Categoría: fotografía

La última cena de Santa Rosa

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En la iglesia de Santa Rosa de Viterbo (Querétaro), Jesús y sus doce apóstoles -esculpidos a escala natural y vestidos con coloristas túnicas- se sientan en la penumbra de un banco corrido adosado a la fachada sur de la sacristía, formando una de las más sorprendentes representaciones de la última cena que haya visto.

No comparten mesa -como suelen hacer cuando se juntan (aunque, como en toda «Última Cena» que se precie, San Juan intente a toda costa apoyar su cabeza en el pecho de Jesús de ese modo artificioso que tanto incomodaba a Bernard Rudofsky).

Sin podio que los separe ni cambio de escala que los magnifique, estos trece hombres tristes y preocupados, que alguien talló en madera hace ya tres siglos, te miran como a un igual, con una intimidad emocionantemente moderna.

Máscaras, butargas y capas

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De paseo por la colonia Doctores nos encontramos esta hermosa muestra de publicidad artesanal.

Nota:  Las misteriosas «butargas» resultaron ser las mallas típicas de la lucha libre (en el diccionario de la RAE aparece «botarga»: 1. f. En las mojigangas y en algunas representaciones teatrales, vestido ridículo de varios colores)

 

 

Huerto vertical

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Huerto vertical en la colonia Juárez, Ciudad de México.

Durante un paseo encontramos esta simpática alternativa a aquellos artificiosos «jardines verticales» que –desde que Herzog y De Meuron los popularizaron como decoración de la medianera de la plaza de acceso al Caixa Fórum de Madrid–  se han convertido en un cliché de la arquitectura contemporánea que ha transformado medianeras de todo el planeta en carísimas vallas publicitarias que gritan «¡SOY SOSTENIBLE!».

Decó biselado

FCE Tamaulipas
Vista trasera del Centro Cultura «Bella Época»

Buscando «depa» nos encontramos con esta curiosa vista a través de vidrios biselados y medianeras de la chimenea del Centro Cultural de la Calle Tamaulipas (antiguo Cine Lido) que alberga la fantástica librería del Fondo de Cultura Económica.

 

El carrito

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Ha vuelto el carrito de colores al barrio. Nunca lo he visto moverse pero no dejo que sus ruedas, cadenas y pedales me engañen. Sé que cuando nadie mire, pese a la calma chicha, las aspas de sus molinillos de flores, pájaros e insectos alados empezarán a girar, primero casi imperceptiblemente, luego cada vez más rápido, hasta convertirse en un torbellino multicolor que levanta sin esfuerzo el vuelo y desaparece sobre las azoteas de la colonia de vuelta a ese mundo de cuento del que sin duda llegó.

Las Brisas

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Buscando la playa en la que Tim Robbins se encuentra con Morgan Freeman al final de la inmortal «Cadena Perpetua«, acabamos en el célebre hotel diseñado por Ricardo Legorreta en Ixtapa -que conocía por una pequeña foto que en su día me había intrigado en no recuerdo qué libro- y del que quería aclarar si se trataba de buena arquitectura o de un proto-algarrobico naranja y fino.

Por acabar rápido con el suspense: me parece una obra maestra de la arquitectura del turismo de masas. A mi entender, está reservado a los maestros:

  • Conseguir que un coloso de casi 500 habitaciones en un paraje virgen sólo se vea en su totalidad desde el mar, gracias a inteligentes recursos de diseño (pegarlo de tal manera al terreno  que se convierte en una montaña construida -que de paso evoca la escala colosal de las grandes pirámides-, reservar una amplia franja sin edificar pegada a la playa, quebrar el edificio en dos, dejar tanta selva virgen como sea posible).
  •  Armonizar a la perfección la escala territorial del conjunto y el carácter monumental de ciertos espacios – el vestíbulo de recepción, la vertiginosa escalera «metafísica»- con la escala doméstica de las habitaciones, los comedores o el bar del acceso.
  •  Resolver un edificio tan grande con un único (y modesto) núcleo de elevadores gracias a que la propia arquitectura incita a caminar por el edificio y por la selva para acceder a los diferentes puntos de interés.
  •  Abrir el edificio literalmente al exterior -pasillos, vestíbulos, y comedores no tienen ventana ni elemento alguno que los separe de la naturaleza (¡en el armario encontramos un diminuto lagarto!) y absolutamente todas las habitaciones tienen una terraza con vistas a las maravillosas puestas de sol a través de un hueco diseñado de tal modo que ventanas y persianas de librillo desaparecen a voluntad para potenciar la experiencia del entorno.
  •  Inventar un curioso interiorismo -indudablemente inspirado en Barragán pero con inevitables aportaciones fruto del cambio de escala- en el que los falsos techos dejan de ser aquello que Reyner Banham llamaba «el blando bajo vientre de la arquitectura» y -al estar acabados con la misma rugosidad que las paredes- adquieren una sorprendente fuerza tectónica; y en la que una reducidísima paleta de materiales (madera, azulejos de colores, cerámica, revocos ocres, amarillos, violetas y rosas) logra una elegancia intemporal.
  •  Conseguir que una obra -construida precisamente en aquellos fatídicos años post-modernos de los que tan poca cosa puede salvarse (1981) – envejezca tan bien.
  • Habiendo sido el primero, continuar siendo el mejor hotel de la zona y gracias a la acertada elección del emplazamiento poder ignorar cómo la vulgaridad se extiende en mancha de aceite al otro lado de la colina .

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Nunca había estado en un hotel de estas dimensiones  y la estancia en «Las Brisas» ha conseguido matizar mi prevención natural ante este tipo de complejos. Evidentemente, prefiero construcciones de menor escala y el edificio habría ganado reduciendo algo su imponente volumen pero, dado que la democratización del turismo exige inevitablemente que se diseñen grandes complejos, ojalá todos ellos fuesen proyectados con el cariño, la gracia y la sabiduría que mostró el Sr. Legorreta en esta obra.

Y en cuanto al «paraíso sin memoria» que perseguían  Red y Andy Dufresne y que originó este viaje, la densidad de edificación nos hizo descartar en seguida que pudiese estar en Zihuatanejo y ya habíamos desistido de encontrarlo cuando,  en nuestras últimas horas en el lugar, desde el bote que nos llevaba de Playa Linda a la masificada isla de Ixtapa, vimos a lo lejos, al norte, un enorme arenal con palmeras que bien podría ser la playa soñada.

Nota:
Lástima que al llegar a casa me entere por la wikipedia de que la escena se rodó realmente en la caribeña isla de St. Croix.