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Kiko Veneno en el Bataclán

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Por aquel entonces era un roquero militante inmune a los encantos de las músicas populares del mundo adelante y aún más a las de mi propio país. Un poquito de blues y algún disco de Hank Williams eran lo máximo que me alejaba de la ortodoxia roquera. Ni me planteaba que flamencos o rumberos pudiesen algún día llegar a hablarme directamente pero, sin darme cuenta, en fiestas en casa de amigos más eclécticos, en la radio o en algún bar, algunas canciones iban entrando, para incrustarse,  en inexploradas regiones del lado ese de la cabeza que se encarga de los asuntos musicales.

A partir del descubrimiento del reggae, fueron cayendo capa a capa muchos de mis prejuicios hasta (gracias a Los Amaya y al primer “Achilifunk“, previo paso por “Semilla del Son”) derribar  uno de los más arraigados: el menosprecio de aquelllas músicas que asociaba a la España más cañí.

Prueba de la magnitud del cambio, fue la excitación -impensable tiempo atrás- que me provocó saber que Kiko Veneno tocaba en el Bataclán, un singular local de la colonia Condesa donde ahora vivo. Porque aunque recordaba vagamente de la época del instituto algún tema de Pata Negra con letra suya, algunos de sus éxitos posteriores y siempre me había encantado su “Volando Voy“, no se puede decir que hubiese seguido de cerca su carrera. Pero siempre me gustaron su falta de pretensiones, sus versos pegados a lo más cotidiano y la alegría vital que su música transmitía.

El concierto de anoche se anunciaba como “+ solo que la una” y aunque el prejuicio contra el “cantautor -sensible-con-guitarra” aún seguía ahí, tampoco tardaría mucho en derrumbarse. El pequeño local, con un aforo de menos de 100 personas, es un curioso graderío con pequeñas mesas orientadas al escenario -en las que, contra toda evidencia, los camareros aseguraban que cabían 6 personas- que sirve a veces como teatro con la singularidad (muy poco respetuosa con los artistas) de que se puede cenar mientras se disfruta de reojo del espectáculo. Kiko reconoció que era la primera vez en su larga vida sobre los escenarios en que se enfrentaba a semejante panorama pero le pareció tolerable mientras la gente dejase de jugar con sus (putos) teléfonos. Bastaron un par de canciones para que lo consiguiese.

Acompañado a la perfección por una oportuna y sugerente guitarra -en ese siempre difícil rango ideal entre las excesivas florituras y el simple aporreo de acordes-, nuestro hombre fue desgranando su repertorio -en el que me sorprendió un poco reconocer un altísimo porcentaje de temas- intercalando con su gracia natural simpáticas anécdotas sobre el Joselito de su canción, el inglés de las azafatas de Iberia (preludio a la excelente “bilonguis”), los dialectalismos de origen inglés en Jerez, los 40 principales o los indios y los vaqueros.

Una acústica excelente permitía captar perfectamente todos los matices de su personal poética, y sus tablas y la fuerza de sus canciones consiguieron que no se echara nada de menos un grupo de acompañamiento. Sólo requirió la ayuda de un curioso ukelele veracruzano estupendamente tocado por Diego -su estupendo telonero más conocido como “Acaricio a un ciervo– para cerrar el concierto con el himno “Volando Voy” y su excelente homenaje a la música de Mali y a su adorado Ali Farka Toure “Dice la Gente“.

Una velada inolvidable con un gigante de la música de aquí y de allá.

Nota:

Tras el concierto, fuimos a “tomar la última” y cuál no sería nuestra sorpresa cuando aparece -por lo que probablemente era el único bar abierto en toda la calle Ámsterdam- el Sr. Veneno en persona acompañado de Diego y otros amigos. Le felicitamos por el maravilloso concierto para acabar fumando, bebiendo y hablando de política y música. Sólo puedo decir que el encuentro con el hombre -tan natural, “enamorado de la vida”, modesto y encantador como su música- me hizo apreciar aún más a este gran artista.