La esfera, el cubo, el cono….y el árbol.

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Siempre me entristece tropezar con “la obra” de uno de esos individuos cegados por el afán de deformar los árboles hasta que se ajusten a cubos, conos o esferas.

Desgraciadamente, el responsable de parques y jardines de la hermosa ciudad de Querétaro padece una cepa especialmente virulenta de esta aflicción geométrica conocida como “lujuria del bloque” y – a excepción de la frondosa alameda (donde José López Alavez compuso la inmortal “Canción Mixteca)- no hay espacio público que haya sobrevivido a su sádico afán mutilador.

La última cena de Santa Rosa

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En la iglesia de Santa Rosa de Viterbo (Querétaro), Jesús y sus doce apóstoles -esculpidos a escala natural y vestidos con coloristas túnicas- se sientan en la penumbra de un banco corrido adosado a la fachada sur de la sacristía, formando una de las más sorprendentes representaciones de la última cena que haya visto.

No comparten mesa -como suelen hacer cuando se juntan (aunque, como en toda “Última Cena” que se precie, San Juan intente a toda costa apoyar su cabeza en el pecho de Jesús de ese modo artificioso que tanto incomodaba a Bernard Rudofsky).

Sin podio que los separe ni cambio de escala que los magnifique, estos trece hombres tristes y preocupados, que alguien talló en madera hace ya tres siglos, te miran como a un igual, con una intimidad emocionantemente moderna.

Su lucha

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No tengo paciencia con esos libros (o películas) en los que “no pasa nada”.  La introspección suele resbalarme. Odio los libros gordos.  Y, sin embargo, estoy devorando el segundo de los seis tomos de “Mi Lucha” de Karl Ove Knausgard como si fuese “Limonov” o “Carreteras secundarias“, los dos últimos libros que recuerdo haber leído de una sentada.

Es difícil explicar por qué el relato autobiográfico y ultra-minucioso de una vida relativamente normal resulta tan interesante. Tal vez sea el morbo de entrar tan a fondo en la vida y los sentimientos de alguien que relata sin cortapisas todo lo que le ocurre, regodeándose especialmente en aquello que le avergüenza. O por esos deslumbrantes micro-ensayos que aparecen aquí y allá propiciados con frecuencia por un asunto u objeto de lo más banal. O, sencillamente, por lo condenadamente bien escrito que está.

Su generación es la nuestra: escucha rock independiente, se enamora, compra en el IKEA, escapa de su primer matrimonio, se emborracha, se corta la cara por un amor no correspondido, se arrepiente, huye de la gente, ejerce de padre moderno, sufre la dictadura de lo políticamente correcto, lucha por su sueño de escribir una gran novela, se vuelve a emborrachar, mete una colilla mal apagada en un buzón, prepara unas langostas para sus amigos, sufre por su escasa masculinidad, critica a sus colegas, mira las nubes, se siente asfixiado por el conformismo buenista de la sociedad sueca.

Y nos cuenta su lucha con todo lujo de detalles en el egoísta, cándido -e irresistible- soliloquio de un adolescente perpetuo que, aún manteniendo su rechazo al mundo de miserias y obligaciones de los adultos, es capaz de observarlo con ojos limpios y mostrarnos la increíble complejidad y riqueza de lo real y lo cotidiano.

De reyes a gusanos

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Las ciudades están formadas por capas y, a veces, el subsuelo de un páramo puede ser un auténtico hormiguero, como ocurre en los pasadizos que unen las líneas 8 y 12 del  metro en Atlalilco.

Las dos líneas distan más de un kilómetro y, durante semanas, pensé que representar en el plano de transporte su cruce era un ejercicio de pensamiento positivo porque nunca había visto antes un trasbordo tan largo (y porque la unión es a través de un discretísimo acceso al final del andén en el que no había reparado).

Durante esa etapa de feliz ignorancia, caminaba tranquilamente quinientos metros por la calzada de la Ermita de Iztapalapa y otros tantos por la avenida Tláhuac para hacer la conexión disfrutando del aroma a fritanga de los puestos de comida y de los tubos de escape de los “peseros” mientras pasaba ante desiertos aparcamientos, un motel-picadero y una curiosa tienda en la que vendían desde sofás hasta motocicletas. Pero un día, un compañero me comentó que me la estaba jugando y que “todo el mundo” iba de uno al otro punto por un túnel, que era mucho más seguro.

Al probarlo esa misma noche, no podía creerme lo que encontré. Debajo de las tranquilas aceras que normalmente recorría había, efectivamente, no uno sino dos interminables túneles alfombrados con cintas transportadoras: el primero para aquellos que se desplazaban en el sentido Tláhuac-Ermita y, aún más profundo, un segundo túnel para los que se movían en sentido contrario.

A los futuristas italianos les habría encantado pero yo no puedo evitar acordarme de aquel comentario que leí no se donde sobre la demolición de la preciosa Penn Station de Nueva York y su sustitución por un gigantesco “intercambiador modal” subterráneo: “Antes llegabas a la ciudad como un rey, ahora como un gusano“.

Contra “El ruedo”/”La cárcel”

 

El ruedo

La última entrada del siempre interesante blog de José Ramón Hernández Correa, defiende que el conjunto de viviendas proyectado por Sáenz de Oiza al borde de la M-30 madrileña y conocido como “El Ruedo” (por los arquitectos) y como “La cárcel” (por el ciudadano de a pie) es a la vez “una obra maestra llena de aciertos arquitectónicos” y “una bazofia, un muy mal lugar para vivir“. ¿Es eso posible?

A mi modo de ver, su única virtud es que parte de una idea fuerte -cerrarse a un exterior hostil e intentar crear un remanso interior- que, por desgracia,  no se enriquece o matiza al pasar del croquis en una servilleta al mamotreto kilométrico enroscado en si mismo  que finalmente se construyó. El edificio es un esquema.

Como la fachada exterior debe cerrarse al entorno, se formaliza como una muralla de minúsculas ventanas todas iguales -inspiradas en el nefasto osario del cementerio de Aldo Rosssi en Módena– que, efectivamente, evoca un presidio; obviando que ese exterior no siempre es una autopista (sólo uno de los cuatro lados de la parcela da a la M-30) o que en lugar de una muralla micro-perforada, podía haber pensado en fachadas con espesor, filtros u otros elementos que realmente atenuasen el insoportable ruido del tráfico.

En el interior ni siquiera lleva a sus últimas consecuencias la idea de partida -planteando un parque o espacio de convivencia- sino que nos encontramos con un espacio inhóspito y lleno de coches que no veo porque no podrían aparcar debajo de los edificios; y en lugar de plantear una fachada abierta y porosa con generosas terrazas que puedan acoger plantas y vida al aire libre, nos encontramos con otra muralla que, para contrastar con la rossiana imagen exterior, se pinta de colorines- inspirándose esta vez en los peores proyectos de los posmodernos norteamericanos.

Jane Jacobs demostró que cuando las manzanas superan un determinado tamaño provocan inmediatamente problemas a su alrededor al interrumpir la permeabilidad entre zonas que provoca que la gente pase por los lugares de camino a otros, dándoles vida y evitando que se vuelvan siniestros y peligrosos. Este edificio ignora ese principio básico y tiene un gravísimo problema de escala ya que únicamente está pensado como hito urbano: un mojón que se identifica al pasar a toda velocidad por el anillo de circunvalación. Un icono, un esquema monumentalizado que ignora la orientación, las diferencias de carácter de las calles que lo rodean y, lo que es más grave, las necesidades más básicas de sus habitantes.

Es esa imagen fuerte y esa “radicalidad” lo que algunos arquitectos admiran pero me repugna pensar que una colmena inhabitable pueda ser sinceramente considerada una obra maestra de la arquitectura residencial.

Contra los poetas (y los arquitectos)

 

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El transporte público me llevó a los libros ultra-portátiles, esa categoría extrema del libro de bolsillo, y a descubrir la fascinante colección “Versus”, dedicada a recuperar incendiarios panfletos contra todo tipo de cosas (los no fumadores, el trabajo, el copyright…). “Contra México lindo” y “Contra la originalidad” me gustaron. “Contra los poetas” son palabras mayores.

El librito, de apenas 60 páginas, contiene 2 versiones del ataque de Witold Gombrowicz contra los poetas (la original que presentó en 1947 en el café “Fray Mocho” de Buenos Aires  y la que re-escribió años después para sus “Obras Completas”) y un brevísimo texto sobre “El escritor y el dinero” que dictó pocos días antes de morir.

No sólo me ha dado varias claves para explicar mi -hasta ahora- inconfesada aversión por la poesía , sino que, al leerlo, no podía dejar de sustituir mentalmente “los poetas” por “los arquitectos” y de asombrarme por cómo la argumentación mantenía su fuerza y coherencia y retrataba con crudeza algunos de los rasgos más lamentables del sector “artístico” de la profesión.

El hilo que canta

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Paseando por esta ciudad recuerdo a veces aquel tebeo en el que el tendido del cable de telégrafo de una costa a otra de EE.UU. servía de fondo a una de las aventuras del “hombre-que-dispara-más-rápido-que-su-propia-sombra”, y en el que los indios llamaban así al mágico hilo que permitía comunicarse a distancia.

Aquí, los cables aéreos son tan abundantes que ya sólo los veo cuando su zumbona “canción” delata su presencia.

El contraflujo

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De camino a una entrevista de trabajo en la periferia le comenté al taxista que, de tener éxito, preferiría moverme en metro para no fundirme el sueldo en las gravosas carreras propias de su gremio, pero que me aterraban las asfixiantes aglomeraciones de la hora “pico”. Me tranquilizó con un concepto que entonces me sonó sorprendentemente científico pero que ahora sé que forma parte del vocabulario común chilango:

– No se preocupe. Al ir “contraflujo” no hay “pedo”.

Resulta que la gente se desplaza de la periferia al centro a trabajar por la mañana y regresa a sus casas a dormir por la tarde  insuflando a la ciudad un caudalosísimo movimiento de sístole y diástole. Y aunque en tantas ocasiones convenga dejarse llevar por la ola –como cuando los ciclistas chupan rueda o se agrupan en pelotón-, en una ciudad de este calibre nadar contracorriente puede mejorar sustancialmente tu calidad de vida: excepto en el tramo en que coincido con el movimiento centrífugo hacia la UNAM de los estudiantes más madrugadores, suelo viajar cómodamente sentado.

Cuanto más apretada, más explosiva (2)

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Hace unas semanas recopilé varios elogios de la concisión, entre los que destacaba el de Julio Camba ( “Perdóneme que esta crónica haya salido algo extensa, pero la premura de tiempo para mandársela no me ha permitido escribir algo más corto“) y ahora descubro -en una mención de pasada en el capitulo dedicado a la organización de los patios traseros en el excelente “Designs for Outdoor Living” (1941) de Margaret O’Goldsmith- que Camba fusiló su ingeniosa idea de Cicerón (quien, por cierto, la expresó más económicamente):

No debemos pensar que el jardín como espacio es fácil de diseñar sólo porque sea compacto (…) No fue Cicerón quien dijo “Si tuviese más tiempo, te escribiría una carta más corta

A ver si al final va a resultar que tenía razón el “carca” de Nick Tosches cuando decía:

“Creo en el poder de los orígenes, una creencia en que, como lo expresa el Eclesiastés, “Lo que fue, eso será, Y lo que se hizo, eso se hará. No hay nada nuevo bajo el sol.”, en que lo que reclamamos como originalidad y descubrimiento no son más que aires y delirios de nuestra inocencia, ignorancia, y arrogancia; en que lo que se diga, fue dicho mejor- más poderosa, hermosa y puramente- hace mucho. La aurora de los dedos rosados de Homero es la más grande aurora de dedos rosados; la luna de dedos rosados de Safo, igual. No hay nueva sabiduría, sólo tontos que encuentran su camino a lo viejo; ni nueva poesía, sólo poetas tomando un aliento tan viejo como el tiempo” 

Actualización (15/07/2016):

Gracias a la increíble cultura clásica -y de la otra- de Javier LF (ver comentarios), queda resuelto el enigma. La cita es en realidad de Blaise Pascal:

je n´ai fait celle-ci plus longue que parce que je n´ai pas le loisir de la faire plus courte

(Lettres provinciales, Seiziéme lettre aux révérends pères jesuites, 4 dic. 1656).

Blaise_Pascal_2

 

La campana

Camion basura

Desde que nos mudamos hace cosa de un mes, vivimos pendientes de una campana. Acostumbrados a que los porteros hiciesen desaparecer la basura que dejábamos debajo del último rellano de la escalera de nuestro anterior domicilio, la ausencia de papeleras y contenedores en la ciudad -que siempre nos había inquietado- se ha convertido en uno de nuestros principales quebraderos de cabeza.

Aquí no hay servicio municipal de recogida de basuras como tal sino un incomprensible sistema de colaboración público-privada. El lucrativo negocio de la gestión de residuos parece estar en manos de una inmensa flota de camiones particulares en los que viajan un conductor y dos o tres personas colgadas del lateral o recostadas sobre la carga. Siguiendo un calendario y un mapa al que sólo los iniciados tienen acceso, paran en alguna esquina y uno de ellos salta y empieza a agitar furiosamente una campana para alertar al vecindario de su presencia.

Como surgidos de la nada aparecen desde todas las direcciones decenas de individuos jadeantes con sus enormes bolsas a cuestas y ,si tienes la fortuna de oír su repicar y llegas a tiempo, puedes presenciar cómo a los pies del camión, los “pre-pepenadores” y los “macheteros” abren las bolsas y proceden a clasificar “in-situ” los residuos -metal, cartón, vidrio, varios…- dejando sobre la calzada uno de esos ubicuos charcos de nauseabundo líquido verde cuyo origen no había logrado determinar hasta ahora.

Tras días sin oír su llamada y con las bolsas acumulándose en equilibrio precario junto a la nevera, empiezo a plantearme comprobar la leyenda urbana sobre ese gran árbol de la avenida Veracruz  de cuyos pies desaparece mágicamente cualquier cosa que allí se abandone.