Arquitectura para los pobres

157467_sv

El gran arquitecto egipcio Hassan Fathy pensaba que la solución al problema global de la vivienda y, en especial, a cómo proporcionar cobijo a los campesinos más desfavorecidos, no pasaba por la industrialización o la pre-fabricación sino por la recuperación de las técnicas artesanales; y defendía su idea basándose en argumentos económicos, culturales, climáticos, estéticos y -sobre todo- en el irrenunciable respeto al ser humano como individuo cuya vivienda -por muy modesta que pueda ser- debe ser digna, personal y hecha a su escala.

Tras descubrir la arquitectura vernácula de su país, intentó por todos los medios proponerla como alternativa a los habituales programas de vivienda social masiva pero, pese a demostrar con una casa muestra la viabilidad económica y técnica de su propuesta, vio con horror como la destruían para encargar el proyecto a un arquitecto bien conectado que -por un coste global y unos honorarios mucho mayores- construyó un deprimente conjunto de unidades pobremente adaptadas al medio, pésimamente iluminadas y repetidas hasta el infinito.

Pero Fathy no se rendía fácilmente y continuó experimentando en propiedades de amigos receptivos, madurando su sistema de construcción integral con adobe y recuperando la técnica  -que ya sólo recordaban algunos ancianos nubios- de construir bóvedas de adobe de trazado parabólico que permitían evitar el uso de cimbras y podían ser levantadas por sólo dos obreros sin más utensilio que una azuela.

%d9%83%d9%86%d8%a7%d8%a6%d8%b3-2

Tras mucho batallar consiguió que en 1948 le encomendasen el reto de re-alojar a 7.000 personas que el gobierno egipcio deseaba desplazar de su ubicación encima de un yacimiento arqueológico de gran valor en Luxor para evitar que continuasen saqueándolo sistemáticamente. Para ello tuvo que luchar contra las reticencias al desplazamiento de los implicados, lamentar que no le dejasen consultar con las mujeres (que eran las que realmente sabían de casas),  estudiar detalladamente la organización de la aldea original-con sus patios privados y públicos y su dependencia de los clanes familiares- y la arquitectura del lugar (sus captadores de viento, sus camas anti-alacranes, sus puertas de maderas recicladas, sus celosías, sus patios).

Formó a sus albañiles y artesanos, les devolvió el orgullo del trabajo artesanal bien hecho y les hizo ver el sinsentido de imitar el trabajo de las máquinas y de esforzarse por crear copias de copias de copias (imitando las casas de los ricos del pueblo que se inspiraban en las casas de los ricos de El Cairo que a su vez plagiaban modas europeas).

fathy_1

Para responder con seriedad al gran reto de crear una ciudad desde la nada, Fathy  tuvo además que estudiar y reinventar el suministro de agua, re-diseñar los lavaderos públicos, las escuelas y el teatro, la mezquita y el mercado, las cocinas y las estufas domésticas (basadas en la tropicalización de las tradicionales Kachelofen austriacas), intentó recuperar artesanías de la región (textiles, carpintería y cerámicas) para porporcionar a la gente modos de vida alternativos a la rapiña de tumbas y dedicó uno de los edificos públicos del complejo a la exhibición de sus productos; y hasta se disfrazó de diablo-parásito en una de las funciones teatrales del pueblo para concienciar a los vecinos de los peligrosos gusanos ocultos en las aguas del Nilo.

En su sencillez, “Arquitectura para los pobres” es un ensayo profundo e inspirador, un canto de amor al ser humano, a su individualidad y a la riqueza de unos modos de vida que Fathy veía empobrecerse y desapareceer a gran velocidad debido a un progreso mal entendido que abocaba a todos a intentar ser “americanos”. Su vocación es la de cambiar las cosas y, de hecho, la mitad del libro está dedicado a los apéndices en los que detalla los costes de mano de obra y otros aspectos técnicos para facilitar su aplicación. Tal vez sea la visión de un romántico que se aferra a un pasado idealizado que ya nunca regresará pero todavía podemos aprender muchas cosas de su fallido intento por cambiar las cosas.

Ya en su época todos ponían en duda que fuese más económico construir con métodos tradicionales que a partir de productos industriales y él consiguió demostrar que no era así. Probablemente -y más si se descuentan los costes ambientales ocultos- la globalización haya reducido tanto el precio de los materiales industriales básicos que la construcción tradicional ya no puede competir con los productos que dan forma a la nueva arquitectura vernácula internacional.

Aún así, su trabajo nos puede ayudar a entender la increíble complejidad y sutilezas implícitas en el diseño de un núcleo urbano y la inconsciencia con la que se planifican enormes barrios de una tacada, así como la sabiduría escondida en la arquitectura popular que tantas veces desechamos a cambio de una mediocre uniformidad exacerbando esa dinámica de hacer copias de copias de copias que Fathy tan bien explicó.

Imagino que le horrorizaría ver cómo la pobreza global ha aumentado y cómo el proceso de degradación contra el que combatió toda su vida se ha acelerado, pero su legado -tanto su obra construida como el hermoso fracaso que relata este libro- nos muestra un camino digno de ser explorado para intentar hacer frente al desolador imperio de esa nueva “arquitectura sin arquitectos” a base de bloque de hormigón, plástico y chapa ondulada que se extiende desde los galpones de las aldeas gallegas hasta las inmensas barriadas de chabolas del extra-radio de las megalópolis subdesarrolladas.

Nota 1:

Actualmente, si la buscas en googlemaps la localidad no aparece como Gourna sino como “Model Villa” y tanto la mezquita como el teatro llevan ahora el nombre de su autor. Aparentemente aún se conserva una parte importante de esta obra ejemplar y hubo alguna iniciativa dirigida a protegerla que fue abandonada por la inestabilidad del país.

Nota 2:

Para una visión muy crítica de la obra de Fathy, recomiendo leer este artículo

Nota 3:

Aquí pueden descargar un interesante libro preparado por la Biblioteca de Alejandría en el que se recoge buena parte de su vida y obra.

Nota 4:

cymera_20161124_203502

El libro se publicó inicialmente en 1969 en una pequeña tirada en Egipto y pocos años después lo reeditó la Universidad de Chicago (1973) y se convirtió en un libro de culto. Mi roñoso ejemplar de “Arquitectura para los pobres” corresponde a la segunda edición (1982) de la editorial mexicana “Extemporáneos”. Que yo sepa no se volvió a editar en español. Ojalá alguien se anime.

El metro como puente

chabacano

Aturdido por el sueño y por los ruidos propios del metro -el motor, el abrir y cerrar de puertas, la procesión de vociferantes vendedores ambulantes- tardé en darme cuenta de que  la habitual cadencia de subida y bajada de  pasajeros se ve a veces alterada -en la parada de “Chabacano”- por una auténtica tromba que irrumpe por las puertas de la izquierda y-en un suspiro- atraviesa transversalmente el vagón y sale por las de la derecha.

No entendía a qué respondía ese extraño comportamiento, hasta que caí en la cuenta de que utilizan el metro como puente de conexión entre el andén central y el lateral, evitando bajar a un túnel, cruzar por debajo de la vía y volver a subir para conectar con otra línea.

Nunca dejará de asombrarme el ingenio humano y su capacidad de explotar el más mínimo resquicio de cualquier sistema en beneficio propio.

Un árbol no es “un árbol”

51zbrufqeml-_sx331_bo1204203200_

“No sentía que los escenarios de mi infancia interfiriesen con el presente sino lo contrario: Había regresado a mi infancia y era el presente el que interfería. (…) Aquello era lo que añoraba, cuando los árboles eran árboles y no “árboles”, coches no “coches”, Papá era Papá y no “Papá””

Tuve que pasar un reguero de vomitonas y eyaculaciones precoces y llegar casi hasta el final del cuarto volumen de “Mi Lucha”- cuando Knausgard rememora la escritura de sus primeros cuentos- para entender que, al examinar tan minuciosamente la realidad, persigue exactamente lo mismo que aquel hombre que lloraba para limpiar su mirada y volver a ver campo donde ya sólo veía “paisaje”: recuperar la inocencia y la capacidad de asombro ante el mundo que le rodea.

Leonard Cohen (1934-2016)

leonard-cohen---popular-problems-press-shot-2

Entre los poquísimos discos de música “no clásica” de la discoteca paterna estaba “Songs for Leonard Cohen” que escuché a fondo cuando era un (pre-)adolescente sensible, antes de sentir la llamada de lo salvaje y centrar mi atención en Lou Reed, los Clash y compañía.

Lo redescubrí con “I’m your man” que -pese a esos sintetizadores que los rockeros militantes siempre encontrábamos sospechosos- me emocionó; y luego le perdí la pista durante muchísimo tiempo hasta que una crítica de Christgau me dirigió hacia el doble “Live in London” que se ha convertido en mi disco favorito de Cohen . Ahí dejé de verlo como un hombre lúcido pero mustio cuya música era apropiada sólo para momentos tristes y melancólicos y descubrí a un artista que en plena vejez alcanzaba su plenitud -y forzado por una ruina inminente- descubría, por fin, la alegría del amor correspondido (aunque sólo fuese por su legión de fans).

Por alguna razón que se me escapa, no conseguí escucharlo nunca en directo (ni siquiera en esa misma interminable y triunfal  gira reflejada en el directo londinense que hasta lo llevó al auditorio de Ourense donde lo vio mi hermano) y, aunque hace pocas semanas fantaseaba con cuánto me gustaría verlo en el auditorio de la Ciudad de México, eso ya nunca podrá suceder. Ya sólo me quedan los discos.

Descanse en paz.

Yeah Yeah Yeah

yeah-yeah-yeah

Afirma Bob Stanley que es “pop” cualquier estilo que tenga presencia en las listas de éxitos y esa sana premisa destacada en la contraportada me incitó a leer su historia del género esperando un enfoque sanamente ecléctico.

Pero no. Su visión es totalmente anglocéntrica, obsesionada con lo que cada semana celebraban los semanarios y listas musicales británicas, tiene un fuerte sesgo anti-rock e ignora casi cualquier influencia de músicas de otras culturas en el pop.

Odia a los Rolling Stones, a los Clash, toda la nueva ola (menos la que le gusta, a la que llama Post-Punk) y al gran Bo Diddley le dedica únicamente un par de lineas. Adora a los Monkees, a ABBA, a Adam Ant ,a los Beatles, a los Bee Gees, a los Beach Boys, a Blondie, el Glam  y a KLF.

Su historia -pretendidamente revisonista- del pop sigue al milímetro la cronología estándar de las historias del rock y arranca con Bill Haley, Elvis Presley y compañía cuando, para un popero militante -en esta era de la retro-manía que tan bien analizó Simon Reynolds- tendría mucho más sentido remontarse hasta el principio de la música grabada y revisar la era del Tin Pan Alley y de los musicales de Broadway.  ¿No merecen “La Cucaracha”, “yu-sei-tomeito-ai-sei-tomato”, “Diga-diga-diga-roo”, Fred Astaire o “El Manisero” un espacio destacado en el panteón del pop?

Odia a Bob Marley y no hay ni rastro de música latina o afro-pop. En mi opinión, para lo que aportan las escasísimas menciones a “músicas de otra gente” (incluido el country), podría habérselas ahorrado y su relato ganaría coherencia y fuerza.

Stanley está obsesionado por el cambio estilístico y las listas de éxito y analiza minuciosamente cada etiqueta inventada por la crítica británica (la obsesiva enumeración de estilos, sub-estilos e infra-estilos analizados en los capítulos dedicados a las raves y la música electrónica llega a resultar cómica). La búsqueda de la novedad permanente implica además que cada estilo tiene “su  momento” (máximo 3-5 años) y, por lo tanto, apenas hay artistas que merezcan un análisis a lo largo de las décadas (Dylan tiene un capítulo entero pero para Stanley su mejor disco es el infravalorado “New Morning”).

Me gusta la gente con una visión personal y ganas de llevar la contraria, pero -aunque tampoco la comparta- me hizo mucha más gracia “Rock and the Pop Narcotic” de Joe Carducci con su teoría opuesta de que el rock y el pop no sólo son totalmente diferentes sino que el virus pop es la auténtica amenaza del rock.

Admiro su ambición enfrascándose en un gran relato en esta época de obsesión por el detalle (en la que hay libros casi tan gordos como el suyo dedicados a un disco o sub-género), pero me convenció mucho más la narración de Robert Palmer en el imprescindible “Rock and Roll. An Unruly History“.

Coincido en la preponderancia de la canción sobre el disco y en que las listas de éxitos son la auténtica vara de medir el pop pero -como exaltación del single como artefacto pop definitivo- disfruté mucho más con “The Heart of Rock & Soul” de Dave Marsh.

Stanley escribe bien y con pasión, tiene un arsenal inagotable de anécdotas y comentarios jocosos -y muy pop- sobre los peinados, dentaduras o atuendos de muchos artistas; determinados momentos y movimientos “los clava” y reconozco que me costaba dejar el libro aunque a veces desease lanzarlo contra la pared o a las vías del metro pero creo que -aunque cualquier aficionado al género lo disfrutará y aprenderá cosas-  “Yeah Yeah Yeah” queda lejos de ser la historia definitiva de ese monstruo multiforme al que llamamos pop.

La ciudad que nos inventa

la-ciudad-que-nos-inventa

Aunque en él aprendamos que la puerta al infierno está en el bosque de Chapultepec, que la Diana Cazadora (y sus pechos) son los de una secretaria de PEMEX que es también la obrera desnuda que lidera el grupo escultórico de la Fuente de los Petróleos, que la plaza de toros de la Condesa fue sustituida por un Palacio de Hierro, que la fachada de la catedral original está ahora en Pino Suárez; o nos enteremos de olvidadas salvajadas (las terribles matanzas de chinos durante la Revolución que explican que la ciudad tenga el barrio chino más pequeño del mundo, o el exterminio a palazos de todos los perros en 1790), este libro triste -que agrupa más de un centenar de crónicas sobre la Ciudad de México desde 1509 hasta nuestros días es, sobre todo, la crónica de una destrucción: la de los canales que surcaban el centro histórico y lo unían con otras poblaciones (el último en cegarse fue la actual Calzada de la Viga), la de los acueductos de Chapultepec a Salto del Agua y el que se divisaba desde la calzada más antigua de Amèrica (La Mexico-Tacuba), la de la toponimia, el paseo de Bucareli, el tren y la estación de Buenavista, “el árbol de la noche triste” (el ahuehuete de Popotla que -con 500 años de vida- fue salvajemente calcinado) , los álamos de la Alameda, los baños de vapor; los mesones de la calle Mesones; o la destrucción de Tlatelolco  -la ciudad gemela de Tenochtitlán que llegó intacta a nuestros días- para construir espantosas colmenas de vivienda “social”.

Para los que amamos la caótica e hipertrofiada metrópolis de hoy, conocer todas las maravillas que se perdieron -por los terremotos, pero, sobre todo, por desidia, codicia o ignorancia- nos hace apreciar aún más todo lo que se conserva y nos conciencia de ese proceso que continúa desarrollándose cada vez a mayor velocidad ante nuestros ojos y que constituye “la verdadera maldición de la ciudad: la pulsión de tirar lo único para levantar lo que puede encontrarse en cualquier parte“.