Autor: iago lópez

Bailarsobrearquitectura. La gramola

La idea inicial era recopilar mis 50 canciones favoritas, pero enseguida vi que eso iba a ser imposible y acabé montando una lista de reproducción indecentemente larga (va por 12 horas y no estoy seguro de poder cerrarla definitivamente algún día) con canciones muy queridas pero que debían respetar las siguientes reglas:

– Una sola canción por artista (aunque no puede resistir hacer dos o tres excepciones)

– Canciones que puedan escucharse de fondo pero que se disfruten aún más prestando atención. Ideal para poner mientras cocinas, mientras tomas algo tranquilamente con tu señora o con unos amigos, o para un largo viaje.

– Debe poder reproducirse aleatoriamente sin provocar sobresaltos. Por lo tanto, ni Sonic Youth, ni Ornette, ni Stooges.

– Variedad estilística, sensibilidad pop. Hay canciones pop, country, reggae, dub, Rocksteady, calypso, gospel, R&B, shanties, highlife, soukous, doo-wop, blues o jazz pero todas ellas pueden ser escuchadas como pop.

La he escuchado con frecuencia estas últimas semanas y estoy bastante contento con la ecléctica mezcla que ha salido así que he decidido compartirla por aquí por si a alguien le interesa.

Aprovecho para desearos a todos unas felices fiestas y un buen 2022.

La dimensión oculta

En el clásico “La dimensión oculta”, el antropólogo Edward T. Hall analiza la componente cultural del uso que el ser humano hace del espacio y constata que la proximidad tolerable antes de sentir una fuerte incomodidad es totalmente diferente entre unos países y otros, o cómo la forma de ocupar el espacio (privilegiando el centro en Japón y las paredes en Occidente, por ejemplo) tampoco obedece a reglas universales.

De la poderosa idea de que una burbuja invisible nos rodea y condiciona nuestra forma de movernos no hay mejor síntesis que la cita de un poeta que abre uno de los capítulos:

A unas treinta pulgadas de mi nariz está la frontera de mi persona, y todo el aire que hay entremedio es mi privado pagus solariego. Extraño, a menos que con ojos íntimos te haga yo señales fraternales, cuidado, no lo pases rudamente: que no tengo cañón pero sí escupo

W.H. Auden, prólogo a “The birth of architecture”

Lee Perry (1936-2021)

Pensaba que el reggae sonaba todo igual. Que era música monótona y aburrida sólo apta para fumetas empedernidos y buenistas cumbayás. Que empezaba y terminaba con Marley. Hasta que conocí a «Scratch».

En 1995 fui de Erasmus a Paris y la gente con la que me junté eran fanáticos del género y uno de ellos, Manu, me prestó una cinta “Chicken Scratch” que me cambió la vida. Era reggae, ciertamente, pero de un tipo que nunca había escuchado. Canciones cortas y relativamente rápidas con coros y estribillos inolvidables que me recordaban el rhythm and blues de los 50 que tanto me gustaba. La cinta estaba a nombre de un tal Lee “Scratch” Perry (del que hasta entonces sólo conocía su trabajo como productor en el inmortal single «Complete Control» de mis adorados Clash) y, tras gastarla de tanto escucharla, pasé a buscar más de lo mismo.

Lo siguiente fueron los recopilatorios “Some of the Best” (que se abría con la inmortal “People Funny Boy”) y “The Upsetter Collection” (en el que ya aparecían locuras como “Bucky Skank” y ejemplos de sus míticas producciones de los 70 como “Words of My Mouth”). 

Ya de regreso en Barcelona fui haciéndome con una modesta colección de algunas de sus obras maestras en las fantásticas cajas que le dedicó Trojan a las legendarias producciones de su estudio Black Ark (“Open The Gate”, “Build the Ark”), “Arkology”) y algunos lps de sus experimentos dub («Blackboard Jungle«, «Super Ape«).

En algún momento del proceso compré la maravillosa guía “Rough Guide to Reggae” y tuve por fin la visión global que me permitió entender las diferentes fases de su trabajo (y que la banda que me había encandilado en “Chicken Scratch” eran los mismísimos Skatalites acompañando a Perry y las I-Threes). Eso inevitablemente me llevó a otros discos en los que había participado como productor (“Heart of the Congos”, “War Ina Babylon”, “Police and Thieves”….) y a reconciliarme con Marley y los Wailers a quienes produjo sus mejores sesiones.

Aún el año pasado me sorprendió -con más de 80 años- con el excelente “Rainford”, a la altura de sus mejores trabajos. Entre obras propias y producciones debo tener alrededor de una veintena y no tendría problema en hacerme con algunos más. Es uno de esos pocos artistas -como Armstrong, Ellington o Dylan- de los que es difícil tener demasiados discos.

Sólo lo ví una vez -de lejos- en la Rambla del Raval en unas fiestas de la Mercé de 2003, aunque había tanta gente que apenas se podía disfrutar del concierto. Ahora me arrepiento de haber dejado escapar la oportunidad de verlo en una sala pequeña aquí en México hace un par de años.

Descanse en paz el genio loco de la música jamaicana.

El veraneo refinado

El estupendo libro “Lineage and Legacy: A certain Modernism in Cadaques” repasa las viviendas que cierta burguesía ilustrada remodeló en el casco antiguo de Cadaqués desde los años 50 -la misma época en que Man Ray, Duchamp y compañía lo “descubrieron”- hasta nuestros días.

Es un libro emotivo y personal porque sus autores -el excelente arquitecto Fernado  Villavecchia y su discípulo devenido eminente arquitecto Stephen Bates- son parte activa del proceso que relatan. La familia Villavecchia encargó en 1955 al dúo Correa-Milá una de las casas fundacionales de esta tendencia y desde entonces han continuado veraneando y remodelando otras casas en el pueblo.  Los estudios de los dos autores (Sergison-Bates y Villavecchia-Liebman) se unieron para proyectar la magnífica casa Voltes (2011) que trae esta peculiar tradición moderna hasta nuestros días.

Algunas de las casas son muy conocidas (la Senillosa de Coderch) o la propia casa Villavecchia pero otras (la que se construyeron Coderch y Leopoldo Milá para sus escapadas de pesca, las del dúo italo-británico Harnden-Bombelli, la casa de Federico Correa) rara vez se publican y llaman la atención por su austeridad y sus reducidísimas superficies.

La magnífica arquitectura casi anónima que se presenta (es casi imposible para el paseante distinguir exteriormente estas casas de sus vecinas) y la elegancia y ejemplar economía de medios con que se resuelve nos recuerda que la auténtica clase no está ni en los grandes espacios, ni en los grandes ventanales, ni en las piscinas infinitas, ni en los acabados de importación, y que algunas de las personas con gusto más refinado prefirieron* para sus vacaciones una vida más sencilla en diminutas casas en un pequeño pueblo de difícil acceso. ¿Y si este tipo de turismo en vías de extinción es el auténtico lujo?

Nota: *Y prefieren. Tenemos también el ejemplo de los largos veraneos de David Chipperfield en su casa de Corrubedo (A Coruña) o de Nani Marquina en Ibiza.

El maravilloso mundo de Alexander Girard

Antes de disfrutar la excelente exposición del museo Franz Mayer, apenas conocía de Girard las hermosas figuras en madera pintada que vende VITRA. Ahora lo considero uno de los grandes diseñadores del pasado siglo.

Al pasear por las salas van desfilando ante tus ojos: el estudiante italiano en Escocia que creó su propio mundo de fantasía (la república de Fife), con sus blasones, sus sellos, sus monedas, sus mapas y sus tipografías; el joven arquitecto autor de algunas inolvidables casas en el área de Detroit; el coleccionista de ojo infalible que logró acumular más de 100.000 piezas de arte popular y organizó algunas de las mejores exposiciones sobre el tema; el diseñador de tejidos de Herman Miller capaz de crear inolvidables patrones para los muebles de los Eames (y para los menos conocidos pero muy apreciables diseños propios); el interiorista capaz de diseñar un restaurante desde la arquitectura hasta el mobiliario, la vajilla, las cerillas y los azucarillos; el diseñador de la delirante imagen corporativa de la aerolínea texana Braniff (incluidos los uniformes) y el bohemio retirado en una maravillosa casa-museo tradicional de Santa Fe (Nuevo México).

Terminas el recorrido boquiabierto por el talento y la arrolladora creatividad de un artista total que embellecía, alegraba y mejoraba todo lo que pasaba por sus manos. Si tienen ocasión de ver esta exposición, no se la pierdan.

Diminuta dignidad

Hastiado de ver cómo los “micro-flats”, los “tiny-homes”, los “lofts” y las “suites” aparecen regularmente como una idea novedosa que ayudará a solucionar la carestía de vivienda, me ha encantado descubrir un magnífico edificio de 1937 que se anticipó casi cien años a esta tendencia y sigue en pie (aunque desfigurado por un desafortunado lavado de cara).

En un diminuto terreno de 27 m2 (9,2 por 3,2 metros) situado a una cuadra del Paseo de la Reforma, el arquitecto Enrique de la Mora proyectó un singular edificio de 4 apartamentos -uno por nivel- con el programa mínimo “para una persona o matrimonio”.

Pese a su reducidísimo tamaño (unos 20 m2 por unidad, descontando la escalera común de acceso), cada espacio está elegantemente articulado de manera que hay un pequeño vestíbulo, una cocina y baño independientes y una sala-dormitorio, todos completamente exteriores. También cuenta con una azotea común que -en su día- contaba con excelentes vistas al Ángel de la Independencia.

Me parece un recordatorio perfecto de cómo hemos degradado los estándares de vivienda aceptando -incluso en viviendas de “gama alta”- prescindir del vestíbulo o renunciar a la iluminación y ventilación natural de todos los espacios, y de cómo la dignidad de una vivienda es independiente de su tamaño. Por desgracia, también nos recuerda el poco respeto que tenemos por el patrimonio residencial moderno.

Un cacho de patio fuera

Los edificios entre medianeras suelen tener una fachada hacia un patio interior y otra hacia el exterior alineada con sus vecinos formando una calle-corredor. Este plano continuo de fachada sólo se altera por balcones, cornisas, molduras o marquesinas; pero suele considerarse una regla de buena urbanidad respetar rigurosamente la alineación que marcan las ordenanzas.

Sin embargo, un edificio que veo a diario e inicialmente me parecía caprichoso, me ha obligado a reflexionar y me ha mostrado que si, en lugar de concentrar toda el área libre que exige la normativa en el patio interior (típicamente un 20 o 30%), se reserva un pequeño porcentaje para abrir un patio en fachada, empiezan a pasar cosas interesantes.

El baño interior de la habitación principal puede de repente tener iluminación natural y -lo que es más importante- el salón deja de tener una única fachada y se abre en la esquina, creando una sensación espacial mucho más rica y evitando focalizar la vista sobre el vecino de enfrente.

En este caso concreto, además, los arquitectos han sido radicales y, por una parte, han proyectado un pretil descendente que -al desaparecer gradualmente a medida que se acerca a la esquina, diluye aún más la sensación de edificio entre medianeras y, por otra, han cuidado el diseño del pequeño balcón corrido y -al lograr que esté al mismo nivel que el pavimento interior, consiguen que -al escamotear las grandes puertas corredizas- toda la sala se convierta en un gran porche cubierto. El ligero giro de la planta contribuye a acentuar la separación del edificio de la medianera vecina.

Como casi siempre en arquitectura, no se trata de una invención novedosa ya que existen muchos ejemplos de patios en fachada (casi toda la vivienda colectiva de Coderch -especialmente el edifico Girasol– por poner un ilustre ejemplo moderno) pero por la elegancia y claridad con la que está resuelto, creo que este pequeño proyecto de sólo 4 apartamentos del estudio holandés 7478 ofrece una lección de arquitectura y confirma que a menudo merece la pena cuestionar la forma habitual de hacer las cosas. Lo que aparentemente es un capricho puede a veces esconder ideas de gran potencia arquitectónica.

Vernáculo contemporáneo

En la monografía que “El Croquis” dedicó recientemente a su interesantísimo trabajo, “H Arquitectes” reconocen abiertamente la gran influencia de la obra de Lacaton y Vassal y de la idea implícita en ella de que el catálogo industrial es la base de la arquitectura vernácula contemporánea.


Es decir, si bien el ser humano siempre ha construido con los materiales que tiene a la mano y con los sistemas constructivos más económicos, estos ya no son el ladrillo o las piedras y maderas locales sino las placas de fibrocemento, el bloque de hormigón, los tubos de acero galvanizado, la chapa ondulada o el policarbonato que ofrece cualquier proveedor local de materiales de construcción.


Esto explica por qué los crecimientos informales de las grandes ciudades y las pequeñas construcciones auxiliares en el campo se levantan ahora con estos materiales y explica también esta simpática estampa que me encuentro en mi camino diario al trabajo, en la que un sistema que inicialmente era de alta tecnología (el muro cortina) es ya tan común que se empieza a manipular con desparpajo, recortando el faldón inferior para evitar cabezadas.

Los flecos de la cortina

La modernidad se llevó “el ornamento” y nos hizo olvidar que muchos de los elementos que ahora percibimos como adornos nacieron para resolver una transición entre elementos o materiales o para disimular irregularidades y defectos de construcción.

Esta vieja idea aparece formulada de un modo mucho más hermoso -más sencillo, más concreto, más poético- en el entretenidísimo libro de conversaciones con Federico Correa que publicó Tusquets hace unos meses:

“Lluis Clotet: …recuerdo tus discursos defendiendo el uso de visillos y cortinas, absolutamente barridas de cualquier ambiente moderno, porque eran eficaces elementos que protegían del deslumbramiento, de la intimidad y de las corrientes de aire que dejaban pasar las ventanas. O la alegría el día que descubriste que los flecos de las cortinas eran en realidad un zócalo flexible que resolvía que suelo y guía no fueran perfectamente horizontales.”

Christ’s Church

Lucernario sobre el altar de la iglesia Anglicana que Carlos Mijares Bracho proyectó en Lomas de Chapultepec (1988-1990)

Una planta cuadrada resuelta con un sistema constructivo arcaico en una esquina anodina se activa espacialmente, mediante la diagonal que arranca a ras de suelo en el acceso y asciende hasta el cielo a través del lucernario que alumbra el altar con una luz densa y estratificada, convirtiéndose en un memorable hito urbano.

La habitación sin nombre

En “Tomorrow´s house” (1945), George Nelson y Henry Wright aventuran hacia dónde puede ir el diseño residencial del futuro a partir de un análisis de la arquitectura de su tiempo.

Su capítulo más sugerente está dedicado a un deseo recurrente e insatisfecho que detectan tras algunos encuentros casuales con colegas y clientes: una gran habitación de uso ambiguo a la que llaman “la habitación sin nombre”.

En su opinión, la excesiva especialización de las distribuciones de casas y apartamentos modernos (con su “comedor”, “sala de estar”, “cocina” y “dormitorios”) ignora una gran cantidad de actividades que forman parte de la vida de las personas (desde juegos o jardinería de interior hasta hobbies como coser, maquetismo y pintura) y que desbordan esos compartimentos estancos con los que habitualmente conceptualizamos y construimos nuestros hogares.

“La habitación sin nombre” debe tener un marcado carácter público, estar construida con materiales muy resistentes y equipada con muebles -idealmente integrados en la propia arquitectura-  que requieran un mantenimiento mínimo. Debe tener espacio de almacenamiento que permita recoger los enseres para que su uso sea realmente flexible y permita incluso usos formales en ocasiones especiales.

Esta habitación permite hacer una sala mucho más pequeña y especializada (la guarida de las reuniones de adultos), evita que las habitaciones de los niños deban ser también su lugar de juegos y potencia la flexibilidad e informalidad de usos. Es una auténtica “habitación para toda la familia”.

La popular “family room” estadounidense tiene ciertos atributos de esta “habitación sin nombre” pero con frecuencia acaba siendo una sala de juegos y televisión y no es explícitamente ambigua ni de uso rudo.

En mi opinión, si hay unos arquitectos que veneren ese espacio que permite una vida más flexible y rica, son los geniales Lacaton y Vassal que en varias de sus primeras casas (casa Latapie, casa en Dordogne) duplican el espacio con invernaderos generando una gran habitación ni interior ni exterior, ni pública ni privada que encaja perfectamente con esta idea.

Y aunque se pueda pensar que este espacio sólo es viable en casas unifamiliares o apartamentos muy grandes, estos mismos arquitectos demostraron – en las viviendas sociales de Mulhouse (con sus inverndaderos adosados) o en su celebrada rehabilitación de los bloques de vivienda social de Burdeos  (en la que una galería de ancho generoso transforma los convencionales apartamentos pre-existentes) que incluso con programas y presupuestos muy modestos se puede lograr esa “habitación sin nombre” capaz de asumir infinidad de usos imprevisibles (incluido el tan actual teletrabajo) y permitirnos llevar una vida menos encorsetada, más libre.