescencia. Y si consideran que lo merece hasta le pueden dedicar uno de esos “discos-de-un-sólo-ritmo” a los que son tan dados.

Este tema en concreto empezó en la era rocksteady y tras un largo periplo acabó el milenio en manos de Massive Attack. El tema no tiene nada que ver con el hombre de la puerta de atrás que viene a por tu chica de Howlin’ Wolf, sino con la violencia doméstica en casa del vecino.

The Paragons – “A Quiet Place” (1967)

Su compositor, John Holt, y sus Paragons fueron los primeros en grabarla.

I-Roy- “Noisy Place” (1970s)

Excelente comentario de I-Roy.

Horace Andy- “A quiet place” (1976)

La primera vez que la grabó, bastantes años antes de volver a tocarla en su sonada colaboración con Massive Attack.

Dr. Alimantado- “Poison Flour” (1976)

Una de las grandes canciones de su debut. La más frenética del lote,  sigue siendo mi versión favorita del tema.

King Tubby- “A Noisy Place” (1970s)

Una lectura dub por uno de los maestros del género.

The Paragons con Sly & Robbie- “Indiana James” (1981)

Una reencaranación del grupo que la tocó primero se une a los ubicuos Sly&Robbie para adaptar el tema en un extraño disco llamado “Raiders of the Lost Dub”.

Slits- “Man Next Door” (1980)

Las Slits (ver el post “Reggae nuevaolero”) en una de sus exploraciones del reggae. Este tema en concreto, lo conocí gracias a “Wanna buy a bridge?”, mi recopilatorio post-punk favorito.

Massive Attack- “Man Next Door” (1998)

Modernizándolo con una pizca de The Cure, una colaboración vocal de Horace Andy y su característica magia de estudio, Massive Attack pasó la canción a mucha gente que difícilmente se le acercaría en alguna de sus precendentes formas reggae.

Ahora me tumbo a comer

Now I Lay Me Down to Eat_Bernard Rudofsky La tesis de este magnífico libro de Bernard Rudofsky- y de la exposición homónima en el museo Cooper-Hewitt en 1980- es que nuestra tendencia a confundir alimentarse con comer, lavarse con bañarse o el aburrimiento con el ocio ha aniquilado la sustancia de lo doméstico; que aunque nos hayamos beneficiado enormemente de la mecanización en tantos aspectos, en la casa hemos perdido la batalla. Para intentar ver qué es lo que hemos perdido, Rudofsky dedica un capítulo al comer, otro al sentarse, otro a la higiene corporal, otro al bañarse y otro al dormir.

El primer capítulo (“Modales a la mesa en la Última Cena”) demuestra que nuestra forma de comer, sentados a una mesa, es algo muy reciente y que durante siglos la gente ha preferido comer recostada. Ese San Juan apoyando su cabeza de manera extraña en el pecho de Jesucristo que se ve en tantas representaciones de la última Cena tiene su explicación en que intentaban ser fieles al evangelio a la vez que pintaban una forma de cenar muy diferente a la que realmente tuvo lugar. Y a partir de ahí, nos va mostrando lo artificioso que es comer con cubiertos (algo que sólo hacían los caníbales), lo ridículas que son esas orejas que añadimos al cuenco para convertirlo en taza o por qué a veces encontramos un triclinium en algún viejo cementerio.

En la parte dedicada al asiento (“Sentarse Mal”), reflexiona sobre la infinidad de maneras de sentarse a las que hemos renunciado al pasar de sentarnos en el suelo  a las “ergonómicas” sillas de hoy; sobre la sado-pedagogía de tantas sillas infantiles, sobre la adoración del trono, sobre las implicaciones sexuales del columpio o sobre el interés por el yoga como camino para recuperar todo el repertorio de posturas perdido.

En cuanto a la higiene («Higiene de descuento«), compara nuestra preferencia por la imperfecta limpieza en seco mediante el papel con las maneras de otros tiempos y culturas bastante más pulcros, analiza la tormentosa relación de los norteamericanos con el bidé, y desvela que lo que algunos intrépidos turistas compran creyendo que es una pipa es en realidad un utensilio para que tanto hombres como mujeres pudiesen mear con mejor puntería.

El baño  («El baño convival«) era algo totalmente hedonista que se practicaba en comunidad una vez limpios. Podía durar horas y gente tan venerable como Benjamin Franklin lo practicaba dos veces al día (aunque él, como Marat, lo prefería en solitario y en sabotière). Los japoneses ofrecían a sus invitados un buen baño antes de un banquete, y a veces hasta se comía en la bañera.

La cama («El dormitorio obsoleto«) era también un lugar para la convivencia. En Japón toda la casa era una cama y la forma actual de las nuestras tiene su origen en el refugio de la porquería en la que vivíamos. Toda la inmensa variedad de camas escamoteables (muestra una surrealista cama-piano plegable), al igual que sucede con los jacuzzis y muchos otros de los objetos analizados en el libro es sólo una muestra de nuestra inexplicable preferencia por cachivaches caros y artificiosos frente a soluciones razonables y gratuitas.

Independientemente de lo aplicables que puedan ser algunas de las formas de vida rescatadas por Rudofsky (de las que sólo me  he referido a unas pocas de pasada y sin el imprescindible material gráfico que las devuelve a la vida), su conocimiento nos permite atisbar la riqueza que puede llegar a haber en las acciones más cotidianas del ser humano. Un breve pero ambicioso ensayo sobre “el arte perdido de vivir” que desgraciadamente nunca se llegó a editar en español. A ver si alguien se anima.