Categoría: libros

Juegos (de niños)

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Al atribuir su primer contacto con la arquitectura a los juegos de infancia con los bloques de Froebel  -que su madre compró tras conocerlos en la exposición de Filadelfia de 1876- Frank Lloyd Wright contribuyó decisivamente a prestigiarlos como herramientas capaces de estimular la imaginación creativa de los niños.

Sin embargo, Bernard Rudofsky argumenta convincentemente que los bloques son juguetes que destruyen la creatividad ya que lo mejor que los niños consiguen hacer con ellos, siempre debidamente guiados por el educador, es una torre de diez pisos y que el máximo placer lo obtienen en el momento de destruirla (farfullando ¡jódete, jódete, jódete…!). Les atribuye además el maligno efecto de inocular en las mentes infantiles “la lujuria del bloque” y la idea de que se tiene el derecho de destruir lo creado. Una idea que parecemos haber interiorizado ya que nuestras técnicas de destrucción (del derribo a la guerra) se desarrollan mucho más rápidamente que las de construcción.

Los juegos para niños en parques y plazas le provocan reflexiones igualmente sombrías. El juego está ahí acotado espacial (las zonas de niños se parecen sobre todo al pipi-can) y temporalmente (después del colegio). Además cada cachivache está pensado para ser utilizado de una manera concreta y, en el momento en que Rudofsky escribió sobre ellos, tenían la forma de abstracciones de la ciudad moderna: jaulas metálicas (esas aún las recuerdo) y búnkers de hormigón que los aproximaban a sus futuros espacios vitales. Este enfoque educativo llega para él al ridículo más extremo en el diseño de escuelas “a prueba de vándalos” que, en vez de estimular la creatividad de los niños, sirven para poner a prueba sus capacidades como expertos en demoliciones.

Hemos perdido la continuidad entre juego y trabajo que había antiguamente, cuando los niños pasaban buena parte de su tiempo imitando las actividades de los mayores y el camino a la escuela o los pequeños recados eran la mayor fuente de conocimiento del medio, como nos recuerdan los testimonios que recoge de aquel niño noruego al que sus padres enviaban con cuatro años a comprar pescado -lo que le encantaba- porque implicaba diez minutos de camino a la estación, comprar el billete, ver como entraba el humeante tren, subirse a él, cruzar un puente con vistas a un pequeño puerto y un astillero, pasar un túnel y luego un parque en el que tocaba una banda militar, caminar por el centro de la ciudad y pasar ante la estación de bomberos, explorar el mercado, seleccionar el pescado, regatear, comprar y volver a casa.  O incluso el de aquel otro niño de un barrio conflictivo de Nueva York al que su paseo diario le permitía identificar a la legua a alcohólicos, ver los tratos que se traen hombres y mujeres en esquinas y callejones, ver a un poli de barrio cobrar sobornos, identificar una marca en el antebrazo como señal de drogadicción o comprender al menos algunas palabras del lenguaje de chulos y prostitutas.

Pero ahora que el mundo nos parece preñado de peligros, los niños ya no lo conocen experimentándolo directamente sino a través de juguetes, juegos y, sobre todo, de la televisión.

Nota:

Las reflexiones de Rudofsky las he encontrado en estos dos recomendables libros:

Bernard Rudofsky- “Crime Does Pay” en  “Streets for people. A primer for americans” (Doubleday, 1969)

Bernard Rudofsky- “Block Lust” en “The Prodigious Builders” (Harcourt Brace Jovanovich, 1977)

Nota 2:

Como alternativa a «la lujuria del bloque», Rudofsky muestra esta maqueta de su aldea hecha por unos niños etíopes utilizando lo que tenían al alcance (las piedras representan ganado):

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Ojos (que vigilan)

OJOS_Tati-Mon Oncle

En el pasaje más citado de su clásico estudio “Muerte y Vida de las grandes ciudades”, Jane Jacobs compara los ires y venires cotidianos en las aceras de Hudson Street, su calle, con un ballet siempre cambiante. Lo que no se comenta tan a menudo- probablemente porque la vigilancia se asocia al autoritarismo- es que en ese mismo capítulo la autora atribuye ese milagro-que no se da ni en barrios residenciales lujosos ni en polígonos periféricos de alta densidad- a la seguridad que sólo puede proporcionar “la abundancia de ojos en la calle”.

Es la densa trama que forman las miradas -al saludarse de pasada, al charlar en la tienda, al coincidir bajando la basura o al observar desde una ventana o desde la mesa de una terraza a los hijos propios o de algún vecino jugando una pachanga – lo que permite que una calle sea segura y pueda, por tanto, llegar a estar viva.

Para que los ojos hagan esa parte de su trabajo, para que se active la red de miradas, es imprescindible una red previa de relaciones –del reconocimiento de alguna cara que no acabas de ubicar (¿la cajera del súper, tal vez?) a lazos de sangre o asentada vecindad – sobre la que, pese al constante cambio, somos capaces de detectar la mínima distorsión o anomalía.

Pero ya ni siquiera las calles Hudson bailan como antaño. Los precios suben y las casas abandonadas por los “del barrio de toda la vida” son ocupadas por gente con más dinero (y menos arraigo), los comercios tradicionales sustituidos por franquicias o boutiques y se produce esa especie de urbanicidio pasional en la que el amor por el ambiente de un determinado barrio provoca su revalorización, la sustitución de la población, y el fin de aquella frágil atmósfera que inició todo el proceso.

Pasado un tiempo, ya nadie conoce a nadie y se empieza a remolonear en el buzón para no compartir el ascensor con esos vecinos de los que ya nada sabemos (más…)

Tintín, Monterroso (y un yanqui de Connecticut)

tintin y el templo del sol(H)ojeando anoche el brevísimo libro de Augusto Monterroso “Obras completas (y otros cuentos)” me impactó encontrar un relato que recordaba vívidamente de mi niñez pero con un final bien diferente: la historia de alguien que, ante una cita con el patíbulo, se sirve de información privilegiada (la fecha y hora de un eclipse solar total) para intentar evitar su inminente ejecución.

Fue así, gracias a un recorte de prensa, que el intrépido reportero belga consiguió escapar a su cita con la hoguera en “Tintín y el Templo del Sol”, dejando boquiabiertos a los incas (y a los impresionables lectores) al ordenar al día que se volviese noche para aterrorizar a sus verdugos y obtener su  perdón.

El protagonista de “El eclipse” de Monterroso -un evangelizador de la época de Carlos V- no tenía recorte de periódico al que recurrir así que tiró de su erudición aristotélica para amenazar a los indígenas que lo habían  capturado en plena selva  guatemalteca con apagar el sol. Pero:

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras los indígenas recitaban sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles”.

Al comentar la coincidencia con Bego, me enteré de que existía, al menos, otra versión de la historia, la de Hank Morgan -aquel yanqui de Connecticut del libro de Mark Twain-que recurre al mismo truco para lograr que el rey Arturo no sólo no lo ejecute sino que lo nombre ministro.

Tanto “Tintín y el Templo del Sol” que se publicó en 1949, como “El eclipse”, de 1959, son bastante posteriores a  la aparición de la novela de Twain (1889). Ignoro si ambos tomaron de ella la idea, o si la historia es aún anterior, uno de esos relatos que surgen no se sabe dónde ni cómo y aparecen después aquí y allá con variaciones que unas veces son mínimas y otras  cuestión de vida o muerte.

Ahora me tumbo a comer

Now I Lay Me Down to Eat_Bernard Rudofsky La tesis de este magnífico libro de Bernard Rudofsky- y de la exposición homónima en el museo Cooper-Hewitt en 1980- es que nuestra tendencia a confundir alimentarse con comer, lavarse con bañarse o el aburrimiento con el ocio ha aniquilado la sustancia de lo doméstico; que aunque nos hayamos beneficiado enormemente de la mecanización en tantos aspectos, en la casa hemos perdido la batalla. Para intentar ver qué es lo que hemos perdido, Rudofsky dedica un capítulo al comer, otro al sentarse, otro a la higiene corporal, otro al bañarse y otro al dormir.

El primer capítulo (“Modales a la mesa en la Última Cena”) demuestra que nuestra forma de comer, sentados a una mesa, es algo muy reciente y que durante siglos la gente ha preferido comer recostada. Ese San Juan apoyando su cabeza de manera extraña en el pecho de Jesucristo que se ve en tantas representaciones de la última Cena tiene su explicación en que intentaban ser fieles al evangelio a la vez que pintaban una forma de cenar muy diferente a la que realmente tuvo lugar. Y a partir de ahí, nos va mostrando lo artificioso que es comer con cubiertos (algo que sólo hacían los caníbales), lo ridículas que son esas orejas que añadimos al cuenco para convertirlo en taza o por qué a veces encontramos un triclinium en algún viejo cementerio.

En la parte dedicada al asiento (“Sentarse Mal”), reflexiona sobre la infinidad de maneras de sentarse a las que hemos renunciado al pasar de sentarnos en el suelo  a las “ergonómicas” sillas de hoy; sobre la sado-pedagogía de tantas sillas infantiles, sobre la adoración del trono, sobre las implicaciones sexuales del columpio o sobre el interés por el yoga como camino para recuperar todo el repertorio de posturas perdido.

En cuanto a la higiene («Higiene de descuento«), compara nuestra preferencia por la imperfecta limpieza en seco mediante el papel con las maneras de otros tiempos y culturas bastante más pulcros, analiza la tormentosa relación de los norteamericanos con el bidé, y desvela que lo que algunos intrépidos turistas compran creyendo que es una pipa es en realidad un utensilio para que tanto hombres como mujeres pudiesen mear con mejor puntería.

El baño  («El baño convival«) era algo totalmente hedonista que se practicaba en comunidad una vez limpios. Podía durar horas y gente tan venerable como Benjamin Franklin lo practicaba dos veces al día (aunque él, como Marat, lo prefería en solitario y en sabotière). Los japoneses ofrecían a sus invitados un buen baño antes de un banquete, y a veces hasta se comía en la bañera.

La cama («El dormitorio obsoleto«) era también un lugar para la convivencia. En Japón toda la casa era una cama y la forma actual de las nuestras tiene su origen en el refugio de la porquería en la que vivíamos. Toda la inmensa variedad de camas escamoteables (muestra una surrealista cama-piano plegable), al igual que sucede con los jacuzzis y muchos otros de los objetos analizados en el libro es sólo una muestra de nuestra inexplicable preferencia por cachivaches caros y artificiosos frente a soluciones razonables y gratuitas.

Independientemente de lo aplicables que puedan ser algunas de las formas de vida rescatadas por Rudofsky (de las que sólo me  he referido a unas pocas de pasada y sin el imprescindible material gráfico que las devuelve a la vida), su conocimiento nos permite atisbar la riqueza que puede llegar a haber en las acciones más cotidianas del ser humano. Un breve pero ambicioso ensayo sobre “el arte perdido de vivir” que desgraciadamente nunca se llegó a editar en español. A ver si alguien se anima.

Blues ¿de verdad?

Really the Blues_Allen Lowe

Llevo unas semanas explorando “Really the blues?”, el (pen-)último ensayo musicado de Allen Lowe, uno de mis mayores héroes culturales. Primero fue “American Pop from Minstrel to Mojo. An audio history”, una fascinate colección de 9 cds que conseguía transmitir a la perfección el mosaico musical previo al nacimiento del rock and roll y que, más de una década después, sigue siendo una de mis más preciadas posesiones. Luego vino el excelente “That Devilin’ Tune”, su personal visión de la historia del jazz en 36 volúmenes. Y ahora, el blues.

Lowe, que además de una enciclopedia con patas es un reconocidísimo saxofonista, tiene lo que hay que tener para llevar a buen puerto proyectos tan ambiciosos sin aburrir a las culebras: unas orejas privilegiadas. Metes cualquiera de los 36 cds en el reproductor y, si lo escuchas despreocupadamente, es como si hubieses sintonizado la mejor emisora de música añeja del mundo. Vacas sagradas indiscutibles se mezclan sin solución de continuidad con “one-hit-wonders”, predicadores rurales, sofisticados músicos de jazz, hilbillies borrachos, jug-bands de diverso pelaje, western-swingers, fragmentos de compositores “clásicos” como Copeland, Ives o Partch, beatnicks, rockeros salvajes como Link Wray o los Wailers, coros gospel, cantautores folk y hasta ¡una orquesta rusa de la era estalinista!.

Si, en cambio, aprovechas para ir leyendo el estupendo libro con las anotaciones para cada selección, verás que el mítico “Cocaine Blues” de Johnny Cash lo compuso un tal Roy Hogsed, que el “All is loneliness” de Janis es obra del mítico beatnick Moondog, que Django Reinhardt también tocaba el blues como los ángeles, que el té tejano es marihuana, que en 1931 se hacían canciones celebrando el orgasmo simultáneo, que es una injusticia que el blues de Decca no sea tan celebrado como el de Bluebird o que Peggy Lee, Mae West y Guy Lombardo también merecen un pequeño hueco en su personal visión del blues.

Y es que, como en sus anteriores proyectos, uno de los principales objetivos de Lowe es arrancar el blues  de las garras de los apóstoles de la autenticidad que sólo se interesan por el color o situación social del artista para valorar su música (este proyecto en concreto surgió de un encontronazo con uno de esos apóstoles: Wynton Marsalis ). Para Lowe, el blues es desde sus orígenes algo multiforme, mestizo y transversal que puedes encontrar en los lugares más inesperados -tiznando una pieza de jazz, agazapado en algún éxito pop o impregnando algún lamento country-.

Veamos, por ejemplo,  su anotación del alucinante pregón de la vendedora Edna Thomas: “Las notas de la re-edición en cd que incluye “Street Cries of New Orleans” de Edna Thomas (1925) advierten de que la cantante, pese a ser blanca, está incluida a regañadientes en esa colección porque testigos negros acreditan la “autenticidad” de la interpretación. Mi más profundo agradecimiento a esa policía de lo auténtico; celebro que pasase el examen porque sino jamás habría encontrado esto. La gran claridad y sabiduría de su interpretación evoca otro mundo en el que el blues se entremezclaba con las necesidades prácticas de blancos y negros empobrecidos por raza o circunstancias vitales. Tal vez sea aquí donde el alma del hombre (y la mujer) nunca muere, en el grito espiritual de la necesidad: Por favor compra lo que vendo.

Por favor, comprad también lo que Lowe vende. Debido al hundimiento de la industria cultural, las ediciones de sus proyectos son cada vez más precarias. De la caja modesta pero más que decente del “American Pop from Minstrel to Mojo” pasamos a las mucho más cutres de “That Devilin’ Tune” y, finalmente a este “Really the Blues?” del que sólo consiguió editar comercialmente el primer volumen. Para conseguir los demás (o el lote completo), no queda otra que escribir un correo al señor Lowe para que, bajo pedido, te “tueste” los cedés que desees a precio prácticamente de coste. Que proyectos tan ambiciosos se lleven a cabo sin ningún apoyo institucional y apenas tengan difusión es un triste reflejo de los oscuros tiempos que vivimos.

 

¡Democracia!

El breve ensayo “¡Democracia!” de Paolo Flores d’Arcais (Galaxia Gutemberg, 2013) sostiene que la lucha contra el “capitalismo sin democracia” en que vivimos no pasa por inventar un nuevo programa de cambio social sino por seguir hasta sus últimas consecuencias el pisoteado principio básico de “una cabeza, un voto”.

Para ello, es imprescindible desenmascarar  incansablemente los sucedáneos que constantemente intentan suplantarlo: “una bala, un voto”, “una moneda, un voto”, “una falacia, un voto”, “un show, un voto”, o “una bendición, un voto”, tarea a la que dedica buena parte del libro.

Democracia_Paolo Flores D'arcaisLa democracia es “la revuelta permanente y jamás satisfecha para acercarse a la democracia”, a esos mínimos que el autor resume en “…no consentir que la ley sea más igual o menos igual para alguien que para los demás, el compromiso con un bienestar social que permita una igualdad de oportunidades iniciales, el respeto hasta la devoción por las modestas verdades de hecho y la exigencia inflexible de una información que les rinda culto, la práctica obstinada del espíritu crítico para perseguir un iluminismo de masas, el rigor de una laicidad que sea por tanto indistinguible del laicismo, la hostilidad siempre alerta ante cualquier privilegio que no pueda exhibir patentes de utilidad general argumentadas, la perseverancia cotidiana en la promoción del ethos republicano…”.

El poder de los sin poder” nunca se consigue definitivamente. Es una lucha en la que cada día hay que “poner nuestro grano de arena para evitar dejar el campo libre a los prepotentes del sistema”. En eso consiste ser ciudadanos.

Para D’Arcais, hasta que la derecha se comprometa con la igualdad y contra el privilegio de la riqueza, la verdadera democracia sólo podrá ser “de izquierda”. De una izquierda fiel al ideal de “justicia y libertad”, no las “izquierdas traicionadas” de la URSS de Stalin y Brezhnev -que coqueteaba con el fascismo- o de la Inglaterra de la era Blair, cuando un elector inglés sólo podía realmente elegir entre dos derechas.

Ante el pesimismo generalizado de la izquierda, reconforta pensar que la solución a sus males –y los nuestros- no está por inventar sino que se encuentra en el respeto a aquellos mismos principios que permitieron a Thomas Jefferson -mucho antes de que sus sucesores los traicionasen al meter a Dios en el juramento (“under God…”) y en la moneda (“In god we trust”)- fundar la primera democracia moderna.

Nada hay tan original como ir al origen, nada tan radical como ir a la raíz.

El alma perdida del Sr. C

Sweet-soul-music_Peter-GuralnickSweet Soul Music”, el libro definitivo sobre la música soul sureña de la década prodigiosa, escrito por Peter Guralnick -autor también de los muy recomendables “Lost Highway”, “Feel Like Going Home” y de la monumental biografía de Elvis “Last Train to Memphis”-, consigue recrear a la perfección esa convulsa época de lucha por la igualdad racial,  explicar la revolución musical que supuso fusionar el rhythm&blues con el gospel y relatar, con una prosa clara y adictiva, la historia de los principales estudios y artistas.

Como colofón, además de la bibliografía de rigor, incluye un extenso apéndice discográfico de 16 páginas en el que recomienda los discos esenciales de este género que me ha servido de guía desde que lo leí hace ya casi 20 años. Al comentario en profundidad de las grabaciones de las figuras clásicas (Aretha, Otis, James…), le sigue una serie de listas de singles agrupadas por conceptos (“Blue Eyed Soul” sobre el soul blanco, “I have a dream” sobre la lucha por la igualdad de derechos, “Brother Acts” sobre música hecha por hermanos,…) que acaba con la misteriosa “MR. C.’S ALL TIME LOST SOUL” comentada por el enigmático Sr. C- que al parecer le grabó excelsas cintas al autor durante años- y que recopila y comenta aquí personalmente una docena de singles raros que en su opinión resultan imprescindibles.

Durante años, de esa lista, sólo llegué a conocer la inmortal “I Don’t Know What You’ve Got (but it’s got me)” de Little Richard- a la que el Sr. C dedicaba las siguientes palabras: “La única competidora del “Dark End of the Street” de James Carr para el título de mejor balada soul de la historia. Jimi Hendrix como guitarrista, Don Covay como compositor, Richard Penniman como vocalista. El monte Rushmore del soul”. Coincido en que es una de las candidatas al trono.

Pero hete aquí que, curioseando por la red, encontré el blog del señor Guralnick y, para mi sorpresa, en una entrada de la primavera pasada me tropiezo con la hasta ahora inencontrable lista completa acompañada de unas palabras de esa autoridad soulera en la sombra que se esconde tras las siglas Mr C.

Disfrútenla.

Air Guitar

“Mis colegas piensan que la gente desprecia a los críticos porque temen nuestro poder. Yo conozco la verdadera razón. La gente desprecia a los críticos porque desprecia la debilidad y la crítica es la forma más débil de escritura. Es el equivalente escrito del “air guitar”, ráfagas de gestos sordos que no contienen más que la memoria de la música”

AIr-Guitar_Dave HickeyDave Hickey define su colección de “ensayos sobre arte y democracia” como “unas memorias sin lágrimas”. Una serie de “canciones de amor para gente que vive en una democracia” escritas por alguien que no tiene reparos en reconocer que ha dedicado el triple de tiempo a ver reposiciones de Perry Mason que a las obras de Mozart y Shakespeare juntas; que habla de arte con el cartero; que cree que si entendemos a Pollock es gracias a Charlie Parker y a Dizzy Gillespie y si entendemos a Warhol es gracias al rock and roll; que espera-como su amigo  Ed Ruscha- que una obra de arte le provoque primero sorpresa y luego admiración (Huh? Wow!), y no al revés; que a partir de un viaje con Waylon Jennings y unas cervezas en el CBGB con David Johansen y Lester Bangs es capaz de explicarnos la crucial diferencia entre participantes y espectadores; que ve su ciudad, Las Vegas, no como la tópica capital del simulacro sino como ese sitio real que ofrece a la vista de todos lo que los demás sitios ocultan hipócritamente; que conoció a Chet Baker y a Andy Warhol; a Billy Joe Shavers y a Lou Reed; que es capaz de meterse en el pellejo de Hank Williams; que -como Oscar Wilde- cree que la vida imita al arte (y un martillo pilón a los Ramones); que defiende convincentemente al denostado Norman Rockwell; que ve con claridad el paralelismo entre el culto juvenil al coche (y al tuneado) y el mundo del arte; que explica mejor que Robert Hughes y John Berger juntos la relación entre arte y dinero…

Una apasionada -y apasionante- defensa de que, en democracia, el arte está en nuestras vidas cotidianas, – en los discos, en la tele, en la radio- y de la necesidad de luchar contra el intento de secuestrarlo por parte de los académicos.

Nota:

Debo el hallazgo de este fantástico libro a Robert Christgau –uno de mis críticos de cabecera- que no se caracteriza precisamente por su modestia y, sin embargo, lo recomendó en los comentarios de su blog “Expert Witness” diciendo que Hickey era el único crítico que no tenía ningún problema en reconocer que era mejor que él. Desgraciadamente, su blog , que he seguido a diario durante varios años, acaba de ser eliminado por algún ejecutivo lumbreras de Microsoft/MSN. Lo echaré terriblemente de menos y, francamente, me parecería una vergüenza- por otra parte, muy reveladora de las miserias de la época que nos ha tocado vivir- que uno de los mejores críticos musicales de los Estados Unidos no encuentre alguien interesado en remunerar su trabajo.

El ruido eterno

El ruido eterno_ Alex RossAcabo de terminar “El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música” y, aunque hace ya cuatro años que se publicó y lleva varias ediciones, me parece importante sumarme al prácticamente unánime coro laudatorio para animar a aquellos que también lo dejaron pasar en su momento a que se hagan con un ejemplar y se sumerjan en las fascinantes historias de la música clásica contemporánea.

Entre estas historias están la de lo duro que era ser músico bajo las dictaduras estalinista y nazi o bajo la lupa de McCarthy, la del doble abucheo a Stravinski en el Théâtre des Champs Élysées  -primero por ser demasiado radical y cuatro décadas más tarde por no serlo lo suficiente-, la de como el pionero de la música atonal Schoenberg intentó componer bandas sonoras y nunca fue más feliz que cuando escuchó su música en la radio de un bar de autopista, la del origen de la música de los westerns, la devoción de Gershwin por Alban Berg, las preferencias sexuales de Britten (y muchos otros, es un tema central para Ross) o la de como Kurt Weill acabó hasta la coronilla de Brecht.

El relato de la evolución formal, que desconocía por completo, es un espejo de lo que sucedía en las artes visuales y el autor consigue evocar a la perfección tanto la frenética y tortuosa búsqueda del último grito  (véase “El puño invisible” y “Las aventuras de la vanguardia”) como la recurrencia de la tradición y la maraña de relaciones e influencias entre músicos y escuelas aparentemente opuestos.

Y es que Alex Ross se propuso nada menos que explicar la música clásica del siglo XX tanto como disciplina artística como en su interacción con la realidad y circunstancias históricas, abordándola “desde múltiples ángulos: biografía, descripción musical, historia social y cultural, evocaciones de lugares, política en estado puro, relatos de primera mano de los participantes”.

Pero creo que su intención fundamental es la de divulgar la música que ama y, aunque al definir ciertos pasajes sonoros recurra a un lenguaje técnico, siempre se cuida de complementarlo con metáforas que permitan que los legos en el tema nos hagamos una idea de a qué rayos suena la pieza en cuestión. De hecho, una ventaja de Ross como guía para los que venimos del rock and roll es que también conoce profundamente la música popular -a muchos les sorprenderá saber que en su día contribuyó a la fenomenal guía “Spin Alternative Record Guide” (en la que además cita entre sus discos de cabecera a Pere Ubu, Sonic Youth, los Smiths o Minor Threat)- lo que le permite explicar por ejemplo los ritmos sincopados de “El Pájaro de Fuego” como el pum pu-pum pum (chas) pum pum de Bo Diddley.

En fin, una lectura apasionante que consigue plenamente su ambicioso objetivo de contar el siglo XX a través de la música clásica y -lo que es más importante para los amantes de la música popular- logra acercarnos a un mundo que creíamos lejano pero que tiene una relación sorprendentemente directa con “las afinaciones microtonales de Sonic Youth, los opulentos diseños armónicos de Radiohead, las indicaciones de compás rápidamente cambiante del math rock y de la música dance inteligente, los arreglos orquestales de Sufjan Stevens y Joanna Newson: todos ellos prosiguen esa conversación, que viene de antiguo, entre tradiciones clásicas y populares”.

Nota:

Mi enhorabuena al traductor Luis Gago. Debió de ser un trabajazo conseguir la invisibilidad.

Nota 2:

No hay mejor prueba de su vocación divulgativa que el hecho de que Ross montase unas audio-guías con fragmentos musicales de las piezas a las que hace referencia en cada capítulo (http://www.therestisnoise.com/audio/)

En una isla desierta

Stranded_Greil MarcusLa clásica pregunta de ¿Que disco te llevarías a una isla desierta? sirvió de excusa a Greil Marcus para pagar bien a sus amigotes por escribir un texto largo sobre el disco que les apeteciese. Como contaba entre sus amistades con la aristocracia de la crítica rock de la época (Lester Bangs, Nick Tosches, Ellen Willis, Robert Christgau…) le salió un libro (“Stranded. Rock and Roll for a Desert Island”) la mar de apañado con interesantes textos sobre los Ramones, Little Willie John, Captain Beefheart, los Five Royales o la Velvet (aunque no podía faltar el pringado de turno que prefirió llevarse a Jackson Browne o los Eagles).

En todo caso, lo más interesante del proyecto es que, como editor, decidió que, dado que las elecciones de cada participante eran algo totalmente personal, “alguien” tenía que velar por preservar la tradición y la historia para que si un marciano preguntaba qué era eso del rock and roll -algo perfectamente factible una vez la NASA había enviado una canción de Chuck Berry al espacio- pudiese encontrar una respuesta aproximada. Y, con su modestia habitual, lo hizo en forma de discografía comentada (por ejemplo, explica el debut de los Stooges como “el sonido del “airmobile” de Chuck Berry después de que unos manguis lo desguazasen”) en la que, entre los clásicos indiscutibles, coloca un montón de one-hit-wonders de los que es difícil tener noticia si no se es un obseso del du-duá/doo-wop, el soul, los girl groups, el surf ,el rockabilly u otros subgéneros pop.

Él mismo reconoce que para hacer algo así hoy en día, en la era de las reediciones masivas y las obsesivas recuperaciones del pasado, necesitaría como mínimo un libro entero; pero en 1979 tuvo la valentía de despachar el primer cuarto de siglo de historia del rock and roll en poco más de cuarenta páginas. Evidentemente faltan un montón de cosas y otras son discutibles, pero para lo que sirven estas listas es para descubrir joyas perdidas del pasado y, en ese sentido, a mi me ha servido a la perfección durante muchos años.

Aprovechando las ventajas de nuestra época, en la que casi todo está accesible, he recopilado una lista de Spotify  (stranded ) con la mayoría de los singles-obviando vacas sagradas y alguna cosa simplemente inencontrable- que aparecen en su discografía.

Nota:

Años más tarde re-evaluó el proyecto, sugiriendo omisiones y, en definitiva, recomendando más música en este interesante cuestionario:

http://rockcriticsarchives.com/interviews/greilmarcus/02.HTML

Nota 2 (Octubre 2014):

Meses después, ha aparecido un blog semi-oficial (lo lleva otra persona con su autorización) de escritos de Greil Marcus. Es muy recomendable (ver enlace en la columna de la derecha) y están elaborando su propia lista «Stranded» con nuevas adiciones cada semana: http://grooveshark.com/#!/playlist/Treasure+Island+Singles/98623651

Stagger Lee

El robo de un sombrero Stetson provoca una riña mortal. La victima se identifica como un hombre de familia

Harry Smith resumía con su laconismo característico el argumento de esta canción basada en un incidente ocurrido en Saint Louis en 1895, y que es un ejemplo perfecto -como “John Henry”,“Hesitation Blues”, “Alabama Bound”, “Careless Love”, “Frankie&Albert”…- de lo que Luc Sante llamó “cimientos anónimos de la música popular americana”. El eco de la pelea entre Stagger/Stacker/Stacko Lee y Billy Lions/Billy the Liar/Billy the Lion resuena todavía un siglo después y creo que vale la pena recuperar algunas de sus más memorables encarnaciones.

 “Stack O’Lee Blues”- Ma Rainey (1925) 

Una versión temprana de esta pionera del blues clásico acompañada por Fletcher Henderson al piano y Coleman Hawkins al saxo.

 “Stack O’Lee Blues”- Sol Hoopii’s Novelty Trio (1926)

Los ecos del incidente llegaron rápidamente hasta Hawaii y el gran virtuoso de la guitarra Sol Hoopii se encargó de darle su mágico barniz.

 “Stackalee”- Frank Hutchinson (1927)

El mito también fascinaba a los blancos, y esta es la versión que eligió Harry Smith para su inmortal “Anthology of American Folk Music”

 “Billy Lions and Stackalee”- Furry Lewis (1927)

Estupenda lectura del gran bluesman de Memphis.

 “Stackerlee”-Mississippi John Hurt  (1928)

Otra magnífica versión country-blues.

“Stagger Lee”- Archibald (1950)

Aunque Lloyd Price se llevó el gato al agua en cuanto a ventas, y mi adorado Professor Longhair la tocó también con frecuencia, esta me parece la versión de Nueva Orleáns por excelencia.

“Stagger Lee”- Wilson Pickett (1967)

Salvaje versión soulera (para curiosos, tampoco están nada mal la de los Isley Brothers o la de James Brown)

 “Wrong ‘em Boyo”- The Rulers (1967)

Fantástica lectura jamaicana del tema que los Clash versionarían posteriormente en “London Calling” (ver más abajo).

“Wrong ‘em Boyo”- The Clash (1979)

Version del clásico de los Rulers Jamaicanos convenientemente acelerada. Según Greil Marcus, Stagger Lee es el auténtico protagonista de “London Calling” y sale- con otros nombres y caras- en “Jimmy Jazz”, “Rudie Can’t Fail”, “The Guns of Brixton” y “Death or Glory”.

“Stagger Lee”- Nick Cave & Bad Seeds (1996)

Aunque no sea santo de mi devoción, valga esta versión como prueba de que el tema sigue vivo más de un siglo después del incidente original.

Nota:

Greil Marcus dedicó bastantes páginas de su magistral ensayo “Mistery Train”  a rastrear este mito desde sus orígenes hasta “London Calling”. Debo gran parte de las selecciones de esta lista de reproducción a dicho texto así como al libreto de la reedición de la imprescindible “Anthology of American Folk Music” de Harry Smith.

Lista de reproducción completa en grooveshark (con varios jugosos extras):

http://grooveshark.com/#!/playlist/Stagger+Lee/90579290

Aberraciones (2)

En la fisionomía de los animales reconocemos al ser humano.

Aberraciones_Rey de Dioses Rey de los Animales

El rey de los dioses griegos comparte rasgos con el rey de los animales

Aberraciones_Giambattista Della Porta- Político y Rinoceronte

El político con el rinoceronte.

Aberraciones_portada France Dimanche

¿Seguro que descendemos únicamente del mono?

Nota: Todas las ilustraciones están sacadas del capítulo “Animal Physiognomy” del fantástico estudio de Jurgis Baltrusaitis “Aberrations. An Essay on the Legend of Forms” (MIT Press. 1989) que rastrea desde textos de la antigüedad hasta la prensa del momento la evolución de esta identificación entre humanos y animales. Sobre la titánica tarea de Le Brun de codificar gráficamente las pasiones humanas y su decisiva influencia en el nacimiento de la pintura moderna hay un estupendo ensayo de Félix de Azúa (“La pasión domesticada”, Abada Editores. 2007).

Nota 2: Tuve que reprimirme para no recurrir al efectista  título «¿Es Sartre un besugo?»

Aberraciones

La sombra del peregrino en la plaza de la Quintana en Santiago d

Encontramos figuras en las nubes, caras en una pared manchada o la silueta de un monje en una sombra nocturna.

Piedra de Salamanca_Colección Calude Boulle

Rompemos las piedras para encontrar los maravillosos paisajes que ocultan. Argentea (1996-2009)_Jorge BarbiPero hace falta un artista para mostrarnos la multitud que se esconde entre los excrementos de gaviota.

Nota: El título se refiere al estupendo libro “Aberrations” de Jurgis Baltrusaitis que inspiró esta entrada. En él se analizan varias formas de “aberraciones” y “perspectivas depravadas” desde la fisionomía animal al diseño de ciertos jardines, pasando por estos paisajes pétreos o la inspiración vegetal de la arquitectura gótica. La obra “Argentea (1996-2009)” del artista Jorge Barbi, la conocí por la prensa a raíz de una exposición retrospectiva en el museo Marco de Vigo e intuitivamente guardé el recorte dentro del libro de Baltrusaitis.

Música para un funeral

Nick Hornby-31 songsUno de los más memorables capítulos del “31 songs” de Nick Hornby es el dedicado al “Caravan” de Van Morrison  en la versión del directo “It´s too late to stop now”, la canción que el escritor pondría en su propio funeral y la excusa perfecta para una encendida y conmovedora defensa de la música popular (y una provocadora invectiva contra la clásica).

La única pega que le encuentra Hornby a su elección es que termina con Morrison presentando a la banda, con lo que lo último que oirían sus seres queridos al despedirle sería: “…al cello, Terry Adams…a la viola, Nancy Ellis….a la trompeta, Bill Elwin…”.

 

Me da la impresión de que no sólo los nombres de unos desconocidos sino casi cualquier letra podría interferir en un momento así, por lo que, puesto en ese brete, creo que optaría por algo instrumental.

En todo caso, gran canción, gran interpretación y recomendable lectura.

 

Nota:

Como reto puramente intelectual –ya que hay algo muy perverso en fantasear con la propia muerte- he intentado seleccionar algún tema apropiado para una ocasión así, y me ha resultado extremadamente difícil. Adjunto enlace a mi brevísima lista provisional de candidatas, que también tiene sus pegas porque aparecen barcos, leones y hasta una incongruente cita de “La Marsellesa”: http://grooveshark.com/#!/playlist/Funeral/87797645

…y todos llevaban sombrero

Crumb- That's what i call sweet musicCuando EMI le pidió al genial Robert Crumb que recopilara un disco con su música favorita, el resultado fue  “That’s what I call sweet music. American Dance Orchestras of the 1920s from R. Crumb’s 78 RPM Collection”, un precioso artefacto ilustrado, anotado y seleccionado por el artista a partir de discos de pizarra de su vastísima discoteca que recogía “…alegre música social de una civilización urbana ya desaparecida, un mundo perdido de humeantes fábricas y rechinantes tranvías- y todos llevaban sombrero!”

Por alguna extraña razón, este último comentario se me quedó grabado, y lo recordé al encontrar una curiosa explicación del origen del declive de la prenda en un breve texto de Adolf Loos escrito en respuesta a la consulta de un lector : ¿Un hombre sin sombrero?

“El primer hombre sin sombrero fue el atleta de las universidades americanas. Balompié fue el primer sport que se practicó sin sombrero. El consiguiente paseo (…) por parejas, por las calles de la pequeña ciudad universitaria, mostró por primera vez en la calle al hombre desprovisto de sombrero. Entonces todavía se pensaba en insolaciones y resfriados, y por ello los atletas americanos se dejaron crecer el cabello. Pero, como todos querían ser atletas, la carencia de sombrero fue pronto el signo de cualquier burgués académico de América.”

En 1908 la tendencia había saltado el charco –“la imagen callejera cerca de Leicester Square a la hora de cierre de los teatros causaba un raro efecto. Había miles de espectadores (…) en la calle (…). Todos sin sombrero.”– y allí estaba nuestro hombre para percibir el cambio mientras sucedía y detectar con su agudeza característica cómo el cetro de la elegancia pasaba del aristócrata al deportista.

sombreros_crowdEn sus escritos aparecen desde  pitilleras, polainas, smokings, fracs, trajes regionales, zapatos de cordones,  su sastre (que fue el primero en atreverse a encargarle una casa), pantalones cortos, pantalones largos, chalecos, monóculos o lentejuelas; a furibundas críticas a los “cools” de su época (Hoffman , Olbrich y compañía).

Y es que, aunque pasase a la historia como ese severo señor vienés que abolió el ornamento, Adolf Loos puede haber sido también uno de los primeros (anti-)fashion-bloggers.

Cien años después, muchas de sus reflexiones mantienen una sorprendente vigencia.

Nota:

Las citas de Adolf Loos están sacadas del texto “Respuestas a preguntas del público” de 1919 recogido en el muy recomendable “Escritos II. 1910/1932” (El Croquis Editorial, 1993). El volumen I es algo más farragoso.