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Lo original y lo familiar

 

MLTW
Charles Moore, Richard Whitaker, Donlyn Lyndon y William Turnbull en el Sea Ranch.

(…) los estudios de arquitectura y urbanismo del siglo XX han puesto un énfasis desproporcionado en lo original, lo único. En cambio, nosotros creemos en el diseño de lo familiar y lo sorprendente, donde lo familiar es el protagonista y la función fundamental de lo sorprendente es devolverle la frescura a lo familiar. Los lugares más satisfactorios que conocemos no son zoológicos arquitectónicos sino lugares (…) donde amplias zonas de consenso humano destacan el más sutil matiz de singularidad como una muestra individual de cariño (…) y establecen un fondo urbano contra el que las manifestaciones de vitalidad y cordial atrevimiento pueden fijarse en la memoria pública.

Charles W. Moore- Epílogo de “Body, Memory and Architecture” (Yale University Press, 1977)

5 años

5 VELAS

Hoy hace cinco años que empecé este blog. En este tiempo mi vida ha dado muchos tumbos pero he intentado encontrar algún momento cada semana para escribir sobre la perfección, las ventanas, la “sencillez“, el orden y otros temas recurrentes;  o sobre croquetas, tarros-vaso, la magia del 15 , los ojos y otras excusas para explorar las mismas obsesiones desde otro ángulo.

Agradezco como siempre a los que leen y siguen el blog su interés, sus comentarios y su paciencia con las digresiones -me consta que a algunos les interesa la parte arquitectónica pero abominan de la musical (y viceversa)-. Gracias a todos por animarme a continuar.

El cine Ópera

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Durante un paseo por la colonia San Rafael descubrimos el desvencijado Cine Ópera (1949) que en su día fue uno de los más importantes de la ciudad y acabó convertido en sala de conciertos de grupos “siniestros” hasta que cerró en 1998 tras una actuación de Bauhaus. La fachada decó -presidida por las dos figuras femeninas que portan las máscaras de la comedia y la tragedia- continúa siendo imponente en su decadencia pero, aunque ha habido algunas iniciativas para intentar devolverle el esplendor –como la de Michael Nyman, el ilustre vecino de la colonia Roma-, su deterioro continúa.

 

Equivalencias

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¡Peña! ¡Mancera! ¡La misma chingadera!” repetían los manifestantes ante la CFE evocando irremediablemente aquel lejano “¡PSOE! ¡PP! ¡A mesma merda é!“.

Nota: Peña es el Presidente de la República Enrique Peña Nieto (PRI). Mancera es el jefe de gobierno de la Ciudad de México Miguel Ángel Mancera (PRD). La CFE es la Comisión Federal de Electricidad

Los yonquis del agua

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El agua del grifo no es potable. Acercarse al OXXO, el 7-eleven o el “abarrotes” más cercano para volver cargados con  garrafas de cinco o seis litros, subir los tres tramos de escaleras que nos separan de la calle y vivir pendientes de la campana que marca la hora de bajar los bidones vacíos son actividades que hemos incorporado con naturalidad a nuestras rutinas semanales y no plantean mayores problemas. Hasta el día que te olvidas.

Anoche volvimos a casa de una boda en Xochimilco y nos acostamos temprano tras terminar con el escaso cuarto de litro que quedaba en la botella de la nevera. A las tres de la mañana me desperté con una sed de una intensidad que no recordaba haber experimentado antes. Abrí la puerta del refrigerador y recordé con horror que no quedaba ni una mísera gota de agua que echarse al gaznate. Había cervezas -poco apetecibles tras la importante ingesta de alcohol del día anterior- y una tónicas que también recordaban demasiado a los gin-tonics de hacía unas horas.

Desesperado, abrí el congelador y empecé a masticar cubitos de hielo. Pero los dientes me dolían por el frío y tras el tercer cubito volví a acostarme esperando dormir unas horas hasta que amaneciera y bajar entonces a reponer existencias. Era inútil. No podía pensar en otra cosa que grifos, vasos, botellas y garrafas. Y no era el único.

Nos envalentonamos y decidimos bajar a la tienda de conveniencia más cercana con la esperanza de que estuviese abierta. Nos vestimos por encima de los pijamas y nos pusimos en camino. Al acercarnos a Juan Escutia vimos una luz que confirmaba nuestras esperanzas. Podríamos calmar nuestra sed.

Entramos corriendo, nos abalanzamos sobre las neveras y agarramos una garrafa bien fresquita de Epura y otra de Ciel, pagamos; y, nada más salir, nos detuvimos entre la puerta y el cubo de basura, abrimos con avidez el precinto y bebimos como nunca habíamos bebido, en larguísimos tragos que sólo interrumpíamos para poder respirar, hasta que por fin pudimos empezar a pensar en algo que no fuese nuestra propia sed.

Nos sentimos yonquis del agua.

 

El metro como puente

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Aturdido por el sueño y por los ruidos propios del metro -el motor, el abrir y cerrar de puertas, la procesión de vociferantes vendedores ambulantes- tardé en darme cuenta de que  la habitual cadencia de subida y bajada de  pasajeros se ve a veces alterada -en la parada de “Chabacano”- por una auténtica tromba que irrumpe por las puertas de la izquierda y-en un suspiro- atraviesa transversalmente el vagón y sale por las de la derecha.

No entendía a qué respondía ese extraño comportamiento, hasta que caí en la cuenta de que utilizan el metro como puente de conexión entre el andén central y el lateral, evitando bajar a un túnel, cruzar por debajo de la vía y volver a subir para conectar con otra línea.

Nunca dejará de asombrarme el ingenio humano y su capacidad de explotar el más mínimo resquicio de cualquier sistema en beneficio propio.

El hilo que canta

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Paseando por esta ciudad recuerdo a veces aquel tebeo en el que el tendido del cable de telégrafo de una costa a otra de EE.UU. servía de fondo a una de las aventuras del “hombre-que-dispara-más-rápido-que-su-propia-sombra”, y en el que los indios llamaban así al mágico hilo que permitía comunicarse a distancia.

Aquí, los cables aéreos son tan abundantes que ya sólo los veo cuando su zumbona “canción” delata su presencia.