Sobre Arquitectura

Hace ya bastantes años un buen amigo, al comentarle mi admiración por la obra de Aalto, Siza o Murcutt me dijo:

¡Ah! Los buenos chicos. Sus obras están muy bien pero los que de verdad hacen avanzar la arquitectura, son los otros (Le Corbusier, Koolhas, Herzog & De Meuron…). 

Se me quedó grabado porque, descarnadamente, transmite varias ideas importantes que siempre me han inquietado y contra las que, en cierto modo, escribo las entradas sobre arquitectura de este blog.

La primera idea implícita en el breve intercambio de impresiones es la de que intentar hacer el bien, mejorar en la medida de lo posible tu entorno, no es el tipo de motivación que te lleva al olimpo de la arquitectura. Es necesario un punto de perversidad y que tus actos estén guiados por preocupaciones trascendentes (es decir, que trasciendan el bienestar humano).

Está también la idea de que lo importante es “el avance”, es decir, una visión histórica de la arquitectura. La arquitectura es la historia de la arquitectura, de los cambios formales que se producen en ella y la importancia de autores y obras se debe medir en función de su contribución a ese cambio.

Y por último, deja bien claro que hay dos bandos: “los buenos chicos” y “los otros”.

Dos tradiciones que se enfrentan como mínimo desde que en 1919 Hugo Ball se peleó con los otros dadaístas porque además de lo burgués, rechazaba lo espiritual y se volcó en una “filosofía de la vida productiva” basada en “el respeto y la consideración hacia el prójimo”; que se repite entre la Bauhaus de “los estetas” (Kandinsky, Klee, Feininger) y la de “los moralistas” (Mart Stam, Marcel Breuer, Hannes Meyer), en las discusiones entre Le Corbusier y Hugo Haring en 1928 en el primer CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna) con las que Colin St John Wilson arranca su estudio de “La Otra Tradición” o, muchas décadas más tarde, en el debate entre Alexander y Eisenmann.

A juzgar por la arquitectura que se premia y celebra en las revistas del ramo y los suplementos dominicales, los “chicos traviesos” han ganado la batalla porque su “arquitectura del ojo” tiene la ventaja de ser más vistosa y fotogénica y, por ello, mucho más adecuada al sistema económico basado en el consumo, la imagen y la publicidad que nos gobierna. El mismo sistema que se encarga de que el otro extremo –mucho más poblado- de la construcción “normal” se rija también por las despiadadas leyes del dinero y la especulación y, más que arquitectura, sea eso que Azúa llamó “ingeniería del almacenamiento humano” y Asplund “cuarteles de alquiler”.

De la misma manera que, como ciudadanos, debemos luchar diariamente por una democracia auténtica y no subordinada a los poderes económicos, debemos abogar activamente por una arquitectura más humana. Recordar algunas ideas que nos pueden ayudar a imaginarla y hacerla posible es la motivación última de estos breves textos.

De las agudas observaciones de Jacobs sobre los ojos en la ciudad tradicional pasando por el elogio de la sombra de Tanizaki, a la crítica al desembarco de los dioses blancos de Wolfe, la otra tradición moderna de St John Wilson, los ojos de la piel de Pallasmaa, las muy diferentes reivindicaciones de una arquitectura sin arquitectos que llevaron a cabo Rudofsky y Alexander; o la separación radical de arte y diseño que propone Aicher, estos micro-ensayos pretenden reflexionar sobre algunas ideas de esa tradición paralela que encuentro especialmente útiles para intentar que el ser humano recupere el lugar que el dinero y su subordinada, la imagen, le han arrebatado.

Se trata de una selección personal, sin ninguna pretensión de exhaustividad ni de buscar una inexistente unidad donde quizá no haya más que un enemigo común: la deshumanización de la arquitectura.

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