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El camino del burro

SitteLe Corbusier llamaba “el del camino del burro” al urbanismo defendido por Camillo Sitte en el pequeño libro de 1889 en el que analizaba la forma de cascos antiguos alemanes e italianos para extraer enseñanzas con las que luchar contra los grandes bulevares, las ampliaciones de calles, o las explanadas con tartaleta central que en su época sustituían a las antiguas callejuelas, plazas y foros.

Más de un siglo después, tras el fracaso de aquel urbanismo moderno de zonificaciones, alineaciones, grandes bloques e inhóspitas avenidas , la obra de Sitte ha recobrado su interés.  Su defensa de la complejidad, de la irregularidad, del espacio urbano sobre el objeto arquitectónico, de los edificios que se funden orgánicamente con su entorno suenan mucho más contemporáneos que la tabula rasa moderna de Le Corbusier y sus epígonos, y sus agudas observaciones -sobre las proporciones de las plazas, las posiciones óptimas de monumentos y fuentes, o la paradoja de que los edificios públicos exentos parezcan más pequeños que los que se integran con el tejido residencial- continúan siendo relevantes.

El libro tuvo mucho éxito en su época y se volvió a recuperar en pleno posmodernismo (sus ideas resonaban con algunas de las de Venturi o Rossi) pero, desde la última edición de Gustavo Gili en 1980 (como apéndice al tocho de 400 páginas “Camillo Sitte y el nacimiento del urbanismo moderno” de C.C. y G.Collins), resulta muy difícil encontrarlo en español. Yo lo conseguí hace unas semanas en una edición francesa de bolsillo de menos de 10 euros (“L’art de bâtir les villes”. Ed. Seuil, 1996) que por su portabilidad y falta de pretensiones me parece ideal para acercarse a sus ideas (pista para editores intrépidos).

Y, en cuanto al “camino del burro” de Le Corbusier, me evocó irremediablemente una infame cinta de chistes de “Xan das bolas” que escuchábamos de niños en la que un paisano explicaba a un urbanita cómo, para trazar un camino, seguían a un burro que avanzaba buscando las pendientes más suaves y sorteando los obstáculos que se encontraba.

– ¿Y si no tenéis burro?

– ¡Hombre!, si no hay burro, llamamos al ingeniero.

Creo que a Sitte le habría gustado.

Antiarquitectura y Deconstrucción

Antiarquitectura y Decosntrucción

Desde que leí el hilarante ¿Quien teme al Bauhaus feroz? de Tom Wolfe, los ataques a la modernidad arquitectónica constituyen uno de mis géneros literarios favoritos. Desgraciadamente –debido a que contradecir el consenso “pro-vanguardia” que emana de escuelas, revistas especializadas y suplementos dominicales implica la exclusión de puestos académicos, jurados de concursos o colaboraciones con los medios- las novedades editoriales en este campo son más bien escasas.

Por eso celebro la publicación de Anti-arquitectura y Deconstrucción: El triunfo del nihilismo de Nikos Salíngaros (Diseño Editorial, 2014) -una recopilación de artículos contra lo que Salingaros llama “anti-arquitectura” que incluye colaboraciones de otros autores y se cierra con una entrevista con el pope Christopher Alexander (con quien el autor colaboró durante años en la preparación de “The Nature of Order”)- y que representa una valiente aportación a esta literatura.

Desde luego, hay que ser osado para abrir el libro con las elogiosas palabras del Príncipe Carlos de Inglaterra -ese conservador a ultranza del que tanto se han mofado los arquitectos modernos por sus intentos de combatirlos- y aún más para argumentar con aplomo que la arquitectura moderna es un virus (y una secta) capaz de acabar con la cultura, para discutir el barniz izquierdista que suele atribuirse a toda vanguardia, o para interesarse por la esfera espiritual y religiosa de la disciplina.

El grueso del ensayo está dedicado a desmontar convincentemente el discurso oscurantista (“el virus Derrida”) y el prestigio de las obras “destructoras de vida” propios de los arquitectos “deconstructivistas” (Libeskind, Eisenmann, Koolhas, Tschumi, Gehry…) con referencias a la nefasta influencia de Le Corbusier y algún artículo puntual (el dedicado al museo romano de Richard Meier) que amplían la diana a otras líneas de diseño “anti-arquitectónico”.

No creo que los “deconstructivistas” sean el problema sino sólo su manifestación más extrema y descarada ; los más recatados “minimalistas” también viven por y para la imagen. Por eso, al explicar un proceso global no limitado a la arquitectura deconstructivista, la parte que más me ha impactado de este ensayo es la sugerente explicación del mecanismo mediante el cual algunas imágenes van legitimando determinadas arquitecturas y, a su vez, los edificios vuelven a reforzar dichas imágenes en un proceso patológico – en el que los tics formales modernos funcionarían como los memes de Richard Dawkins propagándose más rápidamente cuánto más simples son- que va cubriendo la faz de la tierra de arquitecturas en el mejor de los casos inertes y en el peor aniquiladoras.

Pienso que el auténtico lenguaje de la arquitectura trasciende los estilos y, por ello, no puedo compartir el odio visceral de Salíngaros hacia la arquitectura moderna y contemporánea. De hecho, me inquieta que el autor incida tanto en cuestiones estilísticas y confiese abiertamente su incomodidad porque uno de los arquitectos que contribuyen un texto al libro (la excelente crítica del museo berlinés de Libeskind que firma Hillel Schoken) proyecte edificios “modernos” y que -exceptuando una mención de pasada a la “modernidad adaptativa” de Dimitri Pikionis- la única práctica contemporánea que parece aprobar sea la arcaizante obra de Alexander, Porphyrios, Krier y compañía. Tampoco creo que haya que promover el advenimiento de un nuevo paradigma arquitectónico sino luchar por promover la buena arquitectura que siempre existe (aunque sea alejada de los focos mediáticos).

Pero –a pesar de las discrepancias mencionadas y de estar convencido de que el mensaje se transmite mucho más eficazmente con humor (y concisión) que cuando se plantea como una cruzada contra un enemigo que encarna un mal absoluto capaz de destruir nuestra civilización- sí simpatizo con la lucha de Salíngaros contra el oscurantismo, el imperio de la imagen, la complicidad de los críticos o la inconsistencia de los discursos seudocientíficos que legitiman esas arquitecturas “vanguardistas” en las que resulta imposible encontrarse bien; y considero que un ensayo que cuestiona tan abierta y apasionadamente el discurso dominante bien merece ser leído y discutido.

Nota: Desgraciadamente, este tipo de iniciativas editoriales no cuentan con los medios que merecen y la edición y traducción dejan bastante que desear por lo que recomiendo a los interesados la versión inglesa del texto.

¿Qué es la arquitectura?

Las dos definiciones de “arquitectura” que se enseñan más insistentemente en las escuelas del ramo son la de Vitrubio (“Utilitas, Firmitas, Venustas”) y la de Le Corbusier (“el juego sabio de los volúmenes bajo la luz”).

La primera sintetiza tres aspectos que, inevitablemente, siguen estando ahí (“Utilidad, Solidez, Belleza”), aunque la utilidad se reduzca a veces al “auto-bombo” del arquitecto y/o político de turno; se flirtee con la sensación de colapso estructural –como en esos edificios “deconstruídos” que parecen haber sufrido un terremoto o en esa carrera constante por construir el más audaz voladizo (¡mira mamá, sin pies!)-; y no exista ya consenso alguno sobre el concepto de belleza.

La definición de Le Corbusier tiene el detalle de referirse a la luz pero sólo como eso que baña lo importante –los volúmenes, las formas- y por alguna razón siempre me ha parecido una definición propia de pájaros o deidades, de alguien que ve las cosas desde una gran altura o es la propia fuente de la luz que ilumina sus creaciones.

Por eso, la más satisfactoria que he encontrado hasta la fecha es la de Miguel Fisac: “La arquitectura es un trozo de aire humanizado”* porque -con un lenguaje a la vez llano y profundo- pone al ser humano en el centro mismo de la disciplina, parece hecha desde dentro -por alguien que respira ese aire previamente acotado-, y puede llegar a abarcar casi cualquier intervención humana sobre su entorno incluida la que Sverre Fehn consideraba el momento fundacional de la arquitectura:

Dentro de cada hombre hay un arquitecto. Su primer paso hacia la arquitectura es su paso a través de la naturaleza. Abre un sendero, una especie de escritura sobre la superficie de la tierra. Las hierbas y arbustos aplastados que ceden ante su fuerza muestran su interferencia con la naturaleza, una definición sencilla de la cultura humana. Su camino es un signo a seguir. Su movimiento inicial requiere el movimiento de otros. Es la forma más elemental de composición”**

*Miguel Fisac- “Carta a mis sobrinos” (Fundación Miguel Fisac, Ed. Lampreave y Millán. 2007)

**Per Olaf Fjeld- “Sverre Fehn. The thought of construction” (Rizzoli, 1983)

Flexibilidad

FLEXIBILIDAD_maison domino

 “Esa casa siempre la encontré muy triste, bella y triste como un museo. Era la casa la que hacía la ley. El lugar de cada cosa estaba designado de antemano y aún el de las personas. Era difícil estar vivos, éramos como esculturas”

Marie Jaoul (citada en “Las aventuras de la vanguardia” de Juan José Sebreli)

Mies talks about “free space” but his space is very fixed. I can’t even put a clothes hanger in my house without considering how it affects everything from outside. Any arrangement of furniture becomes a major problem, because the house is transparent, like an X-ray”.

Dr. Edith Farnsworth

 Ahora que uno de los legados más visibles del pinchazo de la burbuja inmobiliaria es un sinfín de maisons Domino salpicando el paisaje gallego, me acuerdo con frecuencia de “la flexibilidad”, ese concepto fetiche de la arquitectura moderna desde que Le Corbusier lo incluyera como “planta libre” entre sus “5 puntos para una nueva arquitectura”. La teoría sostiene que una estructura de pilares y losas -sin muros de carga que condicionen la distribución- otorga la máxima flexibilidad ya que la planta puede subdividirse a voluntad.

Sin embargo, las principales aplicaciones de la planta libre -que en teoría podría efectivamente dar lugar a cualquier tipo de distribución- resultaron ser, en primer lugar, el desarrollo de ese sueño moderno del espacio ininterrumpido, fluido, en el que las visuales atraviesan la casa de punta a punta; y, paralelamente, la posibilidad de conseguir la ansiada casa “funcional”, en la que cada pieza está dimensionada según las actividades que se prevé que puedan desarrollarse en ella. Pero ambos principios –la visión total y la especialización funcional- resultaron ser radicalmente incompatibles con la flexibilidad.

Como ejemplo de los peligros de la visión total, se puede leer en la cita de la propietaria de la casa Farnsworth –todo un paradigma de espacio fluido- que lo que le habían vendido como “espacio libre” resultaba ser “muy fijo” y no había manera de poner ni un simple perchero. Achacaba la imposibilidad de usar su casa con libertad a su radiográfica transparencia.

Las palabras de Marie Jaoul apuntan al segundo problema, la excesiva especialización funcional de las estancias. La maison Jaoul de Le Corbusier –cuya estructura no era de pilares y losas sino de muros de carga y bóvedas “a la catalana”- es un lugar “bello” pero en el que “el lugar de las cosas estaba fijado de antemano” y “resultaba difícil estar vivos”. (más…)