Categoría: discos

A Closer Walk with Thee

Las mejores versiones son las que te hacen redescubrir una canción. Algo casi imposible cuando antes que tú la han tocado las más grandes de la figuras de la música popular, desde el country (Patsy Cline, Loretta Lynn, Willie Nelson…), hasta el gospel (Mahalia Jacskon, Sister Rosetta Tharpe), pasando por el jazz (Louis Armstrong y Grant Green), el blues (Robert Wilkins), el soul (Gladys Knight, Allen Toussaint) y hasta Elvis en la mili o Dylan y Cash en sus sesiones de Nashville.

Pero eso es justo lo que hace Corey Harris con el clásico gospel “Just a closer walk with thee” convirtiéndola en un irresistible reggae que me ha hecho pasar la tarde revisando otras versiones para regresar una y otra vez a su genial reinvención del sobado tema.

Nota 1:

Descubrí su excelente disco “Greens from the garden” (1999) -en el que sale esta canción- gracias a la “Penguin Guide to Blues Recordings“, que le daba su máxima calificación. Por mi experiencia en el tema (tengo varias decenas), las mejores guías de discos están elaboradas por sólo una o dos personas que transmiten un gusto propio y, además de los clásicos indiscutibles, reivindican discos por los que tienen debilidad (en lugar de decirte -como las elabradas por un comité- que los mejores discos los hicieron Los Beatles, Los Rolling o Bob Dylan, lo cual puede ser cierto pero de escasa utilidad). Ésta, sin ser de mis favoritas, me ha permitido descubrir algunas joyas de las que nunca había oído hablar.

Nota 2:

Hay literalmente centenares de versiones, pero todas las que he resaltado con enlaces merecen la pena (bueno, las de Elvis y Cash/Dylan son más bien curiosidades). Existe al menos otra versión reggae de Roland Alphonso para Blue Beat pero, en mi opinión, no le llega a la suela de los zapatos.

 

¿Dónde estabas?

En el medio y medio de una de las obras maestras del inclasificable Tom Zé (“Todos os olhos” de 1973) sorprende escuchar esta alegre canción rememorando lo duro que era estar solito sin nadie que lo quisiera y preguntándose dónde estaba entonces su amor (Cadé voçé?). Siempre me había encantado la canción –que contrasta con su música más experimental- y al pinchar ayer un recopilatorio de Jackson do Pandeiro, aluciné al escuchar su “Tum Tum Tum” y comprobar una vez más los fuertes lazos entre la vanguardia y la tradición popular.

Nota 1: Letra de la versión de Tom Zé

Ô cadê, cadê você?
Quando eu era sem ninguém
e não tinha amor nenhum,
o meu coração batia, ô maninha,
tum, tum, tum.
Todo mundo arranja um bem:
eu ficando sem ninguém
e o meu coração batendo, ô maninha,
tum, tum, tum.
Você diz que faca corta,
mas navalha corta mais,
e a navalha que mais corta
é a língua dos rapaz.
Tum, tum, tum, tindolelê.
tum, tum, tum, tindolalá.
As moças da minha terra
nunca ficam sem casar,
(porque se passar dos trinta ela tem
Santo Antonio pra ajudar).

Nota 2:

Todos os olhos“, además de por su excelente música, es un disco famoso por su portada. Durante años circuló el rumor de que se trataba de un primer plano de una canica insertada en un ano que consiguió burlar la censura de la dictadura militar.

 

Media hora mágica

Gracias al fantástico libro “1000 recordings to hear before you die” de Tom Moon estoy descubriendo algunos discos maravillosos de los que nunca había oído hablar.

Lo que en principio -viendo la portada y contraportada- parece uno de esos aburridos discos de folk de los 60 compuestos por versiones de material tradicional, resulta ser una obra de una belleza sobrenatural que, aunque pueda recordar por momentos a Billie Holiday, al Chet Baker de “Let’s Get Lost” o el “Pink Moon” de Nick Drake, es sorprendentemente original.  En la voz de esta mujer mitad irlandesa- mitad cherokee las canciones trascienden sus orígenes blues y folk para convertirse en un lamento cautivador a la vez plácido y cargado de sentimiento.

La extraordinaria música del debut de Karen DaltonIt’s hard to know who’s going to love you the best” (1969) ha llegado a mi vida para quedarse. Media hora de música mágica.

 

Pies Negros

knaan

Al leer anoche en el monumental “The City in History” de Lewis Mumford cómo la importancia de los mercados medievales dio lugar a unos tribunales especiales para resolver los conflictos comerciales que, en el caso de Inglaterra, se llamaban “Court of Pie Powder” y que, evidentemente, no se ocupaban del polvo de pastel  sino de los problemas de los vendedores ambulantes que los Normandos conocían como “Pieds Poudreux” (pies polvorientos)- cuyo nombre los ingleses anglificaron sin molestarse en mantener su significado-; no pude evitar recordar a los primeros “pies negros” que conocí – aquellos maleducados punkis de nuestra adolescencia que sin levantar el trasero de la acera te pedían invariablemente “un pitillo…y otro p’al colega”- y, sobre todo, de  K’naan , el “filósofo de pies descalzos” somalí.

La diana aulladora

screaming target

Nunca había pensado que un dj pudiese ser un verdadero artista hasta que conocí “Screaming Target” hace ya 20 años. Big Youth pincha sencillos de Leroy Smart, Gregory Isaacs o Dennis Brown, y los manipula para que sólo suenen gloriosos estribillos sueltos, intercalados con ritmos implacables sobre los que recita sus incompresibles meditaciones sobre Jah o Harry el Sucio. El contraste entre la belleza del fondo y los graznidos de Manley Augustus Buchanan da lugar a algo mucho mayor que la suma de las partes.

En la edición que yo tengo, además, la música suena por un canal y la voz por el otro, con lo que se puede presenciar el milagro cambiando el balance de uno a otro altavoz. Si escuchas sólo a Big Youth, parece un drogata o borracho desafinado. Si escuchas sólo la música, los ritmos son magníficos pero les falta algo.  Juntos, la música resultante es una de las más maravillosas que ha producido la más musical de las islas (con permiso de Cuba).

Hace algunos años se reeditó el disco con las canciones que Buchanan había saqueado como extra. Hermosas como son, sigo prefiriendo las versiones de Big Youth. ¿Por qué será que tantas veces las obras de arte nos hablan más directamente cuando crean nuevas bellezas a partir de aristas, deformaciones y disonancias que cuando aspiran inocentemente a hacer algo bello?

 

Nota: Para los que tengan curiosidad por este género, hace ya bastante tiempo recopilé mis favoritos en una playlist.

Marginal (y ubicuo)

 

Easyhome

Los caminos del pop son inescrutables y, así, ese movimiento artístico minoritario propio de niños, locos y gente extravagante que a veces llaman “outsider art“, “art brut” o “arte marginal“, llegó a millones de hogares a través de las portadas de dos discos clásicos de los ochenta – “Reckoning” de REM y “Little Creatures” de Talking Heads- ambos ilustrados por Howard Finster.

El reverendo Finster -al que el fantasma de su hermana le comunicó su vocación a la temprana edad de 3 años- dedicó su vida a celebrar la gloria divina a través de la palabra, el dibujo, la pintura, la escultura y hasta la arquitectura y el paisajismo en sus célebres “Paradise Gardens” (que, por cierto, aparecen en el vídeo de “Radio Free Europe” de REM).

Porque aunque su arte encandilase a críticos, galeristas y luminarias pop; a veces tratase temas tan aparentemente terrenales como Elvis o la botella de Coca Cola; y el buen hombre llegase a realizar más de diez mil obras (doblando el encargo que le había hecho Dios en una visión), siempre tuvo claro que su objetivo principal era difundir la palabra, como demuestra su reflexión sobre su trabajo para los Talking Heads:

Creo que hay 26 versículos religiosos en la portada que les hice. Vendieron un millón de discos en los primeros dos meses y medio desde su publicación así que propagué 26 millones de versículos en dos meses y medio

Nota:

Me enteré de la existencia del reverendo Finster y de su relación con la música popular gracias a la curiosa “Guía de arquitectura insólita” de Natalia Taub.

 

 

 

El corazón de un perro

heart of a dog

Tras un par de escuchas apresuradas en las que me pareció que había demasiado budismo y poca chicha musical, había relegado “Heart of a dog” (2015) -el último disco de Laurie Anderson- a los más oscuros rincones de mi ipod. Afortunadamente, tuve hace unos días el impulso de darle otra oportunidad  y, desde entonces, es la banda sonora de mis desplazamientos diarios al trabajo y la magia de sus palabras me absorbe hasta el punto de convertir el libro que antes amenizaba el viaje en un peso muerto bajo el sobaco.

Aunque es la banda sonora de una película que no he tenido ocasión de ver, las historias entrelazadas tienen tanta fuerza que no necesitan más que la maravillosa dicción de Anderson para llegar al oyente (su inglés cristalino me ha parecido uno de los más hermosos que he escuchado desde que me cautivó con el inmortal “Big Science”). Hasta la música es poco más que una amalgama de sutiles efectos sonoros que ilustran los relatos pero muy rara vez se acercan a la estructura de una canción.

Cuatro muertes entreveran los recuerdos y pensamientos de la artista: la de su madre -a la que admiraba pero no quería-, la de su adorada terrier  Lolabelle -a la que enseñó a tocar música, esculpir y pintar cuando se quedó ciega-, la de su gran amigo Gordon Matta Clark – del que, de pasada, explica el desconocido origen biográfico de sus famosas casas cortadas– y, aunque no se lo mencione más que con algún ocasional “nosotros”, la de su querido esposo Lou Reed, que contribuye póstumamente una hermosa canción (“Turning time around“) que pasaba desapercibida en “Ecstasy” pero parece expresamente compuesta para cerrar este hermoso ciclo de historias y reflexiones alrededor del amor y la pérdida.

Sobre este fondo triste pero afrontado con entereza, naturalidad y una absoluta falta de pretensiones, aparecen anécdotas sólo aparentemente triviales, momentos reveladores de la vida de la artista -ese accidente que casi la deja paralítica en su infancia, el episodio del hundimiento en un lago helado del carro en el que llevaba a sus dos hermanos gemelos-, citas literarias (Foster Wallace y su “toda historia de amor es una historia de fantasmas“), filosóficas (Kirkegaard y su “la vida sólo se entiende hacia atrás , pero sólo se puede vivir hacia adelante“) y aquellas enseñanzas de su maestro budista que inicialmente me habían echado para atrás pero que ahora considero una parte importante de la obra.

Más que un gran disco, una meditación profunda y vitalista sobre el amor y la muerte. Estoy deseando ver la película.

Queridísima

 

Mientras escuchaba distraídamente el disco “Memorial” de Don Drummond, la delicada canción “Dearest” contrastó tanto con el fondo de vigorosos instrumentales ska con los Skatalites que lo hicieron célebre que tuve que levantarme para volver a pincharla (una y) otra vez hasta averiguar qué diablos era eso que me resultaba tan familiar pero que tenía la certeza de nunca haber escuchado antes.

Resultó que la familiaridad se debía, por un lado, a que se trataba de una composición de Bo Diddley -con cierto aire de familia con la irresistible “Crackin’ Up“- y, por otro, a que era una versión de Mickey and Sylvia -que evoca irremediablemente su inmortal “Love is Strange” (por cierto, también compuesta por Diddley)-. Pero esas voces, ese trombón y esa evocadora guitarra -por no hablar de esa dulce manera de tocar R&B yanqui propia de la música jamaicana anterior al reggae- conseguían ese característico milagro pop mediante el cual una tópica letra de amor y una tonadilla aparentemente inocua consiguen evocar un lugar o un estado de ánimo fuera del tiempo en el que, por un momento, desearías vivir para siempre.

De Dotty y Bonny apenas nada se sabe. Grabaron éste y algún otro tema para Duke Reid y se esfumaron para siempre.

Notas:

– Aunque se suele considerar a Mickey and Sylvia “one-hit-wonders”, Mickey Baker es reverenciado en según que círculos como uno de los grandes guitarristas de la música popular, participó como músico de sesión en muchísimos clásicos R&B, y es autor del curso de referencia   “Complete Course in Jazz Guitar” ; y Sylvia Robinson pasaría a la historia -entre muchas otras cosas- como creadora de una de las mejores canciones de la era disco (“Shame Shame Shame“) y como fundadora de Sugarhill Records (y, por tanto, madre del hip-hop). Poca broma.

– Y su versión del tema es también preciosa:

– Hay también una excelente versión de Buddy Holly (de las “Apartment Tapes“):

La venganza de los Mekons

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Aproveché que estaba de rodríguez para ver anoche “The Revenge of the Mekons“, el documental de Joe Angio dedicado a celebrar los 40 años de vida de este genial colectivo musical.

Salidos de las escuelas de arte de Leeds, empezaron en 1977 como punks de primera hornada compartiendo escenarios (e instrumentos) con sus paisanos Gang of Four.Llamaron la atención de John Peel con sus primeros singles, ficharon por Virgin al poco tiempo de formarse, fueron cabeza de cartel en uno de los primeros bolos de U2 (que -según cuentan- ya entonces se tomaban rídiculamente en serio a sí mismos y hacían aspavientos de rock de estadio en el escenario),  adelantaron a los Clash por la izquierda (su “Never Been in a Riot” era una crítica al “White Riot” que en tantos lugares de Inglaterra se interpretaba -erróneamente- como un cántico a la supremacía blanca) y participaron activamente en las huelgas mineras del thatcherismo.

Hasta ahí -y resumida tan burdamente- una trayectoria relativamente normal. Pero en las 4 décadas transcurridas desde entonces -sin un sólo éxito y con ventas que muy rara vez superan los 4 dígitos- han grabado más de 20 discos y han entrado y salido del grupo decenas de músicos (incluido el olvidado fundador de los Rolling Stones y los Pretty Things, Dick Taylor;  o el genial baterista Stephen Goulding, que tocó en los primeros discos de Graham Parker & The Rumour -y en el “Watching the Detectives” de Costello) y durante todo ese tiempo fueron madurando sin perder su esencia ni desfallecer nunca ante la adversidad.

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Tras la primera etapa punk fueron despedidos sin miramientos por Virgin,  pasaron un par de años en barbecho y empezó “la maldición de los Mekons” (de la que se reirían años después en su álbum homónimo). Luego, descubrieron el folk inglés y, sobre todo, a su primo bastardo norteamericano, el country/honky-tonk (que reinventaron como eso que algunos llaman alt-country);  y empezaron una nueva etapa en la que grabaron discos colosales (“Fear and Whiskey“, “The Edge of The World“), y hasta ficharon por una multinacional e intentaron -sin éxito- un asalto a las listas con el excelente “Rock and Roll” (llegaron a hacer un video-clip para “Memphis, Egypt”). Parecía que su suerte podía por fin cambiar.

Pero la banda nunca generó suficientes ingresos y todos sus miembros subsiten gracias a otros trabajos (algunos de ellos relacionados con el mundillo artístico, otros “haciendo cosas que podría hacer un robot“). Viven esparcidos por el globo -de Los Ángeles  a Siberia- pero de vez en cuando se reúnen para hacer un disco,  alguna performance (que puede ser “de postín” con su fan Vito Acconci en una galería, o “cutre-hasta-decir- basta” disfrazados de piratas acompañando a una ignota cantautora de shanties en lo que parece una función escolar); o se lanzan a una de esas giras de conciertos por diminutos clubes medio vacíos como el que tuve la suerte de ver en el 2008 en el sótano del Apollo de Barcelona (uno de los conciertos de mi vida, menos de 50 asistentes).

El documental los sigue por todo el mundo durante 2011, mientras trabajaban en el disco “Ancient & Modern”,  y por él van pasando antiguos miembros, fans (Jonathan Frazen,  Will Oldham), colegas (Hugo Burnham) y críticos (Greil Marcus, Luc Santé) que intentan explicar la magia de esta gente increíblemente “normal” pero capaz de hacer cosas tan extraordinarias.

Aunque sea difícil explicar qué los hace tan especiales,  el escritor Jonathan Frazen se acerca bastante en una de sus contribuciones al documental: “They teach you how to be gracious and amusing losers”. Esta panda de canosos y borrachuzos izquierdistas consigue, efectivamente, convertir el fracaso, la desolación y la rabia por lo injusto que es el mundo en una alegre celebración de algunos de los mejores valores del ser humano -la amistad, la fiesta, el humor, la resistencia y la camaradería-.

Si pasan por su ciudad, no se los pierdan.

Sobredosis de tele

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Llevo unos días escuchando el disco “England´s Dreaming” -recopilado por Jon Savage para ilustrar su homónima (e imprescindible) historia del punk- y, como suele suceder con este tipo de artefactos, entre los sospechosos habituales (Ramones, Buzzcocks, Wire, Stooges…) se cuelan algunas canciones interesantes difíciles de descubrir de otro modo.

Entre ellas está una insidiosa tonadilla que, de haber escuchado antes, habría usado para ilustrar el post de “La televisión es nutritiva” de hace unos días. Se llama “T.V. O.D.” (“Sobredosis de tele“) y es la cara A del single que grabó Daniel Miller sólo en casa con su sintetizador -aunque se presentase como el grupo “The Normal“- y con el que fundó en 1978 el sello Mute, que tan decisivo resultaría en el desarrollo de la música industrial/post-punk.

La letra es tan minimalista como la música (“I don’t need a Tv screen/I just stick the aerial into my skin/let the signal run through my veins/T.v.o.d”) y se podría traducir así:

Sobredosis de tele

No necesito televisor

Me enchufo la antena 

Directa a la vena

Sobredosis de tele

 

Nota:La cara B del single era “Warm Leatherette” basada en la novela “Crash” de J.G. Ballard que obsesionaba a Miller y que fantaseaba con llevar algún día a la pantalla (su guión acabó resumido en esta letra). Llegó a ser bastante más famosa que la cara A y hasta Grace Jones la versionó (y utilizó para titular un disco).

 

Morrison según Marcus

marcus morrison

Greil Marcus tiene la molesta manía de buscar el universo en una gota de agua. En sus escritos siempre hay unos segundos de una canción en los que el tiempo se detiene, una nota de bajo que nos transporta a los tiempos anteriores al lenguaje, o una sílaba alargada un micro-segundo que abre una chimenea cosmo-telúrica que nos conecta con el cielo o el infierno. Los ejemplos son inventados pero creo que transmiten su tendencia a la hipérbole y a la libre -y muy subjetiva- asociación de ideas de todo tipo. (más…)

Fuego eterno

Jerry Lee Lewis - Knox Sessions A

Si, como sospecho, la vara apropiada para medir la calidad de un músico es la frecuencia con la que escuchas su obra, Jerry Lee Lewis sería el “mejor” de los pioneros del rock and roll porque, aunque he sentido más pasión por Chuck Berry, Little Richard, Elvis Presley, Fats Domino o Buddy Holly, ya casi nunca escucho esos discos a los que extraje casi todo su jugo juvenil cuando yo mismo era joven. El Killer es otra historia.

Alguien que tuvo grandes riquezas, seis hijos y siete esposas (la tercera, su tristemente célebre prima trece-añera) y lo perdió todo (un hijo murió ahogado en una piscina, otro en un accidente de coche, una esposa en extrañas circunstancias). Un hombre de gatillo fácil que casi mata a su bajista y que fue expulsado de Graceland por acercarse al Rey armado con un rifle. Un salvaje temeroso de Dios, criado en el fundamentalismo cristiano (es primo del tele-predicador Jimmy Swaggart) con una atracción fatal por la fiesta, la mala vida y la música del diablo.

Todos esos tormentos y agitada vida tienen su reflejo en una música orgánica que se mueve con naturalidad del más salvaje rock and roll al más lacrimógeno country, pasando por sentidos espirituales a mayor gloria de Dios o las versiones de olvidados clásicos Tin Pan Alley. La mayoría sólo recuerdan sus grandes éxitos para Sun Records (“Great Balls of Fire“, “Whole Lot of Shakin going on“,”High School Confidential“…) pero, por geniales que sean, ya rara vez acudo a esas canciones oídas hasta el hastío, ni a esos años posteriores en Mercury en los que intentaba hacerse un hueco en el mercado country con grandes momentos que hay que rescatar del pringoso mar de cuerdas y almíbar que tantas veces amenaza con ahogarlos.

Y ahí es donde entra un disco como The Knox Phillips Sessions: The Unreleased Recordings (más…)

Atrapado por Shane (y Sinéad)

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Rum, Sodomy and the Lash“* es uno de los discos de mi vida. Envidio a quien no lo conoce y puede beneficiarse de que su encarnación actual incluya como propina el fabuloso EP “Poguetry in motion” con descartes de las mismas sesiones – “The Body of an American” (esa que siempre suena en el pub de “The Wire” antes de que McNulty y/o Bunk pierdan el conocimiento tras la ingesta etílica semanal), la marchosa “London Girl” o la sentida “A Rainy Night in Soho“, así como un prescindible instrumental (nadie es perfecto)-. Seguramente es el único disco de los Pogues que necesitará.

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Del debut me gustaron “Dark Streets of London”, “Streams of Whisky” y alguna más pero “If I should fall from grace with god“- que muchos consideran su obra maestra y que tiene varias grandes canciones- nunca acabó de convencerme e inició mi distanciamiento de la banda.

Arruinado por una producción demasiado grandiosa y porque MacGowan canta a la vez acelerado y desganado, el disco está a años luz del sentimiento y los matices que hicieron de “Rum, Sodomy and the Lash” (1985) algo tan especial: la perfecta amalgama de cánticos de taberna (“Sally MacLennan“), funerales por algún olvidado dios celta (“The Sick Bed of Cuchulainn“),  inolvidables gamberradas (ese desquiciado “Billy’s bones” en el que MacGowan canta más rápido que los Descendents de “Weinerschnitzel“), exquisiteces como ese “I’m a man you don´t meet everyday” maravillosamente cantado por Cait O’Riordan antes de que el cabrón del productor -Elvis Costello- se casase con ella y la apartase del grupo, ebrias cavilaciones (“A pair of brown eyes“) y definitivas versiones del “Dirty Old Town” de Ewan MacColl o de la eterna canción anti-bélica  “The band played waltzing Matilda” de Eric Bogle que cierra el disco y demuestra para siempre que Shane MacGowan no sólo era un punk borracho y desdentado (y un gran compositor) sino también uno de los mejores cantantes de su quinta. (más…)

Mamuts en mi teléfono

Llamo “mamuts” a esas colecciones musicales tan grandes que resultan difíciles de asimilar completamente pero que, por su calidad, son ideales para dejar sonando de fondo durante horas y familiarizarse poco a poco con su contenido.

Además, para ser auténticos mamuts, deben estar extintos. Es decir, o nacieron en la era analógica y nunca se re-editaron en CD o vivieron durante un suspiro en la primera era digital. Por esas maravillas de la tecnología, tengo ahora mismo varios encerrados en una ranura de mi teléfono y sus barritos amenizan mi interminable jornada laboral (aquí en México, diez horas diarias y sábados por la mañana).

Como todos ellos aparecieron en ediciones de dudosa legalidad, que no pagaban royalties a los músicos, no me planteó ningún dilema moral descargarlos cuando los tuve a tiro. Quien roba a un ladrón… : (más…)

La primera vez

The Greatest in Country Blues

Pocos meses antes de cerrar, la fabulosa tienda barcelonesa “Planet Music” empezó a saldar sus discos de blues y jazz. Conseguí bastantes joyas a muy buen precio (el vinilo de “In a Silent Way“, una recopilación de Fletcher Henderson para Smithsonian, la caja de Specialty records y otra de 3 lps en directo de Eric Dolphy…) pero ninguna que me marcase tanto como los tres volúmenes de “The Greatest in Country Blues” que me llevé a tres euros la pieza.

Por aquel entonces creía tener cierta familiaridad con el blues, gracias a un puñado de discos que había en casa de mis padres (el “Fourth and Beale” de Furry Lewis, otro de John Lee Hooker en Vee Jay y una historia del blues de CBS), a un tío melómano (que nos había acercado al blues blanco -John Mayall, Eric Clapton, Rory Gallagher, Johnny Winter…- y a los clásicos re-descubiertos en los 60), a mi hermano Alexo (que se trajo unas excelentes cintas de Blind Wilie McTell y Sleepy John Estes de su año de intercambio en EE.UU), y a mi propia curiosidad (que me había llevado a agenciarme discos de Robert Johnson, Muddy Waters, Howling Wolf o Lightining Hopkins).

Pero cuando puse aquellos tres discos, se me abrió un nuevo mundo. Sonidos que parecían venir no ya de otro tiempo sino de otra galaxia –el demonio llevándose a la mujer de Skip James, la oda al metílico casero de Tommy Johnson, el obsesivo triángulo que puntua el “Honey in the Rock“, las voces alucinadas de William y Versey Smith describiendo el hundimiento del Titanic, el mágico y trascendente “Dark was the Night” de Blind Willie Johnson (más…)