
Cuando un edificio notable desaparece, en el mejor de los casos quedan algunas fotografías, bocetos y planos para recordar a las generaciones futuras lo que se perdió. Rara vez es factible -o buena idea- reconstruirlo.
La mítica casa-cueva de O’Gorman es más una excrecencia del terreno volcánico que una casa. Es evidente que se proyectó no sobre el papel, sino sobre el terreno. No hay ningún ángulo recto, ninguna arista vertical, ningún hueco estándar, ningún módulo. Sólo intuición.
Por eso es un pequeño milagro que alguien lograse una aproximación verosímil – una restitución geométrica- a esa construcción, a esa “escultectura margivagante” a partir de los escasos croquis de planta, fotografías y dibujos.
Aunque en este caso sólo sea una preciosa maqueta policromada.
Nota:
La maqueta es obra del taller arquitecto Javier Senosiain a partir de la información gráfica recopilada en la tesis de Iván Arellano.
Qué maravilla cuando la arquitectura no se dibuja, sino que se siente. Lo que contáis sobre la casa-cueva no es solo arquitectura, es arte visceral. Me ha encantado ese término de “escultectura margivagante”, porque define justo lo que uno no puede encajar en planos ni normas. Gracias por rescatar estos pequeños milagros y devolvernos la emoción de lo que parece imposible de reconstruir.
El libro de Rqmírez sobre las escultecturas margivagantes es muy interesante. Merece la pena buscarlo. Saludos!