Categoría: conciertos

Television en el Covadonga

TELEVISION-photo-flight-case-PRINT-Andere

De los grupos que te marcaron cuando de verdad importa, hay los que ya apenas te dicen nada, los que recuerdas con cariño pero ya casi nunca escuchas, y los poquísimos que forman parte de ti y cuyos discos necesitas desempolvar de vez en cuando para volver a sentir su fuerza o su magia. En este selecto grupo está sin duda Television.

Han pasado cuarenta años de su breve momento de esplendor (1977-78), un cuarto de siglo desde su disco “de reunión” y, aunque todos ellos han tenido carreras musicales activas, había perdido toda esperanza de poder verlos tocar, hasta que me enteré de que en un local de lo más improbable -encima del restaurante Cantábrico del salón de eventos Covadonga- aparecerían la noche del 20 de Mayo como cabezas de cartel del Festival Marvin.

Este festival dura un único día y se desarrolla en varios locales de las colonias Condesa y Roma, y mientras esperábamos el gran momento, fuimos picoteando por varios conciertos entre los que nos decepcionó No Age  (por el pésimo sonido, ya que la música y el entusiasmo prometían); y nos gustó especialmente el festivo grupo francés Faire: Cuatro jóvenes con estética punk con el torso desnudo y botando sin parar,armados con una guitarra, dos maquinillos y varios instrumentos de percusión que transmiten una energía contagiosa a través de una música difícil de clasificar pero increíblemente animada y de un show digno de aquellos gloriosos conciertos de Gogol Bordello.

Al llegar la hora, subí las escaleras con la típica aprensión que me ronda cuando voy a ver a viejas glorias, sabiendo que es casi imposible que la realidad se ajuste a la visión idealizada de tantos años de devoción; hasta que se apagaron las luces, salieron entre grandes aplausos Fred Smith, Billy Ficca, Jimmy Ryp (sustituyendo a Richard LLoyd) y Tom Verlaine y al sonar el inconfundible arranque de “Prove It” noté como se me erizaba el cabello y me quedaba pegado al retumbante suelo de la sala con los ojos clavados en el escenario hasta el “Marquee Moon” que cerró el concierto.

Fueron cayendo buena parte de sus clásicos (eché de menos “Little Johnny Jewel”, “Careful” y “See No Evil” ) y aunque la voz de Verlaine dejaba bastante que desear (privándonos de su evocadora poesía urbana), de las guitarras entrelazadas y la genial sección rítmica salían esas portentosas jams eléctricas que había ido a buscar y con las que estos sexagenarios siguen expandiendo cada noche que tocan las fronteras del rock de guitarras.

Taraf de Haïdouks en el Plaza Condesa

taraf de haidouks

De esta longeva banda formada por familiares y vecinos de Clejani (Rumanía) en la que las inevitables bajas por defunción se cubren con miembros próximos al reducido grupo original, esperaba una conexión musical telepática y una dosificación milimétrica de sus energías, afinadas durante décadas de tradición musical compartida y cinco lustros de existencia como grupo.

Pero en el concierto que Taraf de Haïdouks ofreció anoche en el Plaza Condesa de la Ciudad de México -en un formato reducido de sexteto -nos encontramos con que una sección rítmica de contrabajo y xilófono “a piñón fijo” y un anecdótico acordeón cedían todo el protagonismo al virtuosismo de un clarinete y, sobre todo, a la pirotecnia de un violinista de inquietante parecido con Albert Rivera, que hasta nos regaló un bochornoso momento inspirado por aquellos héroes de la guitarra de los 60 y 70, tocando por detrás de la cabeza y en el suelo. Sin matices, en lugar de llegar a los momentos de velocidad desbocada a partir de pasajes más reposados, arrancaron al nivel máximo de energía y no bajaron de ahí en la hora larga que duró la actuación.

La atronadora monotonía, que  sólo fue parcialmente alterada por las intrascendentes aportaciones vocales de una reina gitana y de un señor que se pasó el resto del concierto sentado tras un  inaudible teclado, me llevó a la triste conclusión de que aquella vibrante música de un auténtico grupo de gitanos rumanos que en su día tanto disfruté (“Musique des Tziganes de Roumanie”,1991) se ha convertido dos décadas más tarde en una franquicia sin alma con una estética cercana al rock de estadio.

Kiko Veneno en el Bataclán

bataclan

Por aquel entonces era un roquero militante inmune a los encantos de las músicas populares del mundo adelante y aún más a las de mi propio país. Un poquito de blues y algún disco de Hank Williams eran lo máximo que me alejaba de la ortodoxia roquera. Ni me planteaba que flamencos o rumberos pudiesen algún día llegar a hablarme directamente pero, sin darme cuenta, en fiestas en casa de amigos más eclécticos, en la radio o en algún bar, algunas canciones iban entrando, para incrustarse,  en inexploradas regiones del lado ese de la cabeza que se encarga de los asuntos musicales.

A partir del descubrimiento del reggae, fueron cayendo capa a capa muchos de mis prejuicios hasta (gracias a Los Amaya y al primer “Achilifunk“, previo paso por “Semilla del Son”) derribar  uno de los más arraigados: el menosprecio de aquelllas músicas que asociaba a la España más cañí.

Prueba de la magnitud del cambio, fue la excitación -impensable tiempo atrás- que me provocó saber que Kiko Veneno tocaba en el Bataclán, un singular local de la colonia Condesa donde ahora vivo. Porque aunque recordaba vagamente de la época del instituto algún tema de Pata Negra con letra suya, algunos de sus éxitos posteriores y siempre me había encantado su “Volando Voy“, no se puede decir que hubiese seguido de cerca su carrera. Pero siempre me gustaron su falta de pretensiones, sus versos pegados a lo más cotidiano y la alegría vital que su música transmitía.

El concierto de anoche se anunciaba como “+ solo que la una” y aunque el prejuicio contra el “cantautor -sensible-con-guitarra” aún seguía ahí, tampoco tardaría mucho en derrumbarse. El pequeño local, con un aforo de menos de 100 personas, es un curioso graderío con pequeñas mesas orientadas al escenario -en las que, contra toda evidencia, los camareros aseguraban que cabían 6 personas- que sirve a veces como teatro con la singularidad (muy poco respetuosa con los artistas) de que se puede cenar mientras se disfruta de reojo del espectáculo. Kiko reconoció que era la primera vez en su larga vida sobre los escenarios en que se enfrentaba a semejante panorama pero le pareció tolerable mientras la gente dejase de jugar con sus (putos) teléfonos. Bastaron un par de canciones para que lo consiguiese.

Acompañado a la perfección por una oportuna y sugerente guitarra -en ese siempre difícil rango ideal entre las excesivas florituras y el simple aporreo de acordes-, nuestro hombre fue desgranando su repertorio -en el que me sorprendió un poco reconocer un altísimo porcentaje de temas- intercalando con su gracia natural simpáticas anécdotas sobre el Joselito de su canción, el inglés de las azafatas de Iberia (preludio a la excelente “bilonguis”), los dialectalismos de origen inglés en Jerez, los 40 principales o los indios y los vaqueros.

Una acústica excelente permitía captar perfectamente todos los matices de su personal poética, y sus tablas y la fuerza de sus canciones consiguieron que no se echara nada de menos un grupo de acompañamiento. Sólo requirió la ayuda de un curioso ukelele veracruzano estupendamente tocado por Diego -su estupendo telonero más conocido como “Acaricio a un ciervo– para cerrar el concierto con el himno “Volando Voy” y su excelente homenaje a la música de Mali y a su adorado Ali Farka Toure “Dice la Gente“.

Una velada inolvidable con un gigante de la música de aquí y de allá.

Nota:

Tras el concierto, fuimos a “tomar la última” y cuál no sería nuestra sorpresa cuando aparece -por lo que probablemente era el único bar abierto en toda la calle Ámsterdam- el Sr. Veneno en persona acompañado de Diego y otros amigos. Le felicitamos por el maravilloso concierto para acabar fumando, bebiendo y hablando de política y música. Sólo puedo decir que el encuentro con el hombre -tan natural, “enamorado de la vida”, modesto y encantador como su música- me hizo apreciar aún más a este gran artista.

Cañí y Negra

arrels de gracia

En el estupendo concierto de Arrels de Gracia en la calle Joan Blanques el pasado martes hubo clásicos nacionales (“Volando Voy”), mediterráneos (“O Sole Mio”) y propios (“La Moto”) pero, como buenos rumberos, no podía faltar un guiño a esa parte de sus raíces que llega hasta el otro lado del Atlántico, con una de esas canciones de mensaje profundo e universal (“Al que le pique, que se rasque”) que tan bien se dan por aquellas latitudes.

Alucino con el trasiego musical transatlántico cada vez que descubro que un clásico cañí resulta ser una versión de algún olvidado éxito caribeño. Aquí van algunos.

Antonio González “El Pescadilla”- “Sarandonga

Uno de los padres de la rumba catalana se ventila –nunca mejor dicho- el dulce son cubano de “Los Compadres” en apenas minuto y medio y lo convierte en una auténtica bomba.

Los Amaya- “Que mala suerte la mía” (1969)

Todas las canciones de su inmortal debut “Los Amaya y su Combo Gitano” eran versiones, pero consiguieron hacerlas para siempre suyas. Para muestra, esta lectura de un tema de Odilio González  “El Jibarito de Lares”.

 Agustín Abellán “Chango”- “Al que le pique, que se rasque” (1978)

Sospecho que de él la aprendieron los chicos de “Arrels de Gracia”, pero resulta ser una versión de un merengue dominicano de Luís Kalaff. Aparece en su mítico disco “La Rumba y la Marcha”, que me costó años rastrear y del que, francamente, me esperaba bastante más.

 Lola Flores- “Que me coma el tigre” (1969)

La mujer de “El Pescadilla” ataca con salero un tema contemporáneo de la Barranquilla colombiana, compuesto por Eugenio Garcia Cueto e interpretado originalmente por Gustavo Barros y el Combo de Duque Palomino.

Nota:

He buscado bibliografía sobre “el trasiego transatlántico”, de momento con poco éxito. Tenía muchas esperanzas puestas en el sesudo ensayo de Santiago Auserón “El ritmo perdido” (Editorial Península, 2012) pero, para mi desgracia, se centra más en investigar la relación musical directa entre África y España desde la antigüedad a través de fuentes bibliográficas históricas, que en la  (para mí) más interesante África-América-España, que sucedió a mediados del siglo pasado en paralelo con la África-América-África, cuando en España flipábamos con “Maria Cristina” de Ñico Saquito y con Machín, y en el Congo hacían lo propio con el Trío Matamoros.

Respecto a la Rumba Catalana, lo mejor que he leído son los fantásticos artículos de Francisco Casavella (“La rumba que tumba” y “Estaban tomando cañas”) publicados en su día en Rockdelux y Ajoblanco, y recopilados en el muy recomendable “Elevación, elegancia y entusiasmo. Artículos y ensayos (1984-2008)”  (Galaxia Gutemberg, 2009).

Sobre el más amplio fenómeno “gypsy-soul/achilifunk”- etiqueta diseñada para incluir Andalucía y Madrid- son imprescindibles las notas que Txarly Brown escribió para su fundacional recopilatorio “Achilifunk. Gipsy Soul 1969-1979”.

Unicornibot en Belvís

Unicornibot en Belvís

 

Una fiesta con vocación familiar – la “Romaría Pop” compostelana- culminó, contra todo pronóstico, con una performance musical que está entre las más rompedoras que he experimentado en bastante tiempo.

El bajista marca un crudo e hipnótico ritmo mientras sus tres compinches se envuelven la cabeza con papel albal rematado en forma de cuerno y saltan al escenario para unirse a él y desatar una tormenta eléctrica que ya no amainará.

Música totalmente instrumental que prescinde de cualquier estructura reconocible para explorar, sin pretensiones ni concesiones, la belleza y felicidad que puede haber en el caos y el ruido organizados. La música de una fiesta desinhibida y salvaje en la que el único baile posible es el pogo, y en la que los virtuosos maestros de ceremonias, ataviados con disfraces de vanguardia guerrillera, avanzan un paso más esa estética que Lester Bangs esbozó en su “A reasonable guide to horrible noise”.

Lucinda en el Capitol

lucinda williams liveSe anunciaba como “Una velada íntima con Lucinda Williams” y los que la queremos tanto por su garra como por su corazón temíamos que este último acaparase todo el protagonismo.

Afortunadamente, en vez de venir acompañada únicamente del virguero guitarrista Doug Pettibone, se trajo también al desenvuelto bajista Dave Sutton que, cuando era necesario, se encargaba de añadir unos toques de percusión golpeando la caja de su instrumento con el puño cerrado, lo que permitió que el trío de cuerda sonase como una banda completa.

El magnífico sonido permitía apreciar todos los matices de las inflexiones de voz de Lucinda y de los punteos de Pettibone con su arsenal de guitarras, mandolinas y pedal-steels que nos llevaron a Pineola, Greenville, West Memphis y otros lugares de ese sur omnipresente en el cancionero de Williams.

Un repertorio equilibrado y perfectamente medido -con clásicos de la casa, versiones (estupenda esa revisión del “Hard times killing floor” de Skip James que le sirvió para trazar el paralelismo entre la gran depresión y la actual gran recesión) y algunos temas nuevos que demuestran que tras tres décadas de carrera, queda Lucinda para rato.

Si pasa por su ciudad, no se la pierdan.

No lo tuvieron

Yo-La-Tengo-2

La primera vez que vi a Yo La Tengo no fue sobre un escenario sino entre el escaso público que se había congregado un cálido día de Junio de 1992 en la sala KGB de Barcelona para ver a los olvidados Silos. Me sonaban sus caras gracias a los ditirambos de Ignacio Juliá en “Ruta 66”- que me habían impulsado a comprar y disfrutar su CD “President”- y me acerqué a saludar y pedirles un autógrafo.

Al año siguiente volví a verlos, esta vez sobre las tablas, en un electrizante concierto en Zeleste 2 con Parkinson DC como teloneros. Seguí comprando algunos de sus discos pero tras “Painful” acabé perdiéndoles la pista, aunque todavía tuve ocasión de verlos un par de veces más en festivales (un FIB y el surrealista “Pop Festival” de Badalona en el que compartían cartel con Beck y Sonic Youth como teloneros de ¡Siniestro Total!).

Veinte años después, me cuesta recordar los detalles de cada actuación pero todas ellas me dejaron un agradable recuerdo de tormentas eléctricas y órganos desatados.

El año pasado, me animé con un disco relativamente más reciente, el estupendo “Summer Sun” de 2003 y fue toda una sorpresa. Un disco tranquilo, atmosférico y hermoso que me descubrió otra faceta del grupo, y que ahora considero su obra más lograda (entre las que conozco).

Con esos antecedentes asistí al concierto de anoche en la sala Capitol de Santiago de Compostela con la seguridad de que, independientemente de que optasen por su faceta pastoral o por la de hijos bastardos de la Velvet, disfrutaríamos de un par de horas de buena música en vivo. Desgraciadamente, no fue así.

Tras una primera parte acústica agradable al oído pero un tanto larga y anodina, tuvimos un breve descanso mientras preparaban la parte enchufada del bolo. Empezaron fuerte y nos las prometíamos muy felices, anticipando una de sus celebradas orgías de feedback. Pero entonces, en vez de ir construyendo un crescendo, optaron por intercalar anticlimáticos tiempos medios e interminables pasajes instrumentales de una alarmante monotonía. En el grupo de al lado alguien comentó “España quiere caña. Ya se lo decían a Paco Pil” y no pude evitar para mis adentros darle la razón. Aquello no era un concierto de rock, no había ritmo al que balancearse, solo una base de bajo y batería inclemente y una guitarra literalmente desbocada, sin rumbo. Me duele decirlo, porque es un grupo al que encuentro entrañable en su modestia, pero me pareció un concierto aburrido y- lo que es peor- pretencioso.

Reflexionando sobre la decepción, he llegado a la conclusión de que YLT tal vez sean hoy una banda más de sonidos que de canciones (el único estribillo reconocible fue el de la versión del “Speeding Motorcycle” de Daniel Johnston que alguien les pidió desde el público). Su música tiende a desaparecer en el ambiente, y cuando la clavan (“Summer Sun”) es una excelente compañera de lectura u otras actividades cotidianas, pero rara vez te encontrarás tarareando para tus adentros uno de sus temas. Sospecho que el concierto habría sido mucho mejor en un auditorio con público sentado, ya que su propuesta se acerca más a la música de cámara o al “ambient” que al rock’and’ roll.

Y ¿a que se refiere el “lo” del título? Pues a “eso” sobre lo que el bueno de Fats Waller decía “Si preguntas, es que no lo tienes”. El swing, el ritmo.

Las chicas son guerreras

AMAZONES_DE_GUINEEGraeme Counsel tuvo el honor de que, como colofón de su proyecto de documentación de la música guineana, los implicados montasen un concierto de fin de fiesta con las Amazones de Guinee como cabezas de cartel, y la enorme generosidad de compartirlo con el mundo en su canal de youtube.

Las Amazonas empezaron allá por 1961 como “Orchestre Fémenin de la Gendarmerie Nationale” y, pese a los incontables cambios de formación, han mantenido sus credenciales: ni han dejado de ser una banda compuesta estrictamente por mujeres, ni parecen haberse desvinculado totalmente de las fuerzas del orden, como se ve en el video, en el que lucen guapamente sus uniformes militares, ni han dejado de hacer música de primera.

En todo este tiempo sólo grabaron dos estupendos discos – el directo “Au Coeur de Paris” de 1983,  y “Wamato” de 2008- pero nunca dejaron de arrasar en directo allá por donde iban. Ambos discos me encantan pero, esto, la verdad, creo que puede impresionar hasta al más refractario a músicas de otras culturas. Es puro rock´n´roll.

No os las perdáis.

Nota:

Graeme Counsel es una reconocida autoridad en música africana así como el responsable de la estupenda campaña de reediciones de música guineana que ha editado Stern’s (Authenticité, Bembeya Jazz National, Keletigui, Balladins…). También tiene su propia web de promoción de la música que ama:  http://www.radioafrica.com.au/

El ángel borracho

Conocí al “ángel borracho” la noche del 29 de noviembre de 1989 en la piscina interior de un cutre motel de las afueras de Minneapolis adonde me había desplazado desde Cable, Wisonsin para asistir a mi primera “última oportunidad” de ver a sus satánicas majestades.

Fue horas después de la decepcionante experiencia, durante un chapuzón nocturno, cuando me resultó imposible no fijarme en un grupo de orondos barbudos que bebían en una esquina acompañados por una sentida música que acabó picando mi curiosidad. Me armé de valor y me acerqué a preguntarles qué era aquello que sonaba.

Curiosamente, resultaron ser los curtidos “pipas” de los Rolling y mil otras bandas, y debió hacerles cierta gracia que un acnéico adolescente español se interesase por lo mismo que ellos, ya que, tras contarme sus batallitas en la carretera, acabaron regalándome una zurrada camiseta de los Replacements y vendiéndome una copia de la cinta “Live at the Austin Outhouse (and not there)” que seguía sonando en bucle. Así entró en mi vida  Blaze Foley, que había muerto tiroteado sólo unos meses atrás.

Acabé desgástando tanto la camiseta, que me facilitó el difícil respeto de los rebeldes del instituto, como la cinta,  que grabó  definitivamente en mi cortex “Oval Room”, “If I could only fly”,  la simpática parodia de Dylan “Blaze Foley´s 113th Wet Dream” (…we made it to it/ we made it in it/she would not let me rest a minute...) o “Clay Pigeons”, :

Contra todo pronóstico, aquel artista alcoholizado y bondadoso (1$ de cada cinta iba a una asociación de ayuda a los sin techo que le había acogido), que tuneaba sus zapatos y abrigos con cinta americana, acabó ganando póstumamente un cierto estatus de culto.

Sus canciones las tocaron desde Merle Haggard hasta Lyle Lovett o John Prine, la cinta se reeditó (en 2 cedés y, por cierto, con una más que discutible instrumentación añadida), se rescataron ignotos trabajos anteriores, se hicieron documentales… y la gran Lucinda Williams, que lo trató personalmente, le dedicó “Drunken Angel”.

Cubanos postizos

Aunque por esas cosas de la crisis ya no vamos tan a menudo a conciertos como antaño, esta vez la cita era  inexcusable (como Randy Newman en Badalona o los Mekons en los caprichos del Apolo). Tocaba Marc Ribot con sus Cubanos Postizos en el pequeño local del Centro Tradicionarius de Gracia y, como además de ser toda una leyenda como mercenario de las seis cuerdas (el Rain Dogs de Tom Waits no sería lo mismo sin él) me gustan mucho los dos discos de esta formación, la tentación era irresistible.

Y no defraudó las expectativas. Acompañado por Anthony Coleman al órgano Farfisa, Brad Jones al bajo, EJ Rodríguez a la batería y Horacio “El Negro” Fernández a los cueros consiguieron crear  magia: una música bailable y libre a la vez, con ritmos irresistibles que anclaban las maravillosas improvisaciones de la guitarra y el órgano. Una auténtica fiesta basada en las composiciones del gran Arsenio Rodríguez (No me llores más, La vida es sueño, Dame un cachito pa güelé…) en la que pasaban sin solución de continuidad de pasajes tranquilos con el público mudo para no perder detalle hasta salvajes improvisaciones en los que la excitación ponía a la audiencia a bailar y aullar.

El sonido empezó siendo catastrófico pero fue mejorando-gracias a las constantes señas de Ribot a los técnicos-a medida que avanzaba la noche. Me llamó la atención lo anecdóticas que eran las partes vocales (en el español macarrónico de Ribot o en los coros de su base rítmica) y como la música se bastaba y sobraba.

Un concierto redondo, con bises y todo, en el que sólo eché de menos “Carmela dame la llave” ( …no quiero pasar otra noche solito en la calle…):

Nota: Además de no perdérselo si pasa por vuestra ciudad (mañana en Donostia, mismamente), si os gusta esta música libre, pero de raíz latina, recomiendo los dos excelentes discos de los Latin Playboys. Y aunque, al ser una gran orquesta,  los arreglos y sonidos son muy diferentes, nunca está de más tener a mano algún disco de “el ciego maravilloso” Arsenio Rodríguez (“Montuneando”  o “Dundunbanza” , por ejemplo)

La primera vez que me llamaron viejo

(Sábado por la mañana en una conocida tienda de discos de Tallers que empieza por “R”, afluencia normalita entre la que destaca un trío de adolescentes . La voz cantante la lleva nuestra heroína de hoy- “la Chica Megáfono”- acompañada por un secuaz que intenta tímidamente meter baza de tanto en tanto-“el Amigo Gay”- y un tercer sujeto silencioso de aspecto consumido, que los sigue sin decir ni mu -“el Emo”. La Chica Megáfono, la más ducha en asuntos musicales del grupo, revolotea de cubeta en cubeta, afirmando orgullosa su identidad y superioridad al vociferar el nombre de cada grupo que iba reconociendo en su triunfal marcha)

C. M.: -¡Dylan es guai! ¡Mola un montón!

E.: –(silencio circunspecto)

A. G.: -Pues a mí no me suena de nada. Y es de un feo que te mueres

C. M.: -¡Mira! ¡Los Clash! ¿No conocéis should-i-stay-or-should-i-go?

De repente, el griterío se vuelve ensordecedor:

C.M.: – Es Kurt! (dando sonoros besos a la caja del CD). ¡Era tan guapo! ¡Es el mejor! ¡Y pensar que tocó aquí en Barna! . ¡Jo! ¡Cómo me gustaría haber nacido unos años antes y que mis padres me hubiesen llevado al concierto de bebé…aunque ahora fuese una vieja !.

Resulta que yo sí tuve la suerte de estar aquella noche de Febrero del 94 en el pabellón de la calle Lleida , y no precisamente “de bebé”, sino pasados los 20, con lo que deduzco que, a ojos de la Chica Megáfono, más que un viejo, debía de ser un dinosaurio.