¿No te emociona? me preguntó mi acompañante -un gran apasionado de Mies que trabaja actualmente en la recopilación de sus escritos-.
Me admira la perfección de sus proporciones, la claridad del concepto, la limpieza de la construcción, su atemporalidad.
Me maravilla que los originales sigan teniendo ese no-se-qué que los distingue de los miles de copias baratas o descafeinadas que inundaron el planeta durante décadas -incluido el lamentable edificio que construyeron imitando su lenguaje a escasos 30 metros-.
Pero reconozco que, como me pasa también con tantos edificios neoclásicos, me cuesta emocionarme con obras tan cerebrales, que sólo apelan al intelecto, al mundo de las ideas, a lo absoluto, y en las que no hay concesión alguna a la sensualidad, la rugosidad o la imperfección. A lo humano.


Te entiendo perfectamente. Hay obras que uno admira con la cabeza, pero no con la piel. Mies es puro control, pura idea. Pero a veces se echa de menos que algo nos roce un poco más el alma, que no todo sea tan perfecto, tan limpio, tan calculado. A mí también me cuesta emocionarme con lo impecable. Prefiero lo que cruje, lo que deja huella sin pedir permiso. Gracias por ponerle palabras a eso que muchos sentimos pero no sabemos decir.
Gracias por comentar, Berok