Categoría: arquitectura

El veraneo refinado

El estupendo libro “Lineage and Legacy: A certain Modernism in Cadaques” repasa las viviendas que cierta burguesía ilustrada remodeló en el casco antiguo de Cadaqués desde los años 50 -la misma época en que Man Ray, Duchamp y compañía lo “descubrieron”- hasta nuestros días.

Es un libro emotivo y personal porque sus autores -el excelente arquitecto Fernado  Villavecchia y su discípulo devenido eminente arquitecto Stephen Bates- son parte activa del proceso que relatan. La familia Villavecchia encargó en 1955 al dúo Correa-Milá una de las casas fundacionales de esta tendencia y desde entonces han continuado veraneando y remodelando otras casas en el pueblo.  Los estudios de los dos autores (Sergison-Bates y Villavecchia-Liebman) se unieron para proyectar la magnífica casa Voltes (2011) que trae esta peculiar tradición moderna hasta nuestros días.

Algunas de las casas son muy conocidas (la Senillosa de Coderch) o la propia casa Villavecchia pero otras (la que se construyeron Coderch y Leopoldo Milá para sus escapadas de pesca, las del dúo italo-británico Harnden-Bombelli, la casa de Federico Correa) rara vez se publican y llaman la atención por su austeridad y sus reducidísimas superficies.

La magnífica arquitectura casi anónima que se presenta (es casi imposible para el paseante distinguir exteriormente estas casas de sus vecinas) y la elegancia y ejemplar economía de medios con que se resuelve nos recuerda que la auténtica clase no está ni en los grandes espacios, ni en los grandes ventanales, ni en las piscinas infinitas, ni en los acabados de importación, y que algunas de las personas con gusto más refinado prefirieron* para sus vacaciones una vida más sencilla en diminutas casas en un pequeño pueblo de difícil acceso. ¿Y si este tipo de turismo en vías de extinción es el auténtico lujo?

Nota: *Y prefieren. Tenemos también el ejemplo de los largos veraneos de David Chipperfield en su casa de Corrubedo (A Coruña) o de Nani Marquina en Ibiza.

Diminuta dignidad

Hastiado de ver cómo los “micro-flats”, los “tiny-homes”, los “lofts” y las “suites” aparecen regularmente como una idea novedosa que ayudará a solucionar la carestía de vivienda, me ha encantado descubrir un magnífico edificio de 1937 que se anticipó casi cien años a esta tendencia y sigue en pie (aunque desfigurado por un desafortunado lavado de cara).

En un diminuto terreno de 27 m2 (9,2 por 3,2 metros) situado a una cuadra del Paseo de la Reforma, el arquitecto Enrique de la Mora proyectó un singular edificio de 4 apartamentos -uno por nivel- con el programa mínimo “para una persona o matrimonio”.

Pese a su reducidísimo tamaño (unos 20 m2 por unidad, descontando la escalera común de acceso), cada espacio está elegantemente articulado de manera que hay un pequeño vestíbulo, una cocina y baño independientes y una sala-dormitorio, todos completamente exteriores. También cuenta con una azotea común que -en su día- contaba con excelentes vistas al Ángel de la Independencia.

Me parece un recordatorio perfecto de cómo hemos degradado los estándares de vivienda aceptando -incluso en viviendas de “gama alta”- prescindir del vestíbulo o renunciar a la iluminación y ventilación natural de todos los espacios, y de cómo la dignidad de una vivienda es independiente de su tamaño. Por desgracia, también nos recuerda el poco respeto que tenemos por el patrimonio residencial moderno.

Un cacho de patio fuera

Los edificios entre medianeras suelen tener una fachada hacia un patio interior y otra hacia el exterior alineada con sus vecinos formando una calle-corredor. Este plano continuo de fachada sólo se altera por balcones, cornisas, molduras o marquesinas; pero suele considerarse una regla de buena urbanidad respetar rigurosamente la alineación que marcan las ordenanzas.

Sin embargo, un edificio que veo a diario e inicialmente me parecía caprichoso, me ha obligado a reflexionar y me ha mostrado que si, en lugar de concentrar toda el área libre que exige la normativa en el patio interior (típicamente un 20 o 30%), se reserva un pequeño porcentaje para abrir un patio en fachada, empiezan a pasar cosas interesantes.

El baño interior de la habitación principal puede de repente tener iluminación natural y -lo que es más importante- el salón deja de tener una única fachada y se abre en la esquina, creando una sensación espacial mucho más rica y evitando focalizar la vista sobre el vecino de enfrente.

En este caso concreto, además, los arquitectos han sido radicales y, por una parte, han proyectado un pretil descendente que -al desaparecer gradualmente a medida que se acerca a la esquina, diluye aún más la sensación de edificio entre medianeras y, por otra, han cuidado el diseño del pequeño balcón corrido y -al lograr que esté al mismo nivel que el pavimento interior, consiguen que -al escamotear las grandes puertas corredizas- toda la sala se convierta en un gran porche cubierto. El ligero giro de la planta contribuye a acentuar la separación del edificio de la medianera vecina.

Como casi siempre en arquitectura, no se trata de una invención novedosa ya que existen muchos ejemplos de patios en fachada (casi toda la vivienda colectiva de Coderch -especialmente el edifico Girasol– por poner un ilustre ejemplo moderno) pero por la elegancia y claridad con la que está resuelto, creo que este pequeño proyecto de sólo 4 apartamentos del estudio holandés 7478 ofrece una lección de arquitectura y confirma que a menudo merece la pena cuestionar la forma habitual de hacer las cosas. Lo que aparentemente es un capricho puede a veces esconder ideas de gran potencia arquitectónica.

Vernáculo contemporáneo

En la monografía que “El Croquis” dedicó recientemente a su interesantísimo trabajo, “H Arquitectes” reconocen abiertamente la gran influencia de la obra de Lacaton y Vassal y de la idea implícita en ella de que el catálogo industrial es la base de la arquitectura vernácula contemporánea.


Es decir, si bien el ser humano siempre ha construido con los materiales que tiene a la mano y con los sistemas constructivos más económicos, estos ya no son el ladrillo o las piedras y maderas locales sino las placas de fibrocemento, el bloque de hormigón, los tubos de acero galvanizado, la chapa ondulada o el policarbonato que ofrece cualquier proveedor local de materiales de construcción.


Esto explica por qué los crecimientos informales de las grandes ciudades y las pequeñas construcciones auxiliares en el campo se levantan ahora con estos materiales y explica también esta simpática estampa que me encuentro en mi camino diario al trabajo, en la que un sistema que inicialmente era de alta tecnología (el muro cortina) es ya tan común que se empieza a manipular con desparpajo, recortando el faldón inferior para evitar cabezadas.

Los flecos de la cortina

La modernidad se llevó “el ornamento” y nos hizo olvidar que muchos de los elementos que ahora percibimos como adornos nacieron para resolver una transición entre elementos o materiales o para disimular irregularidades y defectos de construcción.

Esta vieja idea aparece formulada de un modo mucho más hermoso -más sencillo, más concreto, más poético- en el entretenidísimo libro de conversaciones con Federico Correa que publicó Tusquets hace unos meses:

“Lluis Clotet: …recuerdo tus discursos defendiendo el uso de visillos y cortinas, absolutamente barridas de cualquier ambiente moderno, porque eran eficaces elementos que protegían del deslumbramiento, de la intimidad y de las corrientes de aire que dejaban pasar las ventanas. O la alegría el día que descubriste que los flecos de las cortinas eran en realidad un zócalo flexible que resolvía que suelo y guía no fueran perfectamente horizontales.”

Christ’s Church

Lucernario sobre el altar de la iglesia Anglicana que Carlos Mijares Bracho proyectó en Lomas de Chapultepec (1988-1990)

Una planta cuadrada resuelta con un sistema constructivo arcaico en una esquina anodina se activa espacialmente, mediante la diagonal que arranca a ras de suelo en el acceso y asciende hasta el cielo a través del lucernario que alumbra el altar con una luz densa y estratificada, convirtiéndose en un memorable hito urbano.

La habitación sin nombre

En “Tomorrow´s house” (1945), George Nelson y Henry Wright aventuran hacia dónde puede ir el diseño residencial del futuro a partir de un análisis de la arquitectura de su tiempo.

Su capítulo más sugerente está dedicado a un deseo recurrente e insatisfecho que detectan tras algunos encuentros casuales con colegas y clientes: una gran habitación de uso ambiguo a la que llaman “la habitación sin nombre”.

En su opinión, la excesiva especialización de las distribuciones de casas y apartamentos modernos (con su “comedor”, “sala de estar”, “cocina” y “dormitorios”) ignora una gran cantidad de actividades que forman parte de la vida de las personas (desde juegos o jardinería de interior hasta hobbies como coser, maquetismo y pintura) y que desbordan esos compartimentos estancos con los que habitualmente conceptualizamos y construimos nuestros hogares.

“La habitación sin nombre” debe tener un marcado carácter público, estar construida con materiales muy resistentes y equipada con muebles -idealmente integrados en la propia arquitectura-  que requieran un mantenimiento mínimo. Debe tener espacio de almacenamiento que permita recoger los enseres para que su uso sea realmente flexible y permita incluso usos formales en ocasiones especiales.

Esta habitación permite hacer una sala mucho más pequeña y especializada (la guarida de las reuniones de adultos), evita que las habitaciones de los niños deban ser también su lugar de juegos y potencia la flexibilidad e informalidad de usos. Es una auténtica “habitación para toda la familia”.

La popular “family room” estadounidense tiene ciertos atributos de esta “habitación sin nombre” pero con frecuencia acaba siendo una sala de juegos y televisión y no es explícitamente ambigua ni de uso rudo.

En mi opinión, si hay unos arquitectos que veneren ese espacio que permite una vida más flexible y rica, son los geniales Lacaton y Vassal que en varias de sus primeras casas (casa Latapie, casa en Dordogne) duplican el espacio con invernaderos generando una gran habitación ni interior ni exterior, ni pública ni privada que encaja perfectamente con esta idea.

Y aunque se pueda pensar que este espacio sólo es viable en casas unifamiliares o apartamentos muy grandes, estos mismos arquitectos demostraron – en las viviendas sociales de Mulhouse (con sus inverndaderos adosados) o en su celebrada rehabilitación de los bloques de vivienda social de Burdeos  (en la que una galería de ancho generoso transforma los convencionales apartamentos pre-existentes) que incluso con programas y presupuestos muy modestos se puede lograr esa “habitación sin nombre” capaz de asumir infinidad de usos imprevisibles (incluido el tan actual teletrabajo) y permitirnos llevar una vida menos encorsetada, más libre.

Lo-TEK

La exposición y catálogo “Arquitectura sin Arquitectos” (1964) de Bernard Rudofsky nos legó una trascendente selección de imágenes de un mundo en desaparición en el que la naturaleza y el ser humano eran uno y nuestras construcciones tenían la naturalidad (y la complejidad) de un hormiguero, una tela de araña, un panal o una estructura fractal vista en un microscopio.

A partir de este precedente pionero, Julia Watson da un paso más al pasar de la muestra de riqueza formal de Rudofsky al análisis detallado de dieciocho casos particulares que le sirven para defender su vigencia en un mundo al borde del colapso climático y de la extinción de su biodiversidad.

Sostiene Watson que ha llegado el momento de superar la mitología de la tecnología que heredamos de la Ilustración –basada en el desprecio del conocimiento “primitivo”, la fe en el progreso indefinido, y la explotación de unos recursos que se suponían infinitos- y volver a trabajar con la naturaleza (sin pretender “conquistarla”) como tantas sociedades indígenas cuyas tradiciones –aunque fuertemente amenazadas- continúan vivas.

Su magnífico libro no es un tratado académico sino una llamada a la acción. Al analizar ejemplos correspondientes a todos los continentes (excepto Europa) y diversos tipos de hábitat (Montañas, Bosques, Desiertos y Humedales) el mensaje es claro y universal: en cualquier hábitat podemos aprender de los pueblos indígenas estrategias, lecciones y soluciones que nos ayuden a lograr un mundo más armónico y sostenible.

De las terrazas de arrozales balineses a las islas flotantes de los Uros; de los alucinantes (y kilométricos) acueductos subterráneos de los persas y los Malayalis a las milpas mexicanas, pasando por los jardines-gofre de los indios de Nuevo México, las increíbles estructuras vegetales abovedadas y flotantes de los Ma’dan o los puentes vivientes a prueba de monzón que ilustran la portada, este libro nos muestra la riqueza de un conocimiento afinado durante milenios de íntima convivencia entre el ser humano y su entorno  y la importancia de no sólo preservarlo sino utilizarlo como base en nuestra relación con el medio.

Nota: Lo-TEK es un juego de palabra entre “Low Tech” (baja tecnología) y el acrónimo TEK (Traditional Ecological Knowledge/Conocimiento Ecológico Tradicional)

Una escalirrampa memorable

IMG_20191102_171641Ese cruce entre escalera y rampa que algunos llaman escalirrampa- escalera en la que las huellas se dilatan e inclinan o rampa interrumpida rítmicamente por escalones- suele tener más de rampa que de escalera – un apaño para humanizar cuestas empinadas- y rara vez se explotan sus posibilidades escenográficas con la destreza que encontramos en la escalinata de acceso a la iglesia de Guadalupe en San Cristóbal de las Casas.

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Lo que de lejos parece un graderío de colosales escalones de huellas amarillas y tabicas blancas -tal como tramposamente se nos presenta en un primer tramo de escalera convencional- se transforma a partir del décimo peldaño en una singular escalirrampa en la que la alternancia de tabicas amarillas, huellas grises y tabicas blancas produce un inolvidable trampantojo en el que la gente parece flotar frente a una pared vertical.

Estética tropical

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Muros en un pabellón del Parque México (CDMX)

“Hay una razón climática para que Italia sea el paraíso de los escultores, Francia el de los pintores al óleo e Inglaterra el de los acuarelistas.

El color en los trópicos debe ser más fuerte que en Occidente. La luz solar degrada los colores a menos que sean permanentes como azulejos y mosaicos. El sol aplana, decolora y erosiona las cosas, y dirige los ojos hacia lo que ocurre en la sombra; y la estética confirma lo que el clima dicta ya que, bajo la sombra, los colores vivos brillan y perduran”

(“The aesthetics of humid tropics”. Maxwell Fry, Jane Drew. 1956)

Vista Zen (2)

Ventana redonda_Blue Box by Mayumi Miyawaki

“Recuerdo la ventana redonda por la historia, posiblemente apócrifa, de algún maestro zen que construyó un gran muro alrededor de un jardín que sin él habría tenido una extensa vista del océano. En la parte inferior del jardín había una fuente y, cuando juntabas tus manos en forma de cuenco y te agachabas para beber, había un agujero en la pared desde el que percibías de repente la vista del océano, comprendiendo que el agua que retenías en tus manos y el agua del lejano océano eran la misma”

“Misfits Architecture” -el excelente blog de Graham McKay- publicó hoy un post sobre ventanas memorables en el que aparece una versión diferente de la historia del maestro zen, el mar y la ventana que sirvió a Christopher Alexander para explicar su patrón “Vista Zen”.

Reproduzco el texto y la imagen porque la ventana de la casa de Mayumi Miyawaki que comparte McKay es un gran ejemplo de cómo la belleza de una vista puede intensificarse al comprimirla en un punto (o de cómo –en palabras de Barragán- el Duomo de Miguel Ángel es mucho más impresionante visto a través de una mirilla), y porque su versión del cuento zen tiene la gracia añadida de explicar cómo un dispositivo arquitectónico diseñado con intención puede obligarte a reflexionar sobre el ciclo del agua (y cómo, de alguna manera, todo es uno, y esas cosas).

Sillas de México

 

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Nos habíamos acercado a la galería Kurimanzutto a visitar la exposición “Sillas de México”, un montaje ejemplar en el que se muestran algunas de las sillas diseñadas por Óscar Hagerman y su evolución en los 50 años que han pasado desde la mítica “Arrullo” de 1969. En la gran nave blanca personalizada con un irregular zócalo de barro y paja, sobre un gran petate tejido por su colaborador habitual Nacho Morales, decenas de sillas se agrupan informalmente por familias (Arrullo, Maya, Ruiseñor y Colibrí) frente a una breve descripción manuscrita por Hagerman  sobre la pared y un plano a escala natural. En una esquina, una gran mesa presenta preciosas maquetas de otros modelos desarrollados por el autor a lo largo de una vida dedicada al diseño.

Al salir, entusiasmados, paramos en la librería a comprar el pequeño catálogo y –justo tras pasar por caja- la entrañable figura canosa y encorvada que conocíamos por su libroel hermoso documental que le dedicó uno de sus hijos, entra en la pequeña tienda y una de las encargadas le dice que su presentación empieza en quince minutos.

 

 

Este increíble golpe de suerte nos permitió asistir a una clase magistral de hora y media, que empezó con Hagerman invitando a los asistentes a formar un circulo de sillas a su alrededor, con cada visitante acercándose con la que tuviese a mano en ese momento, y terminó –tras una nueva reorganización de los objetos de la muestra sobre los que habíamos asistido a la informal conversación- con el gran arquitecto recorriendo toda la sala y explicando detalladamente los diferentes tipos de tejidos y maderas, la evolución de la artesanía a los contrachapados cortados por computadoras, los mejores tratamientos para cada tipo de madera (Bona para el pino y las maderas claras, aceite de linaza o coco para las oscuras) y las sutiles variaciones en la ergonomía y facilidad de montaje que diferencian a las diferentes ramas de esta gran familia mobiliaria.

Su candidez y generosidad nos regalaron infinidad de anécdotas difíciles de resumir en una breve reseña: desde sus inicios en una cooperativa de Neza,  hasta su opinión (sorprendentemente ecuánime) sobre las sillas de plástico y las de IKEA, pasando por el reconocimiento de sus errores de diseño (el respaldo demasiado bajo de la “Arrullo” original), su orgullo por las decenas de miles de copias que ha encontrado en los mercados rurales a lo largo de los años, su lucha tenaz por lograr sillas que pudiesen competir en precio con las industriales (lamentando no lograr bajar de los 150 pesos en algunos de sus modelos), su devoción por la primera silla de Aalto que su padre le regaló y todavía usa, o las tristes circunstancias familiares que le impidieron participar en las labores de reconstrucción tras el sismo del 19-S. Un auténtico lujo.

Cuando conoces a algún personaje que admiras existe siempre el riesgo de que la imagen idealizada que te habías formado de él cambie para siempre. Óscar Hagerman es exactamente el sabio bondadoso y entrañable que imaginaba y haber compartido con él esta hora y media de un sábado de septiembre es una experiencia que jamás olvidaré.

La exposición termina en una semana. No se la pierdan.

El trono de los Pritzker

 

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Uno de los lugares ineludibles en la visita a las cuadras de San Cristóbal de Barragán es el “jardín secreto”, al que se accede pasando primero por un estrechísimo intersticio entre la casa y el gran muro rosa y después por una cortina vegetal que obliga a hacer un zig-zag antes de enfilar el camino que lleva al sancta santorum: un pequeño ensanchamiento en el que a duras penas cabe el toro de un gran tronco que hace de mesa y otro gran tronco cortado de manera que forma un asiento con respaldo. El guía nos explicó excitado cómo Zaha Hadid había pasado 20 minutos meditando en aquel lugar y cómo Tadao Ando venía con frecuencia –siempre en días laborables para evitar aglomeraciones- a reflexionar sobre el futuro de la arquitectura. No pude evitar inmortalizarme en “el trono de los pritzkers”.

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“Forma, Lenguaje y Complejidad. Una teoría unificada de la arquitectura”

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Nikos Salíngaros es uno de los más destacados discípulos de Christopher Alexander -con quien colabora desde hace años- y en su último libro “Forma, Lenguaje y Complejidad. Una teoría unificada de la arquitectura” (Ediciones Asimétricas) hay constantes ecos de las ideas de “The Nature of Order” matizadas por una visión personal que tiende a enfatizar los aspectos científicos sobre los estético-humanísticos.

Frente a la profusión de sugerentes imágenes de obras de arte de todas las épocas y escalas –y a las referencias autobiográficas- que tanto enriquecen las posibles lecturas en la obra de Alexander, en los escritos de Salíngaros prevalece siempre un tono académico  que disminuye su poder evocador.

En esencia, el libro de Salíngaros propone una crítica radical al legado que las vanguardias y el Movimiento Moderno (y sus hijos: el Posmodernismo. el Minimalismo y la Deconstrucción): “fundamentalismo geométrico”, supresión del ornamento, separación de la naturaleza, rechazo de la simetría, idolatría de la imagen; y plantea una nueva forma de entender el entorno construido basado en la “biofilia” y la reconexión con la naturaleza.

Personalmente, echo en falta una explicación de la teoría de la intensificación de los centros existentes (diseño adaptativo) y un desarrollo más detallado del capítulo dedicado a las 15 propiedades fundamentales ya que son ideas que permiten intuir el paso de la teoría a la acción y el proyecto.

Aun así, desde que Díez del Corral publicó su personal re-lectura de “Un lenguaje de patrones” hace ya dos décadas, apenas existen en lengua española publicaciones que reflejen el pensamiento de Alexander y su escuela y, por ello, pese a su carácter fragmentario y truncado* –que contradice la voluntad de presentar una teoría unificada de la arquitectura y dificulta la asimilación de ciertos conceptos a aquellos que se los encuentren por vez primera- este libro supone una valiosa puerta de entrada a una visión de la arquitectura que contradice muchos dogmas comúnmente aceptados y merece ser mejor conocida.

Nota:

*Salíngaros aspira a cambiar la forma de pensar de los arquitectos y el futuro de la arquitectura y esa misión evangélica provoca ediciones descuidadas -como el anterior “Anti-arquitectura y Deconstrucción”- o truncadas -como este volumen que comparte título con el original en inglés “A Unified Architectural Theory: Form, Language, Complexity” de 2013 pero, según explica Salíngaros en la introducción, presenta diferencias importantes  (capítulos omitidos, nuevos textos)- que el autor justifica por la urgencia de editarlo y propagar sus ideas lo antes posible, sin las demoras que una edición más fiel habría implicado.