Categoría: libros

El barracón 20 del MIT. Elogio de lo banal

En su ensayo “How Buildings Learn”, Stewart Brand propone introducir el factor tiempo en la valoración de la calidad de un edificio y defiende la tesis de que cuanto más adaptable sea una construcción, mayores serán sus posibilidades de sobrevivir.

mit bldg20

A lo largo del libro va estudiando (e ilustrando con elocuentes ejemplos) varias categorías de edificios con gran potencial de cambio y, entre ellas, destaca su reivindicación de los edificios banales (naves industriales, garajes, caravanas, contenedores…): dado que los usuarios no les otorgan ningún valor más allá de su utilidad, no temen intervenir en ellos mediante bricolaje, agujerearlos, construir forjados intermedios o modificar sus fachadas.

El edificio 20 del M.I.T. – que se construyó durante la segunda guerra mundial (1943) como una instalación temporal en la que desarrollar tecnología militar (allí se desarrolló el radar moderno)- es un anodino edificio de tres plantas, construido exclusivamente con la economía como principio rector, con estructura de madera, instalaciones vistas y particiones interiores de contrachapado. Estaba deficientemente calefactado y aislado, olía a moho y sus forjados crujían bajo el peso de las pesadas máquinas con las que algunos científicos experimentaban.MIT building 20

Sin embargo, consiguió sobrevivir hasta 1998 (cuando Brand escribió su libro, todavía estaba en pie) gracias a que era el contenedor ideal para las actividades más creativas de M.I.T. que no encajaban fácilmente en sus edificios más formales. Los investigadores lo modificaban a voluntad, añadiendo instalaciones sin miramientos y construyendo sus nichos personalizados según las necesidades de cada proyecto.

Building 20 interior

Por allí pasaron más de nueve premios Nobel de Física y allí desarrolló Noam Chomsky sus revolucionarias teorías lingüísticas. Allí se construyó una de las primeras cámaras anecoicas, allí desarrolló Amar Bose sus primeros altavoces y allí se desarrolló la fotografía estroboscópica. El edificio llegó a ser conocido como “la incubadora mágica” por la cantidad de descubrimientos y empresas que en él nacieron.

Desgraciadamente, la presencia de amianto y pintura de plomo acabó justificando su demolición y, lo que es más triste, su sustitución por un mamotreto arrugado de Frank Gehry que, al ser diseñado como “arquitectura de autor”, jamás podrá dar a los usuarios la libertad de intervenir y modificar el edificio que fue lo que hizo tan grande al barracón 20.

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Dos curiosidades:

how_buildings_learn_book-Entre los amigos del autor que leyeron el texto antes de su publicación se encuentran nada menos que el músico Brian Eno y el bueno de Christopher Alexander.

-La BBC hizo una serie de seis capítulos basada en el libro, que todavía no he tenido ocasión de ver.

 

 

El camino del burro

SitteLe Corbusier llamaba “el del camino del burro” al urbanismo defendido por Camillo Sitte en el pequeño libro de 1889 en el que analizaba la forma de cascos antiguos alemanes e italianos para extraer enseñanzas con las que luchar contra los grandes bulevares, las ampliaciones de calles, o las explanadas con tartaleta central que en su época sustituían a las antiguas callejuelas, plazas y foros.

Más de un siglo después, tras el fracaso de aquel urbanismo moderno de zonificaciones, alineaciones, grandes bloques e inhóspitas avenidas , la obra de Sitte ha recobrado su interés.  Su defensa de la complejidad, de la irregularidad, del espacio urbano sobre el objeto arquitectónico, de los edificios que se funden orgánicamente con su entorno suenan mucho más contemporáneos que la tabula rasa moderna de Le Corbusier y sus epígonos, y sus agudas observaciones -sobre las proporciones de las plazas, las posiciones óptimas de monumentos y fuentes, o la paradoja de que los edificios públicos exentos parezcan más pequeños que los que se integran con el tejido residencial- continúan siendo relevantes.

El libro tuvo mucho éxito en su época y se volvió a recuperar en pleno posmodernismo (sus ideas resonaban con algunas de las de Venturi o Rossi) pero, desde la última edición de Gustavo Gili en 1980 (como apéndice al tocho de 400 páginas “Camillo Sitte y el nacimiento del urbanismo moderno” de C.C. y G.Collins), resulta muy difícil encontrarlo en español. Yo lo conseguí hace unas semanas en una edición francesa de bolsillo de menos de 10 euros (“L’art de bâtir les villes”. Ed. Seuil, 1996) que por su portabilidad y falta de pretensiones me parece ideal para acercarse a sus ideas (pista para editores intrépidos).

Y, en cuanto al “camino del burro” de Le Corbusier, me evocó irremediablemente una infame cinta de chistes de “Xan das bolas” que escuchábamos de niños en la que un paisano explicaba a un urbanita cómo, para trazar un camino, seguían a un burro que avanzaba buscando las pendientes más suaves y sorteando los obstáculos que se encontraba.

– ¿Y si no tenéis burro?

– ¡Hombre!, si no hay burro, llamamos al ingeniero.

Creo que a Sitte le habría gustado.

Antiarquitectura y Deconstrucción

Antiarquitectura y Decosntrucción

Desde que leí el hilarante ¿Quien teme al Bauhaus feroz? de Tom Wolfe, los ataques a la modernidad arquitectónica constituyen uno de mis géneros literarios favoritos. Desgraciadamente –debido a que contradecir el consenso “pro-vanguardia” que emana de escuelas, revistas especializadas y suplementos dominicales implica la exclusión de puestos académicos, jurados de concursos o colaboraciones con los medios- las novedades editoriales en este campo son más bien escasas.

Por eso celebro la publicación de Anti-arquitectura y Deconstrucción: El triunfo del nihilismo de Nikos Salíngaros (Diseño Editorial, 2014) -una recopilación de artículos contra lo que Salingaros llama “anti-arquitectura” que incluye colaboraciones de otros autores y se cierra con una entrevista con el pope Christopher Alexander (con quien el autor colaboró durante años en la preparación de “The Nature of Order”)- y que representa una valiente aportación a esta literatura.

Desde luego, hay que ser osado para abrir el libro con las elogiosas palabras del Príncipe Carlos de Inglaterra -ese conservador a ultranza del que tanto se han mofado los arquitectos modernos por sus intentos de combatirlos- y aún más para argumentar con aplomo que la arquitectura moderna es un virus (y una secta) capaz de acabar con la cultura, para discutir el barniz izquierdista que suele atribuirse a toda vanguardia, o para interesarse por la esfera espiritual y religiosa de la disciplina.

El grueso del ensayo está dedicado a desmontar convincentemente el discurso oscurantista (“el virus Derrida”) y el prestigio de las obras “destructoras de vida” propios de los arquitectos “deconstructivistas” (Libeskind, Eisenmann, Koolhas, Tschumi, Gehry…) con referencias a la nefasta influencia de Le Corbusier y algún artículo puntual (el dedicado al museo romano de Richard Meier) que amplían la diana a otras líneas de diseño “anti-arquitectónico”.

No creo que los “deconstructivistas” sean el problema sino sólo su manifestación más extrema y descarada ; los más recatados “minimalistas” también viven por y para la imagen. Por eso, al explicar un proceso global no limitado a la arquitectura deconstructivista, la parte que más me ha impactado de este ensayo es la sugerente explicación del mecanismo mediante el cual algunas imágenes van legitimando determinadas arquitecturas y, a su vez, los edificios vuelven a reforzar dichas imágenes en un proceso patológico – en el que los tics formales modernos funcionarían como los memes de Richard Dawkins propagándose más rápidamente cuánto más simples son- que va cubriendo la faz de la tierra de arquitecturas en el mejor de los casos inertes y en el peor aniquiladoras.

Pienso que el auténtico lenguaje de la arquitectura trasciende los estilos y, por ello, no puedo compartir el odio visceral de Salíngaros hacia la arquitectura moderna y contemporánea. De hecho, me inquieta que el autor incida tanto en cuestiones estilísticas y confiese abiertamente su incomodidad porque uno de los arquitectos que contribuyen un texto al libro (la excelente crítica del museo berlinés de Libeskind que firma Hillel Schoken) proyecte edificios “modernos” y que -exceptuando una mención de pasada a la “modernidad adaptativa” de Dimitri Pikionis- la única práctica contemporánea que parece aprobar sea la arcaizante obra de Alexander, Porphyrios, Krier y compañía. Tampoco creo que haya que promover el advenimiento de un nuevo paradigma arquitectónico sino luchar por promover la buena arquitectura que siempre existe (aunque sea alejada de los focos mediáticos).

Pero –a pesar de las discrepancias mencionadas y de estar convencido de que el mensaje se transmite mucho más eficazmente con humor (y concisión) que cuando se plantea como una cruzada contra un enemigo que encarna un mal absoluto capaz de destruir nuestra civilización- sí simpatizo con la lucha de Salíngaros contra el oscurantismo, el imperio de la imagen, la complicidad de los críticos o la inconsistencia de los discursos seudocientíficos que legitiman esas arquitecturas “vanguardistas” en las que resulta imposible encontrarse bien; y considero que un ensayo que cuestiona tan abierta y apasionadamente el discurso dominante bien merece ser leído y discutido.

Nota: Desgraciadamente, este tipo de iniciativas editoriales no cuentan con los medios que merecen y la edición y traducción dejan bastante que desear por lo que recomiendo a los interesados la versión inglesa del texto.

El no se qué

lenguaje de patrones Se tiende a pensar que el vocabulario de la arquitectura está compuesto por elementos (columna, cornisa, dintel…) o formas (ojival, apaisado…) o que tiene que ver con los estilos (dórico, manierista, art-decó…). Y aunque todos esos vocablos forman indudablemente parte del mundo del arte y la construcción, pienso que -si conseguimos prescindir de la visión estilística e histórica que todo lo impregna- el verdadero lenguaje de la arquitectura se compone más bien de ciertas relaciones entre elementos que se encuentran en infinitas formas y variaciones y en diferentes épocas y culturas.

Christopher Alexander – quien consideraba que celebrar la vida y disfrutar de esos momentos en que nos sentimos más vivos es la finalidad de nuestro breve paso por la tierra y construir un entorno que no sólo posibilite sino que potencie la aparición de tales momentos debería ser la finalidad de la arquitectura- ha dedicado su vida a identificar y explicar este conjunto de relaciones (a los que llamó “patrones”) que permiten que surja lo que el llamó “la cualidad sin nombre” -eso que “las palabras no logran designar porque es más precisa que cualquier palabra” pero a lo que aluden términos como “viviente”, “integral”, “cómodo”, “intemporal”, “suelto y fluido” o “carente de yo”- que comparten las  mejores arquitecturas. Lo llamó “el modo intemporal de construir”, el que la humanidad ha utilizado inconscientemente, sin necesidad de arquitectos, desde la noche de los tiempos hasta que en algún momento olvidó como hacerlo. Lo planteó en “El Modo Intemporal de Construir”, donde expone los principios generales e instrucciones de uso, y lo desarrolló en “Un Lenguaje de Patrones”, donde detalla los patrones propiamente dichos.

Su gran aportación fue conseguir identificar muchas de esas relaciones entre elementos (patterns) que nos hacen sentir vivos para que podamos utilizarlos al intervenir en nuestro entorno. Esos “patrones”, con nombres como “lugar ventana”, “transición en la entrada”, “tejado protector”, “luz en dos lados de cada habitación”, “habitación exterior”, “lugar al sol”, “gabinetes”, “variedad de alturas de techo” o “lugar columna”, me parecen que se acercan mucho a la esencia de la arquitectura tal como la experimentamos las personas. Alexander identificó 253 de ellos y los explicó uno a uno mediante una combinación de texto, dibujos e inolvidables fotografías (y hasta los clasificó por importancia con estrellitas). Una vez los conoces, los encuentras por todas partes en arquitecturas de cualquier época. Miras (y ves) la arquitectura de otra manera. Es un sistema abierto- cada persona puede encontrar otros- que se centra en identificar las situaciones en que nos sentimos mejor y se abstiene de prescribir formas concretas.

Pese a cierto tufillo new-age en la prosa de  “El modo intemporal de construir”, a que la aplicación que el propio Alexander hace de sus teorías de lugar a obras tan arcaizantes como el café Linz o el campus Eishin (cuando creo percibir la escurridiza cualidad sin nombre en obras de Aalto, Barragán, Rudofsky o Scharoun), y a considerar que los arquitectos sí podemos (y debemos) ayudar a mejorar nuestro hábitat, me parece que nadie se acercó tanto como él a la identificación de los verdaderos componentes de la arquitectura –sus “palabras”- que algún día -cuando veíamos la realidad directamente- nos resultaron evidentes pero que hoy necesitamos redescubrir eliminando los miedos, imágenes y filtros mentales que han conseguido separarnos de ellos.

Dicen que sólo conocemos aquello que podemos nombrar pero, paradójicamente, Alexander se aproximó al  lenguaje profundo de la arquitectura persiguiendo lo innombrable -esa  “cualidad sin nombre” a la que también San Juan de la Cruz y Fisac se referían como “el no se qué”.

Nota: Por alguna razón inexplicable (según Díez del Corral -su máximo apologeta nacional- porque su edición reduciría drásticamente las ventas de los demás libros de arquitectura de su catálogo) las obras de  Alexander están descatalogadas por Gustavo Gili desde hace años. Estaría muy bien que alguien se animase a re-editarlas porque están más vigentes que nunca. Lo mismo pude decirse de las de Bernard Rudofsky que, a excepción de «Arquitectura sin arquitectos» y «Los constructores prodigiosos», ni siquiera se publicaron en su día. No es casual que Alexander ilustrase algunos de sus patrones con imágenes de Rudofsky.

Nota 2: La ilustración de este texto es de Nikos Salingaros

El inglés del Rey

the king's english

Kingsley Amis dedicó sus últimas páginas a defender la lengua de sus amores del ataque combinado de chonis y pijos repipis ya que, si dependiese de los primeros (“berks”), la lengua inglesa moriría de impureza (como le sucedió al latín tardío); y en manos de los segundos (“wankers”), sería la pureza la que la mataría (como le sucedió al latín medieval).

The King´s English” – cuyo título es un homenaje al libro homónimo de los hermanos H.W y F.G Fowler (1906)  en el que se inspiró su autor, a la vez que juega con el apodo por el que se le conocía: “King”(sley)- es un compendio de breves textos sobre usos del lenguaje que le producen especial aversión, o en los que intuye que la presión de los medios de comunicación y del inglés americano (“algunos americanismos no merecen ser examinados, hay que aniquilarlos nada más verlos”)puedan provocar su incorporación definitiva a la lengua estándar.

Lucha contra “todo aquello que obligue al lector a detenerse sin beneficio alguno” -la falta de honestidad o precisión, la pereza mental, las repeticiones, la afectación, las frases hechas que ya no significan nada- y entre sus principales enemigos encontramos el lenguaje de los políticos, los titulares de prensa, la etimología popular, el mal uso generalizado algunos términos (trauma, crescendo, deja vu, dilema, panacea…), la manía de recurrir a palabras largas para parecer más interesante (como sucede en español con los que dicen visualizar en lugar de ver o generar en vez de crear) o el equivalente del “lo que es…” del ministro de  Guindos (what X is all about). Dado que el libro es un manual para escribir y hablar mejor, tras analizar la evolución del uso de una palabra o expresión, suele concluir con la advertencia de “emplear con precaución”,  con la recomendación de reformular la frase para evitar utilizarla o, en bastantes casos, con la triste conclusión de que el mal uso continuado la ha vuelto definitivamente inservible.

Es difícil transmitir en una breve reseña el  sentido del humor que impregna muchas de estas páginas, pero, como ejemplo, transcribo su parábola para neutralizar a los que recurren a estructuras latinas o palabras francesas para darse aires, el hilarante diálogo en el que escenifica el nacimiento de la lengua de Voltaire, que no dio sus primeros pasos en una corte perfumada sino en algún estercolero:

Legionario (en latín vulgar): – Quiero agua. Dame agua. Aquam

Paisano- ¿Eh?

L.:- ¡Aquam! Di Aquam, gilipollas. Venga- aquam

P.:- ¿Oh? (deletreado eau cuando alcanzaron la escritura siglos después)

L.: –Tráela a lo alto del acantilado. Altum

P.:- ¿Eh?

L.:¡Altum! Di altum, cabeza de chorlito. Venga- altum

P.: ¿Oh? (deletreado haut….)

Como explica su hijo Martin -en un prólogo que arranca con el genial micro-perfil biográfico (“Kingsley Amis era un padre indulgente. Su estilo paternal puede describirse como amigablemente minimalista- en otras palabras, mi madre lo hacía todo”)- muchas de sus manías han quedado definitivamente desterradas del inglés actual y pueden parecer trasnochadas (por no hablar del machismo de alguna entrada) pero la lectura del libro continúa siendo de lo más recomendable para cualquiera que ame este idioma.

Nota:

El libro es intraducible, a diferencia del recientemente editado “Everyday Drinking” (“Sobrebeber”, Ed. Malpaso, 2013) que recopila sus escritos sobre bebidas alcohólicas, y que recomiendo encarecidamente a todos los que disfruten con el humor y/o la bebida. Hay ya muchas buenas reseñas (como la de El Comidista) por lo que no creo que merezca la pena añadir una más al coro unánime de elogios.

Nota 2:

Sería fantástico que alguien hiciese un trabajo similar sobre el español (lo más parecido que he leído, aunque mucho menos cáustico, fueron aquellos estupendos dardos en la palabra de Lázaro Carreter en El País).

Nota 3:

Al leer la entrada “Experts” -en la que se cachondea maliciosamente de las volubles aportaciones de los etimólogos repasando sus explicaciones del origen del topónimo “Shotover Hill” (que en 1800 se atribuía a la hazaña de alguien que disparó una flecha por encima de la colina, en la época victoriana a una corrupción del francés “Chateau Vert” para concluir en 1900 que provenía de la fusión de dos antiguas palabras inglesas y que había acabado siendo Hillhill Hill)- no pude evitar acordarme de Hermedesuxo de Arriba, esa aldea de la Costa da Morte de la que algún familiar me explicó cómo, del suevo, habíamos acabado en Arribaarriba de Arriba.

Divide y ampliarás

Mi padre dejó de comprarnos libros infantiles guiado únicamente por su instinto y empezó a leer los finales para asegurarse de que eran felices a partir de mis desconsolados sollozos al terminar “Los 79 cuadrados”, que me había traído con la intención de animarme en los últimos coletazos de una gripe. 79 squares M-Bosse Por lo que recuerdo, era uno de aquellos libros de la colección juvenil de Alfaguara (“La roja”) que trataba de cómo un chico, tras acosar con sus compañeros a un anciano que se había mudado al vecindario, acaba convirtiéndose en su amigo, conociendo la triste historia de su largo cautiverio y –lo que hoy nos interesa- aprendiendo de él como llegar al infinito mediante la división.

El pobre señor, para evadirse de las cuatro paredes en que pasó la mayor parte de su vida por algún error de juventud, examinaba cada día con la máxima atención una pieza de pavimento o un trozo de pared, descubriendo las figuras ocultas, las sombras y los matices que en realidad contienen las cosas; y le enseñó al joven a descubrir el infinito en lo pequeño mediante una retícula de 79 cuadrados trazada con hilos y estacas en un prado que el joven iba explorando día a día, recinto a recinto. (Mis llantos, por cierto, los provocó la previsible -pero inesperada para un niño de 10 años- muerte del anciano con la que acababa el libro).

Me acordé de esa historia, tras casi tres décadas de no pensar en ella, al tropezarme en las lecturas de estos días navideños con dos textos que, de alguna manera, se refieren a los mágicos efectos amplificadores que puede tener la división de un espacio. behind the picture window rudofskyEn el capítulo del fantástico libro “Behind the Picture Window” (Oxford University Press, 1955) dedicado a reivindicar la habitación exterior como algo esencial en toda casa que se precie, Bernard Rudofsky critica la manía norteamericana de desperdiciar la mitad de la parcela regalándosela a la calle al convertirla en un césped a la vista de todos (front-lawn), sin utilidad alguna para el juego o el descanso, y al describir lo que ocurriría si se cerrasen con muros (como, por cierto, nos muestran magistralmente tantas obras de Barragán), hace la siguiente reflexión: “Cerrado con muros, el pequeño trozo de tierra se expande visualmente, en lugar de encogerse, y cada subdivisión parece incrementar su superficie. La naturaleza de esta ilusión óptica es conocida desde hace siglos. Simplemente olvidamos como sacarle partido

La Habitación_Xavier Monteys

Y en “La habitación” (Gustavo Gili, 2014), el último ensayo de Xavier Monteys, hay un capítulo dedicado al fascinante relato “Una habitación y media” de Joseph Brodsky en el que éste relata su vida en una kommunalka, un espacio que el gobierno comunista les adjudicaba (a razón de 9 m2 por persona) subdividiendo habitaciones de antiguos palacetes o edificios burgueses. Es un relato genial de sus peleas por la intimidad, por construir barricadas con cajas y muebles, para finalmente, conseguir segregar -de los 40 metros correspondientes a su familia- sus propios diez metros cuadrados, “los mejores diez metros cuadrados que conoció en su vida”:

Si hay un aspecto infinito en el espacio, no es su expansión sino su reducción, aunque solo sea porque la reducción del espacio, por extraño que parezca, es siempre más coherente, está mejor estructurada y tiene más nombres: celda, armario, tumba. Las ampliaciones tienen únicamente un gesto amplio.”

Consejos de un rey

on writing stephen king tenth anniversary

Resulta imposible saborear pausadamente un libro de Stephen King. «On Writing» («Mientras escribo» en su versión española), el ensayo que recoge sus reflexiones sobre el oficio de escribir, no es una excepción. Lo devoré en dos tardes.

Subtitulado «Una memoria del oficio«, la obra tiene tanto de autobiografía como de manual para aspirantes a escritores ya que -como buen literato- King necesita contar historias (en este caso, su historia) para transmitir ideas. La historia de un niño sin padre que adoraba a su madre y a quien los pedos en su cara de una cruel cuidadora prepararon para las futuras críticas literarias. Un adolescente que flipaba con las películas de serie B y siempre estaba dispuesto a revolucionar el patio desde las páginas del periódico escolar.Un licenciado que malvivió muchos años en un tráiler trabajando en una lavandería (donde los gusanos de los manteles manchados de marisco le subían por los brazos), sin dinero para las medicinas de sus hijos, adicto a la cerveza (bebía cada noche una caja de latas de medio litro) a la coca y al valium.

Alguien que, pese a todo, nunca dejó de leer y escribir febrilmente, y al que el inesperado éxito de «Carrie» -una yuxtaposición de telequinesia, menstruación y recuerdo de los marginados de su instituto a los que también el reconoce haber machacado- le permitió milagrosamente empezar a vivir de su pasión. Alguien capaz de admitir sus fracasos -califica «Máximum Overdrive» de pestiño- y reconocer que las drogas y el alcohol contribuyeron a que «Tommyknockers»  y «Cujo» se encuentren entre sus novelas más flojas.

Los dos breves escritos autobiográficos que abren y cierran el libro, esa mini-autobiografía que cubre su etapa formativa y el relato del accidente que casi lo envía al otro barrio, nos hacen desear que algún día se anime a escribir unas auténticas memorias; pero el objetivo central del texto es transmitir generosamente una serie de recomendaciones para los que empiezan y dudan: desde su desconfianza por los perfiles de personajes y los esbozos de la historia hasta el peligro de abusar de los adverbios, la voz pasiva o los flashbacks; desde la importancia de escribir la primera versión con la puerta cerrada y la segunda con la puerta abierta hasta la conveniencia de tener un lector concreto presente cuando escribes (en su caso, su adorada mujer Tabitha); desde un ejemplo comentado de como editar un esbozo hasta otro de como escribir una carta a un potencial representante y, como colofón -para reforzar su idea de que lo más importante es leer, leer y leer-  dos interesantes listas con las novelas que más le han gustado en los últimos años.

Contadas con un estilo directo y sincero que atrapa al lector y le permite conocer a este hombre sencillo que ha cautivado la imaginación de millones de lectores, muchas  de sus reflexiones te rondarán la próxima vez que te sientes a escribir. Una lectura de lo más recomendable y, para muchos, su mejor libro.

Amables personajes

Oscar Tuwsquets_Amables Personajes

Oscar Tusquets Blanca es uno de esos ensayistas (como Félix de Azúa o el difunto Juan Antonio Ramírez) con los que me resulta imposible resistirme a pasar por caja cuando veo su última obra en alguna librería.

Desde el ya lejano “Más que discutible” que me deslumbró en los últimos años de carrera, encuentro sumamente adictiva esa prosa ligera y transparente, que renuncia a formular grandes teorías y deja que sean las pequeñas anécdotas, observaciones y vivencias personales las que cuenten la historia.

De hecho, la clave misma de su escritura aparece en la cita de Merimée a la que se refiere en dos ocasiones (“Disperso Anecdotario Correano” y “Un añorado Tom Wolfe”): “De la historia sólo me interesan las anécdotas”, reformulada por el autor como: “Por favor, intelectuales, denme anécdotas que las conclusiones ya las sacaré yo mismo”.

Ese enfoque hace que todos sus libros sean, en cierto modo, autobiográficos y esta serie de perfiles de amables personajes (más en el sentido de a(d)m(ir)ables que en el de am(ig)ables”) que trazan su biografía tanto vital como intelectual, lo es en aún mayor medida que los anteriores.

Haber intimado con Dalí, Antonio López, José Antonio Fernández Ordóñez, Coderch, Miró, Blahnik, Barceló, Bofill o Leni Riefensthal da para anécdotas muy jugosas; y con aquellos personajes que no trató personalmente (Gaudí, Domenech i Muntaner…) sí estableció relaciones profundas (pasar de máximo opositor a la Sagrada Familia a apologeta y restaurar varias de sus obras, respectivamente) de las que extraer chascarrillos y enseñanzas.

Si alguna crítica puede hacérsele al libro es que algunos perfiles (Bertín Osborne, Kate Moss) parecen metidos un poco con calzador ya que en ellos se rompe este vínculo vital con el personaje y se revela el hecho de que, en realidad, se trata de una recopilación «hormonada» de escritos aparecidos en diversos medios .

Pero creo que más que una crítica es envidia cochina por una vida tan plena como la que sugieren estas páginas y el deseo de que algún día nos regale unas buenas memorias, en las que haya espacio para tantos otros amables personajes aquí únicamente esbozados como secundarios.

La idea

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“Mi arquitectura tiene tantos flujos como la de Zaera, lo que pasa es que hoy hay un tipo de edificios que busca reconocerse con la idea de flujo … Si además hay un enunciado previo teórico que habla de los flujos, éste parece legitimar esas formas y se convierte en una explicación supuestamente coherente de algo en realidad caprichoso”  Victor López Cotelo. Entrevista en “El Pais” 12/07/2003

En la escuela, al arrancar un proyecto lo crucial era tener “la idea”. Es decir, un “concepto” fuerte que guiase su desarrollo, y en esos momentos de duda que inevitablemente surgen, nos permitiese optar siempre por la solución mas “coherente” con esa “idea” previa, aquella que más potenciase su legibilidad o visibilidad en el resultado final.

Por poner un ejemplo que estuvo bastante de moda, si la idea era “el flujo”-monumentalizar la circulación hasta convertirla en el argumento central del proyecto-, la propia forma del edificio debía ser la expresión de ese movimiento, sus suelos y paredes del mismo material la expresión de la continuidad espacial- y hasta el encuentro entre ellos debía evitar esas aristas vivas que marcarían una separación clara optando en su lugar por ligarlas con superficies curvas (con “fillets” en vez “chamfers”, por decirlo en lenguaje CAD). No es-como señaló López Cotelo al comentar la obra de Zaera, principal inspirador de estas “ideas”- que sus edificios (y los de sus imitadores) tengan más flujos que los de los demás, sino que convierten la expresión de ese aspecto particular en el principal argumento proyectual. Lo que podría ser un esquema de partida para la organización de la circulación por su interior, se convierte en un edificio-suprimiendo o callando todas las otras variables a las que una construcción debería dar respuesta. Es una metonimia arquitectónica en la que se toma una parte del edificio para representar un todo.

Aunque la monumentalización del flujo es un ejemplo extremo por la ruptura formal que produce (la idea puede otras veces ser dos bloques de escollera –el Kursaal de Moneo-, el pixelado de una foto de Marylin- el proyecto de Herzog y de Meuron en Tenerife, o “la ola solidificada” de Grimshaw en A Coruña), todas las aproximaciones al proyecto que parten de un a priori formal, son las propias de lo que Pallasmaa llama “la arquitectura del ojo”, a la que opone la obra de Aalto que -en vez de someter sus edificios a una única idea formal totalizadora- los enfoca como “aglomeraciones sensoriales”*.

Una arquitectura basada en el “realismo sensorial”, que “dibujada puede parecer torpe” porque está concebida para ser apreciada al encontrársela física y espacialmente “de cuerpo presente”, en el mundo real y no como la construcción de una imagen previa que vuelve artificial e inerte el resultado.

La idea del edificio como “aglomeración sensorial” me parece muy sugerente, por su renuncia a la búsqueda de la unidad, porque vuelve a poner al ser humano y sus sensaciones en el centro y porque ese proceder por agregación de episodios es el característico de la mejor arquitectura sin arquitectos (y de su reformulación como lenguaje de “patrones” que llevó a cabo Christopher Alexander y su equipo de investigadores).

 

*Juhani Pallasmaa. “The eyes of the skin” (Wiley-Academy, 2005):“Instead of the disembodied Cartesian idealism of the architecture of the eye, Aalto´s architecture is based on sensory realism. His buildings are not based on a single dominant concept or gestalt; rather, they are sensory agglomerations”

 

Sencillez

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“…un equipo joven, multidisciplinar. Y por favor, nadie minimalista”. Instrucciones de Ferrán Adriá a los diseñadores de su bar de tapas “Tickets” (2011)

Hay una arquitectura de los estetas formalmente muy diferente de la que comúnmente llamamos “del espectáculo”  que -al aspirar a un tipo de belleza pretendidamente intemporal escudándose en “la sencillez” (a veces también llamada “simplicidad”) como valor supremo- consigue aparecer como una alternativa a la arquitectura espectacular con la que, en el fondo, tanto comparte como lo demuestra la trayectoria de Herzog & De Meuron que “evolucionaron” sin solución de continuidad de la una a la otra, de la castidad a la promiscuidad semántica.

No es muy riguroso llamar a ese tipo de arquitectura “minimalista” porque el arte minimal -con el que comparte algunas afinidades -es mudo. Su objetivo es “cortocircuitar el intento del espectador por valorar la obra”* y escapar a cualquier atribución de significado mientras que la arquitectura “minimal”, como la del espectáculo, es sobre todo un símbolo. Un símbolo tan poderoso que se ha convertido durante muchos años en la estética “por defecto” del interiorismo de hoteles, restaurantes finos y casas de futbolistas (aunque su hegemonía empiece a decaer, tal como muestra el comentario de un Adriá sediento de kitsch a los diseñadores de su espantoso local).

Una arquitectura que evoca valores refinados como el ascetismo, la renuncia a lo superfluo, la limpieza, la claridad, la elegancia, la pureza formal, el silencio o lo esencial pero que para conseguir parecer “sencilla” está dispuesta a recurrir a los más sofisticados artificios constructivos.

Como su búsqueda de la pureza formal se antepone a cualquier consideración mundana, el uso de estas arquitecturas por seres humanos vivos es siempre problemático porque éstos tienden indefectiblemente a romper el orden visual, ocupando el espacio pretendidamente trascendente con sus muebles, recuerdos y enseres personales. Lo esencial es la forma (recatada, eso sí) y entre lo superfluo está la vida. El habitante nunca podrá estar a la altura de la obra durante más tiempo del que dura un anuncio.

Es una estética del control y para los que proyectan este tipo de arquitectura, la elección de un interruptor o una luminaria “inapropiada” –que puede descalabrar todo el diseño- es objeto de largas cavilaciones. Si les dejasen, se ofrecerían gustosamente a diseñar hasta las zapatillas que el cliente necesita para no desentonar, como aquel arquitecto “Jugendstil” caricaturizado por Adolf Loos en la perenne sátira “De un pobre hombre rico”.

Y, según reconoce John Pawson – uno de los arquitectos más exitosos y representativos de esta tendencia- , la simplicidad es, sobre todo, algo visual. Lo dice explícitamente en el prólogo a su ensayo (como no, visual) “Minimum” en el que recopila centenares de bellas imágenes que para él comparten esa cualidad suprema: la “sencillez”.

Las únicas personas o rastros de vida humana los encontrarás -buscando bien- en un retrato de Lucio Fontana frente a uno de sus lienzos rasgados, otro de Mies fumando un puro sentado sobre el arco circular perfecto de su silla Tugendhat, en una acuarela de Kobayashi que parece habérsele colado porque representa un baño convivial (hasta que su comentario -“Figuras sensuales contra una trama medida”-nos aclara que lo hermoso no es ver dos mujeres bañándose juntas sino el contraste de sus figuras con la rigidez geométrica del alicatado) y, por último, en una fotografía de Mapplethorpe de dos cabezas rapada –una blanca, negra la otra- a los que acompaña el revelador pie de foto “La cabeza humana se convierte más en geometría que en personalidad”.

Una vez eliminado el ser humano de la ecuación, es perfectamente posible defender una estética basada únicamente en la adoración de la sencillez formal y encontrar una sensibilidad común en arquitecturas tan radicalmente opuestas como la de Mies y la de Lewerentz, o entre una máscara geometrizada primitiva y unos fluorescentes de Flavin. Todo es sólo forma.

Notas:

Adolf Loos- “De un pobre hombre rico” (1900) en “Escritos I. 1897-1909” (El Croquis, 1993)

John Pawson-“Minimum” (Phaidon, 1996)

*Josep Quetglas- “Pasado a limpio, II” (Pre-Textos, 1999).

 

 

Códigos (de barras)

CODIGO_Moneo Ayuntamiento de Murcia

Cuenta Stan Allen que circula por la red un programa informático llamado “El generador de fachadas español” que permite “introducir unas pocas sencillas variables (la anchura de fachadas, el número de plantas, etc.) y luego (…) generar ese distintivo patrón de huecos desfasados, que cambian de planta en planta, y que se ha convertido en algo así como un cliché en la arquitectura contemporánea”.

Allen considera que uno de los orígenes del cliché está en el mítico proyecto de Alejandro de la Sota para el Gobierno Civil de Tarragona, en el que logró convertir una fachada de mármol “en algo del grosor del papel” gracias a disponer dos grandes huecos que “se tocan esquina con esquina (lo que es imposible desde el punto de vista tectónico)” e “impulsan la fachada hacia la planeidad”.

Este artificio arquitectónico suele implicar que -en plantas con idéntico programa- los huecos se muevan arbitrariamente desde su posición idónea desde el punto de vista del usuario, a aquella que –desde el exterior- produzca una vibración agradable a juicio del proyectista.

El recurso se utiliza preferentemente en edificios monolíticos con escasa variedad de usos (edificios institucionales, educativos o terciarios) y en los que el usuario no interactúa con la fachada (abriendo y cerrando ventanas y persianas, utilizando terrazas, asomándose a un balcón, plantando jardineras o modificándola al insertar letreros o toldos).

El potencial gráfico del invento se desarrolló desde ese inicial desfase entre dos grandes huecos a la aplicación de patrones geométricos lineales basados en desplazar lamas paneles de hormigón o losas de piedra entre unos forjados y otros para evocar, en los casos más descarados, esa etiqueta distintiva de todo producto comercial: el código de barras.

Convertir la piedra en papel puede animar – más en el sentido de alegrar que en el de insuflar alma- arquitecturas cuya mudez inquieta hasta a su propio autor, pero la representación de un movimiento congelado sólo en raras excepciones –como, por cierto, el Gobierno Civil de Tarragona – podrá suplantar convincentemente a la auténtica vitalidad.

Nota:

El comentario de Stan Allen aparece en “Alejandro de la Sota, una apreciación” , artículo del libro “Alejandro de la Sota” (Arquia/Temas, 2009)

Arquitectura del espectáculo

ESPECTÁCULO_eiffel-tower-earrings

Es fácil distinguir entre arquitectura del espectáculo y arquitectura moderna. En la arquitectura moderna, el visitante siempre parece interesante. En la arquitectura del espectáculo, el visitante nunca está a la altura de la obra, queda eclipsado por la obra, que despierta y concentra toda la atención.

Josep Quetglas. “Miscelánea de opiniones ajenas y prejuicios propios, acerca del Mundo, el Demonio y la Arquitectura”. El Croquis, nº 92. 1998

Podría estar de acuerdo si sustituimos «moderna» por “viva”, ya que celebradas obras de la arquitectura doméstica moderna – la casa Farnsworth, la casa Schroder- consiguen también que no sólo la presencia humana sino cualquier signo normal y corriente de lo doméstico estorbe.

No es una casualidad que las construcciones pioneras de esta tradición -como la torre Eiffel- naciesen en las grandes exposiciones de productos de consumo, aquel precedente decimonónico de nuestros actuales centros comerciales. La “arquitectura del espectáculo” es publicidad edificada para una sociedad de consumidores sometida al imperio de la imagen característico del sistema económico que nos gobierna.

Actualmente, aunque esa finalidad publicitaria se mantenga, el proceso se ha sofisticado -al resultar más determinante la “marca” del edificio que su propia forma- y ya no es necesario que la construcción anuncie otra cosa que a sí misma y a su autor. El glamouroso aroma que emana del arquitecto “de prestigio” (el propio calificativo revela a las claras su función) perfuma a los promotores de la obra, en una fiesta de seducción en el que las normas urbanísticas se pueden hacer a medida, los presupuestos multiplicarse y los usos inventarse a posteriori, porque no se está encargando un edificio que resuelva una necesidad, se está comprando un “…” (ponga el nombre del arquitecto-estrella que más deteste).

La del espectáculo es una arquitectura que nace y muere el día de su inauguración, cuando se toman las fotografías –evidentemente sin personas- . Es el momento a la vez inicial y culminante de su existencia, tal como corresponde a esta época de exaltación de la juventud sobre todas las cosas.

Además, en su forma más pura, la primera fotografía debe ser indistinguible de la infografía que propició su construcción y que es lo que realmente se compró; y su repetición cientos, miles, millones de veces en las pantallas de todo el mundo debe llevarla a su fin último: convertirse en un icono.

Entonces, se produce ese fenómeno tan característico de nuestra era que Sánchez Ferlosio -en honor a la famosa torre parisina – bautizó como “efecto turifel” que consiste en que “la insistente repetición de esa imagen va educando –o más bien pervirtiendo-de tal manera la mirada a la instantánea inmediatez del reconocimiento, que el ojo acaba por identificar antes de ver”.

Cuando triunfa, el trágico destino de la arquitectura del espectáculo consiste en un extraño tipo de desaparición por ubicuidad ya que, cuando nos acercamos a ella, “los cientos o miles de imágenes vistas antes del primer viaje (…) se interpondrán de manera tan obstructiva en la mirada que menoscabarán en cierto modo hasta la convicción empírica de tenerla por fin físicamente delante de los ojos”.

Y cuando fracasa -como esta inacabada “Ciudad de la Cultura” que veo degradarse día a día sin dejar de consumir ingentes recursos públicos- su única utilidad es recordarnos los peligros de dejar que, mientras la razón duerme, sea el dinero quien nos gobierne.

Nota:

El «efecto turifel» lo conocí en el fantástico libro de Rafael Sánchez Ferlosio “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos” (Destino, 1993).

Orden

ORDEN_Marrakesh

“Hay una cualidad más extendida aún que la descarada fealdad o el desorden, y esta cualidad es la deshonesta máscara de un supuesto orden conseguido por ignorancia o supresión del orden real, que se debate por existir y ser reconocido”

Declaración de un vecino disgustado con la reforma de su barrio. Recogido en “Muerte y vida de las grandes ciudades” de Jane Jacobs.

La arquitectura cualifica un espacio para permitir que en él se desarrollen determinadas actividades y. al hacerlo, establece inevitablemente  algún tipo de orden. Pero sus pautas deben atender al orden profundo de las cosas, que no es ni arbitrario ni aleatorio.

Un ejemplo de orden aleatorio sería aquel que un Erasmus francés de intercambio en la Escuela de Arquitectura de Barcelona llamaba colocar el mobiliario público “a la catalana” y que consiste en recortar las plantas de bancos y papeleras, agitarlas dentro de un cubilete y lanzarlas sobre el plano para que el azar determine su posición y tengan así un aspecto “casual” (en el doble sentido de determinado por el azar y desenfadado). Esa manera de proceder tiene una de sus manifestaciones más claras en esas sillas que pueblan tanta plaza dura barcelonesa que -al no formar ni corrillos ni grupos separados- anulan cualquier posibilidad de uso colectivo.

Un ejemplo de orden arbitrario, siguiendo con ejemplos de espacio público, consistiría por ejemplo en dibujar sobre el espacio a urbanizar una trama que paute la posición de todos los elementos, desde el adoquín hasta las tapas de alcantarilla, las farolas o las pérgolas. Es el más habitual, y puede aparecer en versión lineal –como la reforma de la Avenida Roma o tantísimos otros proyectos de urbanización en franjas- o curva –como el Parque de los Auditorios en el Fórum de Barcelona, donde la misma pieza de pavimento en forma de luna se extruye para formar desde un graderío a esos extraños asientos con forma de inodoro.

Pero el orden de la arquitectura lo pauta la vida humana. Y, como ella, no es ni aleatorio ni arbitrario. Es complejo.

En su forma más simple, cada persona tiene el potencial de crearlo instintivamente en sus actividades cotidianas, como en el ejemplo que pone Christopher Alexander en “El Modo Intemporal de Construir” :

“Imagínate una tarde invernal con una tetera, un libro, una lámpara para leer y dos o tres mullidos cojines en los que puedes apoyar la espalda. Ahora, ponte cómodo. No de manera tal que puedas mostrárselo a otros y decirle cuánto te gusta. Quiero decir que te guste realmente por ti mismo.

Pon la tetera al alcance de la mano pero en un sitio donde no pueda volcarse. Baja la luz de modo que caiga sobre el libro pero sin que veas la bombilla resplandeciente. Coloca esmeradamente los cojines, uno por uno, exactamente donde los quieras para apoyar la espalda, el cuello, los brazos, de modo que te sientas cómodamente sostenido, tal como te agrada para beber el té, para leer, para soñar.

Si te tomas la molestia de hacer todo eso y lo haces esmeradamente, con gran atención, es posible que el conjunto empiece a tener la cualidad sin nombre.”

Obviando la peliaguda “cualidad sin nombre” (ese «no-se-qué» que, para Alexander, comparten las cosas vivas), si realmente el lector-bebedor de té del ejemplo busca concienzudamente la posición de las cosas que mejor posibilita su disfrute, la tetera, los cojines, el libro y la lámpara acabaran colocados en sitios muy concretos y determinados, siguiendo un orden que no es ni rígido ni caótico, sino natural, vivo y cambiante.

Desgraciadamente, lo que resulta relativamente asequible con una tetera, unos cojines, una lámpara y un libro, se complica enormemente al aumentar la escala del problema, siendo el caso más sofisticado ese orden complejo de tantos asentamientos humanos en los que cada elemento comparte ciertas leyes pero es a la vez único, y entre todos forman un conjunto armónico y vibrante. Es un tipo de orden que no puede decidirse de una tacada sino que se forma colectivamente por agregación paulatina de elementos pensados bajo unos mismos parámetros que se singularizan para responder a las sutilezas de cada situación. Un orden lento para un mundo cada vez más rápido.

Si no podemos organizarnos según sus principios, debemos al menos asegurarnos de que los órdenes que imponemos sean compatibles con su aparición a una escala menor. Por seguir con la escala urbana, es interesante a ese respecto la lección del ensanche barcelonés, con una retícula capaz de absorber tejido residencial decimonónico (Eixample Dreta), desarrollista (Eixample Esquerra) y olímpico (Vila Olímpica) siendo este último -al estar proyectada cada gran manzana por solamente uno o dos arquitectos (para más inri, de renombre)- el que menos permite la aparición de signos de vida y diversidad.

Creo que la reflexión es extensible también a escalas más pequeñas y que es importante luchar siempre por mantener y propiciar ese orden complejo y humano aunque su lentitud choque con la velocidad que exige un mundo regido por las despiadadas reglas del dinero.

Nota:

La imagen es del libro «Architecture Without Architects» de Bernard Rudofsky, un inagotable catálogo de ejemplos del tipo de orden que reivindico en este breve texto.

Imagen y Ceguera

IMAGEN_CellPhoneCameraStonehenge650

Rodeados por tanta fealdad cuesta creerlo pero nuestra existencia está tiranizada por la estética más que en ningún otro momento de la historia. Lo que antes apenas preocupaba únicamente a ciertas élites nobiliarias se ha convertido -desde que nuestro mundo se mueve por el dinero, el dinero por el consumo, el consumo por la publicidad, y la publicidad por la imagen-  en una obsesión absolutamente universal.

Consumimos símbolos, compramos aquellos  productos con los que nos sentimos identificados, y la identificación se produce cuando la imagen que nos transmiten esos productos nos evoca un estilo de vida deseable. Elegimos estética antes que racionalmente.

Esto sucede desde que existe producción industrial y, por tanto, imágenes publicitarias. Sólo que de algún pequeño anuncio en prensa, un rótulo, cartel o valla hemos pasado a estar inundados por las miles de imágenes que recibimos cada día por la infinidad de pantallas que son ya una parte integral de nuestras vidas.

El poder de la arquitectura  para evocar estilos de vida seductores es aún mayor que en otros productos y por eso se usan construcciones contemporáneas tan frecuentemente como fondo en los anuncios.  Del mismo modo que determinados paisajes abiertos evocan poderosamente la idea de libertad, la arquitectura contemporánea es ideal para transmitir “modernidad” –casta o exuberante, dependiendo del producto – y así hemos podido ver aquel coche saliendo de una de esas casas de Fisac con encofrados flexibles o aquel otro a la sombra de la pérgola fotovoltaica del Fórum de Barcelona a la que borraron convenientemente una pata para volverla más sugerente.

La imagen gobierna nuestras vidas hasta el punto de sustituir al ser humano -con más frecuencia de la que imaginamos- como origen y final de la arquitectura, lugares que han sido ocupados respectivamente por la imagen infográfica (el render inicial), y por la imagen fotográfica (esa foto sin gente que lo reproduce para una posteridad cada vez más efímera).

Pero, paradójicamente, la inmediatez propia de la imagen y su difusión provoca justamente el efecto contrario en nuestra percepción. Inmediatamente significa, según el Diccionario de la Real Academia, “sin interposición de otra cosa”  y, en cambio, la hiperabundancia de imágenes previas media poderosamente entre lo observado y nosotros impidiéndonos ver limpia e inocentemente. Uno ve lo que ha ido a ver.

Hoy en día, además de las imágenes previas, hemos evolucionado hasta el punto de conseguir interponer un filtro adicional –esta vez corpóreo, no mental- entre nosotros y las cosas: el teléfono móvil y esa imagen en tiempo real que se mueve en su pantalla hasta que disparamos para, inmediatamente, compartirla virtualmente y apuntar a otro lado. Ya preferimos fotografiar -producir imágenes- que ver.

Nadar en imágenes nos ha provocado ese tipo particular de ceguera que permite “mirar y llegar a ver, pero no ver inmediatamente sin mirar”, que Sánchez Ferlosio detectó agudamente en nuestra transformación del campo en paisaje:

No, ya sé que nadie llama a esto ceguera, porque acierto sin vacilar a coger el vaso de encima de la mesa, porque ni voy tropezando con los muebles ni me doy contra las paredes; pero adondequiera que vuelva la mirada no veo más que esa horrible ficción escenográfica que los videntes alabáis todavía como “paisajes”. Me emborracho, salgo afuera y pido que me ensillen el caballo; salto sobre el arzón, pico espuelas y corro y corro y corro por esos pastizales, por esos encinares, sin reparar en riscos, como loco, a riesgo de matarme. Y así, desde después de comer hasta la noche; y lloro y llamo, y al ritmo del galope del caballo voy repitiendo con ansias de jadeo: “¡el campo, el campo, el campo, el campo…!” Cierro los ojos, vuelvo a abrirlos con la esperanza de que al fin las lágrimas me hayan lavado la mirada, y sólo veo paisaje…”

Rafael Sánchez Ferlosio- “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos” (Destino, 1993)

Silueta (de Zulueta)

Siluetas_chapas enjoy-Barcelona

Cuenta Ernesto Nathan Rogers (en  “Experiencia de la arquitectura”) que la palabra “silueta” deriva del apellido de Monsieur Silhouette, un político francés del siglo XVIII  que cayó en desgracia por su falta de simpatía y que se convirtió en blanco preferido de las mofas de los humoristas de la época que lo representaban en esas “caricaturas de contorno simple” a las que acabó dando nombre.

Me picó la curiosidad y, al consultar la Wikipedia, me entero de que Étienne de Silhouette fue, efectivamente, el máximo responsable de las finanzas del pais  en 1759 (vamos, el Montoro o de Guindos de entonces), y que las reformas que emprendió para intentar sanear la maltrecha economía francesa durante la guerra de siete años que le enfrentó a Inglaterra, fueron tan impopulares que tuvo que dimitir tras sólo unos meses en el cargo, lo que lo convirtió en objeto de burla generalizada.

Según la Wikipedia, sus conciudadanos lo consideraban un cutre integral y por eso empezaron a llamar “à la silhouette” a las cosas baratas. Como al mismo tiempo se popularizó, entre los que no podían permitirse un retrato pintado o un busto, la costumbre de inmortalizarse con el recorte de su perfil en papel negro, se asoció lo que la gente fina consideraba cutre (las cartulinas recortadas como sustituto del retrato) con el apelativo de moda para las cosas baratas, y así acabamos llamando con el nombre de un vilipendiado político francés del siglo XVIII a una forma de representación.

Y, aún más curioso, el padre del señor Silhouette era natural de Biarritz, y resulta que su apellido no es más que la forma afrancesada de escribir el clásico apellido vasco Zulueta.

Nota:

Aprovecho para compartir este clásico inmortal del doo-wop en el que el cantante de los Rays da un paseo nocturno hasta la casa de su amada y descubre con horror las siluetas sobre la cortina que proyecta una adorable pareja. Afortunadamente, se había confundido de calle.