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Latitude galega. Cidade de México
Comparto la participación de un servidor y mi amada esposa en el programa «Latitude Galega» de TVG/Televisión de Galicia dedicado a la Ciudad de México:
https://www.agalega.gal/videos/detail/341297-conecemos-cidade-de-mexico-con-iago-lopez
No siempre menos es más

Aunque gran parte de los productos que vendía la maravillosa tienda Vinçon quedaban fuera de mi presupuesto de estudiante, siempre había pequeños objectos o detalles de genial diseño y precio asequible. En los viajes navideños a ver a mis amados padres nunca faltaba el Calendario anual de la tienda que se convirtió -junto al objeto del que quiero hablar hoy- en un clásico familiar.
Se llamaba “Drop Stop” y era un paquetito con un par discos de papel de aluminio semirígido, con el grosor perfecto para poder enrollarlos fácilmente y que, a la vez, recuperasen sin problema su planeidad original.
Al enrollarlos e introducirlos en una botella de vino, evitaban el típico goteo de una manera mejor que otros objetos más “diseñados” pero que -al ser rígidos- no lograban un encaje tan perfecto con el cuello de la botella. Y además, aunque he compartido alguna botella con nuevos ricos horteras que los consideraban de usar y tirar, los dos discos de casa de mis padres ahí siguen 20 años después. Es imposible lograr más con menos.
O eso creía hasta que compramos aquí en México lo que pensábamos era el mismo producto para descubrir con una mezcla de sorpresa y tristeza un milagro de alquimia inversa en el que el paso por el lavavajillas había convertido el aluminio en plástico.
A veces, menos es menos.
El proceso como fetiche

Algunos arquitectos piensan que su objetivo es construir el mejor edificio posible y que los dibujos y maquetas que elaboran para depurar soluciones espaciales o constructivas son únicamente una herramienta.
Otros consideran que estos modelos gráficos o espaciales son un producto en sí mismo -de igual o mayor importancia que el edificio final- y que la documentación de sus procesos creativos es una parte fundamental de su trabajo.
La exposición de Thom Mayne/Morphosis en el Museo Franz Mayer es un ejemplo perfecto de esta segunda actitud. La manera de presentar las secuencias de maquetas de trabajo, ordenadas y numeradas en cajas con tapas de vidrio evocan las cajas de artistas como Joseph Cornell, los modelos urbanos parecen representar futuros distópicos, los planos se superponen con fotomontajes pop y se numeran como creaciones artísticas seriadas para su venta. Algunos dibujos son realmente hermosos y recuerdan el trabajo de visionarios como Lebbeus Woods.
Pero no hay ni una sola imagen de edificios terminados que explique cómo las ensoñaciones gráficas devienen pesadillas construidas.
Puerta para maletero

La mayoría de la gente elegiría su coche en función del espacio de aparcamiento del que dispone. Sólo alguien muy imaginativo pensaría en resolver un problema grande (“el coche que quiero o tengo no cabe en mi patio”) con una solución local (“voy a abombar la parte inferior de las puertas de acceso para que quepa el maletero”). Mis respetos.
Ratas, posmos y otras pestes
Este pequeñísimo libro de apenas 100 páginas (en realidad 50, si consideramos que es una edición bilingüe) recopila cuatro abrasivos artículos del gran arquitecto holandés Aldo Van Eyck en los que destroza a sus contemporáneos, los popes del posmodernismo que dominaron la escena arquitectónica a finales de los 70.
Sin pelos en la lengua, ataca a los que llama RPP -Ratas, Posmos y otras Pestes- sean teóricos (“si Tafuri está presente, me gustaría decirle que lo detesto, y todavía más lo que escribe; que es profundamente cínico, cínico hasta la náusea”) o estrellas de la profesión (Rossi, Graves, Venturi, Krier, Isozaki…) acusándolos de “jugar sucio”, despreciar el humanismo y traicionar la promesa de una modernidad que -como Habermas- ve como un proyecto inacabado.
Su furia y su beligerancia son especialmente chocantes en esta época en la que apenas hay crítica real y casi todo es publicidad, voluntad de trepar en el escalafón, ensimismamiento o academicismo.
¿Dónde están los Van Eyck de hoy? ¿Hay algún arquitecto de primera línea que – en defensa del humanismo- se atreva a polemizar abiertamente con las Bienales, la pseudo-teoría que justifica lo injustificable o los arquitectos estrella volcados en el “expresionismo neoliberal”?
Muchos de los temas esbozados en estas brevísimas páginas resuenan con ideas que han salido repetidamente en este blog. Su crítica de la tetera maciza (¿de Rossi?) va en la línea de la crítica de Alexander a Eisenman, su reivindicación de la tradición como algo vivo -y no un repositorio de elementos que “citar”- resuena con algunas ideas de Rudofksy, y hasta termina uno de los textos citando al inmortal músico de jazz Jelly Roll Morton: “Abrid la ventana, que corra el aire”.
Aunque siempre me ha intrigado su figura y su obra (visité su mítico Orfanato de Amsterdam hace casi 30 años y atesoro el libro “Works” que recopila su obra) no era consciente de su arrolladora fuerza como polemista y conferenciante.
Desde hoy hacerme con un ejemplar de su lamentablemente agotadísima recopilación de escritos se ha convertido en uno de mis objetivos vitales.
Un alféizar urbano

Urbanismo defensivo, arquitectura hostil, diseño excluyente son para los seres humanos lo que esos afilados pinchos que vemos en algunas cornisas son para las palomas. Ambos buscan expulsarte para que no “ensucies” y -sobre todo- no reduzcas el valor de mercado de los inmuebles.
Estos perversos elementos de diseño definen la relación entre el edificio y la calle, entre lo privado y lo público. Lo que podría ser (y ha sido en tantas ciudades durante milenios) una frontera permeable, activa, y viviente, con espacios de transición ricos, capaces de soportar usos diferentes se reduce a su mínima función: separar lo público de lo privado.
La calle es ya sólo para aquellos que pueden pagarla, bien como propietarios de un inmueble, bien como usuarios de la terraza de un local.
Por eso reconforta encontrar edificios banales pero que -en su modestia- contribuyen considerablemente a activar el espacio público, como esta escuela de la Ribera de San Cosme que permite a la gente esperar la llegada de su transporte cómodamente apoyados en el larguísimo alféizar de sus ventanas de planta baja.
¿Qué disco te llevarías a una isla desierta?

Optaría por el silencio, el murmullo del mar, o los sonidos del bosque, antes que volver a escuchar por enésima vez cualquier grabación. No hay ningún disco que puedas escuchar a diario sin llegar a aborrecerlo.
Pero en el hipotético caso de tener que elegir uno, creo que el criterio de elección no debe ser “el más perfecto”, “el más bonito”, “el más alegre”, «el que más me marcó» o “el que mejores recuerdos me trae”. Debe ser el que sinceramente crees que puede aguantar más audiciones sin desvelar todos sus secretos.
Debes conocerlo desde hace tiempo y seguir recurriendo a él con relativa frecuencia. Debes poder ponerlo bajito y que te acompañe como música de fondo o subirlo a tope para dar saltos descontrolados. Debes poder bailar a su(s) son(es). Debe poder acompañarte en algún viaje inducido. Debe evocarte los mejores valores -camaradería, compasión, solidaridad- de esa especie a la que no volverás a ver. Debe tener también sus momentos tontos o ridículos -como la vida misma-. Debe ser largo, variado y misterioso.
Por eso elegiría un disco que odié de adolescente obsesionado por el rock y el punk, redescubrí hace unos diez años y escucho al menos un par de veces al mes sin conseguir descifrarlo del todo. Un disco que Cobain odiaba, que toda la crítica británica destrozó y que, todavía hoy, Allmusic pone a caldo; pero que siempre ha tenido su culto. Un disco por el que acusaron a sus autores de “venderse” pese a ser lo más radical que han hecho. Un disco en el que hay sampleados de videojuegos, intentos de hacer hip-hop blanco, algo de calypso, de gospel, mucho dub y reggae, recitados nocturnos acompañados de saxo, algún himno rockero, versiones desfiguradas de r&b de Nueva Orleans o de jazz, balidos de ovejas, coros infantiles… Un disco triple del que todos dicen que debería haber sido doble o sencillo, pero en el que jamás se ponen de acuerdo en qué canciones eliminar. Un disco del que sus propios autores dijeron que era ideal para gente desplazada a plataformas petrolíferas o estaciones en el Ártico.
Me llevaría el “Sandinista” de The Clash.










