
Acostumbrado a los bonsais domesticados, los esmirriados palos sin hojas, los troncos con muñones y las ridículas macetas que adornan tantas calles y plazas españolas, me impresionó llegar a esta ciudad y descubrir el gigantesco porte de los árboles de algunas colonias y las accidentadas topografías de concreto que resultan de su lucha contra banquetas y camellones.
Y aunque de higos a brevas añore caminar leyendo -sin preocuparme por meter el pie en un socavón o tropezar con una duna de hormigón-, a diario me maravillo de la frondosidad, el frescor, la sombra, los pájaros y las ardillas que estos grandes árboles nos regalan.
Por eso -en el eterno conflicto entre ciudad y naturaleza- prefiero el equilibrio de fuerzas que transmiten estas aceras abolladas que la sumisión implícita en aquellas perfectas hileras de arbolitos rítmicamente espaciados, inclementemente podados y obsesivamente centrados en alcorques que siguen un despiece surgido de alguna pantalla muy muy lejana.











