El maravilloso mundo de Alexander Girard

Antes de disfrutar la excelente exposición del museo Franz Mayer, apenas conocía de Girard las hermosas figuras en madera pintada que vende VITRA. Ahora lo considero uno de los grandes diseñadores del pasado siglo.

Al pasear por las salas van desfilando ante tus ojos: el estudiante italiano en Escocia que creó su propio mundo de fantasía (la república de Fife), con sus blasones, sus sellos, sus monedas, sus mapas y sus tipografías; el joven arquitecto autor de algunas inolvidables casas en el área de Detroit; el coleccionista de ojo infalible que logró acumular más de 100.000 piezas de arte popular y organizó algunas de las mejores exposiciones sobre el tema; el diseñador de tejidos de Herman Miller capaz de crear inolvidables patrones para los muebles de los Eames (y para los menos conocidos pero muy apreciables diseños propios); el interiorista capaz de diseñar un restaurante desde la arquitectura hasta el mobiliario, la vajilla, las cerillas y los azucarillos; el diseñador de la delirante imagen corporativa de la aerolínea texana Braniff (incluidos los uniformes) y el bohemio retirado en una maravillosa casa-museo tradicional de Santa Fe (Nuevo México).

Terminas el recorrido boquiabierto por el talento y la arrolladora creatividad de un artista total que embellecía, alegraba y mejoraba todo lo que pasaba por sus manos. Si tienen ocasión de ver esta exposición, no se la pierdan.

Diminuta dignidad

Hastiado de ver cómo los “micro-flats”, los “tiny-homes”, los “lofts” y las “suites” aparecen regularmente como una idea novedosa que ayudará a solucionar la carestía de vivienda, me ha encantado descubrir un magnífico edificio de 1937 que se anticipó casi cien años a esta tendencia y sigue en pie (aunque desfigurado por un desafortunado lavado de cara).

En un diminuto terreno de 27 m2 (9,2 por 3,2 metros) situado a una cuadra del Paseo de la Reforma, el arquitecto Enrique de la Mora proyectó un singular edificio de 4 apartamentos -uno por nivel- con el programa mínimo “para una persona o matrimonio”.

Pese a su reducidísimo tamaño (unos 20 m2 por unidad, descontando la escalera común de acceso), cada espacio está elegantemente articulado de manera que hay un pequeño vestíbulo, una cocina y baño independientes y una sala-dormitorio, todos completamente exteriores. También cuenta con una azotea común que -en su día- contaba con excelentes vistas al Ángel de la Independencia.

Me parece un recordatorio perfecto de cómo hemos degradado los estándares de vivienda aceptando -incluso en viviendas de “gama alta”- prescindir del vestíbulo o renunciar a la iluminación y ventilación natural de todos los espacios, y de cómo la dignidad de una vivienda es independiente de su tamaño. Por desgracia, también nos recuerda el poco respeto que tenemos por el patrimonio residencial moderno.

Un cacho de patio fuera

Los edificios entre medianeras suelen tener una fachada hacia un patio interior y otra hacia el exterior alineada con sus vecinos formando una calle-corredor. Este plano continuo de fachada sólo se altera por balcones, cornisas, molduras o marquesinas; pero suele considerarse una regla de buena urbanidad respetar rigurosamente la alineación que marcan las ordenanzas.

Sin embargo, un edificio que veo a diario e inicialmente me parecía caprichoso, me ha obligado a reflexionar y me ha mostrado que si, en lugar de concentrar toda el área libre que exige la normativa en el patio interior (típicamente un 20 o 30%), se reserva un pequeño porcentaje para abrir un patio en fachada, empiezan a pasar cosas interesantes.

El baño interior de la habitación principal puede de repente tener iluminación natural y -lo que es más importante- el salón deja de tener una única fachada y se abre en la esquina, creando una sensación espacial mucho más rica y evitando focalizar la vista sobre el vecino de enfrente.

En este caso concreto, además, los arquitectos han sido radicales y, por una parte, han proyectado un pretil descendente que -al desaparecer gradualmente a medida que se acerca a la esquina, diluye aún más la sensación de edificio entre medianeras y, por otra, han cuidado el diseño del pequeño balcón corrido y -al lograr que esté al mismo nivel que el pavimento interior, consiguen que -al escamotear las grandes puertas corredizas- toda la sala se convierta en un gran porche cubierto. El ligero giro de la planta contribuye a acentuar la separación del edificio de la medianera vecina.

Como casi siempre en arquitectura, no se trata de una invención novedosa ya que existen muchos ejemplos de patios en fachada (casi toda la vivienda colectiva de Coderch -especialmente el edifico Girasol– por poner un ilustre ejemplo moderno) pero por la elegancia y claridad con la que está resuelto, creo que este pequeño proyecto de sólo 4 apartamentos del estudio holandés 7478 ofrece una lección de arquitectura y confirma que a menudo merece la pena cuestionar la forma habitual de hacer las cosas. Lo que aparentemente es un capricho puede a veces esconder ideas de gran potencia arquitectónica.

Vernáculo contemporáneo

En la monografía que “El Croquis” dedicó recientemente a su interesantísimo trabajo, “H Arquitectes” reconocen abiertamente la gran influencia de la obra de Lacaton y Vassal y de la idea implícita en ella de que el catálogo industrial es la base de la arquitectura vernácula contemporánea.


Es decir, si bien el ser humano siempre ha construido con los materiales que tiene a la mano y con los sistemas constructivos más económicos, estos ya no son el ladrillo o las piedras y maderas locales sino las placas de fibrocemento, el bloque de hormigón, los tubos de acero galvanizado, la chapa ondulada o el policarbonato que ofrece cualquier proveedor local de materiales de construcción.


Esto explica por qué los crecimientos informales de las grandes ciudades y las pequeñas construcciones auxiliares en el campo se levantan ahora con estos materiales y explica también esta simpática estampa que me encuentro en mi camino diario al trabajo, en la que un sistema que inicialmente era de alta tecnología (el muro cortina) es ya tan común que se empieza a manipular con desparpajo, recortando el faldón inferior para evitar cabezadas.

Los flecos de la cortina

La modernidad se llevó “el ornamento” y nos hizo olvidar que muchos de los elementos que ahora percibimos como adornos nacieron para resolver una transición entre elementos o materiales o para disimular irregularidades y defectos de construcción.

Esta vieja idea aparece formulada de un modo mucho más hermoso -más sencillo, más concreto, más poético- en el entretenidísimo libro de conversaciones con Federico Correa que publicó Tusquets hace unos meses:

“Lluis Clotet: …recuerdo tus discursos defendiendo el uso de visillos y cortinas, absolutamente barridas de cualquier ambiente moderno, porque eran eficaces elementos que protegían del deslumbramiento, de la intimidad y de las corrientes de aire que dejaban pasar las ventanas. O la alegría el día que descubriste que los flecos de las cortinas eran en realidad un zócalo flexible que resolvía que suelo y guía no fueran perfectamente horizontales.”

Christ’s Church

Lucernario sobre el altar de la iglesia Anglicana que Carlos Mijares Bracho proyectó en Lomas de Chapultepec (1988-1990)

Una planta cuadrada resuelta con un sistema constructivo arcaico en una esquina anodina se activa espacialmente, mediante la diagonal que arranca a ras de suelo en el acceso y asciende hasta el cielo a través del lucernario que alumbra el altar con una luz densa y estratificada, convirtiéndose en un memorable hito urbano.

La habitación sin nombre

En “Tomorrow´s house” (1945), George Nelson y Henry Wright aventuran hacia dónde puede ir el diseño residencial del futuro a partir de un análisis de la arquitectura de su tiempo.

Su capítulo más sugerente está dedicado a un deseo recurrente e insatisfecho que detectan tras algunos encuentros casuales con colegas y clientes: una gran habitación de uso ambiguo a la que llaman “la habitación sin nombre”.

En su opinión, la excesiva especialización de las distribuciones de casas y apartamentos modernos (con su “comedor”, “sala de estar”, “cocina” y “dormitorios”) ignora una gran cantidad de actividades que forman parte de la vida de las personas (desde juegos o jardinería de interior hasta hobbies como coser, maquetismo y pintura) y que desbordan esos compartimentos estancos con los que habitualmente conceptualizamos y construimos nuestros hogares.

“La habitación sin nombre” debe tener un marcado carácter público, estar construida con materiales muy resistentes y equipada con muebles -idealmente integrados en la propia arquitectura-  que requieran un mantenimiento mínimo. Debe tener espacio de almacenamiento que permita recoger los enseres para que su uso sea realmente flexible y permita incluso usos formales en ocasiones especiales.

Esta habitación permite hacer una sala mucho más pequeña y especializada (la guarida de las reuniones de adultos), evita que las habitaciones de los niños deban ser también su lugar de juegos y potencia la flexibilidad e informalidad de usos. Es una auténtica “habitación para toda la familia”.

La popular “family room” estadounidense tiene ciertos atributos de esta “habitación sin nombre” pero con frecuencia acaba siendo una sala de juegos y televisión y no es explícitamente ambigua ni de uso rudo.

En mi opinión, si hay unos arquitectos que veneren ese espacio que permite una vida más flexible y rica, son los geniales Lacaton y Vassal que en varias de sus primeras casas (casa Latapie, casa en Dordogne) duplican el espacio con invernaderos generando una gran habitación ni interior ni exterior, ni pública ni privada que encaja perfectamente con esta idea.

Y aunque se pueda pensar que este espacio sólo es viable en casas unifamiliares o apartamentos muy grandes, estos mismos arquitectos demostraron – en las viviendas sociales de Mulhouse (con sus inverndaderos adosados) o en su celebrada rehabilitación de los bloques de vivienda social de Burdeos  (en la que una galería de ancho generoso transforma los convencionales apartamentos pre-existentes) que incluso con programas y presupuestos muy modestos se puede lograr esa “habitación sin nombre” capaz de asumir infinidad de usos imprevisibles (incluido el tan actual teletrabajo) y permitirnos llevar una vida menos encorsetada, más libre.

Lo-TEK

La exposición y catálogo “Arquitectura sin Arquitectos” (1964) de Bernard Rudofsky nos legó una trascendente selección de imágenes de un mundo en desaparición en el que la naturaleza y el ser humano eran uno y nuestras construcciones tenían la naturalidad (y la complejidad) de un hormiguero, una tela de araña, un panal o una estructura fractal vista en un microscopio.

A partir de este precedente pionero, Julia Watson da un paso más al pasar de la muestra de riqueza formal de Rudofsky al análisis detallado de dieciocho casos particulares que le sirven para defender su vigencia en un mundo al borde del colapso climático y de la extinción de su biodiversidad.

Sostiene Watson que ha llegado el momento de superar la mitología de la tecnología que heredamos de la Ilustración –basada en el desprecio del conocimiento “primitivo”, la fe en el progreso indefinido, y la explotación de unos recursos que se suponían infinitos- y volver a trabajar con la naturaleza (sin pretender “conquistarla”) como tantas sociedades indígenas cuyas tradiciones –aunque fuertemente amenazadas- continúan vivas.

Su magnífico libro no es un tratado académico sino una llamada a la acción. Al analizar ejemplos correspondientes a todos los continentes (excepto Europa) y diversos tipos de hábitat (Montañas, Bosques, Desiertos y Humedales) el mensaje es claro y universal: en cualquier hábitat podemos aprender de los pueblos indígenas estrategias, lecciones y soluciones que nos ayuden a lograr un mundo más armónico y sostenible.

De las terrazas de arrozales balineses a las islas flotantes de los Uros; de los alucinantes (y kilométricos) acueductos subterráneos de los persas y los Malayalis a las milpas mexicanas, pasando por los jardines-gofre de los indios de Nuevo México, las increíbles estructuras vegetales abovedadas y flotantes de los Ma’dan o los puentes vivientes a prueba de monzón que ilustran la portada, este libro nos muestra la riqueza de un conocimiento afinado durante milenios de íntima convivencia entre el ser humano y su entorno  y la importancia de no sólo preservarlo sino utilizarlo como base en nuestra relación con el medio.

Nota: Lo-TEK es un juego de palabra entre “Low Tech” (baja tecnología) y el acrónimo TEK (Traditional Ecological Knowledge/Conocimiento Ecológico Tradicional)

Ver como niños

 

Andar una filosofía

Uno de los temas recurrentes de este blog es la importancia de aprender a ver con los ojos limpios, ver el campo en lugar de “paisaje”, ver árboles y no “árboles” o ver como sólo los niños pueden hacerlo:

Crecer significa no ser sensible ya más que a las generalidades, a las similitudes, a las categorías de ser. El bosque, la montaña, la llanura…Y, en nuestro entorno, todo se vuelve idéntico: para nosotros adultos, cada sendero pertenece a un mismo gran paisaje, está englobado en él. El adulto lo ve todo desde la altura de los años que tiene. La perspectiva de la experiencia lo aplana todo, lo achata, le quita sabor. El adulto sabe que su casa está situada en un país, y que varios caminos llevan hasta ella.

Para el niño, en cambio, los caminos alejan, inquietan, son posibilidades de mundos. No se parecen entre sí: se abren a universos distintos. Para el niño, ni siquiera los árboles se parecen entre sí: sus ramas nudosas, sus troncos torcidos, sus perfiles, todo los diferencia. No son dos higueras, o dos robles, sino el guerrero y el brujo, el monstruo y el niño.

(Frédéric Gros “Andar. una filosofía”. Taurus 2015)

Una escalirrampa memorable

IMG_20191102_171641Ese cruce entre escalera y rampa que algunos llaman escalirrampa- escalera en la que las huellas se dilatan e inclinan o rampa interrumpida rítmicamente por escalones- suele tener más de rampa que de escalera – un apaño para humanizar cuestas empinadas- y rara vez se explotan sus posibilidades escenográficas con la destreza que encontramos en la escalinata de acceso a la iglesia de Guadalupe en San Cristóbal de las Casas.

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Lo que de lejos parece un graderío de colosales escalones de huellas amarillas y tabicas blancas -tal como tramposamente se nos presenta en un primer tramo de escalera convencional- se transforma a partir del décimo peldaño en una singular escalirrampa en la que la alternancia de tabicas amarillas, huellas grises y tabicas blancas produce un inolvidable trampantojo en el que la gente parece flotar frente a una pared vertical.