Categoría: arquitectura

Christ’s Church

Lucernario sobre el altar de la iglesia Anglicana que Carlos Mijares Bracho proyectó en Lomas de Chapultepec (1988-1990)

Una planta cuadrada resuelta con un sistema constructivo arcaico en una esquina anodina se activa espacialmente, mediante la diagonal que arranca a ras de suelo en el acceso y asciende hasta el cielo a través del lucernario que alumbra el altar con una luz densa y estratificada, convirtiéndose en un memorable hito urbano.

La habitación sin nombre

En “Tomorrow´s house” (1945), George Nelson y Henry Wright aventuran hacia dónde puede ir el diseño residencial del futuro a partir de un análisis de la arquitectura de su tiempo.

Su capítulo más sugerente está dedicado a un deseo recurrente e insatisfecho que detectan tras algunos encuentros casuales con colegas y clientes: una gran habitación de uso ambiguo a la que llaman “la habitación sin nombre”.

En su opinión, la excesiva especialización de las distribuciones de casas y apartamentos modernos (con su “comedor”, “sala de estar”, “cocina” y “dormitorios”) ignora una gran cantidad de actividades que forman parte de la vida de las personas (desde juegos o jardinería de interior hasta hobbies como coser, maquetismo y pintura) y que desbordan esos compartimentos estancos con los que habitualmente conceptualizamos y construimos nuestros hogares.

“La habitación sin nombre” debe tener un marcado carácter público, estar construida con materiales muy resistentes y equipada con muebles -idealmente integrados en la propia arquitectura-  que requieran un mantenimiento mínimo. Debe tener espacio de almacenamiento que permita recoger los enseres para que su uso sea realmente flexible y permita incluso usos formales en ocasiones especiales.

Esta habitación permite hacer una sala mucho más pequeña y especializada (la guarida de las reuniones de adultos), evita que las habitaciones de los niños deban ser también su lugar de juegos y potencia la flexibilidad e informalidad de usos. Es una auténtica “habitación para toda la familia”.

La popular “family room” estadounidense tiene ciertos atributos de esta “habitación sin nombre” pero con frecuencia acaba siendo una sala de juegos y televisión y no es explícitamente ambigua ni de uso rudo.

En mi opinión, si hay unos arquitectos que veneren ese espacio que permite una vida más flexible y rica, son los geniales Lacaton y Vassal que en varias de sus primeras casas (casa Latapie, casa en Dordogne) duplican el espacio con invernaderos generando una gran habitación ni interior ni exterior, ni pública ni privada que encaja perfectamente con esta idea.

Y aunque se pueda pensar que este espacio sólo es viable en casas unifamiliares o apartamentos muy grandes, estos mismos arquitectos demostraron – en las viviendas sociales de Mulhouse (con sus inverndaderos adosados) o en su celebrada rehabilitación de los bloques de vivienda social de Burdeos  (en la que una galería de ancho generoso transforma los convencionales apartamentos pre-existentes) que incluso con programas y presupuestos muy modestos se puede lograr esa “habitación sin nombre” capaz de asumir infinidad de usos imprevisibles (incluido el tan actual teletrabajo) y permitirnos llevar una vida menos encorsetada, más libre.

Lo-TEK

La exposición y catálogo “Arquitectura sin Arquitectos” (1964) de Bernard Rudofsky nos legó una trascendente selección de imágenes de un mundo en desaparición en el que la naturaleza y el ser humano eran uno y nuestras construcciones tenían la naturalidad (y la complejidad) de un hormiguero, una tela de araña, un panal o una estructura fractal vista en un microscopio.

A partir de este precedente pionero, Julia Watson da un paso más al pasar de la muestra de riqueza formal de Rudofsky al análisis detallado de dieciocho casos particulares que le sirven para defender su vigencia en un mundo al borde del colapso climático y de la extinción de su biodiversidad.

Sostiene Watson que ha llegado el momento de superar la mitología de la tecnología que heredamos de la Ilustración –basada en el desprecio del conocimiento “primitivo”, la fe en el progreso indefinido, y la explotación de unos recursos que se suponían infinitos- y volver a trabajar con la naturaleza (sin pretender “conquistarla”) como tantas sociedades indígenas cuyas tradiciones –aunque fuertemente amenazadas- continúan vivas.

Su magnífico libro no es un tratado académico sino una llamada a la acción. Al analizar ejemplos correspondientes a todos los continentes (excepto Europa) y diversos tipos de hábitat (Montañas, Bosques, Desiertos y Humedales) el mensaje es claro y universal: en cualquier hábitat podemos aprender de los pueblos indígenas estrategias, lecciones y soluciones que nos ayuden a lograr un mundo más armónico y sostenible.

De las terrazas de arrozales balineses a las islas flotantes de los Uros; de los alucinantes (y kilométricos) acueductos subterráneos de los persas y los Malayalis a las milpas mexicanas, pasando por los jardines-gofre de los indios de Nuevo México, las increíbles estructuras vegetales abovedadas y flotantes de los Ma’dan o los puentes vivientes a prueba de monzón que ilustran la portada, este libro nos muestra la riqueza de un conocimiento afinado durante milenios de íntima convivencia entre el ser humano y su entorno  y la importancia de no sólo preservarlo sino utilizarlo como base en nuestra relación con el medio.

Nota: Lo-TEK es un juego de palabra entre “Low Tech” (baja tecnología) y el acrónimo TEK (Traditional Ecological Knowledge/Conocimiento Ecológico Tradicional)

Una escalirrampa memorable

IMG_20191102_171641Ese cruce entre escalera y rampa que algunos llaman escalirrampa- escalera en la que las huellas se dilatan e inclinan o rampa interrumpida rítmicamente por escalones- suele tener más de rampa que de escalera – un apaño para humanizar cuestas empinadas- y rara vez se explotan sus posibilidades escenográficas con la destreza que encontramos en la escalinata de acceso a la iglesia de Guadalupe en San Cristóbal de las Casas.

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Lo que de lejos parece un graderío de colosales escalones de huellas amarillas y tabicas blancas -tal como tramposamente se nos presenta en un primer tramo de escalera convencional- se transforma a partir del décimo peldaño en una singular escalirrampa en la que la alternancia de tabicas amarillas, huellas grises y tabicas blancas produce un inolvidable trampantojo en el que la gente parece flotar frente a una pared vertical.

Estética tropical

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Muros en un pabellón del Parque México (CDMX)

“Hay una razón climática para que Italia sea el paraíso de los escultores, Francia el de los pintores al óleo e Inglaterra el de los acuarelistas.

El color en los trópicos debe ser más fuerte que en Occidente. La luz solar degrada los colores a menos que sean permanentes como azulejos y mosaicos. El sol aplana, decolora y erosiona las cosas, y dirige los ojos hacia lo que ocurre en la sombra; y la estética confirma lo que el clima dicta ya que, bajo la sombra, los colores vivos brillan y perduran”

(“The aesthetics of humid tropics”. Maxwell Fry, Jane Drew. 1956)

Vista Zen (2)

Ventana redonda_Blue Box by Mayumi Miyawaki

“Recuerdo la ventana redonda por la historia, posiblemente apócrifa, de algún maestro zen que construyó un gran muro alrededor de un jardín que sin él habría tenido una extensa vista del océano. En la parte inferior del jardín había una fuente y, cuando juntabas tus manos en forma de cuenco y te agachabas para beber, había un agujero en la pared desde el que percibías de repente la vista del océano, comprendiendo que el agua que retenías en tus manos y el agua del lejano océano eran la misma”

“Misfits Architecture” -el excelente blog de Graham McKay- publicó hoy un post sobre ventanas memorables en el que aparece una versión diferente de la historia del maestro zen, el mar y la ventana que sirvió a Christopher Alexander para explicar su patrón “Vista Zen”.

Reproduzco el texto y la imagen porque la ventana de la casa de Mayumi Miyawaki que comparte McKay es un gran ejemplo de cómo la belleza de una vista puede intensificarse al comprimirla en un punto (o de cómo –en palabras de Barragán- el Duomo de Miguel Ángel es mucho más impresionante visto a través de una mirilla), y porque su versión del cuento zen tiene la gracia añadida de explicar cómo un dispositivo arquitectónico diseñado con intención puede obligarte a reflexionar sobre el ciclo del agua (y cómo, de alguna manera, todo es uno, y esas cosas).

Sillas de México

 

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Nos habíamos acercado a la galería Kurimanzutto a visitar la exposición “Sillas de México”, un montaje ejemplar en el que se muestran algunas de las sillas diseñadas por Óscar Hagerman y su evolución en los 50 años que han pasado desde la mítica “Arrullo” de 1969. En la gran nave blanca personalizada con un irregular zócalo de barro y paja, sobre un gran petate tejido por su colaborador habitual Nacho Morales, decenas de sillas se agrupan informalmente por familias (Arrullo, Maya, Ruiseñor y Colibrí) frente a una breve descripción manuscrita por Hagerman  sobre la pared y un plano a escala natural. En una esquina, una gran mesa presenta preciosas maquetas de otros modelos desarrollados por el autor a lo largo de una vida dedicada al diseño.

Al salir, entusiasmados, paramos en la librería a comprar el pequeño catálogo y –justo tras pasar por caja- la entrañable figura canosa y encorvada que conocíamos por su libroel hermoso documental que le dedicó uno de sus hijos, entra en la pequeña tienda y una de las encargadas le dice que su presentación empieza en quince minutos.

 

 

Este increíble golpe de suerte nos permitió asistir a una clase magistral de hora y media, que empezó con Hagerman invitando a los asistentes a formar un circulo de sillas a su alrededor, con cada visitante acercándose con la que tuviese a mano en ese momento, y terminó –tras una nueva reorganización de los objetos de la muestra sobre los que habíamos asistido a la informal conversación- con el gran arquitecto recorriendo toda la sala y explicando detalladamente los diferentes tipos de tejidos y maderas, la evolución de la artesanía a los contrachapados cortados por computadoras, los mejores tratamientos para cada tipo de madera (Bona para el pino y las maderas claras, aceite de linaza o coco para las oscuras) y las sutiles variaciones en la ergonomía y facilidad de montaje que diferencian a las diferentes ramas de esta gran familia mobiliaria.

Su candidez y generosidad nos regalaron infinidad de anécdotas difíciles de resumir en una breve reseña: desde sus inicios en una cooperativa de Neza,  hasta su opinión (sorprendentemente ecuánime) sobre las sillas de plástico y las de IKEA, pasando por el reconocimiento de sus errores de diseño (el respaldo demasiado bajo de la “Arrullo” original), su orgullo por las decenas de miles de copias que ha encontrado en los mercados rurales a lo largo de los años, su lucha tenaz por lograr sillas que pudiesen competir en precio con las industriales (lamentando no lograr bajar de los 150 pesos en algunos de sus modelos), su devoción por la primera silla de Aalto que su padre le regaló y todavía usa, o las tristes circunstancias familiares que le impidieron participar en las labores de reconstrucción tras el sismo del 19-S. Un auténtico lujo.

Cuando conoces a algún personaje que admiras existe siempre el riesgo de que la imagen idealizada que te habías formado de él cambie para siempre. Óscar Hagerman es exactamente el sabio bondadoso y entrañable que imaginaba y haber compartido con él esta hora y media de un sábado de septiembre es una experiencia que jamás olvidaré.

La exposición termina en una semana. No se la pierdan.

El trono de los Pritzker

 

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Uno de los lugares ineludibles en la visita a las cuadras de San Cristóbal de Barragán es el “jardín secreto”, al que se accede pasando primero por un estrechísimo intersticio entre la casa y el gran muro rosa y después por una cortina vegetal que obliga a hacer un zig-zag antes de enfilar el camino que lleva al sancta santorum: un pequeño ensanchamiento en el que a duras penas cabe el toro de un gran tronco que hace de mesa y otro gran tronco cortado de manera que forma un asiento con respaldo. El guía nos explicó excitado cómo Zaha Hadid había pasado 20 minutos meditando en aquel lugar y cómo Tadao Ando venía con frecuencia –siempre en días laborables para evitar aglomeraciones- a reflexionar sobre el futuro de la arquitectura. No pude evitar inmortalizarme en “el trono de los pritzkers”.

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“Forma, Lenguaje y Complejidad. Una teoría unificada de la arquitectura”

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Nikos Salíngaros es uno de los más destacados discípulos de Christopher Alexander -con quien colabora desde hace años- y en su último libro “Forma, Lenguaje y Complejidad. Una teoría unificada de la arquitectura” (Ediciones Asimétricas) hay constantes ecos de las ideas de “The Nature of Order” matizadas por una visión personal que tiende a enfatizar los aspectos científicos sobre los estético-humanísticos.

Frente a la profusión de sugerentes imágenes de obras de arte de todas las épocas y escalas –y a las referencias autobiográficas- que tanto enriquecen las posibles lecturas en la obra de Alexander, en los escritos de Salíngaros prevalece siempre un tono académico  que disminuye su poder evocador.

En esencia, el libro de Salíngaros propone una crítica radical al legado que las vanguardias y el Movimiento Moderno (y sus hijos: el Posmodernismo. el Minimalismo y la Deconstrucción): “fundamentalismo geométrico”, supresión del ornamento, separación de la naturaleza, rechazo de la simetría, idolatría de la imagen; y plantea una nueva forma de entender el entorno construido basado en la “biofilia” y la reconexión con la naturaleza.

Personalmente, echo en falta una explicación de la teoría de la intensificación de los centros existentes (diseño adaptativo) y un desarrollo más detallado del capítulo dedicado a las 15 propiedades fundamentales ya que son ideas que permiten intuir el paso de la teoría a la acción y el proyecto.

Aun así, desde que Díez del Corral publicó su personal re-lectura de “Un lenguaje de patrones” hace ya dos décadas, apenas existen en lengua española publicaciones que reflejen el pensamiento de Alexander y su escuela y, por ello, pese a su carácter fragmentario y truncado* –que contradice la voluntad de presentar una teoría unificada de la arquitectura y dificulta la asimilación de ciertos conceptos a aquellos que se los encuentren por vez primera- este libro supone una valiosa puerta de entrada a una visión de la arquitectura que contradice muchos dogmas comúnmente aceptados y merece ser mejor conocida.

Nota:

*Salíngaros aspira a cambiar la forma de pensar de los arquitectos y el futuro de la arquitectura y esa misión evangélica provoca ediciones descuidadas -como el anterior “Anti-arquitectura y Deconstrucción”- o truncadas -como este volumen que comparte título con el original en inglés “A Unified Architectural Theory: Form, Language, Complexity” de 2013 pero, según explica Salíngaros en la introducción, presenta diferencias importantes  (capítulos omitidos, nuevos textos)- que el autor justifica por la urgencia de editarlo y propagar sus ideas lo antes posible, sin las demoras que una edición más fiel habría implicado.

 

Valerio Olgiati en San Ildefonso

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El enorme Colegio de San Ildefonso estaba prácticamente vacío y el granizo caía con furia acumulándose en los claustros.

Nos reciben en el centro de la sala 10 una procesión de hermosas maquetas blancas apoyadas sobre ligeras patas de acero negro, en las que el espacio interior de cada edificio emerge telescópicamente del volumen exterior convirtiendo la comprensión de la relación entre ambos en un artificioso juego que obliga al espectador a deslizar mentalmente el interior de nuevo dentro de su envolvente.

En una pared, una breve ficha con datos básico sobre cada proyecto; en la de enfrente, dos pequeñas fotografías en blanco, negro -y mucho gris- de la obra terminada, acompañadas de crípticas plantas y secciones saturadas con sugerentes texturas -que las convierten más en láminas artísticas que en una representación de cómo se desarrolla el programa funcional o cómo se construye cada edificio- y que sugieren un mundo de ricos acabados y pavimentos que contradicen la frialdad y dureza abstracta de las fotografías en la que vemos espacios irreales modelados con un único material, maquetas de cartón pluma –u hormigón- construidas a escala 1:1.

Sin ninguna referencia al contexto o al habitante, los objetos flotan ajenos a cualquier tiempo o lugar concreto, como si una de aquellas fantasías arquitectónicas de Boullée hubiese viajado en el tiempo, jibarizada, cambiando sus cúpulas y bóvedas de cañón por cubiertas a dos aguas, como si la impenetrable caja de un artista minimalista hubiese crecido hasta permitir el acceso a su interior, o como si el fragmento de un dibujo de Rossi se hubiera de repente materializado perdiendo su color.

Un ejemplo perfecto del arquitecto como artista creador de bellos objetos ensimismados, pero no de la arquitectura como arte ya que no hay rastro alguno de los materiales con los que trabaja la mejor arquitectura: el ser humano, la intensificación o reparación del entorno. La vida.

“The Nature of Order”. Una reseña provisional

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Del monumental “The Nature of Order” de Christopher Alexander me atrae su valentía al desafiar el consenso sobre que ya no es realmente posible establecer juicios universales de valor, y al discutir que todo sea subjetivo y defender, en cambio, que  hay un orden universal que comparten tanto los seres vivos como los inertes o las creaciones humanas; que todas las cosas –sean animadas o inanimadas- tienen “vida”, y que somos capaces intuitivamente de percibir que algunas tienen más vida que otras y qué cambios intensifican su vitalidad y cuáles la reducen.

Me parece un logro detectar o definir las 15 propiedades fundamentales que caracterizan a los lugares o entes vivientes: Niveles de escala, Centros Fuertes, Límites Gruesos, Repetición alternada, Espacio Positivo, Buena Forma, Simetrías Locales, Entrelazamiento Profundo y Ambigüedad, Contraste, Degradado, Rugosidad, Ecos, El Vacío, Simplicidad y Calma Interior, No-separación.

El número de propiedades puede ser discutible, algunas son muy similares (espacio positivo y buena forma, por ejemplo) pero son categorías útiles para valorar el entorno y plantear modificaciones que lo intensifiquen positivamente. Una vez asimiladas, no puedes evitar ver el mundo a través de algunas de estas categorías que Alexander plantea.

El autor muestra convincentemente cómo esta nueva visión del mundo se manifiesta tanto a nivel microscópico como macroscópico, en un tapiz otomano o en un collage de Matisse, en la Alhambra o en un barrio autoconstruido de una megalópolis latinoamericana. Pero su odio visceral a la arquitectura moderna le impide ver algunos magníficos ejemplos que fortalecerían notablemente su mensaje (así, a bote pronto: las viviendas de Gardella en la Giudecca, las de Lucien Kroll en Bruselas, la casa de veraneo de Asplund, Scarpa, el poblado Esquivel de De la Sota, Walmer Yard, el Multihalle de Manheim, algunas obras de Fathy o Baker…). La insistencia en que prácticamente sólo él es capaz de percibir la “integridad” y desarrollar los diseños (bueno, le perdona la vida al gran Geoffrey Bawa y a las primeras obras de Wright) es su principal flaqueza.

Es una obra sumamente ambiciosa que plantea una nueva y sugerente visión de la arquitectura, la naturaleza y las artes. Su devoción por el ornamento y la simetría, algunos pasajes de regusto new-age (¿el espejo del yo?), su machacona insistencia en algunas ideas y el hecho de no ser capaz de encontrar ejemplos contemporáneos de otros arquitectos vuelven innecesariamente antipático su mensaje, que se beneficiaría enormemente de un menor ombliguismo y de un buen editor.

Creo que las ideas claras y potentes deben explicarse con claridad, potencia y concisión y que escondido en estas más de dos mil páginas hay un libro que podría suponer un cambio de paradigma tan importante como el que –para algunos- supusieron los todavía vigentes “El Modo Intemporal de Construir” y “Un Lenguaje de Patrones” (a los que, de hecho, engloba y desarrolla).

¿Cuántos tendrán la paciencia de buscarlo?

 

Nota:

Estoy por la mitad del tercer volumen –que está íntegramente dedicado a mostrar sus diseños- y las seis páginas centradas en como diseñó las cerchas (no especialmente logradas) de un edificio han puesto a prueba mi paciencia y me han empujado a escribir esta primera –y precipitada- evaluación de la obra. Por supuesto terminaré de leerla (al parecer el volumen que cierra la serie es fundamental para entender su alcance) y espero continuar sacando provecho de muchas de sus reflexiones, pero intuyo que mi conclusión provisional no variará significativamente.

Nota 2:

Para más información sobre “The Nature of Order” pueden ver también las entradas:

¿Lo prefiere moderno o clásico?

Casas Av. Michoacán

Siempre que paso por delante de estas dos casas de la Avenida Michoacán, me pregunto por qué serán a la vez tan iguales y tan diferentes: Dos fachadas con una estructura calcada -con los huecos exactamente en la misma posición, con un balcón de igual longitud que vuela exactamente lo mismo, con una puerta de garaje de similar tamaño y posición relativa, con una puerta de acceso elevada los mismos peldaños respecto a la acera-  disfrazadas de Californiano-colonial la una y de Decó la otra. La una con sus rejas de historiadas volutas, sus tejadillos y sus (probablemente) falsas ménsulas; la otra con sus huecos sin marco, sus rejas de barras horizontales , su desnudez, y su atrevido color rojo.

¿Serían dos familiares que las hicieron a la vez con idéntico proyecto pero con atracción por lo contemporáneo uno y por lo tradicional el otro? ¿Se construirían las dos en estilo “decó” pero una de ellas se modificó posteriormente al hartarse el propietario de su desnudez (como sucedió en el barrio en Pessac de Le Corbusier)? ¿Serán en realidad dos proyectos totalmente independientes en el tiempo cuyos arquitectos llegaron a una distribución idéntica al analizar la parcela y las necesidades de sus clientes?

Cualquiera de esas opciones es posible pero, lo más interesante del asunto, es que la misma coexistencia pared con pared de estas dos casas tan iguales y tan diferentes cuestiona esa idea de que lo moderno no era un estilo sino la consecuencia de una determinada visión espacial y material, una concepción integral de la que la fachada era  un resultado poco menos que automático.

La ilustración más simpática (y desvergonzada) que conozco de esta misma idea – que la fachada es mucho más independiente de la planta de lo que normalmente se admite- es el proyecto no construido de Can Cubell (1970-1971), una urbanización que Elías Torres, José Antonio Martínez Lapeña y Xumeu Mestre intentaron disfrazar de poblado ibicenco tras el rechazo del promotor a su inicial propuesta “moderna”.

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Las cuerdas de la marioneta

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Las formas más libres surgen de las más severas  restricciones y cuanto mayor sea el número de condicionantes, más singular será el resultado. Esta paradoja puede resumirse con una imagen poderosa:

“(Libertad de movimientos): Suelo decir que no sé lo que es la libertad, pero como en muchas otras cosas el argumento más sólido que tengo no es más que una alegoría: la de las cuerdas de la marioneta: cuántas más, más libertad.

Rafael Sánchez Ferlosio (Campo de retamas, 2015)

¡Gracias, Maestros!

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La concesión del Premio Nacional de Arquitectura 2016 al estudio Martínez Lapeña-Torres ha supuesto una de las mayores alegrías de un año difícil. No sólo porque ahí pasé cinco cruciales años en los que aprendí buena parte de lo que sé de este oficio sino porque es un premio merecidísimo a dos de los más grandes arquitectos del país. Un premio a una trayectoria coherente y singular, que abarca con maestría todas las escalas de proyecto (desde el adoquín Palma hasta la gigantesca plaza del Fórum de las Culturas, pasando por exquisitas intervenciones en el patrimonio y el paisaje o maravillosas viviendas mediterráneas); a una arquitectura que nació en una época de escasez y que, por ello, tiene un gran respeto por lo existente y se manifiesta siempre con delicadeza y modestia de medios; a una arquitectura culta –conocedora de la historia y de los oficios en extinción- e intemporal.

Ojalá este premio traiga nuevos encargos a la altura de su talento. Siempre me ha entristecido que no tuviesen la oportunidad de proyectar un gran edificio público -aparte del magnífico hospital de Mora de Ebro-, y que sus dos excelentes propuestas para auditorios se acabasen malogrando (en el de Barcelona se llegaron a empezar las cimentaciones, del de Cádiz sólo quedan la maqueta y los dibujos). Tal vez ahora, en plena madurez, llegue esa oportunidad.

Pero si no fuese así, su obra es una muestra de que muchas veces los encargos más modestos (la mejora de accesibilidad a un centro histórico, una parada de autobús) pueden ser los más expresivos, o los  que más mejoren la imagen de una ciudad y la vida de su gente.

Y me alegro sobre todo por José Antonio y Elías, dos personas nobles y decentes que tratan a sus trabajadores con cariño y respeto y comparten con generosidad su sabiduría y su tiempo. Nunca olvidaré aquel arroz preparado por José Antonio en su casa de Alella, ni aquel viaje con Elías por sus obras ibicencas,…ni tantas otras cosas.

¡Gracias, Maestros!