La exactitud no es la verdad

auto-retratos matisse

Henri Matisse preparó para una exposición en Filadelfia en 1948 una serie de cuatro auto-retratos dibujados y un breve texto con los que demostraba que la exactitud no  es la verdad.

Cada uno de los cuatro retratos difiere en aspectos fundamentales –barbilla potente vs. barbilla débil débil; narizota vs. naricita; ojos juntos vs. ojos separados- y sin embargo en todos ellos reconocemos sin lugar a dudas a Henri Matisse.

A partir de este sorprendente hecho, el artista argumenta que el carácter es más importante que los rasgos particulares y que la inexactitud anatómica de los rasgos no sólo no daña la representación del “carácter íntimo y verdad inherente de su personalidad” sino que ayuda a clarificarla.

Es decir, dibujar con precisión los rasgos no asegura que el retrato se parezca al retratado ya que lo fundamental es captar “su carácter”, eso que comparte cada una de las muy diferentes representaciones. En el arte –y, posiblemente, en la arquitectura- esa esquiva totalidad que se oculta tras la superficie es la auténtica verdad.

Nota:

Conocí este texto y dibujos gracias al primer volumen de “The Nature of Order”, la obra magna de Christopher Alexander, que lo utiliza para ilustrar el concepto de totalidad o integridad (“wholeness”) en el que basa la nueva visión del mundo que pretende transmitir en su tratado.

A Closer Walk with Thee

Las mejores versiones son las que te hacen redescubrir una canción. Algo casi imposible cuando antes que tú la han tocado las más grandes de la figuras de la música popular, desde el country (Patsy Cline, Loretta Lynn, Willie Nelson…), hasta el gospel (Mahalia Jacskon, Sister Rosetta Tharpe), pasando por el jazz (Louis Armstrong y Grant Green), el blues (Robert Wilkins), el soul (Gladys Knight, Allen Toussaint) y hasta Elvis en la mili o Dylan y Cash en sus sesiones de Nashville.

Pero eso es justo lo que hace Corey Harris con el clásico gospel “Just a closer walk with thee” convirtiéndola en un irresistible reggae que me ha hecho pasar la tarde revisando otras versiones para regresar una y otra vez a su genial reinvención del sobado tema.

Nota 1:

Descubrí su excelente disco “Greens from the garden” (1999) -en el que sale esta canción- gracias a la “Penguin Guide to Blues Recordings“, que le daba su máxima calificación. Por mi experiencia en el tema (tengo varias decenas), las mejores guías de discos están elaboradas por sólo una o dos personas que transmiten un gusto propio y, además de los clásicos indiscutibles, reivindican discos por los que tienen debilidad (en lugar de decirte -como las elabradas por un comité- que los mejores discos los hicieron Los Beatles, Los Rolling o Bob Dylan, lo cual puede ser cierto pero de escasa utilidad). Ésta, sin ser de mis favoritas, me ha permitido descubrir algunas joyas de las que nunca había oído hablar.

Nota 2:

Hay literalmente centenares de versiones, pero todas las que he resaltado con enlaces merecen la pena (bueno, las de Elvis y Cash/Dylan son más bien curiosidades). Existe al menos otra versión reggae de Roland Alphonso para Blue Beat pero, en mi opinión, no le llega a la suela de los zapatos.

 

100 años de diseño suizo

swiss design

La pequeña muestra “100 años de Diseño Suizo”  en el MAM de Ciudad de México –que reduce a la mínima expresión la magna exposición de Zurich de hace unos años- consigue transmitir, pese a su modestia, los valores que identificamos con el diseño suizo. La limpieza, la claridad, las formas y colores elementales rigen la producción industrial del país desde el diseño gráfico a la tipografía (helvética) pasando por los curiosos bloques de vidrio en forma de lágrima del siglo XIX,  los cubos de sopa Maggi, el reloj de la compañía ferroviaria nacional, las tumbonas de Zumthor para el balneario de Valls, los taburetes de Max Bill, la imagen corporativa de Swiss Air, el pasaporte nacional, unas hermosas botas de esquí de los años 60 que perfectamente pudieron inspirar las populares “pilotas” de Camper, los bolsos y mochilas de lona de Freitag o las inevitables navajas. Me gustó ver entre los objetos expuestos un reloj Lexxon como el que le regalé a Begoña hace unos años, un mantel que hemos comprado –y regalado varias veces- como producto oaxaqueño moderno pero que parece tener una inexplicada conexión helvética, y un inolvidable disc-man de los años 20.

La estética que se presenta no es intrínsecamente suiza, ya que comparte con cierto diseño centro-europeo de raíces puritanas el amor por la depuración formal y la poética de la industria -desde la Bauhaus hasta los míticos productos de Dieter Rams para Braun- pero la homogeneidad y la coherencia de valores que transmite la exposición se ajustan a las ideas preconcebidas que tenemos sobre el país (y, por cierto, su arquitectura). Todo es limpio, claro, impecable, ordenado y serio.

Una hermosa exposición que me plantea una inquietante pregunta. ¿Es posible pasar un  siglo sin la menor disidencia ni disonancia?

¿Dónde estabas?

En el medio y medio de una de las obras maestras del inclasificable Tom Zé (“Todos os olhos” de 1973) sorprende escuchar esta alegre canción rememorando lo duro que era estar solito sin nadie que lo quisiera y preguntándose dónde estaba entonces su amor (Cadé voçé?). Siempre me había encantado la canción –que contrasta con su música más experimental- y al pinchar ayer un recopilatorio de Jackson do Pandeiro, aluciné al escuchar su “Tum Tum Tum” y comprobar una vez más los fuertes lazos entre la vanguardia y la tradición popular.

Nota 1: Letra de la versión de Tom Zé

Ô cadê, cadê você?
Quando eu era sem ninguém
e não tinha amor nenhum,
o meu coração batia, ô maninha,
tum, tum, tum.
Todo mundo arranja um bem:
eu ficando sem ninguém
e o meu coração batendo, ô maninha,
tum, tum, tum.
Você diz que faca corta,
mas navalha corta mais,
e a navalha que mais corta
é a língua dos rapaz.
Tum, tum, tum, tindolelê.
tum, tum, tum, tindolalá.
As moças da minha terra
nunca ficam sem casar,
(porque se passar dos trinta ela tem
Santo Antonio pra ajudar).

Nota 2:

Todos os olhos“, además de por su excelente música, es un disco famoso por su portada. Durante años circuló el rumor de que se trataba de un primer plano de una canica insertada en un ano que consiguió burlar la censura de la dictadura militar.

 

Fats Domino (1928-2017)

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Ahora que estoy leyendo el “Real Life Rock” de Greil Marcus -en el que buena parte de los micro-textos se refieren a cómo algunas canciones cambian de significado al escucharlas en una película, una banda sonora o en el supermercado- me ha venido a la cabeza la escena de “12 Monos” en la que Bruce Willis sube a un taxi y la canción que suena para evocar el mundo perdido en el apocalipsis que relegó a la humanidad a una vida subterránea es la inmortal versión de “Blueberry Hill” de Antoine “Fats” Domino.  Un tema apropiado para despedir a este gigante de la música popular (en todos los sentidos, él mismo se llamaba “The Fat Man” en su primer single) que a veces es minusvalorado porque –además de ser gordo y bonachón- representaba más la continuidad con la música de su Nueva Orleáns natal que la ruptura que tanto valoran los historiadores. Descanse en paz.

Creo/No creo

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No creo en el “cuánto peor, mejor”. Ni en el “sálvese quien pueda”. Ni en las banderas. Ni en que el estado sea una emanación del territorio y no un acuerdo entre ciudadanos.

Creo en la supresión de las fronteras. Creo en la solidaridad entre las zonas -y las personas- privilegiadas y las desfavorecidas. Creo en la redistribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades. Creo en el estado de bienestar. Y creo que muchos de los problemas del mundo vienen del hecho de no considerar a los demás como iguales. Creo en el proyecto europeo y alguna vez he fantaseado con la disparatada idea de que su ampliación paulatina –a medida que nuevos territorios asumen sus valores fundacionales- acabase por convertirlo en ese gobierno mundial que tanto necesitamos.

La vacuna

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Los hoteles se apiñaban en una única calle paralela al puerto y los fuimos recorriendo con creciente desánimo: o estaban llenos o tenían tarifas disparatadas aprovechando la fuerte demanda de ese fin de semana.

Tras caminar un par de cuadras hacia los neones que anunciaban las tarifas por horas – donde empezaba la zona que el mariachi nos había recomendado evitar so peligro “de que nos vacunasen”- regresamos a la pseudo-misión sesentera que tan temerariamente habíamos rechazado unas horas antes.

La hija de Fidel

el libro de la salsa

Sostiene César Miguel Rondón en su clásico “El libro de la salsa” que el interés por la música brasileña en Estados Unidos se debió al triunfo de la revolución cubana y a la decisión de los grandes consorcios de comunicación y entretenimiento norteamericanos de boicotear los productos culturales de la isla y buscar un paraíso tropical alternativo.

No suelo comulgar con simplificaciones brutales ni teorías conspirativas pero no deja de ser curioso que la explosión internacional de la Bossa Nova (según Rondón “un estilo suave y meloso,  magnífico para que los cantantes estadounidenses dijeran, a su manera, las mismas cosas de siempre”) y la serie de fusiones del Jazz con ritmos brasileños  (“Getz & Gilberto”, “Sinatra & Jobim” …) ocurrieran precisamente en la década que siguió a la llegada del comunismo a Cuba. A ver si va a resultar que, en cierto modo, la chica de Ipanema es hija de Fidel.

Helo Pinheiro_Real Girl from Ipanema

 

De repente

 

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El Pedregal de San Ángel es un paisaje lunar, resultado de la erupción del volcán Xitle hace más de mil quinientos años, en el que se desarrolló uno de los experimentos residenciales más singulares del siglo pasado. Un manifesto pionero de Diego Rivera estipulando las normas para su urbanización, la participación de artistas como el Dr. Atl y Gerardo Murillo, el fraccionamiento original de Barragán y Contreras, las primeras intervenciones y casas muestra, iniciaron un proyecto visionario, respetuoso con un paisaje hostil en el que captaron una belleza singular (y unas posibilidades de desarrollo inmobiliario) que había sido ignoradas hasta entonces.

La codicia acabó con todo aquello. El extenso territorio se fue fraccionando progresivamente y hoy, apenas quedan algunos retazos de aquel intento de urbanización sostenible.

La maravillosa casa Prieto López de Barragán, tras su recuperación, permite entrever lo que podía haber sido y no fue. La eliminación de un pequeño campo de golf que había ocultado durante mucho tiempo las rocas volcánicas -y la laboriosa recuperación de la flora y fauna endémicas- permite hoy -aunque sólo sea desde un pequeño rincón de la diezmada parcela original- admirar de nuevo el contraste entre las construcciones cúbicas -de una modernidad intemporal- y el salvaje paisaje que inspiró la visión original.

Al salir de la casa, entramos al centro de interpretación-restaurante que se ubica en sus antiguas cuadras, donde la amable guía nos mostró un álbum de fotografías de época tomadas por Salas Portugal que sólo aumentó la sensación de pérdida. De repente, un temblor.

Después, el horror.

Grant Hart (1961-2017)

 

huskerA los 16 años pasé una temporda en un minúsculo pueblecito del norte de Wisconsin estudiando el último curso de bachillerato. Era el único extranjero en centenares de millas a la redonda, un adolescente acneico aislado con una familia de acogida disfuncional entre hermosísimos lagos helados e interminables bosques de arces. La música me salvó.

El pelo todavía húmedo se congelaba mientras esperaba el autobús escolar, en el que la larga ronda por carreteras solitarias de nombres tan poéticos como Blue Moon Drive, era amenizada desde el asiento de atrás por los chicos malos del instituto con un radio-cassette desde el que atronaban los clásicos punk de siempre –Clash, Pistols, Kennedys y compañía- junto a decenas de bandas entonces desconocidas para mí pero que me abrieron un nuevo universo musical. Recuerdo que sonaban con frecuencia el “Chronic Town” de REM, el “Stink” de los Replacements, los debuts de Jane`s Addiction y Beastie Boys … y el “Warehouse. Songs and Stories” de Hüsker Dü.

Además de integrarme en las cerradísimas pandillas (de inadaptados) de un instituto de solo 250 alumnos, esa música nueva me mostró que no todo lo bueno había pasado décadas atrás (el rock and roll, la Velvet, el punk). Había música vital que me hablaba de tú a tú, hecha en ese preciso momento por gente de mi edad o poco mayor.

En los años siguientes asistí al triunfo primero subterráneo y luego global de esa música independiente. Compré cantidades inconfesables de discos, leí religiosamente el Ruta 66, vi a Pavement en su primera gira en el KGB, a Sonic Youth y Beck en Le Zenith, y a Nirvana en Montjuic.  Seguí rastros musicales que me llevaron a tiempos y lugares lejanos.

Uno de esos rastros empezó en aquel autobús amarillo con aquella cinta de Hüsker Dü.

Gracias, Grant Hart.

Nota:

Aquí y aquí pueden leer dos buenos obituarios:

 

 

 

Montañas artificiales

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Las montañas de residuos de las fábricas de ladrillo Stewartby en Bedfordshire muestran la belleza oculta en un vertedero industrial que evoca paisajes lunares, caprichos geológicos turcos o intervenciones de land-art.

El encuadre elimina cualquier referencia industrial y convierte el vertedero en naturaleza, evitando mostrar el perturbador contraste entre los montículos-senos y el bosque de chimeneas que los explica.

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Nota:

La primera imagen me ronda desde que leí hace unos meses  “¿De qué tiempo es este lugar?” (1971) de Kevin Lynch . La segunda, la encontré ayer en esta página de la BBC dedicada al patrimonio al rastrear el origen del misterioso paisaje de desechos.

Orden desordenado

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La censura al passat es deixa sentir també en la por cerebral a l’ordre tranquil —en el nostre cas, present a les finestres, columnes i cobertes de la plaça de Sant Josep— i també en l’equivocada idea que l’època present ha d’inventar un nou “ordre desendreçat” que vol imitar amb els seus volums i gestos la contingència i la vida.

En su crítica de la reconfiguración de la plaza trasera del Mercado de la Boquería, Xavier Monteys inventa el término “Orden descuidado” (o desordenado) para referirse a esa suplantación del orden complejo propio de las arquitecturas vivas por su simulacro. Parece ser una manifestación, a escala urbana, de la misma ansiedad oculta tras las fachadas “código de barras”, la caprichosa disposición de mobiliario urbano “a la catalana” y la adopción del tarro con rosca en algunos bares hípster. Añoramos la naturalidad de las ciudades lentas e intentamos evocarla obviando que el crecimiento orgánico es, por su propia naturaleza, imposible de replicar instantáneamente (y por sólo una mano).

Nota:

Aunque no entro a valorar un proyecto que no conozco (y cuya autora, además, me dio mi primera oportunidad laboral hace ya casi 20 años), las palabras de Monteys resuenan con algunos de los temas recurrentes de este blog.

Aislamiento disperso

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Los organizadores de la ciudad antigua tenían algo que aprender de los nuevos gobernantes de nuestra sociedad. Los primeros hacinaban a su gente tras una muralla, bajo la vigilancia de guardias armados (…) Ese método ha quedado obsoleto. Con los actuales sistemas de comunicación masiva a distancia, el aislamiento disperso resulta una forma más efectiva de mantener a la población bajo control. Al inhibir el contacto personal y la asociación directa, todo el conocimiento y administración son monopolizados por agentes centrales y transmitidos por canales vigilados, demasiado costosos para ser utilizados por particulares o grupos pequeños. Para ejercer el derecho de expresión en una comunidad tan dispersa y disociada uno debe “comprar tiempo” en el aire o “comprar espacio” en la prensa. Cada ciudadano de Suburbia es prisionero de la misma separación que tanto apreciaba: se le alimenta por un conducto estrecho: una línea de teléfono, una frecuencia de radio, un circuito de televisión. Esto no es, desde luego, el fruto de una conspiración consciente de una astuta minoría. Es el resultado orgánico de una economía que sacrifica el desarrollo humano por el procesamiento mecánico

Lewis Mumford. “La ciudad en la historia” (1961)