“Algo supuestamente divertido…

DFW

 

que nunca volveré a hacer” es la primera colección de ensayos que publicó David Foster Wallace y recoge una serie de textos de diversa extensión -desde un par de páginas hasta casi un centenar- sobre temas tan variados como el tenis, el cine de Lynch, un día en la feria estatal de su Illinois natal, la crítica literaria, de nuevo el tenis, la influencia de la televisión en la literatura contemporánea, o la inolvidable crónica que da título a la colección en la que relata los pormenores de su semana de pesadilla en un crucero de lujo por el Caribe.

Con tanta variedad, es imposible que todo sea igual de bueno o interesante y, aunque no volveré a ver a Lynch ni el tenis profesional del mismo modo y me encantaron sus reflexiones sobre “el granero más fotografiado de América”; me parecen especialmente brillantes los dos encargos que le hizo la revista Harper’s, en los que el autor consigue sacar punta a dos temas tan potencialmente letales como una feria estatal y un crucero. Es en estos textos más largos -los más narrativos del lote- donde DFW despliega todos sus encantos, su capacidad de observación, su sentido del humor y ese característico estilo trufado de notas al pie, digresiones, referencias populares, datos autobiográficos y saltos de registro y vocabulario que consiguen llevar al lector de lo banal a lo sublime o convertir convincentemente el Zenit en Nadir.

Me he vuelto fan.

Television en el Covadonga

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De los grupos que te marcaron cuando de verdad importa, hay los que ya apenas te dicen nada, los que recuerdas con cariño pero ya casi nunca escuchas, y los poquísimos que forman parte de ti y cuyos discos necesitas desempolvar de vez en cuando para volver a sentir su fuerza o su magia. En este selecto grupo está sin duda Television.

Han pasado cuarenta años de su breve momento de esplendor (1977-78), un cuarto de siglo desde su disco “de reunión” y, aunque todos ellos han tenido carreras musicales activas, había perdido toda esperanza de poder verlos tocar, hasta que me enteré de que en un local de lo más improbable -encima del restaurante Cantábrico del salón de eventos Covadonga- aparecerían la noche del 20 de Mayo como cabezas de cartel del Festival Marvin.

Este festival dura un único día y se desarrolla en varios locales de las colonias Condesa y Roma, y mientras esperábamos el gran momento, fuimos picoteando por varios conciertos entre los que nos decepcionó No Age  (por el pésimo sonido, ya que la música y el entusiasmo prometían); y nos gustó especialmente el festivo grupo francés Faire: Cuatro jóvenes con estética punk con el torso desnudo y botando sin parar,armados con una guitarra, dos maquinillos y varios instrumentos de percusión que transmiten una energía contagiosa a través de una música difícil de clasificar pero increíblemente animada y de un show digno de aquellos gloriosos conciertos de Gogol Bordello.

Al llegar la hora, subí las escaleras con la típica aprensión que me ronda cuando voy a ver a viejas glorias, sabiendo que es casi imposible que la realidad se ajuste a la visión idealizada de tantos años de devoción; hasta que se apagaron las luces, salieron entre grandes aplausos Fred Smith, Billy Ficca, Jimmy Ryp (sustituyendo a Richard LLoyd) y Tom Verlaine y al sonar el inconfundible arranque de “Prove It” noté como se me erizaba el cabello y me quedaba pegado al retumbante suelo de la sala con los ojos clavados en el escenario hasta el “Marquee Moon” que cerró el concierto.

Fueron cayendo buena parte de sus clásicos (eché de menos “Little Johnny Jewel”, “Careful” y “See No Evil” ) y aunque la voz de Verlaine dejaba bastante que desear (privándonos de su evocadora poesía urbana), de las guitarras entrelazadas y la genial sección rítmica salían esas portentosas jams eléctricas que había ido a buscar y con las que estos sexagenarios siguen expandiendo cada noche que tocan las fronteras del rock de guitarras.

La hoja del olmo no es perfecta

la hoja del olmo no es perfecta_Javier López Facal

Este original ensayo de Javier López Facal analiza el problemático encaje de la ortodoxia, la perfección y la simetría con una realidad que se resiste tozudamente a la simplificación y con esa vertiente de la naturaleza humana que abraza la diversidad y celebra la imperfección.

Podrían escribirse sesudos volúmenes desarrollando lo que en él se esboza para cada uno de los ámbitos tratados (la religión, la política, las artes, las ciencias y el lenguaje), pero el principal acierto de este absorbente ensayo es precisamente la concisión, la transversalidad y la capacidad para transitar con garbo entre la academia y la calle, utilizando la asombrosa erudición del autor para salpimentar el texto con citas clásicas, datos históricos, vivencias personales, y disquisiciones teológicas, etimológicas o botánicas que -viniendo siempre al caso- consiguen sorprender al lector y arrancarle una sonrisa.

Pese a su brevedad, sentido del humor y frescura, el libro plantea un ambicioso elogio de la imperfección; y en esta época obsesionada con la  actualidad y la especialización, me parecen especialmente valiosas estas raras miradas que son capaces de recorrer milenios y saltar entre disciplinas para -en este caso- mostrarnos todo lo que se esconde tras la asimétrica belleza de una modesta hoja de olmo.

Nota/Caveat Emptor: Aunque dudo mucho que mi valoración variase significativamente si no tuviese vínculos con el autor y la obra, considero obligado señalar que no sólo se trata de un familiar muy querido, sino que tuve el honor y el placer de leer y comentar el manuscrito durante su redacción.

La diana aulladora

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Nunca había pensado que un dj pudiese ser un verdadero artista hasta que conocí “Screaming Target” hace ya 20 años. Big Youth pincha sencillos de Leroy Smart, Gregory Isaacs o Dennis Brown, y los manipula para que sólo suenen gloriosos estribillos sueltos, intercalados con ritmos implacables sobre los que recita sus incompresibles meditaciones sobre Jah o Harry el Sucio. El contraste entre la belleza del fondo y los graznidos de Manley Augustus Buchanan da lugar a algo mucho mayor que la suma de las partes.

En la edición que yo tengo, además, la música suena por un canal y la voz por el otro, con lo que se puede presenciar el milagro cambiando el balance de uno a otro altavoz. Si escuchas sólo a Big Youth, parece un drogata o borracho desafinado. Si escuchas sólo la música, los ritmos son magníficos pero les falta algo.  Juntos, la música resultante es una de las más maravillosas que ha producido la más musical de las islas (con permiso de Cuba).

Hace algunos años se reeditó el disco con las canciones que Buchanan había saqueado como extra. Hermosas como son, sigo prefiriendo las versiones de Big Youth. ¿Por qué será que tantas veces las obras de arte nos hablan más directamente cuando crean nuevas bellezas a partir de aristas, deformaciones y disonancias que cuando aspiran inocentemente a hacer algo bello?

 

Nota: Para los que tengan curiosidad por este género, hace ya bastante tiempo recopilé mis favoritos en una playlist.

Funcionalismo ecológico

JuhaniPallasmaa

 

Hoy en día, no imagino otra visión del futuro más deseable que una forma de vida adaptada ecológicamente donde la arquitectura regrese a las tempranas teorías funcionalistas derivadas de la biología. La arquitectura arraigará de nuevo en su suelo cultural y regional. Podría llamarse a esta arquitectura Funcionalismo Ecológico (…) Esta visión implica una misión paradójica para la arquitectura. Debe volverse más primitiva y resolver las más básicas necesidades humanas con una gran economía de medios (…) y más sofisticada en su adaptación a los sistemas cíclicos naturales, tanto en lo relativo a la materia como a la energía. La arquitectura ecológica implica también ver el edificio más como proceso que como producto. (…) Parece que el rol del arquitecto entre los polos del arte y el oficio también deberá redefinirse. Tras décadas de prosperidad y abundancia, la arquitectura puede regresar a la estética de la necesidad en la que los elementos de expresión metafórica y oficio práctico vuelvan a fundirse; la utilidad y la belleza unidas de nuevo.

Juhani Pallasmaa- “From metaphorical to ecological functionalism” (Architectural Review, June 1993). Incluído en la antología “AR 100. The recovery of the modern : architectural review 1980-1995, key text and critique

Marginal (y ubicuo)

 

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Los caminos del pop son inescrutables y, así, ese movimiento artístico minoritario propio de niños, locos y gente extravagante que a veces llaman “outsider art“, “art brut” o “arte marginal“, llegó a millones de hogares a través de las portadas de dos discos clásicos de los ochenta – “Reckoning” de REM y “Little Creatures” de Talking Heads- ambos ilustrados por Howard Finster.

El reverendo Finster -al que el fantasma de su hermana le comunicó su vocación a la temprana edad de 3 años- dedicó su vida a celebrar la gloria divina a través de la palabra, el dibujo, la pintura, la escultura y hasta la arquitectura y el paisajismo en sus célebres “Paradise Gardens” (que, por cierto, aparecen en el vídeo de “Radio Free Europe” de REM).

Porque aunque su arte encandilase a críticos, galeristas y luminarias pop; a veces tratase temas tan aparentemente terrenales como Elvis o la botella de Coca Cola; y el buen hombre llegase a realizar más de diez mil obras (doblando el encargo que le había hecho Dios en una visión), siempre tuvo claro que su objetivo principal era difundir la palabra, como demuestra su reflexión sobre su trabajo para los Talking Heads:

Creo que hay 26 versículos religiosos en la portada que les hice. Vendieron un millón de discos en los primeros dos meses y medio desde su publicación así que propagué 26 millones de versículos en dos meses y medio

Nota:

Me enteré de la existencia del reverendo Finster y de su relación con la música popular gracias a la curiosa “Guía de arquitectura insólita” de Natalia Taub.

 

 

 

Del “Roof Garden” a la azotea

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Vecindad. Roma Norte (Ciudad de México)

Town-Houses“, “Lofts” y demás inventos inmobiliarios anglosajones aún no han logrado evitar que la vista desde sus “Roof Gardens” y PHs (“Pent-Houses“) esté puntuada por los depósitos de agua, las bombonas de gas y las jaulas de tendido de las azoteas de esas amenazadas vecindades donde las únicas “amenities” son las antenas parabólicas.

Lo original y lo familiar

 

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Charles Moore, Richard Whitaker, Donlyn Lyndon y William Turnbull en el Sea Ranch.

(…) los estudios de arquitectura y urbanismo del siglo XX han puesto un énfasis desproporcionado en lo original, lo único. En cambio, nosotros creemos en el diseño de lo familiar y lo sorprendente, donde lo familiar es el protagonista y la función fundamental de lo sorprendente es devolverle la frescura a lo familiar. Los lugares más satisfactorios que conocemos no son zoológicos arquitectónicos sino lugares (…) donde amplias zonas de consenso humano destacan el más sutil matiz de singularidad como una muestra individual de cariño (…) y establecen un fondo urbano contra el que las manifestaciones de vitalidad y cordial atrevimiento pueden fijarse en la memoria pública.

Charles W. Moore- Epílogo de “Body, Memory and Architecture” (Yale University Press, 1977)

La isla intermitente

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La vieja fortaleza se encuentra ahora ligada a tierra firme por un desangelado continuo de instalaciones portuarias -en el que se suceden silos, aduanas, depósitos, sórdidos canales, esqueletos de hormigón abandonados, grúas-puente y colosales pilas de contenedores- hasta que accedes al recinto y la fuerza de la arquitectura militar y el poder evocador de las texturas de los aparejos de fábrica y de las bóvedas de cañón con sus estalactitas salinas, y la increíble riqueza cromática de los desconchados muros que algún día fueron blancos y ocres consiguen que, por un momento, olvides el entorno y la isla vuelva a emerger solitaria frente a la costa jarocha.

La habitación exterior

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El espacio exterior privado en las fachadas de los conjunto de vivienda colectiva puede adoptar una sorprendente variedad de formas y permitir diversos usos dependiendo de su dimensión y de su relación con el espacio público. Desde el más modesto balcón de dos palmos de ancho en el que sólo caben una o dos macetas y en el que la actividad típica es salir a fumar y asomarse a ver pasar la vida urbana, a los que permiten sentarse -aunque sea en un alfeizar o un diminuto taburete-, sacar una pequeña mesita para un café o una cerveza para una o dos personas, a los que superan los “6 pies de ancho”* y ya permiten comer “a la fresca” a toda la familia  y, por último, a ese espacio soñado que llamamos la habitación exterior.

La habitación exterior es exactamente eso: un espacio cerrado por sus cuatro lados pero abierto al cielo y al sol, que encontramos a veces en forma de patio integrado en una vivienda unifamiliar, o como diminuto jardín doméstico. Fue el gran hedonista Bernard Rudofsky quien acuñó por primera vez este concepto (en el capítulo “The Conditioned Outdoor Room” de su genial “Behind the Picture Window“) y, al analizar cómo las grandes vidrieras de la casa moderna habían reducido los jardines para vivir en jardines para contemplar, reivindicó la importancia de tener un espacio exterior acotado e íntimo en el que poder “trabajar, dormir, cocinar, comer, jugar y holgazanear”**.

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Además de los incontables ejemplos de la antigüedad y la arquitectura vernácula -sobre todo mediterránea-, el propio Rudofsky construyó con Constantino Nivola un solarium-habitación exterior para la casa de este último en los Hamptons; pero no fue hasta hace un par de días –gracias al blog HicArquitectura–  que encontré un ejemplo de habitación exterior en un bloque de vivienda colectiva que no estuviese en la azotea o en contacto con el terreno.

Montpellier

Por ponerle una pega, para ser una auténtica habitación exterior, la intimidad es fundamental y esta foto en picado demuestra que los usuarios están muy expuestos a las miradas de los vecinos. Pero es una idea sugerente que ojalá fertilice.

Notas:

*Christopher Alexander sostiene en su “Lenguaje de Patrones” que las terrazas o blacones únicamente se utilizan a fondo cuando superan el 1.80 metros

**Alexander también incorporó este concepto tomado de Rudofsky -“Habitación Exerior”- como patrón 163.