La casa de Barragán en la playa (2)

Gracias a la amable contribución de Eduardo Granja, aquí están las primeras fotos que he visto de la misteriosa casa de Barragán en la bahía de Majagua a la que dediqué una entrada hace algún tiempo .

A ver si algún día la Fundación Barragán  publica ese libro con material inédito que anuncia desde hace años y podemos ver algún plano o fotografía de época. Hasta entonces, estas imágenes, que no hacen más que alimentar el deseo de tener más información sobre esta singular casa, son lo único que tenemos los barraganófilos de a pie.

 

Abstractitis

 

 

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Tras tropezarme con Henry Watson Fowler en tres lecturas recientes de autores queridos*, no pude resistirme a salir con su celebrado manual bajo el sobaco cuando encontré un ejemplar en la librería de viejo de la calle Liverpool que suelo frecuentar.

Al abrirlo al azar nada más pisar la calle, lo primero que leí fue la genial entrada “Abstractitis” dedicada a todos aquellos que creen que utilizar un lenguaje más abstruso y abstracto les hace parecer más cultos:

Un escritor utiliza palabras abstractas porque sus pensamientos son nebulosos; el hábito de utilizarlas nubla aún más sus pensamientos y puede acabar ocultando su significado no sólo a sus lectores sino a él mismo; y escribe cosas como “La actualización de la motivación de las fuerzas debe ser en gran medida cuestión de angulosidad personal”. (…)La palabra abstracta siempre domina la frase como sujeto. Las personas y lo que hacen, las cosas y lo que se les hace se desdibujan y sólo podemos entreverlas a través de un vidrio oscuro

Con lo que me repatea el lenguaje académico en general y la pedantería vacía de tantos textos de arquitectos en particular, me reconforta que hace ya casi un siglo (1926) alguien detectase una tendencia que desde entonces no ha parado de extenderse. Creo que he descubierto un compadre.

*”The King’s English” de Kingsley Amis, “On Writing” de Stephen King y “Consider the Lobster” de Foster Wallace

Pies Negros

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Al leer anoche en el monumental “The City in History” de Lewis Mumford cómo la importancia de los mercados medievales dio lugar a unos tribunales especiales para resolver los conflictos comerciales que, en el caso de Inglaterra, se llamaban “Court of Pie Powder” y que, evidentemente, no se ocupaban del polvo de pastel  sino de los problemas de los vendedores ambulantes que los Normandos conocían como “Pieds Poudreux” (pies polvorientos)- cuyo nombre los ingleses anglificaron sin molestarse en mantener su significado-; no pude evitar recordar a los primeros “pies negros” que conocí – aquellos maleducados punkis de nuestra adolescencia que sin levantar el trasero de la acera te pedían invariablemente “un pitillo…y otro p’al colega”- y, sobre todo, del genial  K’naan , el “filósofo de pies descalzos” somalí.

Norville Barnes, arquitecto

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En esta secuela de “El gran salto” en la que por momentos parecemos vivir, Norville Barnes ha dejado atrás Hudsucker Industries y tras graduarse como arquitecto continúa recurriendo a discos, frisbees, hoola hoops y donuts para resolver cualquier tipo de proyecto -desde un “Centro de Tecnificación de Actividades Físico-Deportivas y de Ocio” en Cáceres, hasta la flamante nueva sede de Apple en Covertino, pasando por una extravagante “vivienda-del-millón-de-euros” en Matarraña–  ignorando que las virtudes del círculo (legibilidad, rotundidad y capacidad de asumir una escala territorial) rara vez compensan que su propia naturaleza de forma cerrada le impida crecer y cambiar con naturalidad.

 

 

 

De cómo los Beatles destruyeron el rock’n’roll

How the Beatles Destroyed Rocknroll

 

Suele decirse que la historia la escriben los vencedores pero, en lo que respecta a la música popular, eso raramente sucede. Los vencedores suelen estar fuera bailando mientras los historiadores se sientan en sus escritorios, documentando diligentemente músicas que no pueden escuchar en la radio comercial. Y no sólo los historiadores: La gente que decide escribir sobre música popular, incluso mientras sucede, suele estar muy alejada de los consumidores y trasnochadores habituales y a menudo desprecia los gustos y actitudes de sus congéneres más numerosos y alegres ” (E. Wald)

Esta historia alternativa de la música popular americana pretende acabar con los mitos y distorsiones provocados por el hecho de que los historiadores y críticos -en general, hombres blancos- que han formado nuestra visión de su evolución no han destacado lo representativo sino lo rompedor y -al analizar la música desde el escritorio y no desde la pista de baile- han ignorado a los artistas que realmente marcaron cada época -los que la gente escuchaba en jukeboxes, en la radio, en el coche y bailaba en el club- y se han formado una imagen mental a partir únicamente de los discos -que no siempre reflejan el sonido o formación habitual de un grupo musical- minusvalorando además la crucial influencia femenina en el desarrollo de la música, tanto en la pista como en el mercado discográfico.

El divorcio entre la pista y el escritorio corre paralelo a la división entre música blanca y música negra, que -como este libro demuestra- avanzaron juntas desde los inicios del fox-trot, el ragtime y el jazz hasta que en los años 60 se empezó a diferenciar entre la música “para escuchar” y la música “para bailar”. Aunque el relato termina en ese momento en que se fraguó el cisma, su epílogo apunta a que desde entonces – con la llegada de la música disco y el triunfo global del hip-hop- la fisura no dejó de crecer.

Y en cuanto a los Beatles -a los que provocadoramente alude el título- aunque probablemente las cosas habrían seguido un curso parecido sin ellos, son los villanos de esta historia porque con sus cuartetos de cuerda y sus sargentpeppers legitimaron la transformación del rock’n’roll en música seria -es decir, en “rock”- y consumaron para siempre el divorcio entre la música “artística” (“para escuchar”) y la música “funcional” (“para bailar”).

Si como Elijah Wald -y un servidor- piensas que la diferenciación y las pretensiones fueron letales para el rock, y que -incluso para escuchar- suele ser mucho más interesante la música de baile -en general, negra- que la música pop/rock con pretensiones artísticas, la lectura de este excelente ensayo te ayudará a entender como hemos llegado hasta aquí.

Arquitecturas de cartón pluma

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En lugar de considerar el paso de la idea a la realidad como una oportunidad de enriquecer el edificio, de darle una escala, de proyectar la pátina, de trabajar la transición entre interior y exterior, de potenciar los valores táctiles, de entender una ventana como acontecimiento y filtro y no sólo como un negativo de la masa construida, de diferenciar las zonas expuestas a la intemperie o al roce humano de las resguardadas, de convertir el objeto en escenario; algunos arquitectos buscan diseñar maquetas de cartón pluma a tamaño natural y convertir lo complejo en elemental -aunque la aparente sencillez implique pervertir la lógica constructiva para que todo quede uniforme, oculto y enrasado- persiguiendo una pureza difícilmente compatible con la vida, sus bultos, sus arrugas y sus manchas.

Nota:

Esta actitud purista contrasta con la que expresó su supuesto maestro Álvaro Siza en un elocuente texto de 1990:  Lo que (el arquitecto) imagina se hace realidad y cae sobre el suelo ondulado, como un pañuelo blanco y pesado, revelando mil cosas a las que nadie prestaba atención: rocas emergentes, árboles, muros y caminos trillados, cisternas, depósitos y surcos de agua, construcciones en ruinas, esqueletos de animales.
Todo esto perturba las ideas simples de arrugas y de superficies encorvadas.”

 

“Algo supuestamente divertido…

DFW

 

que nunca volveré a hacer” es la primera colección de ensayos que publicó David Foster Wallace y recoge una serie de textos de diversa extensión -desde un par de páginas hasta casi un centenar- sobre temas tan variados como el tenis, el cine de Lynch, un día en la feria estatal de su Illinois natal, la crítica literaria, de nuevo el tenis, la influencia de la televisión en la literatura contemporánea, o la inolvidable crónica que da título a la colección en la que relata los pormenores de su semana de pesadilla en un crucero de lujo por el Caribe.

Con tanta variedad, es imposible que todo sea igual de bueno o interesante y, aunque no volveré a ver a Lynch ni el tenis profesional del mismo modo y me encantaron sus reflexiones sobre “el granero más fotografiado de América”; me parecen especialmente brillantes los dos encargos que le hizo la revista Harper’s, en los que el autor consigue sacar punta a dos temas tan potencialmente letales como una feria estatal y un crucero. Es en estos textos más largos -los más narrativos del lote- donde DFW despliega todos sus encantos, su capacidad de observación, su sentido del humor y ese característico estilo trufado de notas al pie, digresiones, referencias populares, datos autobiográficos y saltos de registro y vocabulario que consiguen llevar al lector de lo banal a lo sublime o convertir convincentemente el Zenit en Nadir.

Me he vuelto fan.

Television en el Covadonga

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De los grupos que te marcaron cuando de verdad importa, hay los que ya apenas te dicen nada, los que recuerdas con cariño pero ya casi nunca escuchas, y los poquísimos que forman parte de ti y cuyos discos necesitas desempolvar de vez en cuando para volver a sentir su fuerza o su magia. En este selecto grupo está sin duda Television.

Han pasado cuarenta años de su breve momento de esplendor (1977-78), un cuarto de siglo desde su disco “de reunión” y, aunque todos ellos han tenido carreras musicales activas, había perdido toda esperanza de poder verlos tocar, hasta que me enteré de que en un local de lo más improbable -encima del restaurante Cantábrico del salón de eventos Covadonga- aparecerían la noche del 20 de Mayo como cabezas de cartel del Festival Marvin.

Este festival dura un único día y se desarrolla en varios locales de las colonias Condesa y Roma, y mientras esperábamos el gran momento, fuimos picoteando por varios conciertos entre los que nos decepcionó No Age  (por el pésimo sonido, ya que la música y el entusiasmo prometían); y nos gustó especialmente el festivo grupo francés Faire: Cuatro jóvenes con estética punk con el torso desnudo y botando sin parar,armados con una guitarra, dos maquinillos y varios instrumentos de percusión que transmiten una energía contagiosa a través de una música difícil de clasificar pero increíblemente animada y de un show digno de aquellos gloriosos conciertos de Gogol Bordello.

Al llegar la hora, subí las escaleras con la típica aprensión que me ronda cuando voy a ver a viejas glorias, sabiendo que es casi imposible que la realidad se ajuste a la visión idealizada de tantos años de devoción; hasta que se apagaron las luces, salieron entre grandes aplausos Fred Smith, Billy Ficca, Jimmy Ryp (sustituyendo a Richard LLoyd) y Tom Verlaine y al sonar el inconfundible arranque de “Prove It” noté como se me erizaba el cabello y me quedaba pegado al retumbante suelo de la sala con los ojos clavados en el escenario hasta el “Marquee Moon” que cerró el concierto.

Fueron cayendo buena parte de sus clásicos (eché de menos “Little Johnny Jewel”, “Careful” y “See No Evil” ) y aunque la voz de Verlaine dejaba bastante que desear (privándonos de su evocadora poesía urbana), de las guitarras entrelazadas y la genial sección rítmica salían esas portentosas jams eléctricas que había ido a buscar y con las que estos sexagenarios siguen expandiendo cada noche que tocan las fronteras del rock de guitarras.

La hoja del olmo no es perfecta

la hoja del olmo no es perfecta_Javier López Facal

Este original ensayo de Javier López Facal analiza el problemático encaje de la ortodoxia, la perfección y la simetría con una realidad que se resiste tozudamente a la simplificación y con esa vertiente de la naturaleza humana que abraza la diversidad y celebra la imperfección.

Podrían escribirse sesudos volúmenes desarrollando lo que en él se esboza para cada uno de los ámbitos tratados (la religión, la política, las artes, las ciencias y el lenguaje), pero el principal acierto de este absorbente ensayo es precisamente la concisión, la transversalidad y la capacidad para transitar con garbo entre la academia y la calle, utilizando la asombrosa erudición del autor para salpimentar el texto con citas clásicas, datos históricos, vivencias personales, y disquisiciones teológicas, etimológicas o botánicas que -viniendo siempre al caso- consiguen sorprender al lector y arrancarle una sonrisa.

Pese a su brevedad, sentido del humor y frescura, el libro plantea un ambicioso elogio de la imperfección; y en esta época obsesionada con la  actualidad y la especialización, me parecen especialmente valiosas estas raras miradas que son capaces de recorrer milenios y saltar entre disciplinas para -en este caso- mostrarnos todo lo que se esconde tras la asimétrica belleza de una modesta hoja de olmo.

Nota/Caveat Emptor: Aunque dudo mucho que mi valoración variase significativamente si no tuviese vínculos con el autor y la obra, considero obligado señalar que no sólo se trata de un familiar muy querido, sino que tuve el honor y el placer de leer y comentar el manuscrito durante su redacción.