Etiqueta: H.W. Fowler

Abstractitis

 

 

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Tras tropezarme con Henry Watson Fowler en tres lecturas recientes de autores queridos*, no pude resistirme a salir con su celebrado manual bajo el sobaco cuando encontré un ejemplar en la librería de viejo de la calle Liverpool que suelo frecuentar.

Al abrirlo al azar nada más pisar la calle, lo primero que leí fue la genial entrada “Abstractitis” dedicada a todos aquellos que creen que utilizar un lenguaje más abstruso y abstracto les hace parecer más cultos:

Un escritor utiliza palabras abstractas porque sus pensamientos son nebulosos; el hábito de utilizarlas nubla aún más sus pensamientos y puede acabar ocultando su significado no sólo a sus lectores sino a él mismo; y escribe cosas como “La actualización de la motivación de las fuerzas debe ser en gran medida cuestión de angulosidad personal”. (…)La palabra abstracta siempre domina la frase como sujeto. Las personas y lo que hacen, las cosas y lo que se les hace se desdibujan y sólo podemos entreverlas a través de un vidrio oscuro

Con lo que me repatea el lenguaje académico en general y la pedantería vacía de tantos textos de arquitectos en particular, me reconforta que hace ya casi un siglo (1926) alguien detectase una tendencia que desde entonces no ha parado de extenderse. Creo que he descubierto un compadre.

*”The King’s English” de Kingsley Amis, “On Writing” de Stephen King y “Consider the Lobster” de Foster Wallace

El inglés del Rey

the king's english

Kingsley Amis dedicó sus últimas páginas a defender la lengua de sus amores del ataque combinado de chonis y pijos repipis ya que, si dependiese de los primeros (“berks”), la lengua inglesa moriría de impureza (como le sucedió al latín tardío); y en manos de los segundos (“wankers”), sería la pureza la que la mataría (como le sucedió al latín medieval).

The King´s English” – cuyo título es un homenaje al libro homónimo de los hermanos H.W y F.G Fowler (1906)  en el que se inspiró su autor, a la vez que juega con el apodo por el que se le conocía: “King”(sley)- es un compendio de breves textos sobre usos del lenguaje que le producen especial aversión, o en los que intuye que la presión de los medios de comunicación y del inglés americano (“algunos americanismos no merecen ser examinados, hay que aniquilarlos nada más verlos”)puedan provocar su incorporación definitiva a la lengua estándar.

Lucha contra “todo aquello que obligue al lector a detenerse sin beneficio alguno” -la falta de honestidad o precisión, la pereza mental, las repeticiones, la afectación, las frases hechas que ya no significan nada- y entre sus principales enemigos encontramos el lenguaje de los políticos, los titulares de prensa, la etimología popular, el mal uso generalizado algunos términos (trauma, crescendo, deja vu, dilema, panacea…), la manía de recurrir a palabras largas para parecer más interesante (como sucede en español con los que dicen visualizar en lugar de ver o generar en vez de crear) o el equivalente del “lo que es…” del ministro de  Guindos (what X is all about). Dado que el libro es un manual para escribir y hablar mejor, tras analizar la evolución del uso de una palabra o expresión, suele concluir con la advertencia de “emplear con precaución”,  con la recomendación de reformular la frase para evitar utilizarla o, en bastantes casos, con la triste conclusión de que el mal uso continuado la ha vuelto definitivamente inservible.

Es difícil transmitir en una breve reseña el  sentido del humor que impregna muchas de estas páginas, pero, como ejemplo, transcribo su parábola para neutralizar a los que recurren a estructuras latinas o palabras francesas para darse aires, el hilarante diálogo en el que escenifica el nacimiento de la lengua de Voltaire, que no dio sus primeros pasos en una corte perfumada sino en algún estercolero:

Legionario (en latín vulgar): – Quiero agua. Dame agua. Aquam

Paisano- ¿Eh?

L.:- ¡Aquam! Di Aquam, gilipollas. Venga- aquam

P.:- ¿Oh? (deletreado eau cuando alcanzaron la escritura siglos después)

L.: –Tráela a lo alto del acantilado. Altum

P.:- ¿Eh?

L.:¡Altum! Di altum, cabeza de chorlito. Venga- altum

P.: ¿Oh? (deletreado haut….)

Como explica su hijo Martin -en un prólogo que arranca con el genial micro-perfil biográfico (“Kingsley Amis era un padre indulgente. Su estilo paternal puede describirse como amigablemente minimalista- en otras palabras, mi madre lo hacía todo”)- muchas de sus manías han quedado definitivamente desterradas del inglés actual y pueden parecer trasnochadas (por no hablar del machismo de alguna entrada) pero la lectura del libro continúa siendo de lo más recomendable para cualquiera que ame este idioma.

Nota:

El libro es intraducible, a diferencia del recientemente editado “Everyday Drinking” (“Sobrebeber”, Ed. Malpaso, 2013) que recopila sus escritos sobre bebidas alcohólicas, y que recomiendo encarecidamente a todos los que disfruten con el humor y/o la bebida. Hay ya muchas buenas reseñas (como la de El Comidista) por lo que no creo que merezca la pena añadir una más al coro unánime de elogios.

Nota 2:

Sería fantástico que alguien hiciese un trabajo similar sobre el español (lo más parecido que he leído, aunque mucho menos cáustico, fueron aquellos estupendos dardos en la palabra de Lázaro Carreter en El País).

Nota 3:

Al leer la entrada “Experts” -en la que se cachondea maliciosamente de las volubles aportaciones de los etimólogos repasando sus explicaciones del origen del topónimo “Shotover Hill” (que en 1800 se atribuía a la hazaña de alguien que disparó una flecha por encima de la colina, en la época victoriana a una corrupción del francés “Chateau Vert” para concluir en 1900 que provenía de la fusión de dos antiguas palabras inglesas y que había acabado siendo Hillhill Hill)- no pude evitar acordarme de Hermedesuxo de Arriba, esa aldea de la Costa da Morte de la que algún familiar me explicó cómo, del suevo, habíamos acabado en Arribaarriba de Arriba.