(H)ojeando anoche el brevísimo libro de Augusto Monterroso “Obras completas (y otros cuentos)” me impactó encontrar un relato que recordaba vívidamente de mi niñez pero con un final bien diferente: la historia de alguien que, ante una cita con el patíbulo, se sirve de información privilegiada (la fecha y hora de un eclipse solar total) para intentar evitar su inminente ejecución.
Fue así, gracias a un recorte de prensa, que el intrépido reportero belga consiguió escapar a su cita con la hoguera en “Tintín y el Templo del Sol”, dejando boquiabiertos a los incas (y a los impresionables lectores) al ordenar al día que se volviese noche para aterrorizar a sus verdugos y obtener su perdón.
El protagonista de “El eclipse” de Monterroso -un evangelizador de la época de Carlos V- no tenía recorte de periódico al que recurrir así que tiró de su erudición aristotélica para amenazar a los indígenas que lo habían capturado en plena selva guatemalteca con apagar el sol. Pero:
“Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras los indígenas recitaban sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles”.
Al comentar la coincidencia con Bego, me enteré de que existía, al menos, otra versión de la historia, la de Hank Morgan -aquel yanqui de Connecticut del libro de Mark Twain-que recurre al mismo truco para lograr que el rey Arturo no sólo no lo ejecute sino que lo nombre ministro.
Tanto “Tintín y el Templo del Sol” que se publicó en 1949, como “El eclipse”, de 1959, son bastante posteriores a la aparición de la novela de Twain (1889). Ignoro si ambos tomaron de ella la idea, o si la historia es aún anterior, uno de esos relatos que surgen no se sabe dónde ni cómo y aparecen después aquí y allá con variaciones que unas veces son mínimas y otras cuestión de vida o muerte.
Una de las primeras entradas de este blog, estaba dedicada al gran John Storm Roberts, el hombre responsable de inocularme el interés por la gloriosa música africana de mediados del siglo pasado. El texto acababa con una nota en la que pedía ayuda para conseguir la inencotrable cinta “Afro-cuban comes home” (1986) en la que -comentando selectos ejemplos musicales- Roberts explica la influencia decisiva de la música cubana o el soul en el nacimiento y la evolución de la música congoleña moderna, un gran ejemplo de eso a lo que en otra entrada me referí como «trasiego trasatlántico».
Pues bien, tras años de búsqueda, mis plegarias han sido atendidas y el usuario “seawall” del foro islandmix colgó la cara A de la cinta, y, al ponerme en contacto con él tuvo la amabilidad de compartir también la cara B.
Como a estas alturas es absolutamente inencontrable más que en alguna biblioteca académica y en el fondo es poco más que un programa de radio de hace casi treinta años, no creo inflingir ninguna ley compartiendo aquí la lección del maestro Roberts. Aunque sólo fuese por la inmortal “Merengue Fa Fa”, que no he encontrado en ningún otro lugar, ya merecería la pena la escucha. Pero hay bastante más:
Los jamaicanos son los reyes del reciclaje. Si un “riddim” funciona, lo aceleran, ralentizan, comentan o desmontan hasta la evanescencia. Y si consideran que lo merece hasta le pueden dedicar uno de esos “discos-de-un-sólo-ritmo” a los que son tan dados.
Este tema en concreto empezó en la era rocksteady y tras un largo periplo acabó el milenio en manos de Massive Attack. El tema no tiene nada que ver con el hombre de la puerta de atrás que viene a por tu chica de Howlin’ Wolf, sino con la violencia doméstica en casa del vecino.
The Paragons – “A Quiet Place” (1967)
Su compositor, John Holt, y sus Paragons fueron los primeros en grabarla.
I-Roy- “Noisy Place” (1970s)
Excelente comentario de I-Roy.
Horace Andy- “A quiet place” (1976)
La primera vez que la grabó, bastantes años antes de volver a tocarla en su sonada colaboración con Massive Attack.
Dr. Alimantado- “Poison Flour” (1976)
Una de las grandes canciones de su debut. La más frenética del lote, sigue siendo mi versión favorita del tema.
King Tubby- “A Noisy Place” (1970s)
Una lectura dub por uno de los maestros del género.
The Paragons con Sly & Robbie- “Indiana James” (1981)
Una reencaranación del grupo que la tocó primero se une a los ubicuos Sly&Robbie para adaptar el tema en un extraño disco llamado “Raiders of the Lost Dub”.
Slits- “Man Next Door” (1980)
Las Slits (ver el post “Reggae nuevaolero”) en una de sus exploraciones del reggae. Este tema en concreto, lo conocí gracias a “Wanna buy a bridge?”, mi recopilatorio post-punk favorito.
Massive Attack- “Man Next Door” (1998)
Modernizándolo con una pizca de The Cure, una colaboración vocal de Horace Andy y su característica magia de estudio, Massive Attack pasó la canción a mucha gente que difícilmente se le acercaría en alguna de sus precendentes formas reggae.
La tesis de este magnífico libro de Bernard Rudofsky- y de la exposición homónima en el museo Cooper-Hewitt en 1980- es que nuestra tendencia a confundir alimentarse con comer, lavarse con bañarse o el aburrimiento con el ocio ha aniquilado la sustancia de lo doméstico; que aunque nos hayamos beneficiado enormemente de la mecanización en tantos aspectos, en la casa hemos perdido la batalla. Para intentar ver qué es lo que hemos perdido, Rudofsky dedica un capítulo al comer, otro al sentarse, otro a la higiene corporal, otro al bañarse y otro al dormir.
El primer capítulo (“Modales a la mesa en la Última Cena”) demuestra que nuestra forma de comer, sentados a una mesa, es algo muy reciente y que durante siglos la gente ha preferido comer recostada. Ese San Juan apoyando su cabeza de manera extraña en el pecho de Jesucristo que se ve en tantas representaciones de la última Cena tiene su explicación en que intentaban ser fieles al evangelio a la vez que pintaban una forma de cenar muy diferente a la que realmente tuvo lugar. Y a partir de ahí, nos va mostrando lo artificioso que es comer con cubiertos (algo que sólo hacían los caníbales), lo ridículas que son esas orejas que añadimos al cuenco para convertirlo en taza o por qué a veces encontramos un triclinium en algún viejo cementerio.
En la parte dedicada al asiento (“Sentarse Mal”), reflexiona sobre la infinidad de maneras de sentarse a las que hemos renunciado al pasar de sentarnos en el suelo a las “ergonómicas” sillas de hoy; sobre la sado-pedagogía de tantas sillas infantiles, sobre la adoración del trono, sobre las implicaciones sexuales del columpio o sobre el interés por el yoga como camino para recuperar todo el repertorio de posturas perdido.
En cuanto a la higiene («Higiene de descuento«), compara nuestra preferencia por la imperfecta limpieza en seco mediante el papel con las maneras de otros tiempos y culturas bastante más pulcros, analiza la tormentosa relación de los norteamericanos con el bidé, y desvela que lo que algunos intrépidos turistas compran creyendo que es una pipa es en realidad un utensilio para que tanto hombres como mujeres pudiesen mear con mejor puntería.
El baño («El baño convival«) era algo totalmente hedonista que se practicaba en comunidad una vez limpios. Podía durar horas y gente tan venerable como Benjamin Franklin lo practicaba dos veces al día (aunque él, como Marat, lo prefería en solitario y en sabotière). Los japoneses ofrecían a sus invitados un buen baño antes de un banquete, y a veces hasta se comía en la bañera.
La cama («El dormitorio obsoleto«) era también un lugar para la convivencia. En Japón toda la casa era una cama y la forma actual de las nuestras tiene su origen en el refugio de la porquería en la que vivíamos. Toda la inmensa variedad de camas escamoteables (muestra una surrealista cama-piano plegable), al igual que sucede con los jacuzzis y muchos otros de los objetos analizados en el libro es sólo una muestra de nuestra inexplicable preferencia por cachivaches caros y artificiosos frente a soluciones razonables y gratuitas.
Independientemente de lo aplicables que puedan ser algunas de las formas de vida rescatadas por Rudofsky (de las que sólo me he referido a unas pocas de pasada y sin el imprescindible material gráfico que las devuelve a la vida), su conocimiento nos permite atisbar la riqueza que puede llegar a haber en las acciones más cotidianas del ser humano. Un breve pero ambicioso ensayo sobre “el arte perdido de vivir” que desgraciadamente nunca se llegó a editar en español. A ver si alguien se anima.
Llevo unas semanas explorando “Really the blues?”, el (pen-)último ensayo musicado de Allen Lowe, uno de mis mayores héroes culturales. Primero fue “American Pop from Minstrel to Mojo. An audio history”, una fascinate colección de 9 cds que conseguía transmitir a la perfección el mosaico musical previo al nacimiento del rock and roll y que, más de una década después, sigue siendo una de mis más preciadas posesiones. Luego vino el excelente “That Devilin’ Tune”, su personal visión de la historia del jazz en 36 volúmenes. Y ahora, el blues.
Lowe, que además de una enciclopedia con patas es un reconocidísimo saxofonista, tiene lo que hay que tener para llevar a buen puerto proyectos tan ambiciosos sin aburrir a las culebras: unas orejas privilegiadas. Metes cualquiera de los 36 cds en el reproductor y, si lo escuchas despreocupadamente, es como si hubieses sintonizado la mejor emisora de música añeja del mundo. Vacas sagradas indiscutibles se mezclan sin solución de continuidad con “one-hit-wonders”, predicadores rurales, sofisticados músicos de jazz, hilbillies borrachos, jug-bands de diverso pelaje, western-swingers, fragmentos de compositores “clásicos” como Copeland, Ives o Partch, beatnicks, rockeros salvajes como Link Wray o los Wailers, coros gospel, cantautores folk y hasta ¡una orquesta rusa de la era estalinista!.
Si, en cambio, aprovechas para ir leyendo el estupendo libro con las anotaciones para cada selección, verás que el mítico “Cocaine Blues” de Johnny Cash lo compuso un tal Roy Hogsed, que el “All is loneliness” de Janis es obra del mítico beatnick Moondog, que Django Reinhardt también tocaba el blues como los ángeles, que el té tejano es marihuana, que en 1931 se hacían canciones celebrando el orgasmo simultáneo, que es una injusticia que el blues de Decca no sea tan celebrado como el de Bluebird o que Peggy Lee, Mae West y Guy Lombardo también merecen un pequeño hueco en su personal visión del blues.
Y es que, como en sus anteriores proyectos, uno de los principales objetivos de Lowe es arrancar el blues de las garras de los apóstoles de la autenticidad que sólo se interesan por el color o situación social del artista para valorar su música (este proyecto en concreto surgió de un encontronazo con uno de esos apóstoles: Wynton Marsalis ). Para Lowe, el blues es desde sus orígenes algo multiforme, mestizo y transversal que puedes encontrar en los lugares más inesperados -tiznando una pieza de jazz, agazapado en algún éxito pop o impregnando algún lamento country-.
Veamos, por ejemplo, su anotación del alucinante pregón de la vendedora Edna Thomas: “Las notas de la re-edición en cd que incluye “Street Cries of New Orleans” de Edna Thomas (1925) advierten de que la cantante, pese a ser blanca, está incluida a regañadientes en esa colección porque testigos negros acreditan la “autenticidad” de la interpretación. Mi más profundo agradecimiento a esa policía de lo auténtico; celebro que pasase el examen porque sino jamás habría encontrado esto. La gran claridad y sabiduría de su interpretación evoca otro mundo en el que el blues se entremezclaba con las necesidades prácticas de blancos y negros empobrecidos por raza o circunstancias vitales. Tal vez sea aquí donde el alma del hombre (y la mujer) nunca muere, en el grito espiritual de la necesidad: Por favor compra lo que vendo.”
Por favor, comprad también lo que Lowe vende. Debido al hundimiento de la industria cultural, las ediciones de sus proyectos son cada vez más precarias. De la caja modesta pero más que decente del “American Pop from Minstrel to Mojo” pasamos a las mucho más cutres de “That Devilin’ Tune” y, finalmente a este “Really the Blues?” del que sólo consiguió editar comercialmente el primer volumen. Para conseguir los demás (o el lote completo), no queda otra que escribir un correo al señor Lowe para que, bajo pedido, te “tueste” los cedés que desees a precio prácticamente de coste. Que proyectos tan ambiciosos se lleven a cabo sin ningún apoyo institucional y apenas tengan difusión es un triste reflejo de los oscuros tiempos que vivimos.
Arata Isozaki parió una singular estructura arbórea para marcar el escondido acceso al complejo Caixa-Fórum de Barcelona y proteger de la lluvia las escaleras mecánicas que llevan a él.
Sin relación formal alguna ni con la modernista fábrica Casarramona que acoge el complejo ni con el más que discutible guiño al pabellón de Mies en forma de patio deprimido que le plantificó delante a modo de atrio, estos árboles artificiales me parecían una feliz síntesis de escultura, naturaleza y mobiliario urbano. Su frescura me acercaba a un arquitecto por cuya obra nunca había sentido especial admiración.
De ahí mi decepción al encontrar en la siguiente imagen -del apartado relativo a “Estudios Experimentales” en el catálogo de la exposición que el MOMA dedicó en 1972 al genial Frei Otto- la prueba de que esa estructura, además de un padre, tenía un abuelo.
El breve ensayo “¡Democracia!” de Paolo Flores d’Arcais (Galaxia Gutemberg, 2013) sostiene que la lucha contra el “capitalismo sin democracia” en que vivimos no pasa por inventar un nuevo programa de cambio social sino por seguir hasta sus últimas consecuencias el pisoteado principio básico de “una cabeza, un voto”.
Para ello, es imprescindible desenmascarar incansablemente los sucedáneos que constantemente intentan suplantarlo: “una bala, un voto”, “una moneda, un voto”, “una falacia, un voto”, “un show, un voto”, o “una bendición, un voto”, tarea a la que dedica buena parte del libro.
La democracia es “la revuelta permanente y jamás satisfecha para acercarse a la democracia”, a esos mínimos que el autor resume en “…no consentir que la ley sea más igual o menos igual para alguien que para los demás, el compromiso con un bienestar social que permita una igualdad de oportunidades iniciales, el respeto hasta la devoción por las modestas verdades de hecho y la exigencia inflexible de una información que les rinda culto, la práctica obstinada del espíritu crítico para perseguir un iluminismo de masas, el rigor de una laicidad que sea por tanto indistinguible del laicismo, la hostilidad siempre alerta ante cualquier privilegio que no pueda exhibir patentes de utilidad general argumentadas, la perseverancia cotidiana en la promoción del ethos republicano…”.
“El poder de los sin poder” nunca se consigue definitivamente. Es una lucha en la que cada día hay que “poner nuestro grano de arena para evitar dejar el campo libre a los prepotentes del sistema”. En eso consiste ser ciudadanos.
Para D’Arcais, hasta que la derecha se comprometa con la igualdad y contra el privilegio de la riqueza, la verdadera democracia sólo podrá ser “de izquierda”. De una izquierda fiel al ideal de “justicia y libertad”, no las “izquierdas traicionadas” de la URSS de Stalin y Brezhnev -que coqueteaba con el fascismo- o de la Inglaterra de la era Blair, cuando un elector inglés sólo podía realmente elegir entre dos derechas.
Ante el pesimismo generalizado de la izquierda, reconforta pensar que la solución a sus males –y los nuestros- no está por inventar sino que se encuentra en el respeto a aquellos mismos principios que permitieron a Thomas Jefferson -mucho antes de que sus sucesores los traicionasen al meter a Dios en el juramento (“under God…”) y en la moneda (“In god we trust”)- fundar la primera democracia moderna.
Nada hay tan original como ir al origen, nada tan radical como ir a la raíz.
Los aficionados a las músicas populares anteriores al rock and roll se habrán probablemente encontrado con el nombre de Richard K. Spottswood como recopilador o autor de las notas de algún disco (en mi caso, los calypsos que recopiló para los sellos Rounder y Bear Family, el libreto de «Goodbye Babylon», la caja de Charley Patton o el volumen póstumo de la antología de Harry Smith).
Es uno de esos individuos –como Joe Bussard, John Fahey o aquel personaje de la película “Ghost World”- que se dedicaban a ir de casa en casa en los años sesenta buscando discos que – mientras girasen a 78rpm y fuesen anteriores a la guerra mundial- podían ir del jazz, el blues, o el country hasta filones más inexplorados de la música popular como el cajun, los corridos de la frontera mexicana o todo tipo de músicas étnicas desde Turquía hasta el Caribe.
Estudió las grabaciones folk de la Biblioteca del Congreso para su tesis doctoral, elaboró una discografía de referencia en 7 volúmenes -“Ethnic Music on Records: A Discography of Ethnic Recordings Produced in the United States, 1893-1942 (University of Illinois Press, 1990), creó sellos para divulgar su pasión, escribió centenares de notas para otros, y emitió durante años su programa semanal de radio. Convirtió su obsesión en su modo de vida.
Con menos de cuarenta años, la Biblioteca del Congreso le encargó el trabajo de recopilar la gran antología de la música popular norteamericana que querían editar en conmemoración del bicentenario de la independencia de los Estados Unidos. El resultado fue la fabulosa colección de 15 discos “Folk Music in America” que se editó en 1976.
A diferencia de la mítica “Anthology of American Folk Music” de Harry Smith, que se centraba exclusivamente en la música editada comercialmente en un momento muy concreto (1927-1932) y en unas determinadas tradiciones musicales, la visión de Spottswood es mucho más amplia. Nos encontramos – además del blues, country y gospel de rigor- formas mucho menos conocidas como calypsos, música de inmigrantes ucranianos o polacos, cánticos Amish, música callejera negra o la canción religiosa de los indios Passamaquuoddy grabada en 1890 que cierra el último disco.
Dos discos de música religiosa, tres de música de baile (breakdowns, waltzes, reels, polkas, ragtime, jazz, etc.), nueve de canciones (de amor, migración, protesta, trabajo, muerte, guerra, humor, historia, e infantiles) y uno dedicado a la música tocada en solitario. Todos ellos maravillosamente anotados, con las letras, los créditos musicales, los eventos que inspiraron cada tema y referencias a otras grabaciones relacionadas. Un auténtico festín.
En una entrevista de hace unos años, Spottswood explicaba que había intentado varias veces reeditarla, pero que la gente de la Biblioteca del Congreso ¡consideraba que no era lo suficientemente folclórica!. Así que no quedaba otra que intentar localizar los vinilos y conseguí juntar una decena antes de que empezaran a escasear hasta el punto de hacerme desisitir de completar el lote.
Pero, ¡maravillas de Internet!, un alma caritativa se ha pegado el palizón de digitalizar tanto la música como los libretos, y los ha colgado en su blog para compartirlos con el mundo entero. Buen provecho.
En el Kamalea -un pequeño bar en la plaza de San Martín Pinario de Santiago escalonado en dos niveles-, una gran encimera de mármol blanco -dispuesta a esa altura precisa que le permite funcionar con naturalidad como barra por un lado y mesa por el otro- se convierte en el elemento central del espacio y logra transformar un difícil problema en el principal atractivo del local.
Al darle vueltas a lo agradable que resulta esta particular relación espacial, recordé dos proyectos singulares en los que se deprimen intencionadamente las cocinas para explotar las posibilidades arquitectónicas del desnivel.
Carling House – John Lautner (1947-1949)
Esta pequeña casa de un único dormitorio es, en mi opinión, una de las más logradas del heterodoxo maestro californiano. Bajo el techo hexagonal -soportado únicamente por tres apoyos- se sitúa la sala en la que la pared-sofá situada al sur pivota sobre la terraza para abrir literalmente la vivienda al exterior en verano. La cocina se relaciona con la sala a través de una barra que relaciona los dos niveles exactamente de la misma manera que el bar compostelano.
Edificio Jaragua- Paulo Mendes da Rocha (1984-1988)
Cuando la mayor parte de los arquitectos perdían el culo por aderezar sus obras con guiñ(ap)os posmodernos, nuestro hombre mantenía su fe inquebrantable en el poder de la arquitectura moderna y se sacaba de la chistera este fantástico edificio de viviendas (una por planta), en el que para explotar la posición dominante sobre los valles de los ríos Tietê y Piñeiros, deprime la planta en dos de sus orientaciones, de manera que desde la sala se disfruta de una fantástica vista panorámica por encima de la cocina.
Las viviendas cuentan con escalera de servicio por lo que sospecho que el interés de los propietarios por relacionarse con el cocinero era nulo. En este caso, primaban las vistas desde arriba a la óptima relación entre las dos plataformas por lo que el desnivel es dos peldaños mayor que en la casa Carling o el bar compostelano.
Dos palmos pueden cambiarlo todo.
Bibliografía:
-“Mendes da Rocha”. Gustavo Gili/Blau, 1996
-“Paulo Mendes da Rocha. Fifty Years”.Rizzoli, 2007
Los Clash tenían la teoría de que la canción perfecta debía durar alrededor de tres minutos. Al grabar “Armageddon Time” pidieron al técnico que les avisase cuando se acercasen a ese tiempo para evitar superarlo. El aviso llegó cuando estaban totalmente metidos en la canción y no tenia sentido cortarla abruptamente y por eso se oye a Strummer cantar “Okay, Okay, don’t push us when we’re hot!” y continuar con el tema.
Debido a que la técnica impedía que la duración de un single superase los tres minutos y medio; y la propia estructura de los éxitos pop requería un mínimo de repeticiones del estribillo para que el tema calase en la gente, una gran parte de las canciones clásicas de la era anterior a los lps duraban efectivamente entre algo más de dos minutos y algo menos de tres y medio.
Pero la lista de reproducción de hoy está dedicada precisamente a esas otras canciones (descartando las miniaturas del punk y aledaños que por su abundancia merecerían una entrada aparte) que, sin superar los dos minutos, se han convertido en clásicos “pop” de pleno derecho.
“Words of Love”- Buddy Holly (1957)
Buddy tenía el don de la concisión y tiene bastantes grandes canciones realmente cortas, pero de las míticas sólo ésta (y “Reminiscing”) bajan de los dos minutos.
“Stay”- Maurice Williams & The Zodiacs (1957)
Uno de los grandes clásicos de los años 50, muchas veces versionada pero nunca mejorada. Un minuto y medio de glorioso pop.
“The Letter”- Box Tops (1967)
El inicio de la carrera de Alex Chilton, antes de formar Big Star, cuando parecía que se podría convertir realmente en una Gran Estrella.
“Cool Operator”- Delroy Wilson (1972)
El título se refería en realidad a su amor no correspondido pero acabó convirtiéndose en el apodo de uno de los más grandes cantantes jamaicanos. Un clásico.
“Um oh e um ah”- Tom Zé (1973)
Sólo un fuera de serie puede hacer una canción inolvidable únicamente con “ohs” y “ahs”. Su recopilatorio en la serie “Brazil Classics” de Luaka Bop es uno de mis discos favoritos de todos los tiempos.
Por cierto, la portada del disco «Todos os olhos», donde se publicó originalmente, es un primerísimo plano de un ano con una canica insertada que milagrosamente sorteó la censura de la dictadura brasileña.
“When you find out”- The Nerves (1976)
Un pequeño clásico power pop cortesía de Paul Collins, Peter Case y cía.
“Never going back again”- Fleetwood Mac (1977)
En uno de los discos más vendidos de todos los tiempos se esconde esta pequeña joya por la que siempre he sentido tal debilidad que hago la trampilla de pasar por alto los segundillos que pasa del tiempo reglamentario en algunas ediciones.
“Fragile”- Wire (1977)
Uno de los temas más sentidos del inmortal “Pink Flag”.
“Final Day”- Young Marble Giants (1980)
Un calmante para la resaca punk.
“Themselves”- Minutemen (1984)
Los hombres-minuto se llamaban así por una razón. En el mítico “Double Nickels on the Dime” del que sale este tema, había nada menos que 43 fantásticas canciones de las cuales solo una quinta parte superaban los dos minutos.
“Never talking to you again”- Hüsker Dü (1984)
Y sus compañeros de escudería, pese a su fama de duros, siempre tuvieron su lado romántico, que pocas veces manifestaron tan abiertamente como en esta sentida canción.
“Johnsburg, Illinois”- Tom Waits (1985)
Una de esas miniaturas, con frecuencia instrumentales, que Waits mete a veces en sus discos.
“Five Sticks”- Camper Van Beethoven (1986)
Nunca conseguí entender una palabra de lo que decían pero la música es increíblemente evocadora. Al preparar esta entrada me he enterado de que la parte cantada está reproducida al revés (existe en youtube la versión “backwards”, todo un hallazgo)
“Zurich is Stained”- Pavement (1992)
Uno de los momentos más plácidos de su imprescindible debut.
“Love is like a bottle of gin”. Magnetic Fields (1999)
En un disco tan inagotable como “69 Love Songs” había varias candidatas posibles, pero he optado finalmente por esta meditación sobre las similitudes entre el amor y una botella de ginebra (que no al revés).
La exposición retrospectiva sobre la obra de Rafael Moneo, que se muestra actualmente en la Fundación Barrié de A Coruña, es una ambiciosa muestra que recoge una selección de sus trabajos desde sus inicios –el curioso proyecto de centro emisor en la plaza del Obradoiro que le permitió ganar la beca de Roma en 1962- hasta su triunfo internacional tres décadas más tarde con obras como la catedral de Los Ángeles, el zoco de Beirut o el museo de Estocolmo; y evita ilustrar obras polémicas – como la desafortunada intervención en Ávila, el ayuntamiento de Logroño o la ruinosa residencia del embajador español en Washington- para presentar a la posteridad el legado canónico de este arquitecto. La oportunidad de ver dibujos legendarios –como la axonometría seccionada del museo de Mérida- y fabulosas maquetas de algunos de sus mejores proyectos (Mérida, L’Illa Diagonal), unida a la presentación de proyectos y concursos tempranos muy poco divulgados (Plaza de toros de Vitoria, ayuntamiento de Amsterdam…) justifican por si solos la visita.
Vista en conjunto, la trayectoria del arquitecto español más respetado internacionalmente muestra una constante lucha entre la defensa de ciertos valores intemporales (la seriedad, la solidez, el respeto al contexto y la tradición) y el deseo de estar a la última participando activamente en las discusiones teóricas y tendencias internacionales de cada momento. El hecho de que su obra responda a sólidos postulados teóricos le ha permitido jugar un papel decisivo, tanto desde la docencia como desde el ejemplo que dan sus propias obras, en la transmisión y promoción de ese mesurado clasicismo moderno que ha caracterizado buena parte de la mejor arquitectura española contemporánea, aunque su obra se haya alejado con frecuencia de él.
Rafael Moneo necesita explicar el porqué de sus obras, como demuestra el propio título de esta exposición “Rafael Moneo. Una reflexión teórica desde la profesión. Materiales de archivo (1961-2013)” o la publicación hace unos años de “Apuntes sobre 21 obras” donde cada proyecto le servía para explicar la aplicación de un concepto teórico (Urumea y “el tipo”, Bankinter y “la geometría de lo contingente”, Logroño y “los edificios como fragmentos de ciudad”…). El rigor académico que le ha permitido crear escuela y -al minimizar los riesgos- asegurarse un alto porcentaje de aciertos, tiene como contrapartida la dificultad de construir obras que emocionen con la intensidad que lo hacen las de algunos otros arquitectos que se dejan guiar en mayor medida por el instinto y -conscientes de lo impúdico que resulta ventilar en público su poética personal- prefieren hablar únicamente a través de sus obras.
Nota:
Como contrapunto a las unánimes alabanzas, recomiendo leer a Juan Díez Del Corral, la única voz realmente crítica que he encontrado contra Moneo y su obra. A mi me ha hecho replantearme algunas cosas:
“Sweet Soul Music”, el libro definitivo sobre la música soul sureña de la década prodigiosa, escrito por Peter Guralnick -autor también de los muy recomendables “Lost Highway”, “Feel Like Going Home” y de la monumental biografía de Elvis “Last Train to Memphis”-, consigue recrear a la perfección esa convulsa época de lucha por la igualdad racial, explicar la revolución musical que supuso fusionar el rhythm&blues con el gospel y relatar, con una prosa clara y adictiva, la historia de los principales estudios y artistas.
Como colofón, además de la bibliografía de rigor, incluye un extenso apéndice discográfico de 16 páginas en el que recomienda los discos esenciales de este género que me ha servido de guía desde que lo leí hace ya casi 20 años. Al comentario en profundidad de las grabaciones de las figuras clásicas (Aretha, Otis, James…), le sigue una serie de listas de singles agrupadas por conceptos (“Blue Eyed Soul” sobre el soul blanco, “I have a dream” sobre la lucha por la igualdad de derechos, “Brother Acts” sobre música hecha por hermanos,…) que acaba con la misteriosa “MR. C.’S ALL TIME LOST SOUL” comentada por el enigmático Sr. C- que al parecer le grabó excelsas cintas al autor durante años- y que recopila y comenta aquí personalmente una docena de singles raros que en su opinión resultan imprescindibles.
Durante años, de esa lista, sólo llegué a conocer la inmortal “I Don’t Know What You’ve Got (but it’s got me)” de Little Richard- a la que el Sr. C dedicaba las siguientes palabras: “La única competidora del “Dark End of the Street” de James Carr para el título de mejor balada soul de la historia. Jimi Hendrix como guitarrista, Don Covay como compositor, Richard Penniman como vocalista. El monte Rushmore del soul”. Coincido en que es una de las candidatas al trono.
Pero hete aquí que, curioseando por la red, encontré el blog del señor Guralnick y, para mi sorpresa, en una entrada de la primavera pasada me tropiezo con la hasta ahora inencontrable lista completa acompañada de unas palabras de esa autoridad soulera en la sombra que se esconde tras las siglas Mr C.
Ibrahim Sylla tuvo durante años la exclusiva para reeditar en sus sellos Sonodisc y Syllart gran parte de las joyas de la música africana y lo hizo con un desprecio total por el fantástico archivo sonoro del que era custodio. Era -y en muchos casos sigue siendo- la única manera de conseguir según qué cosas y, a falta de alternativas, había que pasar por caja aunque las ediciones fuesen paupérrimas, con los títulos mal escritos y sin ninguna información sobre las fechas o los participantes en las grabaciones. Una vez ordeñado múltiples veces el legado (primero en lp, luego en cd, luego otra vez en cd en versión mejorada para la serie “African Pearls”), el señor Sylla cedió los derechos a la gente de Sterns para que pudiesen editar los recopilatorios definitivos de las figuras más señeras de la música guineana, congoleña o senegalesa.
La serie dedicada al Congo cuenta ya con retrospectivas de Franco (2 imprescindibles cedés dobles), Tabu Ley Rochereau (otros dos casi del mismo calibre), Mbilia Bel, o Papa Wemba, pero siendo un país tan rico musicalmente es de agradecer que hayan decidido continuar su encomiable trabajo con esta retrospectiva “Le Grand Kalle. His Life, His Music”- un libro-cd con más de 100 páginas, escrito y recopilado por el experto Ken Braun- dedicada a la obra de Joseph Kabaselle, Le Grand Kalle.
Kabasele es uno de los dos patriarcas de la rumba congoleña y, de su banda, African Jazz, por la que pasaron leyendas como Rochereau, Izedi, el Dr. Nico, Dechaud o Manu Dibango, salió una de las dos grandes escuelas rumberas (la de African Fiesta, African Fiesta Sukissa, African Team, African Fiesta National). El otro era su rival Franco y su Tout Puissant OK Jazz.
Es una recopilación estupenda, sabiamente anotada y, al leer las notas, aprendes más no sólo sobre estos músicos sino sobre la propia historia del Congo: desde el tráfico de esclavos hasta la interminable dictadura de Mobutu, pasando por la Independencia (festejada en las inmortales “Indépendance Cha Cha” y “Table Ronde”) y el derrocamiento por la CIA del legítimo presidente Patrice Lumumba, al que Grand Kalle frecuentó y apoyó, y cuyo posterior asesinato contribuyó al declive de la meteórica carrera del cantante.
El primer disco está dedicado a la época dorada (1951-1962), cuando Dechaud, el Dr. Nico y Rochereau estaban en sus filas, y el segundo a la etapa posterior a su desbandada por desavenencias económicas y de reconocimiento (1964-1970). Siendo globalmente excelente, hay un cierto bajón de calidad una vez se fueron estas figuras, y en vista de que, sin ser ningún experto, echo de menos varias canciones de este período clásico (“Kelya”, la versión corta de “African Jazz Mokil Mobimbo”, “Mama Tsheba” o su lectura de “El que siembra su maíz” del Trío Matamoros), me queda la duda de si la retrospectiva podría haber sido aún más redonda de haber dedicado ambos discos a ilustrar únicamente la primera etapa de African Jazz.
Nota: En una edición tan cuidada, me ha sorprendido encontrar un gazapo en el listado de canciones. La canción listada como nº 21 del cd1 (Miwela-Miwela) es en realidad la 20 (African Jazz Mokili Mobimbo), y viceversa.
Hay muy pocos héroes de la adolescencia que lo sigan siendo cuando hace ya tiempo que peinas canas o has empezado definitivamente a clarear. Y aún son muchos menos aquellos de los que no sólo te sigue apasionando la música que te marcó a esa edad sino con los que has ido creciendo y han acabado por ser una parte fundamental de la banda sonora de tu vida. Mi fascinación por Lou Reed empezó a los 13 años con el “Rock and roll animal” y el «Coney Island Baby» que nos ruló nuestro único tío roquero, y que me llevó a rastrear poco a poco todo el material de la Velvet que pude -desde el disco del plátano en el catálogo de Discoplay hasta las cintas póstumas “V.U” y “Another View” que tanto me acompañaron en mi año de estancia en el Wisonsin más rural-; el “Berlin” y “Transformer” que me grabé de la colección de la madre de un amigo; o el “New York” que nos demostró que a finales de los ochenta Lou seguía siendo tan “cool” como 20 años antes y que nos impresionó tanto que con 15 años cogimos el tren a Madrid para ver su concierto de esa gira en el Calderón (¡como telonero de Simple Minds!). A partir de entonces me lo encontraba por doquier, en las guitarras de los Feelies y Dream Syndicate o en las canciones de los Only Ones. Pero nunca lo tuve más cerca que tras una memorable actuación sobre el escenario del Palau de la Música durante la gira de “Magic&Loss”, cuando le esperé a la salida con unos cuantos pringados más con la esperanza de que nos firmara unos discos. Salió embozado en un abrigo, titubeó un momento, nos miró huidizamente, se metió en una furgo y desapareció en la noche.