Mes: octubre 2017

100 años de diseño suizo

swiss design

La pequeña muestra “100 años de Diseño Suizo”  en el MAM de Ciudad de México –que reduce a la mínima expresión la magna exposición de Zurich de hace unos años- consigue transmitir, pese a su modestia, los valores que identificamos con el diseño suizo. La limpieza, la claridad, las formas y colores elementales rigen la producción industrial del país desde el diseño gráfico a la tipografía (helvética) pasando por los curiosos bloques de vidrio en forma de lágrima del siglo XIX,  los cubos de sopa Maggi, el reloj de la compañía ferroviaria nacional, las tumbonas de Zumthor para el balneario de Valls, los taburetes de Max Bill, la imagen corporativa de Swiss Air, el pasaporte nacional, unas hermosas botas de esquí de los años 60 que perfectamente pudieron inspirar las populares “pilotas” de Camper, los bolsos y mochilas de lona de Freitag o las inevitables navajas. Me gustó ver entre los objetos expuestos un reloj Lexxon como el que le regalé a Begoña hace unos años, un mantel que hemos comprado –y regalado varias veces- como producto oaxaqueño moderno pero que parece tener una inexplicada conexión helvética, y un inolvidable disc-man de los años 20.

La estética que se presenta no es intrínsecamente suiza, ya que comparte con cierto diseño centro-europeo de raíces puritanas el amor por la depuración formal y la poética de la industria -desde la Bauhaus hasta los míticos productos de Dieter Rams para Braun- pero la homogeneidad y la coherencia de valores que transmite la exposición se ajustan a las ideas preconcebidas que tenemos sobre el país (y, por cierto, su arquitectura). Todo es limpio, claro, impecable, ordenado y serio.

Una hermosa exposición que me plantea una inquietante pregunta. ¿Es posible pasar un  siglo sin la menor disidencia ni disonancia?

¿Dónde estabas?

En el medio y medio de una de las obras maestras del inclasificable Tom Zé (“Todos os olhos” de 1973) sorprende escuchar esta alegre canción rememorando lo duro que era estar solito sin nadie que lo quisiera y preguntándose dónde estaba entonces su amor (Cadé voçé?). Siempre me había encantado la canción –que contrasta con su música más experimental- y al pinchar ayer un recopilatorio de Jackson do Pandeiro, aluciné al escuchar su “Tum Tum Tum” y comprobar una vez más los fuertes lazos entre la vanguardia y la tradición popular.

Nota 1: Letra de la versión de Tom Zé

Ô cadê, cadê você?
Quando eu era sem ninguém
e não tinha amor nenhum,
o meu coração batia, ô maninha,
tum, tum, tum.
Todo mundo arranja um bem:
eu ficando sem ninguém
e o meu coração batendo, ô maninha,
tum, tum, tum.
Você diz que faca corta,
mas navalha corta mais,
e a navalha que mais corta
é a língua dos rapaz.
Tum, tum, tum, tindolelê.
tum, tum, tum, tindolalá.
As moças da minha terra
nunca ficam sem casar,
(porque se passar dos trinta ela tem
Santo Antonio pra ajudar).

Nota 2:

«Todos os olhos«, además de por su excelente música, es un disco famoso por su portada. Durante años circuló el rumor de que se trataba de un primer plano de una canica insertada en un ano que consiguió burlar la censura de la dictadura militar.

 

Fats Domino (1928-2017)

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Ahora que estoy leyendo el “Real Life Rock” de Greil Marcus -en el que buena parte de los micro-textos se refieren a cómo algunas canciones cambian de significado al escucharlas en una película, una banda sonora o en el supermercado- me ha venido a la cabeza la escena de “12 Monos” en la que Bruce Willis sube a un taxi y la canción que suena para evocar el mundo perdido en el apocalipsis que relegó a la humanidad a una vida subterránea es la inmortal versión de “Blueberry Hill” de Antoine «Fats» Domino.  Un tema apropiado para despedir a este gigante de la música popular (en todos los sentidos, él mismo se llamaba “The Fat Man” en su primer single) que a veces es minusvalorado porque –además de ser gordo y bonachón- representaba más la continuidad con la música de su Nueva Orleáns natal que la ruptura que tanto valoran los historiadores. Descanse en paz.

Creo/No creo

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No creo en el “cuánto peor, mejor”. Ni en el “sálvese quien pueda”. Ni en las banderas. Ni en que el estado sea una emanación del territorio y no un acuerdo entre ciudadanos.

Creo en la supresión de las fronteras. Creo en la solidaridad entre las zonas -y las personas- privilegiadas y las desfavorecidas. Creo en la redistribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades. Creo en el estado de bienestar. Y creo que muchos de los problemas del mundo vienen del hecho de no considerar a los demás como iguales. Creo en el proyecto europeo y alguna vez he fantaseado con la disparatada idea de que su ampliación paulatina –a medida que nuevos territorios asumen sus valores fundacionales- acabase por convertirlo en ese gobierno mundial que tanto necesitamos.

La vacuna

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Los hoteles se apiñaban en una única calle paralela al puerto y los fuimos recorriendo con creciente desánimo: o estaban llenos o tenían tarifas disparatadas aprovechando la fuerte demanda de ese fin de semana.

Tras caminar un par de cuadras hacia los neones que anunciaban las tarifas por horas – donde empezaba la zona que el mariachi nos había recomendado evitar so peligro “de que nos vacunasen”- regresamos a la pseudo-misión sesentera que tan temerariamente habíamos rechazado unas horas antes.

La hija de Fidel

el libro de la salsa

Sostiene César Miguel Rondón en su clásico “El libro de la salsa” que el interés por la música brasileña en Estados Unidos se debió al triunfo de la revolución cubana y a la decisión de los grandes consorcios de comunicación y entretenimiento norteamericanos de boicotear los productos culturales de la isla y buscar un paraíso tropical alternativo.

No suelo comulgar con simplificaciones brutales ni teorías conspirativas pero no deja de ser curioso que la explosión internacional de la Bossa Nova (según Rondón “un estilo suave y meloso,  magnífico para que los cantantes estadounidenses dijeran, a su manera, las mismas cosas de siempre”) y la serie de fusiones del Jazz con ritmos brasileños  (“Getz & Gilberto”, “Sinatra & Jobim” …) ocurrieran precisamente en la década que siguió a la llegada del comunismo a Cuba. A ver si va a resultar que, en cierto modo, la chica de Ipanema es hija de Fidel.

Helo Pinheiro_Real Girl from Ipanema