Vestido amarillo de algodón

Un párrafo escaso, palabras comunes, un estribillo de una sola línea. Una canción pop redonda:

The yellow cotton dress is beautiful no doubt

but it becomes a motherfucker when you fill it out

The pillow on your side is practically brand new

But it can’t offer comfort to me until it smells of you

You’re everywhere 

The silverware you used is on the table still

Someone else will have to move it ‘cause I never will 

You’re everywhere 

Y si ya es difícil hacer una canción de este calibre, sus compañeras de disco no le van en absoluto a la zaga. Saquen esas libretas y anoten: El grupo: Wussy.  El disco: Funeral Dress (2005).

Y eso solo fue el principio. Desde entonces han sacado 4 discos más sin bajar el listón (Left for Dead, Wussy, Funeral Dress II y el reciente Strawberry, todos en Shake It Records, todos excelentes). Empezaron siendo pareja pero, a diferencia de Kim&Thurston, la ruptura les permitió componer más grandes canciones en vez de suponer el fin de la banda.

Lo triste es que semejante derroche de talento no ha impedido que Chuck Cleaver tenga que seguir picando piedra (literalmente) y Lisa Walker atendiendo las mesas de un local, que sus giras sigan siendo en furgoneta y en locales de menos de 100 personas, ni que, después de casi diez años, apenas hayan vendido 15.000 discos.

La verdad, no sé a que esperan los del Primavera Sound a traerlos.

NOTA 1: (Intento de traducción)

El vestido amarillo de algodón es bonito, que duda cabe

Pero es que cuando tú lo llenas, se sale

La almohada de tu lado es prácticamente nueva

Pero no podrá consolarme hasta que a ti huela 

Estás en todas partes 

En la mesa sigue puesta tu cubertería

Alguien tendrá que retirarla, yo jamás podría 

Estás en todas partes

NOTA 2:

“Funeral Dress” es tan bueno que aguanta una prueba más difícil que la del algodón: la del unplugged. Para celebrar el “Record Store Day” del año pasado, se armaron de cervezas y lo tocaron de principio a fin. No sé que versión de las dos me gusta más. Ahí os va la acústica, que es más difícil de conseguir (sólo se editaron 500 copias):

NOTA 3: Web de la banda

http://www.wussy.org/

Tú a Woodstock y yo a Caledonia

En teoría, odio los discos piratas. Mi primer encontronazo con este subproducto de la cultura popular fue en el instituto, cuando era fan perdido de la Velvet. Ya me había agenciado todos sus discos oficiales así como los recopilatorios de rarezas “VU” y “Another View” (a esas edades tendemos a la obsesión y al completismo), cuando un día, en el escaparate de la desaparecida tienda compostelana de electrodomésticos Daviña, vi un enigmático cd de mis artistas de cabecera. Era muy caro para mis posibilidades de entonces pero su rareza y aura de clandestinidad me atraían poderosamente. Me acercaba regularmente a ver si seguía allí, hasta que conseguí reunir el dinero (3.000 pesetas) necesario para hacerme con el misterioso disco.

Corrí a casa y lo puse. Sonaba a mierda. Versiones horrendas, prácticamente inaudibles de canciones muy queridas para mí (te gusta el feedback, ¡toma dos tazas!). Furioso con el dispendio volví a la tienda y les eché la llorada  diciéndoles que pensaba que era un recopilatorio oficial con algún defecto de fabricación ya que nadie en su sano juicio podría aguantar aquel desvarío cacofónico. Se apiadaron y me dieron un vale.

Desde entonces intento evitar tener roces con piratas (aún así, tengo el interesante “Live at Portland, Oregon” de Television y el bastante menos interesante “It´s too late to stop now” de Dream Syndicate). Durante muchos años conseguí mantenerlos alejados hasta que la lectura de “Stranded. Rock and roll for a Desert Island” e “Invisible Republic. Bob Dylan´s Basement Tapes”, ambos de Greil Marcus, pusieron muy arriba en mi lista de objetivos dos piratas de artistas que amo: Van Morrison y Bob Dylan. Se trataba de “Van the Man”, un lp de 1974, y “A Tree With Roots”, una caja de 4 cedés del 2001. Como son “caros de ver”, pasaron años antes de que los localizase a un precio asequible para mi maltrecha economía (24 euros uno, 29.95 el otro). Pero la espera mereció la pena.

Coincido con el profesor Marcus. Ninguna de las bootleg series oficiales del bardo de Minnesota (tal vez el segundo disco, el eléctrico, del “Live 66”) se acerca a A Tree With Roots, las célebres “Basement Tapes” al completo. Nunca estuvo Dylan tan relajado y juguetón, tocando versiones de todo tipo (“A fool such as I”,”Cool Water”, “The Banks of The Royal Canal”…), alterando a voluntad éxitos de su infancia (“See ya later Allen Ginsberg”, “Quit kicking my dog around”)  o componiendo algunas de sus mejores canciones (“I shall be released”, “This Wheel´s on fire”, “I’m not there”, “Sign of the Cross”,“Apple suckling tree”,“Open the door, Homer”…). Evidentemente, hay de todo, pero es uno de los discos de Dylan que pongo con más frecuencia, que es lo que al final cuenta. Un hermoso caos.

Ya sabéis, es la famosa etapa, allá por 1967, a la vuelta de la controvertida primera gira eléctrica, en que Dylan tuvo el accidente de moto, se ocultó una buena temporada en el sótano de una casita rosa de Woodstock con sus compinches de The Band, y al acabar la estancia él sacó “John Wesley Harding” y ellos “Music from Big Pink”, además de parir entre ambos el primer pirata rock de la historia “The Great White Wonder” que recogía algunas de las grabaciones del subterráneo. ¡Poca broma!, como dicen en Cataluña.

Y respecto a Van the Man el célebre pirata de 1974- que recopila material en directo en el Fillmore West, outakes de “His Band and Street Choir” y rarezas grabadas en los estudios Pacific High- ningún fan del león de Belfast que se precie, debe perderse maravillas como el instrumental de 18 minutos “Caledonia Soul Music”, la excelente versión del “Just like a Woman” de Mr. Zimmermann, o la sentida interpretación del “Friday’s Child” de su primer e infravalorado grupo Them (para mí están al nivel de los Stones de esos años).

Moraleja: Las reglas auto-impuestas están para saltárselas y me alegro de no haber respetado la de nunca más comprar un pirata.

NOTA 1:

El libro de “Invisible Republic”, de 1998, también editado como “The Old, Weird, America” en 2011 está íntegramente dedicado a las Basement tapes, con lo que probablemente constituya el récord mundial de longitud de unas notas para un disco. Es recomendable, para los fans de Dylan, por el apéndice en el que comenta brevemente canción por canción cada una de las tomas de las “Basement Tapes” y, para los fans del folk americano, por la extensa discografía final comentada.

Existe una versión anterior (e inferior) de “A Tree With Roots” en 5 cedés llamada “The Genuine Basement Tapes”. Tiene un orden diferente, alguna canción menos y, sobre todo, un sonido bastante peor. De “A Tree With Roots” existen varias ediciones (ver la página monográfica sobre piratas de Dylan bobsboots.com). A no ser que seas fetichista, es relativamente fácil descargársela de torrents y blogosferas y bajarse las portadas en bobsboots.

NOTA 2:

El pirata “Van the Man” en vinilo es bastante difícil de conseguir, pero existen varias versiones en doble CD con partes del mismo material (“The inner mystique”, “Live at Pacific High, 1971”). La pieza más esquiva es “Caledonia Soul Music”, una obra maestra poco conocida:

NOTA 3:

Para los que estén interesados en la historia de las grabaciones piratas en la música rock, hay un interesante libro del prolífico Clinton Heylin llamado precisamente “The Great White Wonders. A History of Rock Bootlegs

Edificios icónicos y flores de plástico

“Cuándo éramos ricos”, que diría Évole, te podías encontrar fácilmente en el pliego de condiciones de un concurso de proyectos de arquitectura que el objeto del mismo era conseguir un edificio “icónico”. Dado que los iconos suelen ser representaciones planas de realidades tridimensionales, supongo que lo que querían realmente decir es que se buscaba un edificio que fuese una imagen. Un edificio que pareciese un render.

Por alguna extraña razón,  me hace pensar en una visita a mi difunta tía abuela Isabel en la que nos agradeció el ramo que le habíamos llevado diciendo: – ¡Que flores más bonitas! ¡Son tan bonitas que parecen de plástico!

(No) intenten esto en sus casas

En la tele de nuestra infancia antes de proceder a ejecutar un “más difícil todavía” que implicase explosiones, fuego, cuchillos y otros riesgos, solían advertir con voz engolada al espectador contra cualquier tentación de reproducir en sus hogares lo que estaban a punto de ver.

Acciones en casa” de Bestué y Vives (pese a incluir piruetas, inundaciones y electricidad) me produce justo el sentimiento contrario- cruzar el salón sin pisar el suelo, disfrazarse de pared, montar una fiesta de generación perdida, camuflar comida, hacer una fuente con cacharros de cocina, conseguir que los muebles de ikea hablen desapasionadamente en sueco, hacer un espectáculo dadaísta con ejercicios de fonética arquitectónica…- ¡Que edificantes ocupaciones para una aburrida tarde de domingo!

Como la mayoría de las cosas buenas, admite diversos niveles de lectura. Lo disfrutan tanto los niños (el mediático ronaldinho saliendo del televisor, jugarse la vida patinando sobre dos pastillas de jabón, el escatológico descuido de papel de váter…) como snobs de diverso pelaje concentrados en encontrar guiños culturetas (Schlemer, Nauman, Fluxus, los minimalistas…y tantos otros que no habré pillado). Con una factura cutre, marca de la casa (ver  “Acciones en el Universo” o el curioso libro “Formalismo Puro”) y que, para mí, alude al cualquiera-puede-hacerlo; utilizan el humor para “comentar” los últimos 100 años de arte sin salir de un típico piso del ensanche barcelonés (podía ser el de REC) y sirviéndose de cosas totalmente cotidianas.

Este video es la parte referida a la casa de un esquema más ambicioso que se ocupa de diferentes escalas de intervención (desconozco  “Acciones en Mataró” referida al espacio público y “Acciones en el cuerpo” referida al ídem) que culmina con la instalación “Acciones en el Universo”. Esta última está actualmente en la primera planta del Caixa Fórum de Barcelona y es una especie de “Túnel del Terror” de parque de a(tra)cciones que atraviesa una serie de once habitaciones que van desde “lo micro” hasta “la implosión” pasando por “el interior del cuerpo”, “el interior de la tierra”,”la superficie física”, “el universo”, “la perfección mental”, “la dialéctica”, “la realidad mental”, “el fin del mundo” y “la rotura” . El recorrido por tripas, figurillas de todo a 100, perfecciones y conflictos, piedras existencialistas, lámparas de mesa-soles, podredumbres y espacios acolchados inestables; acaba revelando que el universo de  Bestué y Vives, tal como muestran en  la precaria maqueta de la instalación, es un piso.

No recuerdo haberme divertido tanto en una exposición de arte contemporáneo.

Nota 1:

Parece ser (ver El Pais del 12/02/2012) que esta es su última obra juntos, en cumplimiento estricto de lo estipulado en su obra-contrato de 2006 en la que los dos artistas, uno hetero y el otro homo, se comprometían a cuando dicha obra/contrato se vendiese-tal como acaba de suceder- hacerse una felación recíproca, pese a que ello daría lugar a la inevitable fisura entre ambos.

Nota 2:

Enlace al video de “Acciones en casa” :

y a la web de los artistas:

http://www.bestuevives.net/

Calypso Exprés

El calypso, además del barco de Cousteau, es la música de Trinidad y Tobago, y algo mucho más cercano de lo que pudiéramos pensar. Propongo 10 paradas exprés (un “mini-mapa arbitrario” que diría Gary Giddins) para familiarizarse con el género en media hora escasa:

1. “Sedition Law”- King Radio (1940)  

  Un clásico intemporal. Una de esas que se te pegan al cortex y no puedes evitar canturrear. El sonido clásico del calypso, con sus características letras pegadas a la actualidad y de alto contenido político.

2. “Rum and Coca Cola”- Andrews Sisters (1946) 

Ya en 1946, los norteamericanos buscaban “inspiración” en los éxitos de Trinidad. A la canción le cambiaron una palabra aquí y allá para evitar pagar royalties a su autor, Lord Invader, que tuvo que pleitear duro para que se reconociesen sus derechos.  Litigios aparte, esta versión pop me parece estupenda.

3. “Banana Boat Song (Day O)” – Harry Belafonte (1956)     

 Fuera de Trinidad, la máxima estrella del calypso fue Harry Belafonte. Su disco del mismo nombre  (“Calypso”, 1956) tuvo un éxito arrollador, y algunos de sus éxitos reaparecen periódicamente. Los  de mi quinta conocimos esta canción por un anuncio de piña colada de una conocida marca de refrescos sin gas, otros por “Bitelchús”…Venga de donde venga, bienvenida sea.

4. “Saturday Night Blowout”- John Buddy Williams Band  (1956)    

Como buena música callejera,  me parece importante añadir un ejemplo de orquesta instrumental con público que transmita algo de la excitación del carnaval.

5. “Booboo Man”- Lord Melody (1956)    

 Increíble convertir en un gran éxito una letra sobre ser tan feo que asustas a tus propios hijos.  Cosas del calypso.

6. “Coconut Woman”- Harry Belafonte (1957)   

  Como siempre, los puristas echan pestes pero yo lo encuentro irresistible (me mata la despedida    “bye-by-by-by-by-bye-bye-by-by-by-bye”).

7. “No Crime, no Law”- Lord Commander (1959)   

Una velocidad vertiginosa comparada con el habitual “ritmo tropical” pero es que el comandante tiene algo importante que decir. Sin crimen, no hace falta ley y a las fuerzas del orden (policía, jueces…) les conviene que la delincuencia no decaiga porque ¡perderían sus trabajos!.

 8. “He no dead yet”- King Fighter (1962)   

Aunque por lo festivo de la música nadie lo diría, esta canción relata el triste episodio de peleas entre hermanos por la futura herencia en el mismo lecho de muerte de su padre.  Sólo el cantante  se avergüenza y les grita “¡Eh, que áun no ha muerto!.

 9. “If you want to be happy”- Jimmy Soul (1963)    

 Uno de los grandes éxitos de los 60 que, por lo familiar, tardé mucho en identificar como calypso.  Una vez más, rabiosamente deslenguado (“Si quieres ser feliz para el resto de tu días, cásate con una mujer fea…”). Lo incluyo, más que por su calidad, como ejemplo de que no hace falta buscar calypsos “en montañas muy lejanas ni desiertos muy remotos” porque a veces el ritmo se mete de lleno en el “hit-parade”.

10. “Congoman”- Mighty Sparrow (1964)   

“Envidio al Congoman porque come hasta inflarse la barriga y yo aún nunca he probado carne de blanco”.  El Poderoso Gorrión nos proporciona el antídoto perfecto a la corrección política con esta oda al canibalismo inter-racial.

Nota 1: 

Como no me aclaro mucho con la tecnología, he montado una lista en grooveshark con la secuencia completa: http://grooveshark.com/#!/playlist/Calypso+101/69410802   Espero encontrar pronto alguna forma más sencilla de compartir la música de la que hable. 

Nota 2: 

Para los que tengan ganas de profundizar un poco más, 4 de estos 10 temas están incluidos en el CD “Calypso Awakening” de Smithsonian/Folkways que recopila varios elepés de Cook Records de finales de los 50-principios de los 60. Junto a “Calypsos From Trinidad: Politics, Intrigue and Violence in the 1930’s” de Arhoolie Records, me parece una buena introducción a este ritmo. Y si el gusanillo sigue picando, hay varios cedés excelentes de Rounder Records con grabaciones históricas (“Calypso Breakaway”, “Calypso Carnival” y “Calypso Pioneers”) antes de empezar con discos enteros de algún artista (“Mighty Sparrow vol.1”, Ice Records). Para los que “naden en ambulancia” hay una documentadísima (incluye un excelente libro de 316 páginas) pero un pelín excesiva, caja de 10cds “West Indian Rhythm” de Bear Family. Yo conseguí la mía a 1/3 del precio después de rebuscar durante años en ebay. 

Nota 3:  

Como sucede con algunos jazzmen (Duke Ellington, Count Basie, Earl Hines, Nat King Cole…), músicos africanos (Chief Stephen Osita Osadebe, King Sunny Ade…) y raperos ( GrandMaster Flash, Notorious Big…),  llama la atención el amor de los calypsonianos (Lord por aquí, Mighty por allá..) por ponerse apodos “molones” que aludan a la aristocracia u otras formas de poder. 

Mesié Dipón, pionero de la aviación

Pocos de los personajes que poblaban nuestra infancia permanecen y, de entre esos pocos, aún menos siguen presentándose regularmente tantos años después. Pero cada Navidad, justo cuando acaba el año y la ingesta etílica alcanza el nivel preciso, aparece puntual Mesié Dipón, un niño aventurero y malcriado que un día buen día compró un globo aerostático, intentó dirigirlo únicamente con aire e, ignorando las súplicas de su madre y la presencia de una comisión venida ex-profeso desde Antequera, se negó en redondo a pisar tierra firme hasta haber alcanzado el peñón de Gibraltar.

Tardé bastantes años en saber que Mesié no era el nombre de nuestro héroe, sino “Señor” en francés, lo que contradecía la idea que me había hecho de su edad, y no fue hasta  ayer mismo que,  gugleando “Antequera+ globo+peñón de Gibraltar” encontré la encantadora guaracha “Adiós Lucrecia”, que canturrea el inefable Pedro Infante mientras conduce su descapotable al inicio de la película “Escuela de vagabundos”. Tras unas estrofas en las que habla de Lucrecia, Venecia y las noches de cabaret, parece pasar a una canción diferente y el súbito reconocimiento me hizo dar un respingo: 

Santos Dumont, Santos Dumont

Inventó  un globo

que pensaba dirigir con aire solo

sentado en su silla estaba

pa’ tomar la dirección

y cuando más alto estaba

su  papa le preguntó:

hey Dumont ¿ bajas o no?,

¡no, no y no!

 

Baja Dumont, baja Dumont

Que aquí te espera

La comisión que ha de llevarte

a la Antequera.

 

Que se vaya donde quiera

que no me pienso bajar

que me pienso dirigir

hacia el peñón de Gibraltar.

Ahí estaban los escenarios y personajes principales. Estaba el peñón de Gibraltar y estaba también Mesié Dipón sólo que, en vez de comprar el globo, lo había inventado, la comisión no venia de Antequera sino que se dirigía allí, y era su papá en vez de su mamá quien le preguntaba. Pero la respuesta no variaba: ¡no, no y no!

La canción fue compuesta por Fernando Estenoz y Antonio Medina, del trío Avileño (de Ciego de Ávila, México; que no del Ávila castellana) y la versión que inicia la película se grabó el 15 de Febrero de 1955 en los estudios Peerles de México DF. Sigo buscando versiones anteriores, y sigue intrigándome la querencia de los abulenses mexicanos por la toponimia española  pero, al menos, la misteriosa identidad de Mesié Dipón se había desvelado. No era otro que Alberto Santos Dumont (1873-1932), el gran pionero brasileño de la aviación moderna al que muchos dan preeminencia sobre los mismísimos hermanos Wright.

Nota 1:

Esta pequeña pieza de arqueología pop está dedicada a mi queridísimo tío Calo, que cumple hoy años, y que entre muchas  cosas de las que realmente importan, como jugar al fútbol o al ajedrez, nos enseñó la canción de Mesié Dipón.

Nota 2:

Link de la pieza musical:

La primera vez que me llamaron viejo

(Sábado por la mañana en una conocida tienda de discos de Tallers que empieza por “R”, afluencia normalita entre la que destaca un trío de adolescentes . La voz cantante la lleva nuestra heroína de hoy- “la Chica Megáfono”- acompañada por un secuaz que intenta tímidamente meter baza de tanto en tanto-“el Amigo Gay”- y un tercer sujeto silencioso de aspecto consumido, que los sigue sin decir ni mu -“el Emo”. La Chica Megáfono, la más ducha en asuntos musicales del grupo, revolotea de cubeta en cubeta, afirmando orgullosa su identidad y superioridad al vociferar el nombre de cada grupo que iba reconociendo en su triunfal marcha)

C. M.: -¡Dylan es guai! ¡Mola un montón!

E.: –(silencio circunspecto)

A. G.: -Pues a mí no me suena de nada. Y es de un feo que te mueres

C. M.: -¡Mira! ¡Los Clash! ¿No conocéis should-i-stay-or-should-i-go?

De repente, el griterío se vuelve ensordecedor:

C.M.: – Es Kurt! (dando sonoros besos a la caja del CD). ¡Era tan guapo! ¡Es el mejor! ¡Y pensar que tocó aquí en Barna! . ¡Jo! ¡Cómo me gustaría haber nacido unos años antes y que mis padres me hubiesen llevado al concierto de bebé…aunque ahora fuese una vieja !.

Resulta que yo sí tuve la suerte de estar aquella noche de Febrero del 94 en el pabellón de la calle Lleida , y no precisamente “de bebé”, sino pasados los 20, con lo que deduzco que, a ojos de la Chica Megáfono, más que un viejo, debía de ser un dinosaurio.

De puños, olvidos y vanguardias

Los arquitectos, siendo generalmente gente, digamos, ejem, “visual” solemos tener una relación curiosa con la cultura escrita. En general, nos aburre bastante, pero nos avergüenza reconocerlo e intentamos desesperadamente pasar por gente leida, cultivada y al día de las preocupaciones de los pensadores contemporáneos.

La mala conciencia nos va carcomiendo y, periódicamente, llega un día en que nos armamos de valor y nos acercamos a la librería a intentar comprar un barnicillo de respetabilidad. Como nuestra (in)formación es escasa y proviene en general de pretenciosos articulos de revistas en los que las citas se utilizan no para aclarar conceptos, sino para oscurecerlos (y de paso darse aires), solemos acabar comprando ilegibles panfletos, a veces incluso “tochos”, de algún autor con cuyo nombre nos hemos quedado, bien por su sonoridad, bien por su ubicuidad.

Durante la carrera, la semiótica ya estaba literalmente en los cajones de saldos pero tocaba pasar por caja a intentar familiarizarse con la desaparición del sujeto y la deconstrucción, luego triunfó brevemente la fenomenología (que aún colea), y ahora parecemos encontrarnos bajo el imperio de la sostenibilidad. Son modas que, afortunadamente, acaban pasando antes de que, con nuestra característica parsimonia, hayamos logrado pasar del prólogo.

Pero de vez en cuando, te encuentras con libros que se leen del tirón. Libros escritos por deslenguados que dicen lo que piensan y no temen apartarse de la manada o del discurso dominante ni señalar la desnudez del emperador. En el último año me he tropezado con dos especímenes especialmente interesantes por su frescura y ambición.

El primero de ellos, “El Olvido de la razón” es la tercera parte (y, a mi juicio, la más lograda) de la excelente trilogía del octogenario argentino Juan José Sebreli en defensa del legado de la ilustración frente a los ataques del multiculturalismo (“El asedio a la modernidad. Critica del relativismo cultural”) y las vanguardias (“Las aventuras de la vanguardia”). En este caso, Sebreli se centra en la filosofía; concretamente, en rastrear la linea de pensamiento que une a Nietschze y Heidegger y pasa por Freud, Foucault, Barthes y otros “faros” (aunque, por su tendencia a oscurecer quizás “persianas” sería un término más apropiado) del pensamiento contemporáneo cuyo programa oculto resulta ser la “antimodernidad” o acoso y derribo de los valores ilustrados.

Como lego en temas filosóficos, agradezco una visión panorámica tan crítica y deshinibida de una tradición muy prestigiosa que pasa con frecuencia  por progresista y contemporánea pero es en realidad radicalmente antimoderna y antihumanista. En una época en la que en lugar de apoyar o discutir las ideas preferimos considerarlas “interesantes” se agradece la gente que habla alto y claro.

Algo parecido sucede con “El puño invisible” del treintañero colombiano Carlos Granés, un reverso rabiosamente pro-moderno del “Rastros de Carmín” de Greil Marcus, que analiza cómo algunas ideas vanguardistas como la potenciación del individualismo y el desprecio por la cultura (desde el futurismo y el dadá hasta los situacionistas, el pop art, los happenings o los Sex Pistols) acabaron imponiéndose en todos los ámbitos y cómo su victoria, lejos de hacernos mejores o más felices, sólo nos ha dejado más desamparados ideológicamente, y con los museos llenos a rebosar de arte aburrido y banal, justificado, eso sí, por un un impenetrable aparato teórico y la repercusión mediática de las mismas viejas provocaciones y sus cotizaciones (próxima parada: retrospectiva del carota Damien Hirst en la Tate Modern coincidiendo con los Juegos Olímpicos) No quiero destripar el libro, pero resulta que hasta el anarcocapitalismo reinante hunde sus raices en la contracultura, y los demonios de los sesentayochistas (Stéphane Hessel) son ahora reivindicados por el 15M, en una vuelta completa, al darse cuenta de que tal vez “tiramos el niño con el agua sucia”.

Son dos libros enormemente ambiciosos –uno analiza minuciosamente hasta los más ignotos episodios de las vanguardias, el otro un siglo de filosofía oscurantista- que, como todos los grandes ensayos, hacen que el lector se replantee muchas cosas y, en definitiva, cambian su manera de entender el mundo. Se leen como una novela y mentiría si no reconociese desear haber escrito lo que alguno de estos dos cruzados de la modernidad. No hay mayor elogio que la envidia.

John Storm Roberts, un pirata bueno

Había piratas malos, como Patapalo, que comía pulpo crudo y bebía agua de mar, y piratas buenos, como John Storm Roberts, que odiaba la cocina de fusión y, en vez de oro o piedras preciosas, robaba canciones.

Su botín provenía de compatriotas al servicio de su majestad, pioneros en el registro de la cultura popular, como Hugh Tracey, del que sustrajo, entre muchas otras perlas, “Chemirocha”, la oda de unas obnubiladas adolescentes kipsigis de Kenya al gran Jimmie Rodgers, el vaquero tuberculoso que cantaba el blues con un inolvidable yodel tirolés.

O del hit parade local, del que afanaba pepitas con las que traficar más tarde, como las inmarcesibles “Malaika” y “Pole Musa” o la tronchante versión de “La Bamba” que distrajo mientras trabajaba de incógnito como reportero del East African Standard  en Nairobi, en plena beatlemanía.

O, como buen caballero de fortuna, conseguía que patrones como Nonesuch Records le financiasen campañas de pillaje en las islas caribeñas en las que se encargaba personalmente de recoger la música callejera de La Española o de Jamaica.

Detestaba el “tandoori con ketchup” (fusiones tipo “Flamenco + Mali”) pero no era un purista adorador del folclore ni un apóstol de la autenticidad. Le interesaba tanto entender por qué en Hawaii se cantan plenas portorriqueñas (¡el “Que mala suerte la mia” que aquí conocemos por los Amaya!) como el último hibrido surgido de interpretar la tradición musical somalí con organillos casio baratos.

Consideraba que la música, incluida esa que llaman “culta”, es siempre mezcla de influencias externas con tradiciones existentes, como lo demuestra la “Marcha turca” de Mozart, y que quejarse, por ejemplo, de la “occidentalización” de la música africana pero no de su “arabización” porque sucedió hace siglos en lugar de décadas reflejaba una visión histórica muy limitada.

Sus sesudos ensayos (“Black Music of Two worlds”, “The Latin Tinge”, “Latin Jazz. The First of Fusions”) le convirtieron en una referencia en los círculos de iniciados, pero su estética se transmite con mucha mayor fuerza a través de las recopilaciones que publicó desde su sello Original Music. La selección y las agudas notas permitían familiarizarse con la música de los diferentes lugares (“The Kampala Sound”, “The Sound of Kinshasa”, “The Sound of Tanzania”, “Songs the Swahili Sing”…), algo harto difícil ya que, como aclaró en una entrevista, “la música NO es el lenguaje universal: “….intenta poner un disco chino en una emisora country de Nashville y verás qué pasa”.

Que culturas musicales lejanas en el tiempo o en el espacio dejen de sonar extrañas requiere ciertamente un esfuerzo, pero con guías como JSR (o Allen Lowe, del que espero hablar otro día), puede llegar a convertirse en un adicitivo placer.

Murió el año pasado, a los 73 años, pobre y enfermo, porque, como relata en las tristes palabras con que presentó la reedición en CD del seminal “Africa Dances”, ignoró la regla de oro de Agatha Christie: “nunca seas el primero”. Fue el primero en hacer una recopilación de Taarab, el primero en recuperar las fusiones del highlife ghanés y nigeriano con el rock’n’roll y el funk….y siguió ese “camino directo a la bancarrota que consiste en poner a disposición de la gente semejante variedad de música genuina”.

Era un pirata que no pagaba a los músicos que recopilaba (como Harry Smith con su “Anthology of American Folk Music” o Alan Lomax, por poner precedentes ilustres), pero no ganó dinero con ello y, en cambio, consiguió inocular el amor por estas músicas (“other people´s music”), y crear para ellas un modesto mercado, en el que otros sellos sí pueden vender discos a una escala razonable, rastrear el paradero de los artistas para pagarles royalties, y a veces incluso resucitar las carreras de figuras olvidadas.

Nota 1:

Los Lps y cds originales (de “original music”, porque eran piratas, de ahí el título de este homenaje) son ya difíciles de encontrar pero la blogosfera permite acceder a buena parte de su catálogo. Recomiendo empezar por “Africa Dances” y “Mbuki Mvuki”, los más variados del lote, y proceder a partir de ahí. Y como es de bien nacidos ser agradecidos, es obligado reconocer que fue el gran Robert Christgau el que me puso sobre la pista de Roberts.

Nota 2:

Los entrecomillados no acreditados son extractos de la entrevista para “Perfect Sound Forever” de Febrero de 1997

Nota 3:

Llevo años detrás de una conferencia de JSR editada en cassette  (y en algún sitio he leído que también en cd) llamada “Afro-Cuban comes home” sobre la relación entre la música caribeña y la africana. Si alguien tiene una copia, agradecería eternamente que se pusiese en contacto conmigo.