Categoría: arquitectura

Funcionalismo ecológico

JuhaniPallasmaa

 

Hoy en día, no imagino otra visión del futuro más deseable que una forma de vida adaptada ecológicamente donde la arquitectura regrese a las tempranas teorías funcionalistas derivadas de la biología. La arquitectura arraigará de nuevo en su suelo cultural y regional. Podría llamarse a esta arquitectura Funcionalismo Ecológico (…) Esta visión implica una misión paradójica para la arquitectura. Debe volverse más primitiva y resolver las más básicas necesidades humanas con una gran economía de medios (…) y más sofisticada en su adaptación a los sistemas cíclicos naturales, tanto en lo relativo a la materia como a la energía. La arquitectura ecológica implica también ver el edificio más como proceso que como producto. (…) Parece que el rol del arquitecto entre los polos del arte y el oficio también deberá redefinirse. Tras décadas de prosperidad y abundancia, la arquitectura puede regresar a la estética de la necesidad en la que los elementos de expresión metafórica y oficio práctico vuelvan a fundirse; la utilidad y la belleza unidas de nuevo.

Juhani Pallasmaa- “From metaphorical to ecological functionalism” (Architectural Review, June 1993). Incluído en la antología “AR 100. The recovery of the modern : architectural review 1980-1995, key text and critique

Del “Roof Garden” a la azotea

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Vecindad. Roma Norte (Ciudad de México)

Town-Houses“, “Lofts” y demás inventos inmobiliarios anglosajones aún no han logrado evitar que la vista desde sus “Roof Gardens” y PHs (“Pent-Houses“) esté puntuada por los depósitos de agua, las bombonas de gas y las jaulas de tendido de las azoteas de esas amenazadas vecindades donde las únicas “amenities” son las antenas parabólicas.

Lo original y lo familiar

 

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Charles Moore, Richard Whitaker, Donlyn Lyndon y William Turnbull en el Sea Ranch.

(…) los estudios de arquitectura y urbanismo del siglo XX han puesto un énfasis desproporcionado en lo original, lo único. En cambio, nosotros creemos en el diseño de lo familiar y lo sorprendente, donde lo familiar es el protagonista y la función fundamental de lo sorprendente es devolverle la frescura a lo familiar. Los lugares más satisfactorios que conocemos no son zoológicos arquitectónicos sino lugares (…) donde amplias zonas de consenso humano destacan el más sutil matiz de singularidad como una muestra individual de cariño (…) y establecen un fondo urbano contra el que las manifestaciones de vitalidad y cordial atrevimiento pueden fijarse en la memoria pública.

Charles W. Moore- Epílogo de “Body, Memory and Architecture” (Yale University Press, 1977)

La isla intermitente

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La vieja fortaleza se encuentra ahora ligada a tierra firme por un desangelado continuo de instalaciones portuarias -en el que se suceden silos, aduanas, depósitos, sórdidos canales, esqueletos de hormigón abandonados, grúas-puente y colosales pilas de contenedores- hasta que accedes al recinto y la fuerza de la arquitectura militar y el poder evocador de las texturas de los aparejos de fábrica y de las bóvedas de cañón con sus estalactitas salinas, y la increíble riqueza cromática de los desconchados muros que algún día fueron blancos y ocres consiguen que, por un momento, olvides el entorno y la isla vuelva a emerger solitaria frente a la costa jarocha.

La habitación exterior

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El espacio exterior privado en las fachadas de los conjunto de vivienda colectiva puede adoptar una sorprendente variedad de formas y permitir diversos usos dependiendo de su dimensión y de su relación con el espacio público. Desde el más modesto balcón de dos palmos de ancho en el que sólo caben una o dos macetas y en el que la actividad típica es salir a fumar y asomarse a ver pasar la vida urbana, a los que permiten sentarse -aunque sea en un alfeizar o un diminuto taburete-, sacar una pequeña mesita para un café o una cerveza para una o dos personas, a los que superan los “6 pies de ancho”* y ya permiten comer “a la fresca” a toda la familia  y, por último, a ese espacio soñado que llamamos la habitación exterior.

La habitación exterior es exactamente eso: un espacio cerrado por sus cuatro lados pero abierto al cielo y al sol, que encontramos a veces en forma de patio integrado en una vivienda unifamiliar, o como diminuto jardín doméstico. Fue el gran hedonista Bernard Rudofsky quien acuñó por primera vez este concepto (en el capítulo “The Conditioned Outdoor Room” de su genial “Behind the Picture Window“) y, al analizar cómo las grandes vidrieras de la casa moderna habían reducido los jardines para vivir en jardines para contemplar, reivindicó la importancia de tener un espacio exterior acotado e íntimo en el que poder “trabajar, dormir, cocinar, comer, jugar y holgazanear”**.

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Además de los incontables ejemplos de la antigüedad y la arquitectura vernácula -sobre todo mediterránea-, el propio Rudofsky construyó con Constantino Nivola un solarium-habitación exterior para la casa de este último en los Hamptons; pero no fue hasta hace un par de días –gracias al blog HicArquitectura–  que encontré un ejemplo de habitación exterior en un bloque de vivienda colectiva que no estuviese en la azotea o en contacto con el terreno.

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Por ponerle una pega, para ser una auténtica habitación exterior, la intimidad es fundamental y esta foto en picado demuestra que los usuarios están muy expuestos a las miradas de los vecinos. Pero es una idea sugerente que ojalá fertilice.

Notas:

*Christopher Alexander sostiene en su “Lenguaje de Patrones” que las terrazas o blacones únicamente se utilizan a fondo cuando superan el 1.80 metros

**Alexander también incorporó este concepto tomado de Rudofsky -“Habitación Exerior”- como patrón 163.

La aceptación del bulto

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Sea Ranch. California

Aunque las nuevas necesidades que surgen inesperadamente cuando un proyecto empieza ya a cristalizar pueden obligar a revisarlo completamente, ciertas arquitecturas asumen sin resentirse buena parte de estos “accidentes” mediante mecanismos tan simples como engordar una pared, modificar algún ángulo o añadir un bulto más al conjunto.

Esta aceptación del “bony“*  sólo está al alcance de las arquitecturas “relajadas” en las que los imprevistos pueden llegar a enriquecer la obra (como aquel muro que se quebraba para evitar podar un árbol) porque cuando la calidad de la arquitectura depende de la pureza del volumen, de la radicalidad de “la idea“, o de la estricta observancia de alineaciones, modulaciones y demás variantes de eso que tramposamente se llama “rigor geométrico”**,  cualquier desviación será inevitablemente percibida como un defecto o una anécdota.

Incluso cuando estos añadidos o modificaciones no suceden durante el proyecto sino años o generaciones más tarde, el edificio proyectado como “aglomeración sensorial” podrá asumir con mayor naturalidad el crecimiento y el cambio que cualquier espécimen de “arquitectura retiniana”.

Si las leyes de selección natural tuviesen alguna influencia en el desarrollo de la arquitectura, estas evidentes ventajas competitivas probablemente ayudarían a que nuestro entorno fuese mejorando y humanizándose paulatinamente. Pero la única ley que rige esta disciplina es la del dinero.

 

* El problema del “bony” (bulto) y su encaje lo encontré por primera vez en algunos de los proyectos del estudio de José Antonio Martínez Lapeña y Elías Torres en el que colaboré durante cinco años.

**Los que utilizan ese concepto para justificar sus proyectos obvia el hecho de que hay órdenes más complejos (pero no necesariamente menos rigurosos). A veces es cierto aquello de que el desorden es un orden que no alcanzas a comprender.

 

El carenado hostil

Sevilla

El lavado de cara de la línea 1 del metro de la Ciudad de México consiste en revestir sus paredes con paneles metálicos verticales blancos rematados con una estrecha franja horizontal rosa  del mismo material en la que figuran los nombres y pictogramas de las estaciones.

Cuando el metro arranca o se aproxima a la estación, como la alineación de los paneles no es perfecta, toda la franja rosa se convierte en una informe vibración luminosa que sigue el movimiento del tren y-al fundirse el blanco de las letras con los brillos de la onda de reflejos de las luminarias- dificulta enormemente la lectura de los nombres de las paradas; y contradice  la imagen pulida y afilada que probablemente perseguían sus diseñadores.

Y cuando espero en el andén y siento que el tacto frío y la sonoridad hueca del material anulan el impulso natural de apoyarme contra un paramento al que ya sólo espera un futuro de abolladuras y ralladuras, añoro la digna pátina de los cascados azulejitos rojos de la estación de Sevilla que antes hacían su misma función.

Teísmo

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Este libro escrito en inglés hace algo más de un siglo por Kakuzo Okakura consigue resumir para un público occidental la esencia de la cultura y el arte japoneses en apenas cien páginas . Más que un libro sobre el té es un libro sobre el “teísmo” que es como el autor denomina a la filosofía estética y vital que nació en China en el siglo VIII y floreció en Japón setecientos años después, determinando su visión del mundo, la moral, el arte y la arquitectura.

En siete breves capítulos, Okakura evoca toda la densidad estética y filosófica que se condensa en la ceremonia del te, pasando de la historia de las diferentes formas de consumir la planta a un análisis de la arquitectura de la casa de té y de los principios que rigen su decoración interior, el arreglo de flores,  el relato de episodios significativos de la vida de los grandes maestros del té y las ideas que los inspiraron, y consigue transmitir la importancia de encontrar lo hermoso en lo cotidiano y  de cultivar lo vacío, lo inacabado y la naturalidad.

Un clásico engañosamente simple -empecé a releerlo nada más terminarlo- que contiene enseñanzas profundas sobre lo que constituye una vida (y una muerte) bella y plantea una demoledora crítica de la estética de la permanencia, la repetición, la simetría y la perfección propia de Occidente.

Del volcán al desierto

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Siempre he pensado que los premios deberían apoyar a la gente con talento antes de que el reconocimiento a sus logros sea unánime, evitando a toda costa la filosofía “Príncipe de Asturias” según la cual sólo aquellos que ya lo han ganado todo tienen derecho a un galardón. En ese sentido, celebro que el premio Pritzker de este año se le haya concedido a un estudio “joven” (para los parámetros de la profesión) y con un volumen construido relativamente modesto.

Pero no comparto la insistencia de los medios de comunicación -y de los propios arquitectos- en destacar su arraigo y dependencia del contexto cuando el estudio cuenta ya con obras importantes en el extranjero y ha saltado sin mayores problemas del terruño volcánico de la Garrotxa al desierto urbano de Dubai.

De hecho, creo que RCR ejemplifican al arquitecto-artista centrado en la forma y la belleza (1) que tiene eso tan esquivo como imprescindible para triunfar: un estilo reconocible y exportable.

Una estética poderosa en la que una paleta mínima de materiales fetiche -dominada por el acero (a poder ser “corten”) y el vidrio- conforma volúmenes sin ventanas ni ningún otro elemento que pueda remitir a lo doméstico, revelar la escala y desvirtuar así el carácter abstracto de la obra . Una estética del control (2) capaz de producir obras tal vez bellas pero difícilmente compatibles con el cambio y la vida que, personalmente, considero la esencia de la mejor arquitectura.  (más…)

La casa de Barragán en la playa

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Playa de Majagua. Colima

Aunque soy un buen aficionado a la obra de Barragán y he leído al menos media docena de libros sobre él, no recuerdo haber oído hablar de la misteriosa casa que se construyó en una playa del Pacífico a mediados de la década de los 50. Fue leyendo anoche el capítulo dedicado al regionalismo en “La arquitectura mexicana del siglo XX” (Fernando González Gortázar. Lecturas Mexicanas, 1996) donde la siguiente referencia -al hilo de una discutible argumentación sobre la influencia de Mies en Barragán- me hizo dar un respingo:

“Hay obras en las que esto se vuelve aún más evidente: la entrada del Pedregal o la capilla abierta de Lomas Verdes, por ejemplo, o la extraordinaria y destruida casa en Majahua, en la costa de Colima, con sus muros de hojas de palma y sus estancias y terrazas con piso de arena.”

A ver si va a resultar que la imagen del devoto que medita contemplando su jardín desde su solitario refugio es una burda simplificación y Barragán era también un hedonista aficionado a la playa y el sol.

Al bucear por la red encontré estas referencias dispersas:

“En Colima, en la Bahía de Majagua, están las ruinas —muy fácilmente restaurables— de la casa que Barragán construyó para sí mismo. Copropiedad actualmente de unos conocidos arquitectos locales, resulta incomprensible la persistencia del abandono de una de las obras más significativas y originales de la carrera de Barragán.” (Hernán Porras. “El  Informador” 01.05.2016)

“Del mirador bajamos a la casa de Majagua, que disfrutó la familia Bustamante, obra de Luis Barragán, con generosos corredores, vanos y patios. Entramos por la casa de servicio, unos muros de ladrillo, separados y parados de canto a 45° daban luz y ventilación a su patio. Cinco peldaños nos llevaron a un amplio pasillo de la casa, de planta rectangular, de dos pisos, que fue cubierta a dos aguas, grandes vanos se asomaban a la exuberante vegetación vecina, dominando el follaje de parotas. El primer piso comprendía: la cocina, un baño, comedor y sala, espacio abrazado por los dos niveles. El segundo, las recámaras, con grandes ventanas, la principal con balcón. En el lado norte de la casa estaba el inmenso jardín, delimitado por bardas, con dos albercas aledañas a la casa, una grande, cuadrada y escalonada y una chica, rectangular y con escalera, en todo su costado poniente, lado corto. Sombreadas por una añeja higuera. Nos sentamos al pie de la higuera a contemplar los detalles de la obra de Barragán, con agradables y amplios espacios, sencillamente relajantes. De la casa bajamos a la paradisíaca playa…”  (Hernán Porras. “El  Informador” 01.05.2016)

 “Algún día hace años entramos por la brecha que conduce a un fraccionamiento sui géneris, pensado por unos arquitectos tapatíos como un proyecto de comunión con el entorno. Es casi más devoción que negocio. Devoción al mar y a unas ruinas, huellas de una presencia, la del arquitecto jalisciense. Hace medio siglo quizá, otro devoto le obsequió allí un terreno para fincar una casa de playa. No pegado a las olas, pero suficientemente cerca de la arena. De su recámara, queda el hueco de la ventana, justo como un marco para la contemplación de un alto cerro a lo lejos. Del jardín, leves bardas de cemento pulido, el invencible rojo óxido de algunos muros, la amplitud del horizonte, el resto de lo que debió ser un patio para gozar de los árboles y del aire de la tarde, bajo la húmeda sombra del trópico.” (María Guadalupe Morfín. “Las huellas de Barragán” 03.07.2002)

“Hacia 1954 realiza Barragán el último intento de construir otra casa propia. Adquiere varias propiedades en la costa del Pacífico, en la playa de Majahua, creo que conocida por sus tiburones, en el estado de Colima, en una zona que pretendía urbanizar. Allí construye una “casa preciosa”, con “muros de hojas de palma” y “piso de arena”, para su disfrute personal, que desaparece por un incendio años después, pero confirma una vez más el empeño del arquitecto por construir un sitio donde vivir.” (Anna Martínez Durán. “La casa del arquitecto” Tesis doctoral 2007)

Pero ninguna de estas evocadoras descripciones iba acompañadas de imágenes y mi curiosidad no ha hecho más que aumentar.

¿Alguien tiene algún plano o fotografía de la casa de Barragán en Majagua que pueda amablemente compartir para poder profundizar en la -para mí- desconocida faceta hedonista de este  arquitecto ensimismado ?

El pilar y el bastón

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Aunque me parece que se abusa bastante de los pilares inclinados, comparto esta ingeniosa justificación de Gaudí que los aficionados a ellos podrán utilizar a conveniencia:

“Me preguntaron por qué hacía columnas inclinadas. Les respondí que por la misma razón que el caminante cansado, cuando se detiene, se apuntala con el bastón inclinado, porque si lo pusiese vertical no descansaría”

(de “El pensamente de Gaudí” de Isidre Puig Boada. DUXELM, 2004)

El viaje al centro

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Este pabellón viajero nació en Pittsburg (en las acerías del señor Carnegie) para representar a México en la Exposición de Nueva Orleans de 1884, pasó temporadas en Chicago y Saint Louis, y encontró un acomodo provisional en la Alameda Central de la Ciudad de México antes de arraigar definitivamente en la colonia Santa María La Ribera.

Ahí, ubicado en el centro geométrico de su principal espacio público, este errante “Kiosko Morisco” de planta centralizada y estructura de hierro no sólo encontró su lugar sino que se ha convertido en el corazón del barrio  y en el icono con el que tanto sus vecinos como el resto de la ciudad identifican la colonia, hasta el punto de resultar inimaginable en cualquier otro lugar. El centro de esos círculos concéntricos que forman su cúpula es ahora el centro físico y mental del barrio, su kilómetro cero.

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Laurie Baker

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Como saben los que siguen habitualmente el blog, últimamente me interesan mucho los “arquitectos descalzos”: esos profesionales -como Hagerman o Van Lengen– que prefieren trabajar in-situ con la gente (y con sus propias manos) que en el tablero de dibujo, que intentan respetar al máximo el terreno y vegetación existentes, que celebran la individualidad del ser humano y su derecho a tener una vivienda adaptada a sus necesidades concretas, que luchan contra el despilfarro económico, energético o material, que aprovechan los recursos próximos y plantean edificios de muy baja tecnología que casi cualquier persona puede llegar a construir y que se preocupan por recuperar el modo intemporal de construir y aquellas lecciones que podemos aprender de la arquitectura tradicional.

Hace algunos días veíamos cómo Hassan Fathy luchó (y fracasó) en su intento por establecer una nueva arquitectura vernácula para Egipto ya que sus propuestas no fueron aceptadas por la gente humilde para la que estaban pensadas (tanto por el uso de bóvedas que hasta entonces se asociaban a la arquitectura funeraria, como por el empecinamiento de los usuarios para los que proyectaba en tener casas lo más parecidas posible a las de los ricos de su pueblo); y ahora se le ve como un arquitecto de talento pero con una mirada nostálgica que le impedía proponer lo que realmente necesitaban sus paisanos más desfavorecidos y que le llevó a un callejón estilístico sin salida.

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The Hamlet. La casa del arquitecto

Laurie Baker, en cambio, consiguió desarrollar una arquitectura vernácula contemporánea para Kerala, la región tropical húmeda del sur de la India donde vivió la última parte de su vida. Allí construyó más de mil casas unifamiliares -todas diferentes y adaptadas al presupuesto y necesidades de cada cliente- varias iglesias, un pueblo de pescadores, un centro de computación, cafés, hospitales y casi cualquier tipología que se pueda imaginar. Pese al escepticismo y hostilidad con que se encontró inicialmente, su manera de hacer se ha extendido por toda la región ya que su bajísimo costo permite a mucha gente que no puede tener una casa convencional construirse una vivienda fresca y cómoda.

Su biografía es digna de una película (que, de hecho, ya se ha filmado pero todavía no he podido ver). Nacido en Inglaterra en 1917 en una estricta familia metodista, se graduó en arquitectura en 1938, fue objetor de conciencia y pasó la segunda guerra mundial en China como voluntario en hospitales de atención a leprosos como parte de la iniciativa “Friends Ambulance Unit” de los cuáqueros a los que se había acercado tras distanciarse de la iglesia de sus padres.

En 1943, tras cuatro años en China, le ordenaron regresar a Inglaterra pero por el camino, se detuvo en Bombay. Allí  se encontró con Mahatma Gandhi y el flechazo fue instantáneo. Gandhi se interesó por aquel modesto arquitecto inglés que en lugar de zapatos llevaba -a la manera china- unos trapos envolviendo sus pies, y Baker.a su vez, quedó profundamente impresionado por el pensamiento de Gandhi y, muy especialmente, por su idea de que la esencia de la India estaba en sus aldeas y de que los materiales de construcción deberían estar cómo muy lejos a 5  kilómetros de la obra.

Regresó a Inglaterra pero no podía olvidar la India y en cuanto surgió la oportunidad de unirse como misionero a la organización  “The Mision to Lepers” para el cuidado de leprosos que buscaba arquitectos e ingenieros para construir centros de acogida en aquel país, no lo dudó y partió hacia Faizabad (Uttar Pradesh) para ayudar en su labor humanitaria al Dr. Chandy y a su hermana Elizabeth -también doctora- de la que en seguida se enamoró perdidamente.

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Las décadas oscuras

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Lewis Mumford comparaba el período que siguió a la Guerra Civil estadounidense (1865-1895) con esos años tristes en los que no hay verano y, tras la primavera, el suelo aparece un día cubierto de hojas pardas; y dedicó “Las Décadas Oscuras” a reivindicar las raíces de la modernidad que se hunden en ese menospreciado lecho marrón.

Por este libro, publicado en 1931, desfilan escritores (Whitman, Thoreau, Dickinson), pintores (Homer), geógrafos (G.P. Marsh, precursor de  la ecología), jardineros (Olmsted); y pioneros de la arquitectura moderna como Richardson, Sullivan, Gill, Wright o la saga de los Roebling (protagonistas de la emocionante epopeya de la construcción del puente de Brooklyn). Todos ellos lucharon contra el espíritu de su tiempo y abrieron caminos por los que podría llegar un futuro mejor.

Al leerlo no pude evitar ver un cierto paralelismo entre dos épocas que idolatran el simulacro y producen arquitecturas inertes: aquella -entregada a copiar trasnochados motivos clásicos o medievales con medios industriales- y ésta –obsesionada por lograr que los edificios se parezcan a sus imágenes virtuales-.

¿Dónde andarán nuestros Roeblings  y Richardsons?

 

Nota:

las-decadas-oscurasEl libro se llama literalmente “Las Décadas Marrones” (“The Brown Decades”) pero he respetado en el texto el título de la traducción que he leído ( Ediciones Infinito, 1960)