Lo original y lo familiar

 

MLTW
Charles Moore, Richard Whitaker, Donlyn Lyndon y William Turnbull en el Sea Ranch.

«(…) los estudios de arquitectura y urbanismo del siglo XX han puesto un énfasis desproporcionado en lo original, lo único. En cambio, nosotros creemos en el diseño de lo familiar y lo sorprendente, donde lo familiar es el protagonista y la función fundamental de lo sorprendente es devolverle la frescura a lo familiar. Los lugares más satisfactorios que conocemos no son zoológicos arquitectónicos sino lugares (…) donde amplias zonas de consenso humano destacan el más sutil matiz de singularidad como una muestra individual de cariño (…) y establecen un fondo urbano contra el que las manifestaciones de vitalidad y cordial atrevimiento pueden fijarse en la memoria pública.»

Charles W. Moore- Epílogo de “Body, Memory and Architecture” (Yale University Press, 1977)

La isla intermitente

CYMERA_20170413_115247

La vieja fortaleza se encuentra ahora ligada a tierra firme por un desangelado continuo de instalaciones portuarias -en el que se suceden silos, aduanas, depósitos, sórdidos canales, esqueletos de hormigón abandonados, grúas-puente y colosales pilas de contenedores- hasta que accedes al recinto y la fuerza de la arquitectura militar y el poder evocador de las texturas de los aparejos de fábrica y de las bóvedas de cañón con sus estalactitas salinas, y la increíble riqueza cromática de los desconchados muros que algún día fueron blancos y ocres consiguen que, por un momento, olvides el entorno y la isla vuelva a emerger solitaria frente a la costa jarocha.

La habitación exterior

outdoor room_rudofsky

El espacio exterior privado en las fachadas de los conjunto de vivienda colectiva puede adoptar una sorprendente variedad de formas y permitir diversos usos dependiendo de su dimensión y de su relación con el espacio público. Desde el más modesto balcón de dos palmos de ancho en el que sólo caben una o dos macetas y en el que la actividad típica es salir a fumar y asomarse a ver pasar la vida urbana, a los que permiten sentarse -aunque sea en un alfeizar o un diminuto taburete-, sacar una pequeña mesita para un café o una cerveza para una o dos personas, a los que superan los «6 pies de ancho»* y ya permiten comer «a la fresca» a toda la familia  y, por último, a ese espacio soñado que llamamos la habitación exterior.

La habitación exterior es exactamente eso: un espacio cerrado por sus cuatro lados pero abierto al cielo y al sol, que encontramos a veces en forma de patio integrado en una vivienda unifamiliar, o como diminuto jardín doméstico. Fue el gran hedonista Bernard Rudofsky quien acuñó por primera vez este concepto (en el capítulo «The Conditioned Outdoor Room» de su genial «Behind the Picture Window«) y, al analizar cómo las grandes vidrieras de la casa moderna habían reducido los jardines para vivir en jardines para contemplar, reivindicó la importancia de tener un espacio exterior acotado e íntimo en el que poder «trabajar, dormir, cocinar, comer, jugar y holgazanear»**.

rudofsky_nivola

Además de los incontables ejemplos de la antigüedad y la arquitectura vernácula -sobre todo mediterránea-, el propio Rudofsky construyó con Constantino Nivola un solarium-habitación exterior para la casa de este último en los Hamptons; pero no fue hasta hace un par de días –gracias al blog HicArquitectura–  que encontré un ejemplo de habitación exterior en un bloque de vivienda colectiva que no estuviese en la azotea o en contacto con el terreno.

Montpellier

Por ponerle una pega, para ser una auténtica habitación exterior, la intimidad es fundamental y esta foto en picado demuestra que los usuarios están muy expuestos a las miradas de los vecinos. Pero es una idea sugerente que ojalá fertilice.

Notas:

*Christopher Alexander sostiene en su «Lenguaje de Patrones» que las terrazas o blacones únicamente se utilizan a fondo cuando superan el 1.80 metros

**Alexander también incorporó este concepto tomado de Rudofsky -«Habitación Exerior»- como patrón 163.

La aceptación del bulto

sea ranch
Sea Ranch. California

Aunque las nuevas necesidades que surgen inesperadamente cuando un proyecto empieza ya a cristalizar pueden obligar a revisarlo completamente, ciertas arquitecturas asumen sin resentirse buena parte de estos «accidentes» mediante mecanismos tan simples como engordar una pared, modificar algún ángulo o añadir un bulto más al conjunto.

Esta aceptación del «bony«*  sólo está al alcance de las arquitecturas «relajadas» en las que los imprevistos pueden llegar a enriquecer la obra (como aquel muro que se quebraba para evitar podar un árbol) porque cuando la calidad de la arquitectura depende de la pureza del volumen, de la radicalidad de «la idea«, o de la estricta observancia de alineaciones, modulaciones y demás variantes de eso que tramposamente se llama «rigor geométrico»**,  cualquier desviación será inevitablemente percibida como un defecto o una anécdota.

Incluso cuando estos añadidos o modificaciones no suceden durante el proyecto sino años o generaciones más tarde, el edificio proyectado como «aglomeración sensorial» podrá asumir con mayor naturalidad el crecimiento y el cambio que cualquier espécimen de «arquitectura retiniana».

Si las leyes de selección natural tuviesen alguna influencia en el desarrollo de la arquitectura, estas evidentes ventajas competitivas probablemente ayudarían a que nuestro entorno fuese mejorando y humanizándose paulatinamente. Pero la única ley que rige esta disciplina es la del dinero.

 

* El problema del «bony» (bulto) y su encaje lo encontré por primera vez en algunos de los proyectos del estudio de José Antonio Martínez Lapeña y Elías Torres en el que colaboré durante cinco años.

**Los que utilizan ese concepto para justificar sus proyectos obvia el hecho de que hay órdenes más complejos (pero no necesariamente menos rigurosos). A veces es cierto aquello de que el desorden es un orden que no alcanzas a comprender.

 

5 años

5 VELAS

Hoy hace cinco años que empecé este blog. En este tiempo mi vida ha dado muchos tumbos pero he intentado encontrar algún momento cada semana para escribir sobre la perfección, las ventanas, la «sencillez«, el orden y otros temas recurrentes;  o sobre croquetas, tarros-vaso, la magia del 15 , los ojos y otras excusas para explorar las mismas obsesiones desde otro ángulo.

Agradezco como siempre a los que leen y siguen el blog su interés, sus comentarios y su paciencia con las digresiones -me consta que a algunos les interesa la parte arquitectónica pero abominan de la musical (y viceversa)-. Gracias a todos por animarme a continuar.

El cine Ópera

CYMERA_20170319_232407

Durante un paseo por la colonia San Rafael descubrimos el desvencijado Cine Ópera (1949) que en su día fue uno de los más importantes de la ciudad y acabó convertido en sala de conciertos de grupos «siniestros» hasta que cerró en 1998 tras una actuación de Bauhaus. La fachada decó -presidida por las dos figuras femeninas que portan las máscaras de la comedia y la tragedia- continúa siendo imponente en su decadencia pero, aunque ha habido algunas iniciativas para intentar devolverle el esplendor –como la de Michael Nyman, el ilustre vecino de la colonia Roma-, su deterioro continúa.

 

Equivalencias

prd pri

«¡Peña! ¡Mancera! ¡La misma chingadera!» repetían los manifestantes ante la CFE evocando irremediablemente aquel lejano «¡PSOE! ¡PP! ¡A mesma merda é!«.

Nota: Peña es el Presidente de la República Enrique Peña Nieto (PRI). Mancera es el jefe de gobierno de la Ciudad de México Miguel Ángel Mancera (PRD). La CFE es la Comisión Federal de Electricidad

El carenado hostil

Sevilla

El lavado de cara de la línea 1 del metro de la Ciudad de México consiste en revestir sus paredes con paneles metálicos verticales blancos rematados con una estrecha franja horizontal rosa  del mismo material en la que figuran los nombres y pictogramas de las estaciones.

Cuando el metro arranca o se aproxima a la estación, como la alineación de los paneles no es perfecta, toda la franja rosa se convierte en una informe vibración luminosa que sigue el movimiento del tren y-al fundirse el blanco de las letras con los brillos de la onda de reflejos de las luminarias- dificulta enormemente la lectura de los nombres de las paradas; y contradice  la imagen pulida y afilada que probablemente perseguían sus diseñadores.

Y cuando espero en el andén y siento que el tacto frío y la sonoridad hueca del material anulan el impulso natural de apoyarme contra un paramento al que ya sólo espera un futuro de abolladuras y ralladuras, añoro la digna pátina de los cascados azulejitos rojos de la estación de Sevilla que antes hacían su misma función.

Teísmo

the book of tea

Este libro escrito en inglés hace algo más de un siglo por Kakuzo Okakura consigue resumir para un público occidental la esencia de la cultura y el arte japoneses en apenas cien páginas . Más que un libro sobre el té es un libro sobre el «teísmo» que es como el autor denomina a la filosofía estética y vital que nació en China en el siglo VIII y floreció en Japón setecientos años después, determinando su visión del mundo, la moral, el arte y la arquitectura.

En siete breves capítulos, Okakura evoca toda la densidad estética y filosófica que se condensa en la ceremonia del te, pasando de la historia de las diferentes formas de consumir la planta a un análisis de la arquitectura de la casa de té y de los principios que rigen su decoración interior, el arreglo de flores,  el relato de episodios significativos de la vida de los grandes maestros del té y las ideas que los inspiraron, y consigue transmitir la importancia de encontrar lo hermoso en lo cotidiano y  de cultivar lo vacío, lo inacabado y la naturalidad.

Un clásico engañosamente simple -empecé a releerlo nada más terminarlo- que contiene enseñanzas profundas sobre lo que constituye una vida (y una muerte) bella y plantea una demoledora crítica de la estética de la permanencia, la repetición, la simetría y la perfección propia de Occidente.

El corazón de un perro (II)

heartdog.poster

Gracias a la amabilidad de Scalisto, he podido ver «Heart of a dog» de Laurie Anderson este fin de semana. No voy a re-escribir la reseña de la banda sonora porque, en esencia, la película es el disco ilustrado. Pero la omnipresente lluvia, los vídeos de seguridad reproducidos hacia atrás, los maltratados super-ochos de la infancia de la artista, las actuaciones benéficas de Lolabelle, los cielos azules e infinitos o invernales y recortados por las siluetas de los árboles, las imágenes quemadas de Lou en la playa o los hermosos dibujos de Laurie imaginando a Lolabelle en sus 49 días en el Bardo complementan a la perfección los monólogos y consiguen que, por una vez, el clásico lema de los vagos «casi mejor me espero a que salga la peli» tenga todo el sentido.

El corazón de un perro

heart of a dog

Tras un par de escuchas apresuradas en las que me pareció que había demasiado budismo y poca chicha musical, había relegado «Heart of a dog» (2015) -el último disco de Laurie Anderson- a los más oscuros rincones de mi ipod. Afortunadamente, tuve hace unos días el impulso de darle otra oportunidad  y, desde entonces, es la banda sonora de mis desplazamientos diarios al trabajo y la magia de sus palabras me absorbe hasta el punto de convertir el libro que antes amenizaba el viaje en un peso muerto bajo el sobaco.

Aunque es la banda sonora de una película que no he tenido ocasión de ver, las historias entrelazadas tienen tanta fuerza que no necesitan más que la maravillosa dicción de Anderson para llegar al oyente (su inglés cristalino me ha parecido uno de los más hermosos que he escuchado desde que me cautivó con el inmortal «Big Science»). Hasta la música es poco más que una amalgama de sutiles efectos sonoros que ilustran los relatos pero muy rara vez se acercan a la estructura de una canción.

Cuatro muertes entreveran los recuerdos y pensamientos de la artista: la de su madre -a la que admiraba pero no quería-, la de su adorada terrier  Lolabelle -a la que enseñó a tocar música, esculpir y pintar cuando se quedó ciega-, la de su gran amigo Gordon Matta Clark – del que, de pasada, explica el desconocido origen biográfico de sus famosas casas cortadas– y, aunque no se lo mencione más que con algún ocasional «nosotros», la de su querido esposo Lou Reed, que contribuye póstumamente una hermosa canción («Turning time around«) que pasaba desapercibida en «Ecstasy» pero parece expresamente compuesta para cerrar este hermoso ciclo de historias y reflexiones alrededor del amor y la pérdida.

Sobre este fondo triste pero afrontado con entereza, naturalidad y una absoluta falta de pretensiones, aparecen anécdotas sólo aparentemente triviales, momentos reveladores de la vida de la artista -ese accidente que casi la deja paralítica en su infancia, el episodio del hundimiento en un lago helado del carro en el que llevaba a sus dos hermanos gemelos-, citas literarias (Foster Wallace y su «toda historia de amor es una historia de fantasmas«), filosóficas (Kirkegaard y su «la vida sólo se entiende hacia atrás , pero sólo se puede vivir hacia adelante«) y aquellas enseñanzas de su maestro budista que inicialmente me habían echado para atrás pero que ahora considero una parte importante de la obra.

Más que un gran disco, una meditación profunda y vitalista sobre el amor y la muerte. Estoy deseando ver la película.