El metro como puente

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Aturdido por el sueño y por los ruidos propios del metro -el motor, el abrir y cerrar de puertas, la procesión de vociferantes vendedores ambulantes- tardé en darme cuenta de que  la habitual cadencia de subida y bajada de  pasajeros se ve a veces alterada -en la parada de «Chabacano»- por una auténtica tromba que irrumpe por las puertas de la izquierda y-en un suspiro- atraviesa transversalmente el vagón y sale por las de la derecha.

No entendía a qué respondía ese extraño comportamiento, hasta que caí en la cuenta de que utilizan el metro como puente de conexión entre el andén central y el lateral, evitando bajar a un túnel, cruzar por debajo de la vía y volver a subir para conectar con otra línea.

Nunca dejará de asombrarme el ingenio humano y su capacidad de explotar el más mínimo resquicio de cualquier sistema en beneficio propio.

Un árbol no es «un árbol»

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«No sentía que los escenarios de mi infancia interfiriesen con el presente sino lo contrario: Había regresado a mi infancia y era el presente el que interfería. (…) Aquello era lo que añoraba, cuando los árboles eran árboles y no «árboles», coches no «coches», Papá era Papá y no «Papá»»

Tuve que pasar un reguero de vomitonas y eyaculaciones precoces y llegar casi hasta el final del cuarto volumen de «Mi Lucha»- cuando Knausgard rememora la escritura de sus primeros cuentos- para entender que, al examinar tan minuciosamente la realidad, persigue exactamente lo mismo que aquel hombre que lloraba para limpiar su mirada y volver a ver campo donde ya sólo veía «paisaje»: recuperar la inocencia y la capacidad de asombro ante el mundo que le rodea.

Leonard Cohen (1934-2016)

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Entre los poquísimos discos de música «no clásica» de la discoteca paterna estaba «Songs for Leonard Cohen» que escuché a fondo cuando era un (pre-)adolescente sensible, antes de sentir la llamada de lo salvaje y centrar mi atención en Lou Reed, los Clash y compañía.

Lo redescubrí con «I’m your man» que -pese a esos sintetizadores que los rockeros militantes siempre encontrábamos sospechosos- me emocionó; y luego le perdí la pista durante muchísimo tiempo hasta que una crítica de Christgau me dirigió hacia el doble «Live in London» que se ha convertido en mi disco favorito de Cohen . Ahí dejé de verlo como un hombre lúcido pero mustio cuya música era apropiada sólo para momentos tristes y melancólicos y descubrí a un artista que en plena vejez alcanzaba su plenitud -y forzado por una ruina inminente- descubría, por fin, la alegría del amor correspondido (aunque sólo fuese por su legión de fans).

Por alguna razón que se me escapa, no conseguí escucharlo nunca en directo (ni siquiera en esa misma interminable y triunfal  gira reflejada en el directo londinense que hasta lo llevó al auditorio de Ourense donde lo vio mi hermano) y, aunque hace pocas semanas fantaseaba con cuánto me gustaría verlo en el auditorio de la Ciudad de México, eso ya nunca podrá suceder. Ya sólo me quedan los discos.

Descanse en paz.

Yeah Yeah Yeah

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Afirma Bob Stanley que es «pop» cualquier estilo que tenga presencia en las listas de éxitos y esa sana premisa destacada en la contraportada me incitó a leer su historia del género esperando un enfoque sanamente ecléctico.

Pero no. Su visión es totalmente anglocéntrica, obsesionada con lo que cada semana celebraban los semanarios y listas musicales británicas, tiene un fuerte sesgo anti-rock e ignora casi cualquier influencia de músicas de otras culturas en el pop.

Odia a los Rolling Stones, a los Clash, toda la nueva ola (menos la que le gusta, a la que llama Post-Punk) y al gran Bo Diddley le dedica únicamente un par de lineas. Adora a los Monkees, a ABBA, a Adam Ant ,a los Beatles, a los Bee Gees, a los Beach Boys, a Blondie, el Glam  y a KLF.

Su historia -pretendidamente revisonista- del pop sigue al milímetro la cronología estándar de las historias del rock y arranca con Bill Haley, Elvis Presley y compañía cuando, para un popero militante -en esta era de la retro-manía que tan bien analizó Simon Reynolds- tendría mucho más sentido remontarse hasta el principio de la música grabada y revisar la era del Tin Pan Alley y de los musicales de Broadway.  ¿No merecen «La Cucaracha», «yu-sei-tomeito-ai-sei-tomato», «Diga-diga-diga-roo», Fred Astaire o «El Manisero» un espacio destacado en el panteón del pop?

Odia a Bob Marley y no hay ni rastro de música latina o afro-pop. En mi opinión, para lo que aportan las escasísimas menciones a «músicas de otra gente» (incluido el country), podría habérselas ahorrado y su relato ganaría coherencia y fuerza.

Stanley está obsesionado por el cambio estilístico y las listas de éxito y analiza minuciosamente cada etiqueta inventada por la crítica británica (la obsesiva enumeración de estilos, sub-estilos e infra-estilos analizados en los capítulos dedicados a las raves y la música electrónica llega a resultar cómica). La búsqueda de la novedad permanente implica además que cada estilo tiene «su  momento» (máximo 3-5 años) y, por lo tanto, apenas hay artistas que merezcan un análisis a lo largo de las décadas (Dylan tiene un capítulo entero pero para Stanley su mejor disco es el infravalorado «New Morning»).

Me gusta la gente con una visión personal y ganas de llevar la contraria, pero -aunque tampoco la comparta- me hizo mucha más gracia «Rock and the Pop Narcotic» de Joe Carducci con su teoría opuesta de que el rock y el pop no sólo son totalmente diferentes sino que el virus pop es la auténtica amenaza del rock.

Admiro su ambición enfrascándose en un gran relato en esta época de obsesión por el detalle (en la que hay libros casi tan gordos como el suyo dedicados a un disco o sub-género), pero me convenció mucho más la narración de Robert Palmer en el imprescindible «Rock and Roll. An Unruly History«.

Coincido en la preponderancia de la canción sobre el disco y en que las listas de éxitos son la auténtica vara de medir el pop pero -como exaltación del single como artefacto pop definitivo- disfruté mucho más con «The Heart of Rock & Soul» de Dave Marsh.

Stanley escribe bien y con pasión, tiene un arsenal inagotable de anécdotas y comentarios jocosos -y muy pop- sobre los peinados, dentaduras o atuendos de muchos artistas; determinados momentos y movimientos «los clava» y reconozco que me costaba dejar el libro aunque a veces desease lanzarlo contra la pared o a las vías del metro pero creo que -aunque cualquier aficionado al género lo disfrutará y aprenderá cosas-  «Yeah Yeah Yeah» queda lejos de ser la historia definitiva de ese monstruo multiforme al que llamamos pop.

La ciudad que nos inventa

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Aunque en él aprendamos que la puerta al infierno está en el bosque de Chapultepec, que la Diana Cazadora (y sus pechos) son los de una secretaria de PEMEX que es también la obrera desnuda que lidera el grupo escultórico de la Fuente de los Petróleos, que la plaza de toros de la Condesa fue sustituida por un Palacio de Hierro, que la fachada de la catedral original está ahora en Pino Suárez; o nos enteremos de olvidadas salvajadas (las terribles matanzas de chinos durante la Revolución que explican que la ciudad tenga el barrio chino más pequeño del mundo, o el exterminio a palazos de todos los perros en 1790), este libro triste -que agrupa más de un centenar de crónicas sobre la Ciudad de México desde 1509 hasta nuestros días es, sobre todo, la crónica de una destrucción: la de los canales que surcaban el centro histórico y lo unían con otras poblaciones (el último en cegarse fue la actual Calzada de la Viga), la de los acueductos de Chapultepec a Salto del Agua y el que se divisaba desde la calzada más antigua de Amèrica (La Mexico-Tacuba), la de la toponimia, el paseo de Bucareli, el tren y la estación de Buenavista, «el árbol de la noche triste» (el ahuehuete de Popotla que -con 500 años de vida- fue salvajemente calcinado) , los álamos de la Alameda, los baños de vapor; los mesones de la calle Mesones; o la destrucción de Tlatelolco  -la ciudad gemela de Tenochtitlán que llegó intacta a nuestros días- para construir espantosas colmenas de vivienda «social».

Para los que amamos la caótica e hipertrofiada metrópolis de hoy, conocer todas las maravillas que se perdieron -por los terremotos, pero, sobre todo, por desidia, codicia o ignorancia- nos hace apreciar aún más todo lo que se conserva y nos conciencia de ese proceso que continúa desarrollándose cada vez a mayor velocidad ante nuestros ojos y que constituye «la verdadera maldición de la ciudad: la pulsión de tirar lo único para levantar lo que puede encontrarse en cualquier parte«.

La esfera, el cubo, el cono….y el árbol.

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Siempre me entristece tropezar con «la obra» de uno de esos individuos cegados por el afán de deformar los árboles hasta que se ajusten a cubos, conos o esferas.

Desgraciadamente, el responsable de parques y jardines de la hermosa ciudad de Querétaro padece una cepa especialmente virulenta de esta aflicción geométrica conocida como «lujuria del bloque» y – a excepción de la frondosa alameda (donde José López Alavez compuso la inmortal «Canción Mixteca«)- no hay espacio público que haya sobrevivido a su sádico afán mutilador.

La última cena de Santa Rosa

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En la iglesia de Santa Rosa de Viterbo (Querétaro), Jesús y sus doce apóstoles -esculpidos a escala natural y vestidos con coloristas túnicas- se sientan en la penumbra de un banco corrido adosado a la fachada sur de la sacristía, formando una de las más sorprendentes representaciones de la última cena que haya visto.

No comparten mesa -como suelen hacer cuando se juntan (aunque, como en toda «Última Cena» que se precie, San Juan intente a toda costa apoyar su cabeza en el pecho de Jesús de ese modo artificioso que tanto incomodaba a Bernard Rudofsky).

Sin podio que los separe ni cambio de escala que los magnifique, estos trece hombres tristes y preocupados, que alguien talló en madera hace ya tres siglos, te miran como a un igual, con una intimidad emocionantemente moderna.

Su lucha

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No tengo paciencia con esos libros (o películas) en los que «no pasa nada».  La introspección suele resbalarme. Odio los libros gordos.  Y, sin embargo, estoy devorando el segundo de los seis tomos de «Mi Lucha» de Karl Ove Knausgard como si fuese «Limonov» o «Carreteras secundarias«, los dos últimos libros que recuerdo haber leído de una sentada.

Es difícil explicar por qué el relato autobiográfico y ultra-minucioso de una vida relativamente normal resulta tan interesante. Tal vez sea el morbo de entrar tan a fondo en la vida y los sentimientos de alguien que relata sin cortapisas todo lo que le ocurre, regodeándose especialmente en aquello que le avergüenza. O por esos deslumbrantes micro-ensayos que aparecen aquí y allá propiciados con frecuencia por un asunto u objeto de lo más banal. O, sencillamente, por lo condenadamente bien escrito que está.

Su generación es la nuestra: escucha rock independiente, se enamora, compra en el IKEA, escapa de su primer matrimonio, se emborracha, se corta la cara por un amor no correspondido, se arrepiente, huye de la gente, ejerce de padre moderno, sufre la dictadura de lo políticamente correcto, lucha por su sueño de escribir una gran novela, se vuelve a emborrachar, mete una colilla mal apagada en un buzón, prepara unas langostas para sus amigos, sufre por su escasa masculinidad, critica a sus colegas, mira las nubes, se siente asfixiado por el conformismo buenista de la sociedad sueca.

Y nos cuenta su lucha con todo lujo de detalles en el egoísta, cándido -e irresistible- soliloquio de un adolescente perpetuo que, aún manteniendo su rechazo al mundo de miserias y obligaciones de los adultos, es capaz de observarlo con ojos limpios y mostrarnos la increíble complejidad y riqueza de lo real y lo cotidiano.