Siempre he pensado que los premios deberían apoyar a la gente con talento antes de que el reconocimiento a sus logros sea unánime, evitando a toda costa la filosofía «Príncipe de Asturias» según la cual sólo aquellos que ya lo han ganado todo tienen derecho a un galardón. En ese sentido, celebro que el premio Pritzker de este año se le haya concedido a un estudio «joven» (para los parámetros de la profesión) y con un volumen construido relativamente modesto.
Pero no comparto la insistencia de los medios de comunicación -y de los propios arquitectos- en destacar su arraigo y dependencia del contexto cuando el estudio cuenta ya con obras importantes en el extranjero y ha saltado sin mayores problemas del terruño volcánico de la Garrotxa al desierto urbano de Dubai.
De hecho, creo que RCR ejemplifican al arquitecto-artista centrado en la forma y la belleza (1) que tiene eso tan esquivo como imprescindible para triunfar: un estilo reconocible y exportable.
Una estética poderosa en la que una paleta mínima de materiales fetiche -dominada por el acero (a poder ser «corten») y el vidrio- conforma volúmenes sin ventanas ni ningún otro elemento que pueda remitir a lo doméstico, revelar la escala y desvirtuar así el carácter abstracto de la obra . Una estética del control (2) capaz de producir obras tal vez bellas pero difícilmente compatibles con el cambio y la vida que, personalmente, considero la esencia de la mejor arquitectura. (más…)
Aunque soy un buen aficionado a la obra de Barragán y he leído al menos media docena de libros sobre él, no recuerdo haber oído hablar de la misteriosa casa que se construyó en una playa del Pacífico a mediados de la década de los 50. Fue leyendo anoche el capítulo dedicado al regionalismo en «La arquitectura mexicana del siglo XX» (Fernando González Gortázar. Lecturas Mexicanas, 1996) donde la siguiente referencia -al hilo de una discutible argumentación sobre la influencia de Mies en Barragán- me hizo dar un respingo:
«Hay obras en las que esto se vuelve aún más evidente: la entrada del Pedregal o la capilla abierta de Lomas Verdes, por ejemplo, o la extraordinaria y destruida casa en Majahua, en la costa de Colima, con sus muros de hojas de palma y sus estancias y terrazas con piso de arena.»
A ver si va a resultar que la imagen del devoto que medita contemplando su jardín desde su solitario refugio es una burda simplificación y Barragán era también un hedonista aficionado a la playa y el sol.
Al bucear por la red encontré estas referencias dispersas:
«Hacia 1954 realiza Barragán el último intento de construir otra casa propia. Adquiere varias propiedades en la costa del Pacífico, en la playa de Majahua, creo que conocida por sus tiburones, en el estado de Colima, en una zona que pretendía urbanizar. Allí construye una “casa preciosa”, con “muros de hojas de palma” y “piso de arena”, para su disfrute personal, que desaparece por un incendio años después, pero confirma una vez más el empeño del arquitecto por construir un sitio donde vivir.» (Anna Martínez Durán. «La casa del arquitecto» Tesis doctoral 2007)
Pero ninguna de estas evocadoras descripciones iba acompañadas de imágenes y mi curiosidad no ha hecho más que aumentar.
¿Alguien tiene algún plano o fotografía de la casa de Barragán en Majagua que pueda amablemente compartir para poder profundizar en la -para mí- desconocida faceta hedonista de este arquitecto ensimismado ?
Soy alérgico al Ocultismo y el «New Age». Nunca me ha interesado ni la psicología, ni la interpretación de los sueños, ni la videncia, ni la curación mental de dolencias físicas, ni las visiones asociadas a las experiencias cercanas a la muerte; ni jamás me había preguntado dónde estamos cuando soñamos. Ignoraba que existiesen los onironautas y el sueño lúcido, que Hipnos (el sueño) y Tanatos (la muerte) fuesen hijos de Nix (la noche) o que Asclepio y sus hijas Panacea e Higía fuesen las diosas de la curación (y que la gente peregrinase a sus santuarios a incubar sueños y así sanarse).
Apoyándose tanto en relatos históricos recurrentes como en mitos griegos, egipcios y orientales; en las visiones premonitorias de Nietzsche, Schopenhauer, Kafka o Mark Twain; en el trabajo conjunto de Jung y Pauli; o en las implicaciones de que la física que se acerca a la materia desde lo diminuto acepte con resignación las paradojas espacio-temporales y la posibilidad de la existencia de múltiples dimensiones, el autor de este hermoso ensayo consigue inocular en el lector una duda razonable sobre si eso que consideramos realidad, en lugar de restringirse a lo que percibimos por los sentidos, debería tal vez ampliarse a una visión de un mundo que integre lo psíquico y la conciencia y en el que presente, pasado y futuro pueden convivir simultáneamente (aunque sólo podamos acceder a esa realidad aumentada cuando soñamos o tenemos experiencias cercanas a la muerte).
Así, lo que a primera vista parece una investigación sobre el mundo de los sueños y los fenómenos, mitos y rituales asociados a ellos esconde en realidad una crítica radical de ese racionalismo que el autor considera simplista e intransigente por atribuir todo lo inexplicable al azar.
No es que vaya a abandonar de repente la tradición ilustrada que tan bien me ha servido hasta la fecha pero la lectura de este poderoso libro de Jacobo Siruela me ha hecho plantearme que tal vez las cosas no sean tan simples como pensaba. No se puede pedir más a un ensayo.
La ciudad por la noche son esas luces que anuncian poco recomendables antros o forman un bello perfil luminoso que nos indica el camino a casa.
«Bright Lights, Big City«- Jimmy Reed (1961)
El bluesman más relajado de todos sufre porque las luces de la ciudad «se subieron a la cabeza de su chica» e intenta advertirle de que la llevarán a la perdición. Es también muy recomendable la desgañitada versión de un bisoño Van Morrison con los nunca suficientemente reivindicados Them.
«Harbor Lights«- Elvis Presley (1954)
En este pequeño clásico de los años 30 -lo primero que grabó Elvis nada más pisar los estudios Sun de Memphis- las luces del puerto que una vez anunciaron el reencuentro con la amada marcan ahora la separación definitiva.
«City Lights«- Ray Price (1958)
Hermoso tema country -cortesía del gran Ray Price- que asocia llas luces con los antros a los que acude la gente con el corazón roto.
«Dallas»- The Flatlanders (1972)
¿Has visto alguna vez Dallas desde la ventanilla de un DC-9 por la noche?
«City Lights» – Lou Reed «(1979)
Una oda a Chaplin rescatada de un disco menor de Lou Reed («The Bells») al que llevo enganchado una buena temporada (sobre todo a la inolvidable «All through the night» co-compuesta con Don Cherry) .
«New York Skyline» – Garland Jeffreys (1977)
El único músico tan perdidamente enamorado de Nueva York como su amigo Lou Reed compuso esta hermosa canción a mayor gloria de la silueta nocturna de su ciudad.
«Downtown Lights»- The Blue Nile (1989)
La canción más memorable de su disco «Hats».
«Big City» – Spacemen 3 (1991)
«Gran ciudad, luces brillantes, gente «cool», todos mis conocidos están allí» (una inversión total de la canción de Jimmy Reed). Spacemen 3 ya no eran a estas alturas un grupo más que en el nombre y hasta se habían repartido las caras del lp para no tener que verse las suyas. Aún así, crearon un gran disco («Recurring») que se abre con este clásico (que hasta los Simpson utilizaron en uno de sus episodios psicodélicos)
«Sólo la gente superficial no juzga por las apariencias. El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible» (Oscar Wilde)
Al abrir «Contra la interpretación» de Susan Sontag me encuentro con esta cita que sintetiza a la perfección lo esbozado en el post «Tres citas con la forma y el fondo» de hace ya cinco años.
El agua del grifo no es potable. Acercarse al OXXO, el 7-eleven o el «abarrotes» más cercano para volver cargados con garrafas de cinco o seis litros, subir los tres tramos de escaleras que nos separan de la calle y vivir pendientes de la campana que marca la hora de bajar los bidones vacíos son actividades que hemos incorporado con naturalidad a nuestras rutinas semanales y no plantean mayores problemas. Hasta el día que te olvidas.
Anoche volvimos a casa de una boda en Xochimilco y nos acostamos temprano tras terminar con el escaso cuarto de litro que quedaba en la botella de la nevera. A las tres de la mañana me desperté con una sed de una intensidad que no recordaba haber experimentado antes. Abrí la puerta del refrigerador y recordé con horror que no quedaba ni una mísera gota de agua que echarse al gaznate. Había cervezas -poco apetecibles tras la importante ingesta de alcohol del día anterior- y una tónicas que también recordaban demasiado a los gin-tonics de hacía unas horas.
Desesperado, abrí el congelador y empecé a masticar cubitos de hielo. Pero los dientes me dolían por el frío y tras el tercer cubito volví a acostarme esperando dormir unas horas hasta que amaneciera y bajar entonces a reponer existencias. Era inútil. No podía pensar en otra cosa que grifos, vasos, botellas y garrafas. Y no era el único.
Nos envalentonamos y decidimos bajar a la tienda de conveniencia más cercana con la esperanza de que estuviese abierta. Nos vestimos por encima de los pijamas y nos pusimos en camino. Al acercarnos a Juan Escutia vimos una luz que confirmaba nuestras esperanzas. Podríamos calmar nuestra sed.
Entramos corriendo, nos abalanzamos sobre las neveras y agarramos una garrafa bien fresquita de Epura y otra de Ciel, pagamos; y, nada más salir, nos detuvimos entre la puerta y el cubo de basura, abrimos con avidez el precinto y bebimos como nunca habíamos bebido, en larguísimos tragos que sólo interrumpíamos para poder respirar, hasta que por fin pudimos empezar a pensar en algo que no fuese nuestra propia sed.
Aunque me parece que se abusa bastante de los pilares inclinados, comparto esta ingeniosa justificación de Gaudí que los aficionados a ellos podrán utilizar a conveniencia:
«Me preguntaron por qué hacía columnas inclinadas. Les respondí que por la misma razón que el caminante cansado, cuando se detiene, se apuntala con el bastón inclinado, porque si lo pusiese vertical no descansaría»
(de «El pensamente de Gaudí» de Isidre Puig Boada. DUXELM, 2004)
Este pabellón viajero nació en Pittsburg (en las acerías del señor Carnegie) para representar a México en la Exposición de Nueva Orleans de 1884, pasó temporadas en Chicago y Saint Louis, y encontró un acomodo provisional en la Alameda Central de la Ciudad de México antes de arraigar definitivamente en la colonia Santa María La Ribera.
Ahí, ubicado en el centro geométrico de su principal espacio público, este errante «Kiosko Morisco» de planta centralizada y estructura de hierro no sólo encontró su lugar sino que se ha convertido en el corazón del barrio y en el icono con el que tanto sus vecinos como el resto de la ciudad identifican la colonia, hasta el punto de resultar inimaginable en cualquier otro lugar. El centro de esos círculos concéntricos que forman su cúpula es ahora el centro físico y mental del barrio, su kilómetro cero.
Como saben los que siguen habitualmente el blog, últimamente me interesan mucho los «arquitectos descalzos»: esos profesionales -como Hagerman o Van Lengen– que prefieren trabajar in-situ con la gente (y con sus propias manos) que en el tablero de dibujo, que intentan respetar al máximo el terreno y vegetación existentes, que celebran la individualidad del ser humano y su derecho a tener una vivienda adaptada a sus necesidades concretas, que luchan contra el despilfarro económico, energético o material, que aprovechan los recursos próximos y plantean edificios de muy baja tecnología que casi cualquier persona puede llegar a construir y que se preocupan por recuperar el modo intemporal de construir y aquellas lecciones que podemos aprender de la arquitectura tradicional.
Hace algunos días veíamos cómo Hassan Fathy luchó (y fracasó) en su intento por establecer una nueva arquitectura vernácula para Egipto ya que sus propuestas no fueron aceptadas por la gente humilde para la que estaban pensadas (tanto por el uso de bóvedas que hasta entonces se asociaban a la arquitectura funeraria, como por el empecinamiento de los usuarios para los que proyectaba en tener casas lo más parecidas posible a las de los ricos de su pueblo); y ahora se le ve como un arquitecto de talento pero con una mirada nostálgica que le impedía proponer lo que realmente necesitaban sus paisanos más desfavorecidos y que le llevó a un callejón estilístico sin salida.
The Hamlet. La casa del arquitecto
Laurie Baker, en cambio, consiguió desarrollar una arquitectura vernácula contemporánea para Kerala, la región tropical húmeda del sur de la India donde vivió la última parte de su vida. Allí construyó más de mil casas unifamiliares -todas diferentes y adaptadas al presupuesto y necesidades de cada cliente- varias iglesias, un pueblo de pescadores, un centro de computación, cafés, hospitales y casi cualquier tipología que se pueda imaginar. Pese al escepticismo y hostilidad con que se encontró inicialmente, su manera de hacer se ha extendido por toda la región ya que su bajísimo costo permite a mucha gente que no puede tener una casa convencional construirse una vivienda fresca y cómoda.
Su biografía es digna de una película (que, de hecho, ya se ha filmado pero todavía no he podido ver). Nacido en Inglaterra en 1917 en una estricta familia metodista, se graduó en arquitectura en 1938, fue objetor de conciencia y pasó la segunda guerra mundial en China como voluntario en hospitales de atención a leprosos como parte de la iniciativa «Friends Ambulance Unit» de los cuáqueros a los que se había acercado tras distanciarse de la iglesia de sus padres.
En 1943, tras cuatro años en China, le ordenaron regresar a Inglaterra pero por el camino, se detuvo en Bombay. Allí se encontró con Mahatma Gandhi y el flechazo fue instantáneo. Gandhi se interesó por aquel modesto arquitecto inglés que en lugar de zapatos llevaba -a la manera china- unos trapos envolviendo sus pies, y Baker.a su vez, quedó profundamente impresionado por el pensamiento de Gandhi y, muy especialmente, por su idea de que la esencia de la India estaba en sus aldeas y de que los materiales de construcción deberían estar cómo muy lejos a 5 kilómetros de la obra.
Regresó a Inglaterra pero no podía olvidar la India y en cuanto surgió la oportunidad de unirse como misionero a la organización «The Mision to Lepers» para el cuidado de leprosos que buscaba arquitectos e ingenieros para construir centros de acogida en aquel país, no lo dudó y partió hacia Faizabad (Uttar Pradesh) para ayudar en su labor humanitaria al Dr. Chandy y a su hermana Elizabeth -también doctora- de la que en seguida se enamoró perdidamente.
Mientras escuchaba distraídamente el disco «Memorial» de Don Drummond, la delicada canción «Dearest» contrastó tanto con el fondo de vigorosos instrumentales ska con los Skatalites que lo hicieron célebre que tuve que levantarme para volver a pincharla (una y) otra vez hasta averiguar qué diablos era eso que me resultaba tan familiar pero que tenía la certeza de nunca haber escuchado antes.
Resultó que la familiaridad se debía, por un lado, a que se trataba de una composición de Bo Diddley -con cierto aire de familia con la irresistible «Crackin’ Up«- y, por otro, a que era una versión de Mickey and Sylvia -que evoca irremediablemente su inmortal «Love is Strange» (por cierto, también compuesta por Diddley)-. Pero esas voces, ese trombón y esa evocadora guitarra -por no hablar de esa dulce manera de tocar R&B yanqui propia de la música jamaicana anterior al reggae- conseguían ese característico milagro pop mediante el cual una tópica letra de amor y una tonadilla aparentemente inocua consiguen evocar un lugar o un estado de ánimo fuera del tiempo en el que, por un momento, desearías vivir para siempre.
De Dotty y Bonny apenas nada se sabe. Grabaron éste y algún otro tema para Duke Reid y se esfumaron para siempre.
Notas:
– Aunque se suele considerar a Mickey and Sylvia «one-hit-wonders», Mickey Baker es reverenciado en según que círculos como uno de los grandes guitarristas de la música popular, participó como músico de sesión en muchísimos clásicos R&B, y es autor del curso de referencia «Complete Course in Jazz Guitar» ; y Sylvia Robinson pasaría a la historia -entre muchas otras cosas- como creadora de una de las mejores canciones de la era disco («Shame Shame Shame«) y como fundadora de Sugarhill Records (y, por tanto, madre del hip-hop). Poca broma.
– Y su versión del tema es también preciosa:
– Hay también una excelente versión de Buddy Holly (de las «Apartment Tapes«):
En estas fechas amargas de vuelta al cole y al curre, me ha animado encontrar este mensaje garabateado por el maestro Juan Cipriano en el cemento de una vulgar rampa de garaje que nos recuerda que el trabajo -por modesto que sea- puede ser algo digno de celebración y no únicamente una maldición bíblica.