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Lo Ocre

Leo en el diario de Mallorca una interesante nota sobre “el triunfo de la arquitectura sostenible de Mallorca” en la Bienal de Venecia.

Imágenes de fachadas de marés, muros de adobe, acabados terrosos, carpinterías de madera, texturas rugosas que sólo pueden lograrse artesanalmente, que, en conjunto, evocan un paraíso perdido previo a la irrupción del desarrollismo, el turismo de masas, y la barbarie urbanística.

Es el mismo imaginario del mediterráneo ocre rural (bien diferente del de cubos blancos que fascinó a las primeras vanguardias) que encontramos en los preciosos desarrollos de vivienda pública llevados a cabo por el IBAVI en los últimos años (que hasta merecieron un número monográfico de la revista El Croquis).

Este empeño en nadar contracorriente y luchar por una arquitectura más cálida, más sensual, en la que es visible el rastro de las manos que la pusieron en pie, me parece admirable y los proyectos y obras que ha producido esta corriente son en general sumamente atractivos. Te imaginas llevando en ellas una vida hedonista en armonía con el entorno, disfrutando del pan, el vino y el aceite de oliva.

Pero, visto desde México, donde los muros de adobe ya sólo se usan en mansiones de millonarios y áreas sociales de clubs de golf, y dónde una variante de esa estética (la exaltación del chukum) es la que guía el diseño de los resorts y desarrollos más exclusivos de la Rivera Maya o Los Cabos, no puedo evitar pensar que también estas admirables obras mallorquinas, por mucho que evoquen la humilde vida rural de antaño, sólo se las puede permitir gente adinerada (o la administración pública).

Por eso, me chirría el discurso sostenible y social que las acompaña y justifica. ¿Es sostenible lo que no es generalizable y sólo pueden pagar los más favorecidos? En esta época de emergencia social por la falta de vivienda, ¿debe la administración priorizar una arquitectura que -pese a su aspecto humilde- es costosa y elitista?