¿Por qué no hay personas (normales) en las imágenes de arquitectura?

En las vistas de ciudades ideales renacentistas, la ausencia de vida humana realza la simetría de espacios tan perfectos que se verían ensuciados por figuras atravesando la escena al ritmo de sus quehaceres diarios, ajenas al orden implacable de la perspectiva central. El orden complejo de la vida no se subordina con facilidad a la dictadura de la geometría.

En los proyectos de la arquitectura de la Ilustración, los seres humanos aparecen apenas como diminutas siluetas que permiten entender la demencial escala de construcciones visionarias, o como almas en pena que vagan por las ruinas de sobrecogedores espacios de lógicas incomprensibles. Están ahí para reforzar el carácter sublime de una naciente belleza que pasa por hacer sentir al ser humano su pequeñez e insignificancia.

En el constructivismo, el neoplasticismo, el futurismo y otras vanguardias, primaba la autonomía de la forma, la expresión idealizada de la modernidad triunfante. La figura humana, que tan poco había cambiado desde el paleolítico, era un obstáculo para transmitir lo nuevo, el futuro, el grado cero.

Tras la resaca de las guerras mundiales, hubo intentos de hacer una arquitectura más social y se popularizaron los dibujos de calles llenas de gente en las propuestas urbanísticas de las “New Towns” inglesas o las fotografías de juegos infantiles holandeses en pleno uso. Pero, salvo honrosas excepciones, no tardamos en regresar al “business as usual”.

En las fotografías de las revistas de arquitectura contemporánea -que no dejan de ser una sofisticada forma de publicidad-, los fotógrafos se toman grandes molestias para poder capturar las imágenes antes de que se inaugure el edificio o, si ya está en uso, en horas en las que no estén ocupados. Una silueta difuminada subiendo una escalera volada es lo más parecido a una persona que podemos encontrar entre sus páginas de papel cuché.

En las infografías y animaciones comerciales, la presencia de figuras humanas  tiene dos funciones fundamentales. La primera, servir como referencia para entender las dimensiones del espacio: dar la escala. La segunda, la misma que los modelos en un anuncio: que su apariencia -vestimenta, belleza, figura, postura- logre evocar un mundo perfecto del que nos gustaría formar parte.

Seguimos anclados en el culto a la imagen y “lo nuevo” y consumimos las imágenes de arquitectura como anuncios, como símbolos de una vida a la que aspirar. Ver personas “reales» -o sus posesiones- dificulta imaginarnos ocupando esos espacios y rompe el hechizo de pensar que esa casa podría ser la nuestra. 

Nunca ves gente normal en un anuncio.

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