Mes: noviembre 2014

Kiko Veneno en el Bataclán

bataclan

Por aquel entonces era un roquero militante inmune a los encantos de las músicas populares del mundo adelante y aún más a las de mi propio país. Un poquito de blues y algún disco de Hank Williams eran lo máximo que me alejaba de la ortodoxia roquera. Ni me planteaba que flamencos o rumberos pudiesen algún día llegar a hablarme directamente pero, sin darme cuenta, en fiestas en casa de amigos más eclécticos, en la radio o en algún bar, algunas canciones iban entrando, para incrustarse,  en inexploradas regiones del lado ese de la cabeza que se encarga de los asuntos musicales.

A partir del descubrimiento del reggae, fueron cayendo capa a capa muchos de mis prejuicios hasta (gracias a Los Amaya y al primer «Achilifunk«, previo paso por «Semilla del Son») derribar  uno de los más arraigados: el menosprecio de aquelllas músicas que asociaba a la España más cañí.

Prueba de la magnitud del cambio, fue la excitación -impensable tiempo atrás- que me provocó saber que Kiko Veneno tocaba en el Bataclán, un singular local de la colonia Condesa donde ahora vivo. Porque aunque recordaba vagamente de la época del instituto algún tema de Pata Negra con letra suya, algunos de sus éxitos posteriores y siempre me había encantado su «Volando Voy«, no se puede decir que hubiese seguido de cerca su carrera. Pero siempre me gustaron su falta de pretensiones, sus versos pegados a lo más cotidiano y la alegría vital que su música transmitía.

El concierto de anoche se anunciaba como «+ solo que la una» y aunque el prejuicio contra el «cantautor -sensible-con-guitarra» aún seguía ahí, tampoco tardaría mucho en derrumbarse. El pequeño local, con un aforo de menos de 100 personas, es un curioso graderío con pequeñas mesas orientadas al escenario -en las que, contra toda evidencia, los camareros aseguraban que cabían 6 personas- que sirve a veces como teatro con la singularidad (muy poco respetuosa con los artistas) de que se puede cenar mientras se disfruta de reojo del espectáculo. Kiko reconoció que era la primera vez en su larga vida sobre los escenarios en que se enfrentaba a semejante panorama pero le pareció tolerable mientras la gente dejase de jugar con sus (putos) teléfonos. Bastaron un par de canciones para que lo consiguiese.

Acompañado a la perfección por una oportuna y sugerente guitarra -en ese siempre difícil rango ideal entre las excesivas florituras y el simple aporreo de acordes-, nuestro hombre fue desgranando su repertorio -en el que me sorprendió un poco reconocer un altísimo porcentaje de temas- intercalando con su gracia natural simpáticas anécdotas sobre el Joselito de su canción, el inglés de las azafatas de Iberia (preludio a la excelente «bilonguis»), los dialectalismos de origen inglés en Jerez, los 40 principales o los indios y los vaqueros.

Una acústica excelente permitía captar perfectamente todos los matices de su personal poética, y sus tablas y la fuerza de sus canciones consiguieron que no se echara nada de menos un grupo de acompañamiento. Sólo requirió la ayuda de un curioso ukelele veracruzano estupendamente tocado por Diego -su estupendo telonero más conocido como «Acaricio a un ciervo«– para cerrar el concierto con el himno «Volando Voy» y su excelente homenaje a la música de Mali y a su adorado Ali Farka Toure «Dice la Gente«.

Una velada inolvidable con un gigante de la música de aquí y de allá.

Nota:

Tras el concierto, fuimos a «tomar la última» y cuál no sería nuestra sorpresa cuando aparece -por lo que probablemente era el único bar abierto en toda la calle Ámsterdam- el Sr. Veneno en persona acompañado de Diego y otros amigos. Le felicitamos por el maravilloso concierto para acabar fumando, bebiendo y hablando de política y música. Sólo puedo decir que el encuentro con el hombre -tan natural, “enamorado de la vida”, modesto y encantador como su música- me hizo apreciar aún más a este gran artista.

Tiempo vs. Lugar

 

Santiago Mercado de Abastos

“La arquitectura siempre es la expresión espacial de la voluntad de una época. Hasta que no se reconozca con claridad esta sencilla verdad no podrá dirigirse con acierto y eficacia la lucha por los fundamentos de una nueva arquitectura (…) Por consiguiente, es un esfuerzo vano intentar que el contenido y las formas de épocas arquitectónicas anteriores sean útiles para nuestro tiempo”

Mies Van der Rohe

Existe una arquitectura sobre la que las historias convencionales pasan de puntillas porque – al renunciar a hacer de la expresión de su tiempo su principal preocupación- tiene un encaje problemático en el relato de los vencedores que precisamente hicieron bandera de la tabula rasa y la expresión de “la voluntad de una época”.

Una arquitectura diplomática que confía más en la evolución que en la revolución y que, a diferencia del punto de vista dominante que Mies expresa elocuentemente en la cita que abre este texto, sí encuentra provecho en el estudio de las formas y contenidos del lugar donde se ubica.

Una arquitectura que valora más lo que nos une a los que nos han precedido -compartir un lugar- que aquello que nos separa -vivir en épocas diferentes- tal como lo expresó hace ya más de cien años Asplund:

“Un pintor que quiera pintar, por ejemplo, un paisaje con una cabaña roja en una pradera verde, y que por tanto intente crear una ilusión, añade un poco del verde de la pradera sobre el rojo de la cabaña y así consigue que la cabaña surja con suavidad de la naturaleza. De la misma forma puede el arquitecto hacer que un edificio de nueva construcción parezca haber surgido naturalmente de su entorno, tomando prestada la escala, los materiales, la forma de construir y el estilo de los edificios que lo rodean. (…) ahora parece que deba utilizar el estilo arquitectónico de moda –independientemente del entorno y las tradiciones- para por nada del mundo quedarse atrás en la “competición arquitectónica”. Se olvida que es más importante seguir el estilo del lugar que el estilo del tiempo

Una arquitectura que al estar dispuesta a “contaminarse” -a adoptar la escala, los materiales y la composición de sus vecinos, resulta especialmente adecuada para intervenir en edificios o lugares con una larga historia.

Una actitud sanamente ecléctica que también transitaron destacados arquitectos, como Henri Sauvage o Auguste Perret –de los que luego se apropiaría la modernidad destacando únicamente la parte de su obra que se ajustaba a su relato triunfal- y que permitió, por poner un ejemplo más cercano, a Vaquero Palacios proyectar en los años 40 el mercado de abastos compostelano de tal manera que el paseante distraído lo percibe como una parte integral del casco histórico, como si siempre hubiera estado ahí, hasta el punto de que, sin dejar nunca de servir al ciudadano, se ha convertido en un auténtico monumento civil y el segundo lugar más visitado de la ciudad.

Es también la actitud del propio Asplund en la ampliación del ayuntamiento de Goteborg, de Gardella en la Giudecca veneciana, de Gallego Jorreto frente a la colegiata coruñesa, o de Zumthor en Versam.

Representa, evidentemente, lo opuesto al Pompidou, al MACBA, al horrible guiño de Toyo Ito a Gaudi en el paseo de Gracia, a la ola solidificada de Grimshaw en A Coruña y a tantas y tantas intervenciones que buscan destacar y contrastar en vez de tomar prestadas del entorno los atributos que le permitirán surgir con naturalidad de él.

No tiene nada que ver con eso que algunos llaman “estilo remordimiento” o “estilo comisión (de Patrimonio)” que consiste -según Juan Diez del Corral, que lo etiquetó a su vez como “estilo disimulo”-en que “sea como fuere la planta, el sistema constructivo, el uso o las pretensiones del nuevo edificio, la fachada tiene que hacer como que se parece a los edificios del entorno o, incluso, a los edificios que sustituyó” como estipulan tantas ordenanzas de cascos antiguos- inspiradas en el ejemplo de Moneo y Solá Morales en la rúa Vieja de Logroño- que jamás habrían permitido edificar algunos de los ejemplos señalados.

Tampoco está relacionada con esa manía contemporánea de replicar edificios desaparecidos que tan bien ejemplifica la demolición en Berlín del Palacio de la República para volver a construir un nuevo edificio con la fachada del antiguo Palacio Real que la RDA había volado por sus connotaciones monárquicas.

Porque esta arquitectura -para evitar caer en el “falso histórico”, el pastiche o el simulacro- debe atender al lugar sin negar su tiempo. Debe admitir al menos dos niveles de lectura: fundirse en el entorno en una visión lejana o con los ojos entornados para revelar, en una visión más cercana y atenta, su carácter contemporáneo.

Bibliografía:

Erik Gunnar Asplund. “Peligros arquitectónicos actuales para Estocolmo” 1916 en “Escritos 1906/1940” (El Croquis, 2002)

Mies Van der Rohe. “Arquitectura y voluntad de época”, 1924. En “La palabra sin artificio” (El Croquis, 1995)

Juan Diez del Corral- “Estilo Disimulo” (LHD nº 20, mayo de 2006. )

Ascensión Hernández Martínez- “La clonación arquitectónica” (Siruela, 2007)

¿Bob, Elvis o Rod?

Dylan tiene canciones para dar y regalar y ésta, que grabó por primera vez en sus años mozos, la tuvo olvidada en un cajón hasta que decidió rescatarla para rellenar su “Greatest Hits Vol. II”. Pero, de algún modo, antes de aparecer oficialmente, la canción llegó a oídos de Elvis Presley quien, pese a descartarla para su disco góspel “How Great Thou Art” y esconderla en una de sus temibles bandas sonoras, la volvió inmortal. El propio Dylan calificó esta interpretación como “su más preciada grabación” o “la mejor versión de un tema suyo” (y las hay a miles). Unos años más tarde, Rod Stewart -ese escocés de voz rota al que su (escaso) gusto y su (enorme) amor por el dinero fácil impidieron tener una carrera a la altura de su talento- la retomó para su mejor disco, el fabuloso “Every Picture Tells a Story”, que es donde la escuché por primera vez. Tres grandes artistas, una gran canción. “Tomorrow is a long time”-Bob Dylan (1963)

“Tomorrow is a long time”- Elvis Presley (1966) Esta la encontré en mi disco favorito del rey (junto a sus singles para Sun), una fantástica recopilación de temas de amor ocultos en sus bandas sonoras llamada “A Valentine Gift for You” en la que deja claro que no es quien es sólo por “haber inventado el rock’n’roll” sino, sobre todo, por su capacidad para derretir corazones.
“Tomorrow is a long time”- Rod Stewart (1971) La primera que conocí y la más desgarrada del lote. Tal vez sea cierto aquello de que “the first cut is the deepest”.