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“Algo supuestamente divertido…

DFW

 

que nunca volveré a hacer” es la primera colección de ensayos que publicó David Foster Wallace y recoge una serie de textos de diversa extensión -desde un par de páginas hasta casi un centenar- sobre temas tan variados como el tenis, el cine de Lynch, un día en la feria estatal de su Illinois natal, la crítica literaria, de nuevo el tenis, la influencia de la televisión en la literatura contemporánea, o la inolvidable crónica que da título a la colección en la que relata los pormenores de su semana de pesadilla en un crucero de lujo por el Caribe.

Con tanta variedad, es imposible que todo sea igual de bueno o interesante y, aunque no volveré a ver a Lynch ni el tenis profesional del mismo modo y me encantaron sus reflexiones sobre “el granero más fotografiado de América”; me parecen especialmente brillantes los dos encargos que le hizo la revista Harper’s, en los que el autor consigue sacar punta a dos temas tan potencialmente letales como una feria estatal y un crucero. Es en estos textos más largos -los más narrativos del lote- donde DFW despliega todos sus encantos, su capacidad de observación, su sentido del humor y ese característico estilo trufado de notas al pie, digresiones, referencias populares, datos autobiográficos y saltos de registro y vocabulario que consiguen llevar al lector de lo banal a lo sublime o convertir convincentemente el Zenit en Nadir.

Me he vuelto fan.

El corazón de un perro

heart of a dog

Tras un par de escuchas apresuradas en las que me pareció que había demasiado budismo y poca chicha musical, había relegado “Heart of a dog” (2015) -el último disco de Laurie Anderson- a los más oscuros rincones de mi ipod. Afortunadamente, tuve hace unos días el impulso de darle otra oportunidad  y, desde entonces, es la banda sonora de mis desplazamientos diarios al trabajo y la magia de sus palabras me absorbe hasta el punto de convertir el libro que antes amenizaba el viaje en un peso muerto bajo el sobaco.

Aunque es la banda sonora de una película que no he tenido ocasión de ver, las historias entrelazadas tienen tanta fuerza que no necesitan más que la maravillosa dicción de Anderson para llegar al oyente (su inglés cristalino me ha parecido uno de los más hermosos que he escuchado desde que me cautivó con el inmortal “Big Science”). Hasta la música es poco más que una amalgama de sutiles efectos sonoros que ilustran los relatos pero muy rara vez se acercan a la estructura de una canción.

Cuatro muertes entreveran los recuerdos y pensamientos de la artista: la de su madre -a la que admiraba pero no quería-, la de su adorada terrier  Lolabelle -a la que enseñó a tocar música, esculpir y pintar cuando se quedó ciega-, la de su gran amigo Gordon Matta Clark – del que, de pasada, explica el desconocido origen biográfico de sus famosas casas cortadas– y, aunque no se lo mencione más que con algún ocasional “nosotros”, la de su querido esposo Lou Reed, que contribuye póstumamente una hermosa canción (“Turning time around“) que pasaba desapercibida en “Ecstasy” pero parece expresamente compuesta para cerrar este hermoso ciclo de historias y reflexiones alrededor del amor y la pérdida.

Sobre este fondo triste pero afrontado con entereza, naturalidad y una absoluta falta de pretensiones, aparecen anécdotas sólo aparentemente triviales, momentos reveladores de la vida de la artista -ese accidente que casi la deja paralítica en su infancia, el episodio del hundimiento en un lago helado del carro en el que llevaba a sus dos hermanos gemelos-, citas literarias (Foster Wallace y su “toda historia de amor es una historia de fantasmas“), filosóficas (Kirkegaard y su “la vida sólo se entiende hacia atrás , pero sólo se puede vivir hacia adelante“) y aquellas enseñanzas de su maestro budista que inicialmente me habían echado para atrás pero que ahora considero una parte importante de la obra.

Más que un gran disco, una meditación profunda y vitalista sobre el amor y la muerte. Estoy deseando ver la película.