I’m Wild About That Thing

Tune Wranglers Sigo explorando el inagotable recopilatorio «Really the Blues?» y esta mañana me he levantado con una de esas melodías que no te  puedes sacar de la cabeza. Se trata de un irresistible tema de «Western-Swing» -ese sub-género de la música country (y poco reconocido precursor del rock and roll) que se caracteriza por su eclecticismo y sus versiones libres de temas blues o jazz- perpetrado, en este caso, por unos  Tune-Wranglers que consiguen insuflar nueva vida a un viejo tema de la gran Bessie Smith:

Bessie Smith- «I’m Wild About That Thing» (1929)

Tune-Wranglers: «I’m Wild About That Thing» (1936)

(Lástima que el sonido esté a años luz del conseguido por Allen Lowe, y que el «video» sea tan cutre) El grupo tiene también simpáticas canciones en español («Rancho Grande», sí esa que estáis pensando) y hasta algún tema hawaiano.

Nota:

A los interesados en una introducción exprés al género les recomiendo los siguientes recopilatorios:

«Hillbilly Fever!: Vol. I: Legends of Western Swing» (Rhino, 1995)

Una excelente introducción en un sólo disco.

“Doughboys, Playboys and Cowboys: The Golden Years of Western Swing” (Proper, 1999r)

Baratísima caja de 4cds con excelente libreto y selección de canciones.

“Okeh Western Swing” (Epic, 1982)

Recopilada por John Morthland (autor de la imprescindible guía «Best of Country Music»), este doble lp fue una de la primeras antologías del género y sigue siendo de las mejores. Recientemente se reeditó en CD.

Frei Otto (1925-2015)

frei otto

Falleció ayer el genial arquitecto alemán Frei Otto, un día antes de recibir el premio Pritzker de arquitectura. Por una vez se ha premiado a un auténtico innovador, alguien que inventó nuevas formas y espacios y, lo que es más difícil, nuevas (e increíblemente ligeras) formas de construirlos. Es una lástima que el prestigioso premio llegase tarde pero esperemos que al menos sirva para difundir su prodigioso legado.

Cuevas

CUEVA_ANDRE BLOC MEUDON

La caja es la metáfora por excelencia de la arquitectura moderna. Una caja cerrada, rectilínea, precisa y contenida. Una caja artificial, pura, pulida, fría y brillante. Una caja producida en serie, de bordes cortantes y que suele envejecer mal.

La cueva -un arquetipo arquitectónico alternativo- es abierta, tosca y de formas imprecisas. Está hecha con materiales naturales. Es oscura y apagada. Una pieza única, de bordes suaves, a los que la pátina y la corrosión enriquecen.

Fue, además, el primer lugar al que acudimos para protegernos de la naturaleza hostil y el lugar donde creamos las primeras imágenes. Y, tal como nos recuerda Rudofsky, no era el hogar de esos homínidos que con una mano blandían amenazadoramente un palo mientras con la otra arrastraban a su mujer por el cabello que fijaron en nuestra mente los cómics y dibujos animados, sino el lugar donde probablemente nació Jesucristo y donde habitaba gente pacífica con mejor olfato, mejor vista y cerebros más grandes que los nuestros.

En un origen, es una naturaleza que ocupamos pero, al humanizar el aire que contiene, pintando sobre sus paredes -como en Chauvet o Altamira- o construyendo la fachada que le falta -como en Setenil de las Bodegas-, convertimos esa naturaleza en arquitectura.

A veces las creamos artificialmente, excavando pacientemente las rocas que lo permiten, sean calizas –como en la Capadocia- o volcánicas -como en Masafra- o cavando el suelo que pisamos para construir auténticas ciudades subterráneas -como en Shensi o Kansu-.

La casa Elrod de John Lautner, la última morada de O’Gorman, la capilla de Bruder Klaus de Zumthor, las intervenciones de André Bloc en Meudon, de Manrique en Lanzarote, o esa cueva de luz que ideó Frei Otto para Mannheim nos recuerdan que mucho tiempo después de perder el recuerdo de nuestra primera casa, seguimos construyendo espacios que nos evocan aquella sensación primigenia de refugio. Venimos de la caverna y el eco de aquel espacio todavía resuena poderosamente en nosotros.

Bibliografía:

Félix de Azúa- “Inícuo paso primitivo” en “Autobiografía sin vida” (Mondadori, 2010). Este capítulo es un ensayo sobre las pinturas de Chauvet, que desmonta magistralmente la tradicional idea de considerarlas primitivas.

John S. Taylor- “Commonsense Architecture: A Cross-Cultural Survey of Practical Design Principles” (W.W. Norton & Company, 1983). Un pequeño clásico olvidado (magníficamente ilustrado a mano por su autor)

Bernard Rudofsky- “In praise of caves” en “The Prodigious Builders” (Harcourt Brace Jovanovich, 1977). El esencial desarrollo de lo esbozado en «Arquitectura sin Arquitectos».

Leonard Koren- “Wabi-Sabi para Artistas, Diseñadores, Poetas y Filosófos” (Sd edicions, 2010). Este curioso libro, en el que opone el cuenco a la caja, fue el que me dio la idea para esta breve entrada. Aún más interesante es «Desdiseñando el baño«, en la misma editorial.

El inglés del Rey

the king's english

Kingsley Amis dedicó sus últimas páginas a defender la lengua de sus amores del ataque combinado de chonis y pijos repipis ya que, si dependiese de los primeros (“berks”), la lengua inglesa moriría de impureza (como le sucedió al latín tardío); y en manos de los segundos (“wankers”), sería la pureza la que la mataría (como le sucedió al latín medieval).

The King´s English” – cuyo título es un homenaje al libro homónimo de los hermanos H.W y F.G Fowler (1906)  en el que se inspiró su autor, a la vez que juega con el apodo por el que se le conocía: “King”(sley)- es un compendio de breves textos sobre usos del lenguaje que le producen especial aversión, o en los que intuye que la presión de los medios de comunicación y del inglés americano (“algunos americanismos no merecen ser examinados, hay que aniquilarlos nada más verlos”)puedan provocar su incorporación definitiva a la lengua estándar.

Lucha contra “todo aquello que obligue al lector a detenerse sin beneficio alguno” -la falta de honestidad o precisión, la pereza mental, las repeticiones, la afectación, las frases hechas que ya no significan nada- y entre sus principales enemigos encontramos el lenguaje de los políticos, los titulares de prensa, la etimología popular, el mal uso generalizado algunos términos (trauma, crescendo, deja vu, dilema, panacea…), la manía de recurrir a palabras largas para parecer más interesante (como sucede en español con los que dicen visualizar en lugar de ver o generar en vez de crear) o el equivalente del “lo que es…” del ministro de  Guindos (what X is all about). Dado que el libro es un manual para escribir y hablar mejor, tras analizar la evolución del uso de una palabra o expresión, suele concluir con la advertencia de “emplear con precaución”,  con la recomendación de reformular la frase para evitar utilizarla o, en bastantes casos, con la triste conclusión de que el mal uso continuado la ha vuelto definitivamente inservible.

Es difícil transmitir en una breve reseña el  sentido del humor que impregna muchas de estas páginas, pero, como ejemplo, transcribo su parábola para neutralizar a los que recurren a estructuras latinas o palabras francesas para darse aires, el hilarante diálogo en el que escenifica el nacimiento de la lengua de Voltaire, que no dio sus primeros pasos en una corte perfumada sino en algún estercolero:

Legionario (en latín vulgar): – Quiero agua. Dame agua. Aquam

Paisano- ¿Eh?

L.:- ¡Aquam! Di Aquam, gilipollas. Venga- aquam

P.:- ¿Oh? (deletreado eau cuando alcanzaron la escritura siglos después)

L.: –Tráela a lo alto del acantilado. Altum

P.:- ¿Eh?

L.:¡Altum! Di altum, cabeza de chorlito. Venga- altum

P.: ¿Oh? (deletreado haut….)

Como explica su hijo Martin -en un prólogo que arranca con el genial micro-perfil biográfico (“Kingsley Amis era un padre indulgente. Su estilo paternal puede describirse como amigablemente minimalista- en otras palabras, mi madre lo hacía todo”)- muchas de sus manías han quedado definitivamente desterradas del inglés actual y pueden parecer trasnochadas (por no hablar del machismo de alguna entrada) pero la lectura del libro continúa siendo de lo más recomendable para cualquiera que ame este idioma.

Nota:

El libro es intraducible, a diferencia del recientemente editado “Everyday Drinking” (“Sobrebeber”, Ed. Malpaso, 2013) que recopila sus escritos sobre bebidas alcohólicas, y que recomiendo encarecidamente a todos los que disfruten con el humor y/o la bebida. Hay ya muchas buenas reseñas (como la de El Comidista) por lo que no creo que merezca la pena añadir una más al coro unánime de elogios.

Nota 2:

Sería fantástico que alguien hiciese un trabajo similar sobre el español (lo más parecido que he leído, aunque mucho menos cáustico, fueron aquellos estupendos dardos en la palabra de Lázaro Carreter en El País).

Nota 3:

Al leer la entrada “Experts” -en la que se cachondea maliciosamente de las volubles aportaciones de los etimólogos repasando sus explicaciones del origen del topónimo “Shotover Hill” (que en 1800 se atribuía a la hazaña de alguien que disparó una flecha por encima de la colina, en la época victoriana a una corrupción del francés “Chateau Vert” para concluir en 1900 que provenía de la fusión de dos antiguas palabras inglesas y que había acabado siendo Hillhill Hill)- no pude evitar acordarme de Hermedesuxo de Arriba, esa aldea de la Costa da Morte de la que algún familiar me explicó cómo, del suevo, habíamos acabado en Arribaarriba de Arriba.

Don Covay (1938-2015)

Despedimos hoy a un excelente vocalista y compositor que, entre muchas otras cosas, enseñó a Mick Jagger a cantar soul. Para muestra, este botón en el que, además, es un bisoño Jimi Hendrix el encargado de las seis cuerdas.

Miedo y Terciopelo

Acabo de darme cuenta de que dos de las canciones que más me gustan de las carreras post Velvet Underground de John Cale y Lou Reed tratan sobre el miedo (y son terroríficas):
«Fear is a man’s best friend«- John Cale (1974) 
Un cada vez más insistente y fuerte piano acompaña -de la placidez a la cacofonía- esta paranoica canción de Cale sobre el miedo, la vida y la muerte.
«Waves of Fear» – Lou Reed (1982)
La mejor canción del excelente LP «The Blue Mask»  evoca a la perfección los pánicos nocturnos de un politoxicómano sólo en su habitación, ya sin alcohol ni pastillas, viendo extraños bultos por el suelo y sin atreverse siquiera a encender la luz. Alucinante guitarra del ex-Voidoid Robert Quine.

Nota:
Ambas dan para extensas y brillantes interpretaciones en directo. De la de Reed, merece la pena ver cómo la tocó en el desaparecido programa de RTVE  «La Edad de Oro» (¿Por qué ya no se hacen programas así?)