Autor: iago lópez

Una escalirrampa memorable

IMG_20191102_171641Ese cruce entre escalera y rampa que algunos llaman escalirrampa- escalera en la que las huellas se dilatan e inclinan o rampa interrumpida rítmicamente por escalones- suele tener más de rampa que de escalera – un apaño para humanizar cuestas empinadas- y rara vez se explotan sus posibilidades escenográficas con la destreza que encontramos en la escalinata de acceso a la iglesia de Guadalupe en San Cristóbal de las Casas.

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Lo que de lejos parece un graderío de colosales escalones de huellas amarillas y tabicas blancas -tal como tramposamente se nos presenta en un primer tramo de escalera convencional- se transforma a partir del décimo peldaño en una singular escalirrampa en la que la alternancia de tabicas amarillas, huellas grises y tabicas blancas produce un inolvidable trampantojo en el que la gente parece flotar frente a una pared vertical.

Lecciones de una casa diminuta

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El proyecto arquitectónico que más me ha impactado en los últimos meses tiene sólo 19m2. Es la diminuta vivienda que Takeshi Hosaka y su esposa Megumi -hartos de perder media vida desplazándose de casa al trabajo- se construyeron en Tokyo en una anodina parcela orientada al norte y encajonada entre dos vecinos y un gran talud escalonado.

Tras habitar durante años la notable “Love1 House” de tan sólo 33 m2- e influidos por la diminuta cabaña del ermitaño medieval Kamo No Chomei (9.18 m2), la Casa Jacinto del poeta arquitecto Michizo Tachihara (15.15 m2) y el Petit Cabanon de Le Corbusier (16.85 m2)- la pareja se aventuró a reducir su espacio vital a la mitad dejándonos una casa que cuestiona varias ideas preconcebidas sobre lo que es una buena vivienda.

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Lo trascendente no depende del tamaño. Esta pequeña casa aspira a conectar a sus habitantes con el misterio del mundo. En ella pueden disfrutar de vistas del cielo ininterrumpidas por otras edificaciones, apreciar el paso de las estaciones al ver cómo la trayectoria del sol altera las sombras que el lucernario proyecta sobre las desnudas paredes de hormigón, o sentir la fuerza de una tormenta contra su cubierta como si estuviesen en una cabaña perdida en el bosque.

Esta casa con un techo plano y bajo a duras penas sería habitable. Es la generosidad espacial (altura y volumen) la que hace tolerables unos espacios tan reducidos.

Con tan poco espacio sólo puede mantenerse lo esencial. Prescinden de la “Sala de Estar”. No hay sofás ni butacas. El espacio de convivencia vuelve a ser la mesa de la cocina. Pero no prescinden de un diminuto vestíbulo que sirva como filtro entre el exterior y la intimidad del hogar (mientras que en buena parte de los apartamentos contemporáneos se accede directamente a la sala de estar). Ni de tener una bañera exterior (además de una ducha) en la que disfrutar de un placer que consideran irrenunciable. Ni de sus 300 discos (cuando una suscripción a Spotify podría ahorrarles un precioso espacio de almacenamiento).

La casa es una caja y no un estuche (o “no sobre-diseñarás”). En muchas casas “de arquitecto” y en casi todos los ejemplos de micro-viviendas que pululan por las revistas del ramo, la destreza del diseñador se demuestra en su habilidad para plantear elementos de doble función (muebles escamoteables, muebles convertibles, particiones móviles…) y aprovechar cualquier rincón (camas sobre un baño, colgadas…), buscando al mismo tiempo un total control formal del espacio y acabados que deben aparecer lo más puros y abstractos posibles, sin rastros de las manchas de la vida.

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Hosaka podría perfectamente haber construido un altillo para el dormitorio y explotar funcionalmente el espacio de una forma “más eficiente”. Pero es precisamente su capacidad de retener lo esencial y prescindir de lo accesorio lo que le permite tener una casa relajada, sin excesos de diseño. No se molesta en ocultar la cocina o esa vulgar lavadora que queda en el corazón de la casa. No hay sofisticación alguna en el diseño de un mobiliario que se reduce a pequeños nichos en la estructura de hormigón.

Con una sección abovedada que evoca una capilla moderna (o una cueva) y un lucernario que la vincula con el cielo y los elementos,  la magia de esta pequeña casa está precisamente en el contraste entre un espacio de geometría casi sagrada y una ocupación desinhibidamente doméstica del mismo. Es una casa a la vez humilde y trascendente.

Estética tropical

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Muros en un pabellón del Parque México (CDMX)

“Hay una razón climática para que Italia sea el paraíso de los escultores, Francia el de los pintores al óleo e Inglaterra el de los acuarelistas.

El color en los trópicos debe ser más fuerte que en Occidente. La luz solar degrada los colores a menos que sean permanentes como azulejos y mosaicos. El sol aplana, decolora y erosiona las cosas, y dirige los ojos hacia lo que ocurre en la sombra; y la estética confirma lo que el clima dicta ya que, bajo la sombra, los colores vivos brillan y perduran”

(“The aesthetics of humid tropics”. Maxwell Fry, Jane Drew. 1956)

Vista Zen (2)

Ventana redonda_Blue Box by Mayumi Miyawaki

“Recuerdo la ventana redonda por la historia, posiblemente apócrifa, de algún maestro zen que construyó un gran muro alrededor de un jardín que sin él habría tenido una extensa vista del océano. En la parte inferior del jardín había una fuente y, cuando juntabas tus manos en forma de cuenco y te agachabas para beber, había un agujero en la pared desde el que percibías de repente la vista del océano, comprendiendo que el agua que retenías en tus manos y el agua del lejano océano eran la misma”

“Misfits Architecture” -el excelente blog de Graham McKay- publicó hoy un post sobre ventanas memorables en el que aparece una versión diferente de la historia del maestro zen, el mar y la ventana que sirvió a Christopher Alexander para explicar su patrón “Vista Zen”.

Reproduzco el texto y la imagen porque la ventana de la casa de Mayumi Miyawaki que comparte McKay es un gran ejemplo de cómo la belleza de una vista puede intensificarse al comprimirla en un punto (o de cómo –en palabras de Barragán- el Duomo de Miguel Ángel es mucho más impresionante visto a través de una mirilla), y porque su versión del cuento zen tiene la gracia añadida de explicar cómo un dispositivo arquitectónico diseñado con intención puede obligarte a reflexionar sobre el ciclo del agua (y cómo, de alguna manera, todo es uno, y esas cosas).

A Good ‘Un

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A los 19 años, el rock and roll monopolizaba mi atención y dedicaba una cantidad inconfesable de tiempo (y dinero) a perseguir oscuros discos y libros con los que aplacar mi obsesión. Uno de los libros que más me marcaron fue “Psychotic Reactions and Carburator Dung” -la clásica colección de escritos de Lester Bangs- que, además de reafirmarme en el culto de Iggy, Lou y Beefheart, ofrecía pistas que ampliaron para siempre mis limitados horizontes sonoros. Su escrito sobre “The Black Saint and the Sinner Lady” de Mingus- me introdujo en el apasionante mundo del jazz (al que ahora dedico más tiempo que a mi pasión original) y  su reseña de las grabaciones del recientemente fallecido Otis Rush para Cobra resucitó para siempre mi interés por el blues.

En vinilo, como parte de la caja “The Cobra Records Story” o en el ipod, siempre he mantenido esta colección de canciones cerca de mis orejas (y de mi corazón).

Descanse en paz.

 

Rachid Taha (1958-2018)

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Ha muerto Rachid Taha.. Más allá de la alambicada historia de cómo regaló a los Clash a la salida de un concierto en 1981 una cinta de su grupo (Carte de Sejour) que probablemente inspiró el superéxito “Rock The Casbah”, y cómo él mismo triunfó muchos años más tarde con su propia versión del tema; su paleta musical no se limitaba a la fusión del punk y la música argelina y, en sus discos, podemos encontrar desde amalgamas de toda la música occidental que digirió en su adolescencia en Lyon – cuando compatibilizaba su trabajo en una fábrica con esporádicos bolos de DJ- hasta sentidas revisiones del cancionero tradicional argelino (los dos “Diwan) pasando por la sorprendente interpretación de “It´s Now or Never” que incluyó en su disco “Zoom”.

Lamento no haber tenido la oportunidad de haberlo visto en directo pero me queda al menos el consuelo de explorar más a fondo su discografía –que sólo conozco parcialmente- y de disfrutar en unos meses del álbum que acababa de terminar.

Descanse en paz.

 

 

Sillas de México

 

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Nos habíamos acercado a la galería Kurimanzutto a visitar la exposición “Sillas de México”, un montaje ejemplar en el que se muestran algunas de las sillas diseñadas por Óscar Hagerman y su evolución en los 50 años que han pasado desde la mítica “Arrullo” de 1969. En la gran nave blanca personalizada con un irregular zócalo de barro y paja, sobre un gran petate tejido por su colaborador habitual Nacho Morales, decenas de sillas se agrupan informalmente por familias (Arrullo, Maya, Ruiseñor y Colibrí) frente a una breve descripción manuscrita por Hagerman  sobre la pared y un plano a escala natural. En una esquina, una gran mesa presenta preciosas maquetas de otros modelos desarrollados por el autor a lo largo de una vida dedicada al diseño.

Al salir, entusiasmados, paramos en la librería a comprar el pequeño catálogo y –justo tras pasar por caja- la entrañable figura canosa y encorvada que conocíamos por su libroel hermoso documental que le dedicó uno de sus hijos, entra en la pequeña tienda y una de las encargadas le dice que su presentación empieza en quince minutos.

 

 

Este increíble golpe de suerte nos permitió asistir a una clase magistral de hora y media, que empezó con Hagerman invitando a los asistentes a formar un circulo de sillas a su alrededor, con cada visitante acercándose con la que tuviese a mano en ese momento, y terminó –tras una nueva reorganización de los objetos de la muestra sobre los que habíamos asistido a la informal conversación- con el gran arquitecto recorriendo toda la sala y explicando detalladamente los diferentes tipos de tejidos y maderas, la evolución de la artesanía a los contrachapados cortados por computadoras, los mejores tratamientos para cada tipo de madera (Bona para el pino y las maderas claras, aceite de linaza o coco para las oscuras) y las sutiles variaciones en la ergonomía y facilidad de montaje que diferencian a las diferentes ramas de esta gran familia mobiliaria.

Su candidez y generosidad nos regalaron infinidad de anécdotas difíciles de resumir en una breve reseña: desde sus inicios en una cooperativa de Neza,  hasta su opinión (sorprendentemente ecuánime) sobre las sillas de plástico y las de IKEA, pasando por el reconocimiento de sus errores de diseño (el respaldo demasiado bajo de la “Arrullo” original), su orgullo por las decenas de miles de copias que ha encontrado en los mercados rurales a lo largo de los años, su lucha tenaz por lograr sillas que pudiesen competir en precio con las industriales (lamentando no lograr bajar de los 150 pesos en algunos de sus modelos), su devoción por la primera silla de Aalto que su padre le regaló y todavía usa, o las tristes circunstancias familiares que le impidieron participar en las labores de reconstrucción tras el sismo del 19-S. Un auténtico lujo.

Cuando conoces a algún personaje que admiras existe siempre el riesgo de que la imagen idealizada que te habías formado de él cambie para siempre. Óscar Hagerman es exactamente el sabio bondadoso y entrañable que imaginaba y haber compartido con él esta hora y media de un sábado de septiembre es una experiencia que jamás olvidaré.

La exposición termina en una semana. No se la pierdan.

Los borborigmos de la calipigia

Venus Calipigia

Anoche aprendí dos nuevas palabras con las que no recuerdo haberme tropezado antes, pese a que nombran cosas tan cotidianas como los ruidos que hace la barriga o la poseedora de un hermoso trasero.

Cuando, como inevitablemente sucede, empiece a encontrarlas por todas partes –Venus calipigias en algún viejo manual de historia del arte, borborigmos en el prospecto de algún medicamento para digestiones pesadas- intentaré recordar que fue David Foster Wallace quien me las enseñó*.

*La colección póstuma de ensayos (“Both Flesh And Not”) incluye antes de cada texto una lista de palabras y definiciones que DFW guardaba en el escritorio de su ordenador e iba actualizando constantemente. Este truco para engordar un libro que no deja de ser una colección de caras B y “outtakes” fue todo un acierto y una de las partes que más estoy disfrutando.

 

How Jesus Died/Lonely Avenue

Siempre que se menciona la influencia góspel en la música de Ray Charles suele pensarse en “What’d I Say” y otras piezas de fervoroso desenfreno pero sorprende escuchar cómo permeó también este pausado clásico compuesto por Doc Pomus:

The Pilgrim Travelers- “How Jesus Died” (1956)

Ray Charles- “Lonely Avenue” (1956)

 

Nota:

gospel soundConocí esta inspiración directa gracias al excelente estudio “The Gospel Sound” de Anthony Heilbut (““How Jesus Died” fue copiado nota por nota por Ray Charles en “Lonely Avenue”, pero los decibelios de Whitaker son más eróticos!”)

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Y unos días después….leyendo “Honkers and Shouters” de Arnold Shaw me entero de que “I Got a Woman” nació también como canción gospel:

The Southern Tones- “It must be Jesus” (1954)