El mundo bajo los párpados

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Soy alérgico al Ocultismo y el “New Age”. Nunca me ha interesado ni la psicología, ni la interpretación de los sueños, ni la videncia, ni la curación mental de dolencias físicas, ni las visiones asociadas a las experiencias cercanas a la muerte; ni jamás me había preguntado dónde estamos cuando soñamos. Ignoraba que existiesen los onironautas y el sueño lúcido, que Hipnos  (el sueño) y Tanatos (la muerte) fuesen hijos de Nix (la noche) o que Asclepio y sus hijas Panacea e Higía fuesen las diosas de la curación (y que la gente peregrinase a sus santuarios a incubar sueños y así sanarse).

Apoyándose tanto en relatos históricos recurrentes como en mitos griegos, egipcios y orientales; en las visiones premonitorias de Nietzsche, Schopenhauer, Kafka o Mark Twain; en el trabajo conjunto de Jung y Pauli; o en las implicaciones de que la física que se acerca a la materia desde lo diminuto acepte con resignación las paradojas espacio-temporales y la posibilidad de la existencia de múltiples dimensiones, el autor de este hermoso ensayo consigue inocular en el lector una duda razonable sobre si eso que consideramos realidad, en lugar de restringirse a lo que percibimos por los sentidos, debería tal vez ampliarse a una visión de un mundo que integre lo psíquico y la conciencia y en el que presente, pasado y futuro pueden convivir simultáneamente (aunque sólo podamos acceder a esa realidad aumentada cuando soñamos o tenemos experiencias cercanas a la muerte).

Así, lo que a primera vista parece una investigación sobre el mundo de los sueños y los fenómenos, mitos y rituales asociados a ellos esconde en realidad una crítica radical de ese racionalismo que el autor considera simplista e intransigente por atribuir todo lo inexplicable al azar.

No es que vaya a abandonar de repente la tradición ilustrada que tan bien me ha servido hasta la fecha pero la lectura de este poderoso libro de Jacobo Siruela me ha hecho plantearme que tal vez las cosas no sean tan simples como pensaba. No se puede pedir más a un ensayo.

Luces de ciudad

La ciudad por la noche son esas luces que anuncian poco recomendables antros o forman un bello perfil luminoso que nos indica el camino a casa.

Bright Lights, Big City“- Jimmy Reed (1961)

El bluesman más relajado de todos sufre porque las luces de la ciudad “se subieron a la cabeza de su chica” e intenta advertirle de que la llevarán a la perdición. Es también muy recomendable la desgañitada versión de un bisoño Van Morrison con los nunca suficientemente reivindicados Them.

Harbor Lights“- Elvis Presley (1954)

En este pequeño clásico de los años 30 -lo primero que  grabó Elvis nada más pisar los estudios Sun de Memphis- las luces del puerto que una vez anunciaron el reencuentro con la amada marcan ahora la separación definitiva.

“Dallas”- The Flatlanders (1972)

¿Has visto alguna vez Dallas desde la ventanilla de un DC-9 por la noche?

City Lights” – Lou Reed  “(1979)

Una oda a Chaplin rescatada de un disco menor de Lou Reed (“The Bells”) al que llevo enganchado una buena temporada (sobre todo a la inolvidable “All through the night” co-compuesta con Don Cherry) .

New York Skyline” – Garland Jeffreys (1977)

El único músico tan perdidamente enamorado de Nueva York como su amigo Lou Reed compuso esta hermosa canción a mayor gloria de la silueta nocturna de su ciudad.

Big City” – Spacemen 3 (1991)

“Gran ciudad, luces brillantes, gente “cool”, todos mis conocidos están allí” (una inversión total de la canción de Jimmy Reed). Spacemen 3 ya no eran a estas alturas un grupo más que en el nombre y hasta se habían repartido las caras del lp para no tener que verse las suyas. Aún así, crearon un gran disco (“Recurring”) que se abre con este clásico (que hasta los Simpson utilizaron en uno de sus episodios psicodélicos)

Los yonquis del agua

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El agua del grifo no es potable. Acercarse al OXXO, el 7-eleven o el “abarrotes” más cercano para volver cargados con  garrafas de cinco o seis litros, subir los tres tramos de escaleras que nos separan de la calle y vivir pendientes de la campana que marca la hora de bajar los bidones vacíos son actividades que hemos incorporado con naturalidad a nuestras rutinas semanales y no plantean mayores problemas. Hasta el día que te olvidas.

Anoche volvimos a casa de una boda en Xochimilco y nos acostamos temprano tras terminar con el escaso cuarto de litro que quedaba en la botella de la nevera. A las tres de la mañana me desperté con una sed de una intensidad que no recordaba haber experimentado antes. Abrí la puerta del refrigerador y recordé con horror que no quedaba ni una mísera gota de agua que echarse al gaznate. Había cervezas -poco apetecibles tras la importante ingesta de alcohol del día anterior- y una tónicas que también recordaban demasiado a los gin-tonics de hacía unas horas.

Desesperado, abrí el congelador y empecé a masticar cubitos de hielo. Pero los dientes me dolían por el frío y tras el tercer cubito volví a acostarme esperando dormir unas horas hasta que amaneciera y bajar entonces a reponer existencias. Era inútil. No podía pensar en otra cosa que grifos, vasos, botellas y garrafas. Y no era el único.

Nos envalentonamos y decidimos bajar a la tienda de conveniencia más cercana con la esperanza de que estuviese abierta. Nos vestimos por encima de los pijamas y nos pusimos en camino. Al acercarnos a Juan Escutia vimos una luz que confirmaba nuestras esperanzas. Podríamos calmar nuestra sed.

Entramos corriendo, nos abalanzamos sobre las neveras y agarramos una garrafa bien fresquita de Epura y otra de Ciel, pagamos; y, nada más salir, nos detuvimos entre la puerta y el cubo de basura, abrimos con avidez el precinto y bebimos como nunca habíamos bebido, en larguísimos tragos que sólo interrumpíamos para poder respirar, hasta que por fin pudimos empezar a pensar en algo que no fuese nuestra propia sed.

Nos sentimos yonquis del agua.

El pilar y el bastón

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Aunque me parece que se abusa bastante de los pilares inclinados, comparto esta ingeniosa justificación de Gaudí que los aficionados a ellos podrán utilizar a conveniencia:

“Me preguntaron por qué hacía columnas inclinadas. Les respondí que por la misma razón que el caminante cansado, cuando se detiene, se apuntala con el bastón inclinado, porque si lo pusiese vertical no descansaría”

(de “El pensamente de Gaudí” de Isidre Puig Boada. DUXELM, 2004)

El viaje al centro

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Este pabellón viajero nació en Pittsburg (en las acerías del señor Carnegie) para representar a México en la Exposición de Nueva Orleans de 1884, pasó temporadas en Chicago y Saint Louis, y encontró un acomodo provisional en la Alameda Central de la Ciudad de México antes de arraigar definitivamente en la colonia Santa María La Ribera.

Ahí, ubicado en el centro geométrico de su principal espacio público, este errante “Kiosko Morisco” de planta centralizada y estructura de hierro no sólo encontró su lugar sino que se ha convertido en el corazón del barrio  y en el icono con el que tanto sus vecinos como el resto de la ciudad identifican la colonia, hasta el punto de resultar inimaginable en cualquier otro lugar. El centro de esos círculos concéntricos que forman su cúpula es ahora el centro físico y mental del barrio, su kilómetro cero.

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Laurie Baker

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Como saben los que siguen habitualmente el blog, últimamente me interesan mucho los “arquitectos descalzos”: esos profesionales -como Hagerman o Van Lengen– que prefieren trabajar in-situ con la gente (y con sus propias manos) que en el tablero de dibujo, que intentan respetar al máximo el terreno y vegetación existentes, que celebran la individualidad del ser humano y su derecho a tener una vivienda adaptada a sus necesidades concretas, que luchan contra el despilfarro económico, energético o material, que aprovechan los recursos próximos y plantean edificios de muy baja tecnología que casi cualquier persona puede llegar a construir y que se preocupan por recuperar el modo intemporal de construir y aquellas lecciones que podemos aprender de la arquitectura tradicional.

Hace algunos días veíamos cómo Hassan Fathy luchó (y fracasó) en su intento por establecer una nueva arquitectura vernácula para Egipto ya que sus propuestas no fueron aceptadas por la gente humilde para la que estaban pensadas (tanto por el uso de bóvedas que hasta entonces se asociaban a la arquitectura funeraria, como por el empecinamiento de los usuarios para los que proyectaba en tener casas lo más parecidas posible a las de los ricos de su pueblo); y ahora se le ve como un arquitecto de talento pero con una mirada nostálgica que le impedía proponer lo que realmente necesitaban sus paisanos más desfavorecidos y que le llevó a un callejón estilístico sin salida.

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The Hamlet. La casa del arquitecto

Laurie Baker, en cambio, consiguió desarrollar una arquitectura vernácula contemporánea para Kerala, la región tropical húmeda del sur de la India donde vivió la última parte de su vida. Allí construyó más de mil casas unifamiliares -todas diferentes y adaptadas al presupuesto y necesidades de cada cliente- varias iglesias, un pueblo de pescadores, un centro de computación, cafés, hospitales y casi cualquier tipología que se pueda imaginar. Pese al escepticismo y hostilidad con que se encontró inicialmente, su manera de hacer se ha extendido por toda la región ya que su bajísimo costo permite a mucha gente que no puede tener una casa convencional construirse una vivienda fresca y cómoda.

Su biografía es digna de una película (que, de hecho, ya se ha filmado pero todavía no he podido ver). Nacido en Inglaterra en 1917 en una estricta familia metodista, se graduó en arquitectura en 1938, fue objetor de conciencia y pasó la segunda guerra mundial en China como voluntario en hospitales de atención a leprosos como parte de la iniciativa “Friends Ambulance Unit” de los cuáqueros a los que se había acercado tras distanciarse de la iglesia de sus padres.

En 1943, tras cuatro años en China, le ordenaron regresar a Inglaterra pero por el camino, se detuvo en Bombay. Allí  se encontró con Mahatma Gandhi y el flechazo fue instantáneo. Gandhi se interesó por aquel modesto arquitecto inglés que en lugar de zapatos llevaba -a la manera china- unos trapos envolviendo sus pies, y Baker.a su vez, quedó profundamente impresionado por el pensamiento de Gandhi y, muy especialmente, por su idea de que la esencia de la India estaba en sus aldeas y de que los materiales de construcción deberían estar cómo muy lejos a 5  kilómetros de la obra.

Regresó a Inglaterra pero no podía olvidar la India y en cuanto surgió la oportunidad de unirse como misionero a la organización  “The Mision to Lepers” para el cuidado de leprosos que buscaba arquitectos e ingenieros para construir centros de acogida en aquel país, no lo dudó y partió hacia Faizabad (Uttar Pradesh) para ayudar en su labor humanitaria al Dr. Chandy y a su hermana Elizabeth -también doctora- de la que en seguida se enamoró perdidamente.

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Queridísima

 

Mientras escuchaba distraídamente el disco “Memorial” de Don Drummond, la delicada canción “Dearest” contrastó tanto con el fondo de vigorosos instrumentales ska con los Skatalites que lo hicieron célebre que tuve que levantarme para volver a pincharla (una y) otra vez hasta averiguar qué diablos era eso que me resultaba tan familiar pero que tenía la certeza de nunca haber escuchado antes.

Resultó que la familiaridad se debía, por un lado, a que se trataba de una composición de Bo Diddley -con cierto aire de familia con la irresistible “Crackin’ Up“- y, por otro, a que era una versión de Mickey and Sylvia -que evoca irremediablemente su inmortal “Love is Strange” (por cierto, también compuesta por Diddley)-. Pero esas voces, ese trombón y esa evocadora guitarra -por no hablar de esa dulce manera de tocar R&B yanqui propia de la música jamaicana anterior al reggae- conseguían ese característico milagro pop mediante el cual una tópica letra de amor y una tonadilla aparentemente inocua consiguen evocar un lugar o un estado de ánimo fuera del tiempo en el que, por un momento, desearías vivir para siempre.

De Dotty y Bonny apenas nada se sabe. Grabaron éste y algún otro tema para Duke Reid y se esfumaron para siempre.

Notas:

– Aunque se suele considerar a Mickey and Sylvia “one-hit-wonders”, Mickey Baker es reverenciado en según que círculos como uno de los grandes guitarristas de la música popular, participó como músico de sesión en muchísimos clásicos R&B, y es autor del curso de referencia   “Complete Course in Jazz Guitar” ; y Sylvia Robinson pasaría a la historia -entre muchas otras cosas- como creadora de una de las mejores canciones de la era disco (“Shame Shame Shame“) y como fundadora de Sugarhill Records (y, por tanto, madre del hip-hop). Poca broma.

– Y su versión del tema es también preciosa:

La alegría del trabajo: La rampa de Juan Cipriano

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La magna obra del maestro Juan Cipriano

En estas fechas amargas de vuelta al cole y al curre, me ha animado encontrar este mensaje garabateado por el maestro Juan Cipriano en el cemento de una vulgar rampa de garaje que nos recuerda que el trabajo -por modesto que sea- puede ser algo digno de celebración y no únicamente una maldición bíblica.

La venganza de los Mekons

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Aproveché que estaba de rodríguez para ver anoche “The Revenge of the Mekons“, el documental de Joe Angio dedicado a celebrar los 40 años de vida de este genial colectivo musical.

Salidos de las escuelas de arte de Leeds, empezaron en 1977 como punks de primera hornada compartiendo escenarios (e instrumentos) con sus paisanos Gang of Four.Llamaron la atención de John Peel con sus primeros singles, ficharon por Virgin al poco tiempo de formarse, fueron cabeza de cartel en uno de los primeros bolos de U2 (que -según cuentan- ya entonces se tomaban rídiculamente en serio a sí mismos y hacían aspavientos de rock de estadio en el escenario),  adelantaron a los Clash por la izquierda (su “Never Been in a Riot” era una crítica al “White Riot” que en tantos lugares de Inglaterra se interpretaba -erróneamente- como un cántico a la supremacía blanca) y participaron activamente en las huelgas mineras del thatcherismo.

Hasta ahí -y resumida tan burdamente- una trayectoria relativamente normal. Pero en las 4 décadas transcurridas desde entonces -sin un sólo éxito y con ventas que muy rara vez superan los 4 dígitos- han grabado más de 20 discos y han entrado y salido del grupo decenas de músicos (incluido el olvidado fundador de los Rolling Stones y los Pretty Things, Dick Taylor;  o el genial baterista Stephen Goulding, que tocó en los primeros discos de Graham Parker & The Rumour -y en el “Watching the Detectives” de Costello) y durante todo ese tiempo fueron madurando sin perder su esencia ni desfallecer nunca ante la adversidad.

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Tras la primera etapa punk fueron despedidos sin miramientos por Virgin,  pasaron un par de años en barbecho y empezó “la maldición de los Mekons” (de la que se reirían años después en su álbum homónimo). Luego, descubrieron el folk inglés y, sobre todo, a su primo bastardo norteamericano, el country/honky-tonk (que reinventaron como eso que algunos llaman alt-country);  y empezaron una nueva etapa en la que grabaron discos colosales (“Fear and Whiskey“, “The Edge of The World“), y hasta ficharon por una multinacional e intentaron -sin éxito- un asalto a las listas con el excelente “Rock and Roll” (llegaron a hacer un video-clip para “Memphis, Egypt”). Parecía que su suerte podía por fin cambiar.

Pero la banda nunca generó suficientes ingresos y todos sus miembros subsiten gracias a otros trabajos (algunos de ellos relacionados con el mundillo artístico, otros “haciendo cosas que podría hacer un robot“). Viven esparcidos por el globo -de Los Ángeles  a Siberia- pero de vez en cuando se reúnen para hacer un disco,  alguna performance (que puede ser “de postín” con su fan Vito Acconci en una galería, o “cutre-hasta-decir- basta” disfrazados de piratas acompañando a una ignota cantautora de shanties en lo que parece una función escolar); o se lanzan a una de esas giras de conciertos por diminutos clubes medio vacíos como el que tuve la suerte de ver en el 2008 en el sótano del Apollo de Barcelona (uno de los conciertos de mi vida, menos de 50 asistentes).

El documental los sigue por todo el mundo durante 2011, mientras trabajaban en el disco “Ancient & Modern”,  y por él van pasando antiguos miembros, fans (Jonathan Frazen,  Will Oldham), colegas (Hugo Burnham) y críticos (Greil Marcus, Luc Santé) que intentan explicar la magia de esta gente increíblemente “normal” pero capaz de hacer cosas tan extraordinarias.

Aunque sea difícil explicar qué los hace tan especiales,  el escritor Jonathan Frazen se acerca bastante en una de sus contribuciones al documental: “They teach you how to be gracious and amusing losers”. Esta panda de canosos y borrachuzos izquierdistas consigue, efectivamente, convertir el fracaso, la desolación y la rabia por lo injusto que es el mundo en una alegre celebración de algunos de los mejores valores del ser humano -la amistad, la fiesta, el humor, la resistencia y la camaradería-.

Si pasan por su ciudad, no se los pierdan.

Hambre

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Un hombre del que no sabemos ni el nombre ni la edad, deambula hambriento por la ciudad de Cristiania, sin un duro, intentando escribir un texto que pueda interesar al diario local y proporcionarle algún pequeño ingreso para ir tirando unos días, pero el ayuno forzoso le inspira proyectos cada vez más ambiciosos y delirantes (dramas en tres actos, tratados filosóficos…) que son sistemáticamente rechazados y le van llevando al borde de la locura, al desahucio y a la inanición.

Sería un dramón lacrimógeno si no fuese por el peculiar sentido del humor de este héroe peripatético, las alucinantes situaciones en las que se ve metido en su lucha contra la carpanta; y ese carácter noble y orgulloso que le impide mendigar, robar o tener deudas y le lleva a deshacerse de las escasas monedas que consigue para ayudar a alguien o mostrar su superioridad moral.

La brevísima novela “Hambre” -escrita en 1890 por Knut Hamsum– es absolutamente contemporánea y sólo los detalles de época (los chalecos, las velas y los veleros) permiten datar la inolvidable historia de este hombre expulsado por la sociedad y obligado a arrastrarse por una ciudad hostil.

Nota:

El discurso alucinado, la miseria y el progresivo hundimiento del personaje me evocaron en varios momentos -cambiando el hambre por el frío y la ciudad por la naturaleza- al inmortal “Las Estaciones” de Maurice Pons, uno de mis libros favoritos cuyo autor nos dejó el pasado junio sin que apenas nadie se molestase en dedicarle un obituario.

Las décadas oscuras

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Lewis Mumford comparaba el período que siguió a la Guerra Civil estadounidense (1865-1895) con esos años tristes en los que no hay verano y, tras la primavera, el suelo aparece un día cubierto de hojas pardas; y dedicó “Las Décadas Oscuras” a reivindicar las raíces de la modernidad que se hunden en ese menospreciado lecho marrón.

Por este libro, publicado en 1931, desfilan escritores (Whitman, Thoreau, Dickinson), pintores (Homer), geógrafos (G.P. Marsh, precursor de  la ecología), jardineros (Olmsted); y pioneros de la arquitectura moderna como Richardson, Sullivan, Gill, Wright o la saga de los Roebling (protagonistas de la emocionante epopeya de la construcción del puente de Brooklyn). Todos ellos lucharon contra el espíritu de su tiempo y abrieron caminos por los que podría llegar un futuro mejor.

Al leerlo no pude evitar ver un cierto paralelismo entre dos épocas que idolatran el simulacro y producen arquitecturas inertes: aquella -entregada a copiar trasnochados motivos clásicos o medievales con medios industriales- y ésta –obsesionada por lograr que los edificios se parezcan a sus imágenes virtuales-.

¿Dónde andarán nuestros Roeblings  y Richardsons?

 

Nota:

las-decadas-oscurasEl libro se llama literalmente “Las Décadas Marrones” (“The Brown Decades”) pero he respetado en el texto el título de la traducción que he leído ( Ediciones Infinito, 1960)