
Dos depósitos de agua tumbados al sol.

Dos depósitos de agua tumbados al sol.

Este pabellón viajero nació en Pittsburg (en las acerías del señor Carnegie) para representar a México en la Exposición de Nueva Orleans de 1884, pasó temporadas en Chicago y Saint Louis, y encontró un acomodo provisional en la Alameda Central de la Ciudad de México antes de arraigar definitivamente en la colonia Santa María La Ribera.
Ahí, ubicado en el centro geométrico de su principal espacio público, este errante «Kiosko Morisco» de planta centralizada y estructura de hierro no sólo encontró su lugar sino que se ha convertido en el corazón del barrio y en el icono con el que tanto sus vecinos como el resto de la ciudad identifican la colonia, hasta el punto de resultar inimaginable en cualquier otro lugar. El centro de esos círculos concéntricos que forman su cúpula es ahora el centro físico y mental del barrio, su kilómetro cero.

En estas fechas amargas de vuelta al cole y al curre, me ha animado encontrar este mensaje garabateado por el maestro Juan Cipriano en el cemento de una vulgar rampa de garaje que nos recuerda que el trabajo -por modesto que sea- puede ser algo digno de celebración y no únicamente una maldición bíblica.

Para celebrar el día de la Patrona de México comparto esta genial muestra de devoción popular contemporánea que me encontré hace unos meses en la exposición «Cholombianos», dedicada a la desparecida tribu urbana.

Tenderete de pelucas en el bosque de Chapultepec.

Vidrios rotos apilados en un rincón de la fábrica donde trabajo


Tubos de acero apilados en un rincón de la fábrica donde trabajo.

Una magnífica sala hipóstila cubierta por 49 cúpulas iluminadas cenitalmente.
Siempre me entristece tropezar con «la obra» de uno de esos individuos cegados por el afán de deformar los árboles hasta que se ajusten a cubos, conos o esferas.
Desgraciadamente, el responsable de parques y jardines de la hermosa ciudad de Querétaro padece una cepa especialmente virulenta de esta aflicción geométrica conocida como «lujuria del bloque» y – a excepción de la frondosa alameda (donde José López Alavez compuso la inmortal «Canción Mixteca«)- no hay espacio público que haya sobrevivido a su sádico afán mutilador.