¿Qué libro (de arquitectura) te llevarías a una isla desierta?

Esta pregunta puede tomarse como una oportunidad de reivindicar el libro que más te ha marcado (“El Modo Intemporal de construir”/»Un lenguaje de patrones» de Christopher Alexander o «Now I Lay Me Down to Eat» de Bernard Rudofsky), el que más te ha hecho reír (“¿Quien teme al Bauhaus feroz?” de Tom Wolfe) o ese al que vuelves con frecuencia (el “Diccionario de las artes” de Félix de Azúa, aunque no trate exclusivamente de arquitectura).

Manual del arquitecto descalzoPero si realmente me viese en ese brete, seguramente elegiría el “Manual del arquitecto descalzo” de Johan Van Lengen, un libro pensado para lectores sin ninguna experiencia previa o formación técnica en construcción que deseen construir su propia casa o aunar esfuerzos con otros para construir un edificio para la comunidad, contando únicamente con sus propias manos y herramientas muy básicas (de ahí el “descalzo” del título).

Aunque para alguien con formación en la materia gran parte de las páginas puedan parecer obvias, su gran virtud es precisamente partir de cero y del más estricto sentido común y explicar cómo elegir un buen emplazamiento (demostrando como la elección correcta es radicalmente diferente dependiendo del clima), como orientar la construcción ( en función del sol, el viento y la presencia de agua), cómo preparar el terreno, cómo hacer una cimentación y cómo construir las fachadas techos y pisos, cómo procurarse energía (molinos, calentadores de agua, fabricación de hielo…) y agua (bombas, transporte…) o cómo gestionar y aprovechar los residuos para compostaje.

Hojeándolo entran ganas de encontrarse en una isla desierta o en un territorio previo al imperio del dinero, la técnica y la normativa en el que las decisiones se tomaban in-situ sacando el máximo provecho de lo que cada entorno ofrecía y en el que cada persona o familia construía su propio refugio ante la intemperie.

Este libro de apariencia tan sencilla, basado en explicativos dibujos anotados, es una auténtica biblia de la auto-construcción y no se me ocurre otro libro que pudiese resultar más útil para urbanitas convertidos inesperadamente en robinsones.

Y tú, ¿cual elegirías?

Blues hablados

El blues, además de cantado, puede ser hablado, aunque entonces de blues le quede poco más que el nombre. Los “talking blues” se acercan más al country o al folk blanco que a lo que generalmente entendemos como blues (aunque éste sea algo tan difícil de definir). Yo me los encontré por primera vez entre los primeros discos de Bob Dylan, que los aprendió de Woody Guthrie (y John Greenland ) quien, a su vez, se inspiró en el olvidado Christopher Allen Bouchillon. Estos son algunos de mis favoritos:

Smoke Smoke Smoke (that cigarette)”-Tex Williams (1947)

El gran Merle Travis y Tex Williams compusieron al alimón esta hilarante canción sobre la adicción a la nicotina que obliga a sus víctimas a detener cualquier cosa que estén haciendo para calmar el mono (incluido hacer esperar a San Pedro en las puertas del cielo para echar un pitillito antes de pasar). La descubrí en la fenomenal antología de Bear Family “Dim Lights, Thick Smoke and Hillbilly Music

«Swamp Root»- Harmonica Frank Lloyd (1951)

Uno de los más curiosos hallazgos blues del catálogo de Sun Records.

All American Boy”- Bobby Bare (1958)

Basada en la entonces candente historia del joven Elvis Presley, la canción nos relata su ascenso y primeros éxitos hasta que recibió la llamada del tío Sam. Como curiosidad, el propio Dylan (con the Band) hizo una versión en las “Basement Tapes”.

«Talking World War III Blues«- Bob Dylan (1963)

La primera vez que me encontré con un “talking blues” fue en este largo tema de la segunda cara “The Freewheelin’Bob Dylan”,  uno de los escasísimos discos de “pop-rock” que había en la enorme discoteca paterna (los otros eran “Wish you Were Here”, “L.A. Woman”, “Who’s Next”, “Songs from Leonard Cohen”, “Blonde on Blonde”, el “Live” de Marley y los Wailers,  y un grandes éxitos de Simon & Garfunkel; todos ellos fundamentales en mi educación musical).

Dang Me”- Roger Miller (1964)

Como prueba de que el “talking blues” no es carne de historiadores y llegó a introducirse en las listas, tenemos el primer éxito del gran Roger Miller (el de “King of the road”), compuesto en cuatro minutos en un aparcamiento y en el que mezcla unos recitados muy talking blues con su irresistible instinto pop y unas gotas de jazz y “scat-singing”.

 Blaze Foley’s 113th Wet Dream” – Blaze Foley (1989)

Claramente inspirado en Bob Dylan, este simpático tema relata una fantasía erótica del “Mesías de la cinta aislante”. Tuve la suerte de conocer su música el año de su muerte, un par de décadas antes de su reivindicación global con documentales, tributos y reedición de sus discos. Su cinta “Live at the Austin Outhouse (and not there)” fue parte importante de la banda sonora de mi adolescencia.

«Talking New Bob Dylan«- Loudon Wainwright III (1992)

Hilarante parodia/homenaje al bardo de Minessota en su 50 cumpleaños.

El barracón 20 del MIT. Elogio de lo banal

En su ensayo “How Buildings Learn”, Stewart Brand propone introducir el factor tiempo en la valoración de la calidad de un edificio y defiende la tesis de que cuanto más adaptable sea una construcción, mayores serán sus posibilidades de sobrevivir.

mit bldg20

A lo largo del libro va estudiando (e ilustrando con elocuentes ejemplos) varias categorías de edificios con gran potencial de cambio y, entre ellas, destaca su reivindicación de los edificios banales (naves industriales, garajes, caravanas, contenedores…): dado que los usuarios no les otorgan ningún valor más allá de su utilidad, no temen intervenir en ellos mediante bricolaje, agujerearlos, construir forjados intermedios o modificar sus fachadas.

El edificio 20 del M.I.T. – que se construyó durante la segunda guerra mundial (1943) como una instalación temporal en la que desarrollar tecnología militar (allí se desarrolló el radar moderno)- es un anodino edificio de tres plantas, construido exclusivamente con la economía como principio rector, con estructura de madera, instalaciones vistas y particiones interiores de contrachapado. Estaba deficientemente calefactado y aislado, olía a moho y sus forjados crujían bajo el peso de las pesadas máquinas con las que algunos científicos experimentaban.MIT building 20

Sin embargo, consiguió sobrevivir hasta 1998 (cuando Brand escribió su libro, todavía estaba en pie) gracias a que era el contenedor ideal para las actividades más creativas de M.I.T. que no encajaban fácilmente en sus edificios más formales. Los investigadores lo modificaban a voluntad, añadiendo instalaciones sin miramientos y construyendo sus nichos personalizados según las necesidades de cada proyecto.

Building 20 interior

Por allí pasaron más de nueve premios Nobel de Física y allí desarrolló Noam Chomsky sus revolucionarias teorías lingüísticas. Allí se construyó una de las primeras cámaras anecoicas, allí desarrolló Amar Bose sus primeros altavoces y allí se desarrolló la fotografía estroboscópica. El edificio llegó a ser conocido como “la incubadora mágica” por la cantidad de descubrimientos y empresas que en él nacieron.

Desgraciadamente, la presencia de amianto y pintura de plomo acabó justificando su demolición y, lo que es más triste, su sustitución por un mamotreto arrugado de Frank Gehry que, al ser diseñado como “arquitectura de autor”, jamás podrá dar a los usuarios la libertad de intervenir y modificar el edificio que fue lo que hizo tan grande al barracón 20.

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Dos curiosidades:

how_buildings_learn_book-Entre los amigos del autor que leyeron el texto antes de su publicación se encuentran nada menos que el músico Brian Eno y el bueno de Christopher Alexander.

-La BBC hizo una serie de seis capítulos basada en el libro, que todavía no he tenido ocasión de ver.

 

 

El camino del burro

SitteLe Corbusier llamaba “el del camino del burro” al urbanismo defendido por Camillo Sitte en el pequeño libro de 1889 en el que analizaba la forma de cascos antiguos alemanes e italianos para extraer enseñanzas con las que luchar contra los grandes bulevares, las ampliaciones de calles, o las explanadas con tartaleta central que en su época sustituían a las antiguas callejuelas, plazas y foros.

Más de un siglo después, tras el fracaso de aquel urbanismo moderno de zonificaciones, alineaciones, grandes bloques e inhóspitas avenidas , la obra de Sitte ha recobrado su interés.  Su defensa de la complejidad, de la irregularidad, del espacio urbano sobre el objeto arquitectónico, de los edificios que se funden orgánicamente con su entorno suenan mucho más contemporáneos que la tabula rasa moderna de Le Corbusier y sus epígonos, y sus agudas observaciones -sobre las proporciones de las plazas, las posiciones óptimas de monumentos y fuentes, o la paradoja de que los edificios públicos exentos parezcan más pequeños que los que se integran con el tejido residencial- continúan siendo relevantes.

El libro tuvo mucho éxito en su época y se volvió a recuperar en pleno posmodernismo (sus ideas resonaban con algunas de las de Venturi o Rossi) pero, desde la última edición de Gustavo Gili en 1980 (como apéndice al tocho de 400 páginas “Camillo Sitte y el nacimiento del urbanismo moderno” de C.C. y G.Collins), resulta muy difícil encontrarlo en español. Yo lo conseguí hace unas semanas en una edición francesa de bolsillo de menos de 10 euros (“L’art de bâtir les villes”. Ed. Seuil, 1996) que por su portabilidad y falta de pretensiones me parece ideal para acercarse a sus ideas (pista para editores intrépidos).

Y, en cuanto al “camino del burro” de Le Corbusier, me evocó irremediablemente una infame cinta de chistes de “Xan das bolas” que escuchábamos de niños en la que un paisano explicaba a un urbanita cómo, para trazar un camino, seguían a un burro que avanzaba buscando las pendientes más suaves y sorteando los obstáculos que se encontraba.

– ¿Y si no tenéis burro?

– ¡Hombre!, si no hay burro, llamamos al ingeniero.

Creo que a Sitte le habría gustado.

La Velvet en “The Matrix”

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En contraste con el empacho de Dylan de hace unas semanas, llevo varios días disfrutando enormemente de la recién editada caja de la Velvet Underground que recoge sus conciertos en el club “The Matrix” de San Francisco.

Aunque la mayor parte de estas grabaciones ya habían aparecido en el mítico “1969: The Velvet Underground Live with Lou Reed”, en “The Quine Tapes” –las interesantes grabaciones piratas de Robert Quine – y entre los extras de la extravagante edición de lujo de su tercer álbum aparecida hace unos meses, ésta es la primera vez que se editan íntegramente sus cuatro actuaciones en el club con un excelente sonido extraído directamente de la mesa de mezclas que convierte este artefacto en la mejor representación de la banda en directo.

Varios temas se repiten (con variaciones a veces muy importantes) en cada uno de los conciertos pero, dado que los fans de esta banda somos obsesivos y escasea tanto el material en directo de calidad, nos habría disgustado que la discográfica hubiese hecho la criba por nosotros.

Más de cuatro horas de música maravillosa e intemporal -un narcótico “Waiting for the man”, un salvaje “Sister Ray” de más de media hora (a la que no le sobra ni un minuto), anticipos del entonces todavía inédito “Loaded”, un pausado «Sweet Jane» con bastantes versos nuevos, ¿la mejor versión de “What Goes On”?, esos fenomenales juegos de guitarras entre Reed y Morrison –  confirman que esta banda era sobre todo una portentosa máquina de rock and roll moderno, hipnótico y alejado de clichés.

Una música vanguardista (tanto por su temática como por su renuncia a las tradicionales raíces negras del rock) que -con el paso del tiempo y de cientos de discípulos- está tan imbricada en el ADN del rock alternativo que se ha convertido, contra todo pronóstico, en tan clásica y canónica como Chuck Berry o los Rolling.

Ojalá aparezcan algún día grabaciones de esta calidad de la primera formación de la banda con John Cale y Nico.

Un empacho de Dylan

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Aunque no haya ningún músico del que tenga todos los discos ni ningún escritor del que tenga todos los libros y me revienten los montajes del director y las re-ediciones de discos clásicos repletos de tomas falsas y versiones alternativas que no hacen más que diluir la fuerza del artefacto original, he seguido durante años la colección de descartes de Bob Dylan (“Bootleg Series”), un artista que aguanta sorprendentemente bien este tipo de escrutinio minucioso.

De los que he escuchado, entre los 12 volúmenes editados hasta la fecha, los más entretenidos –aparte de las fantásticas “Basement Tapes” que no compré porque ya tenía “A tree with roots”, y el mítico “Live 1966” al que le sobra el primer CD- son el primero (1961-1991) y el excelente “Tell Tale Signs (1989-2006)” porque ambos cubren un período amplio en lugar de centrarse obsesivamente en un único momento o sesión.

Por eso, el recién aparecido volumen “The Cutting Edge” -que se ofrece en versión “normal” de 2 CD, “de lujo” ¡de 6CD! y “de coleccionista” de ¡¡18 CD!!- aunque se centra en la época 1965-1966 (en la que grabó los inmortales “Bringing It All Back Home”, “Highway 61 revisited” y “Blonde On Blonde”)- me parece uno de los más flojos de la saga.

Únicamente me he atrevido a escuchar la edición de 2 CD que, pese a ahorrarme sufrir 17 tomas seguidas de “Can You Please Crawl Out Your Window?”  o 18 de “Just Like A Woman” , me ha resultado excesiva. No hay obras maestras perdidas; sólo versiones inferiores de clásicos que tienes incrustados en el cerebro desde la adolescencia y forman ya parte de ti. Y aunque la música sea con frecuencia excelente, la procesión de espectros, fragmentos y esbozos apenas aporta nada a las redondas versiones clásicas que con buen criterio eligieron en su día Dylan y los productores.

Mostrar el andamiaje de una obra, el sudor y las lágrimas que permitieron crearla puede tener interés académico pero en este caso, para mí, sólo sirve para restar magia al mito de aquel joven iluminado que parecía canalizar espontáneamente verdades reveladas y que, en el  mágico año y medio que cubren estos recopilatorios, cambió la historia de la música popular.

Taraf de Haïdouks en el Plaza Condesa

taraf de haidouks

De esta longeva banda formada por familiares y vecinos de Clejani (Rumanía) en la que las inevitables bajas por defunción se cubren con miembros próximos al reducido grupo original, esperaba una conexión musical telepática y una dosificación milimétrica de sus energías, afinadas durante décadas de tradición musical compartida y cinco lustros de existencia como grupo.

Pero en el concierto que Taraf de Haïdouks ofreció anoche en el Plaza Condesa de la Ciudad de México -en un formato reducido de sexteto -nos encontramos con que una sección rítmica de contrabajo y xilófono “a piñón fijo” y un anecdótico acordeón cedían todo el protagonismo al virtuosismo de un clarinete y, sobre todo, a la pirotecnia de un violinista de inquietante parecido con Albert Rivera, que hasta nos regaló un bochornoso momento inspirado por aquellos héroes de la guitarra de los 60 y 70, tocando por detrás de la cabeza y en el suelo. Sin matices, en lugar de llegar a los momentos de velocidad desbocada a partir de pasajes más reposados, arrancaron al nivel máximo de energía y no bajaron de ahí en la hora larga que duró la actuación.

La atronadora monotonía, que  sólo fue parcialmente alterada por las intrascendentes aportaciones vocales de una reina gitana y de un señor que se pasó el resto del concierto sentado tras un  inaudible teclado, me llevó a la triste conclusión de que aquella vibrante música de un auténtico grupo de gitanos rumanos que en su día tanto disfruté (“Musique des Tziganes de Roumanie”,1991) se ha convertido dos décadas más tarde en una franquicia sin alma con una estética cercana al rock de estadio.

Multihalle de Mannheim

Detalle de la estructura de madera

Apuntalado, parcheado y lleno de telarañas, el Multihalle de Frei Otto mantiene intacta -40 años después- su capacidad de fascinarnos. Una construcción sin fachadas ni planta definida. Una cubierta de geometría increíblemente compleja resuelta con una aún más increíble economía de medios.

Una cueva de luz formada por una membrana traslúcida tendida sobre dos tramas superpuestas: una red prácticamente invisible de cables de acero y una filigrana artesanal de sencillos listones de madera que ,como por arte de magia, generan estas bóvedas de luminosa ingravidez.

 

Frankie Ford (1939-2015)

Ha muerto Frankie Ford, el cantante de “Sea Cruise”, todo un clásico del rock and roll de Nueva Orleáns. Grabado originalmente por el gran Huey “Piano” Smith, la discográfica decidió reciclar la pista instrumental, blanquear la voz y añadir las campanas y avisos marítimos que la convirtieron en un gran éxito.

Aunque conozco la canción desde hace muchos años, hasta que no la escuche recientemente en el sorprendente recopilatorio “Roots of Ska – USA Jamaica 1942-1962 ” (Fremeaux) nunca había caído en la cuenta de que efectivamente el ritmo es muy, pero que muy, ska. En todo caso, sea ska, r&b o rock and roll, es indudablemente una gran canción.

Whoo-ee, whoo-ee baby!

Antiarquitectura y Deconstrucción

Antiarquitectura y Decosntrucción

Desde que leí el hilarante ¿Quien teme al Bauhaus feroz? de Tom Wolfe, los ataques a la modernidad arquitectónica constituyen uno de mis géneros literarios favoritos. Desgraciadamente –debido a que contradecir el consenso “pro-vanguardia” que emana de escuelas, revistas especializadas y suplementos dominicales implica la exclusión de puestos académicos, jurados de concursos o colaboraciones con los medios- las novedades editoriales en este campo son más bien escasas.

Por eso celebro la publicación de Anti-arquitectura y Deconstrucción: El triunfo del nihilismo de Nikos Salíngaros (Diseño Editorial, 2014) -una recopilación de artículos contra lo que Salingaros llama “anti-arquitectura” que incluye colaboraciones de otros autores y se cierra con una entrevista con el pope Christopher Alexander (con quien el autor colaboró durante años en la preparación de “The Nature of Order”)- y que representa una valiente aportación a esta literatura.

Desde luego, hay que ser osado para abrir el libro con las elogiosas palabras del Príncipe Carlos de Inglaterra -ese conservador a ultranza del que tanto se han mofado los arquitectos modernos por sus intentos de combatirlos- y aún más para argumentar con aplomo que la arquitectura moderna es un virus (y una secta) capaz de acabar con la cultura, para discutir el barniz izquierdista que suele atribuirse a toda vanguardia, o para interesarse por la esfera espiritual y religiosa de la disciplina.

El grueso del ensayo está dedicado a desmontar convincentemente el discurso oscurantista (“el virus Derrida”) y el prestigio de las obras “destructoras de vida” propios de los arquitectos “deconstructivistas” (Libeskind, Eisenmann, Koolhas, Tschumi, Gehry…) con referencias a la nefasta influencia de Le Corbusier y algún artículo puntual (el dedicado al museo romano de Richard Meier) que amplían la diana a otras líneas de diseño “anti-arquitectónico”.

No creo que los “deconstructivistas” sean el problema sino sólo su manifestación más extrema y descarada ; los más recatados “minimalistas” también viven por y para la imagen. Por eso, al explicar un proceso global no limitado a la arquitectura deconstructivista, la parte que más me ha impactado de este ensayo es la sugerente explicación del mecanismo mediante el cual algunas imágenes van legitimando determinadas arquitecturas y, a su vez, los edificios vuelven a reforzar dichas imágenes en un proceso patológico – en el que los tics formales modernos funcionarían como los memes de Richard Dawkins propagándose más rápidamente cuánto más simples son- que va cubriendo la faz de la tierra de arquitecturas en el mejor de los casos inertes y en el peor aniquiladoras.

Pienso que el auténtico lenguaje de la arquitectura trasciende los estilos y, por ello, no puedo compartir el odio visceral de Salíngaros hacia la arquitectura moderna y contemporánea. De hecho, me inquieta que el autor incida tanto en cuestiones estilísticas y confiese abiertamente su incomodidad porque uno de los arquitectos que contribuyen un texto al libro (la excelente crítica del museo berlinés de Libeskind que firma Hillel Schoken) proyecte edificios “modernos” y que -exceptuando una mención de pasada a la “modernidad adaptativa” de Dimitri Pikionis- la única práctica contemporánea que parece aprobar sea la arcaizante obra de Alexander, Porphyrios, Krier y compañía. Tampoco creo que haya que promover el advenimiento de un nuevo paradigma arquitectónico sino luchar por promover la buena arquitectura que siempre existe (aunque sea alejada de los focos mediáticos).

Pero –a pesar de las discrepancias mencionadas y de estar convencido de que el mensaje se transmite mucho más eficazmente con humor (y concisión) que cuando se plantea como una cruzada contra un enemigo que encarna un mal absoluto capaz de destruir nuestra civilización- sí simpatizo con la lucha de Salíngaros contra el oscurantismo, el imperio de la imagen, la complicidad de los críticos o la inconsistencia de los discursos seudocientíficos que legitiman esas arquitecturas “vanguardistas” en las que resulta imposible encontrarse bien; y considero que un ensayo que cuestiona tan abierta y apasionadamente el discurso dominante bien merece ser leído y discutido.

Nota: Desgraciadamente, este tipo de iniciativas editoriales no cuentan con los medios que merecen y la edición y traducción dejan bastante que desear por lo que recomiendo a los interesados la versión inglesa del texto.

3×15

Ayer tropecé tres veces con el número 15:

-Las 15 tramas geométricas pentagonales

15 tramas 1

Nunca había sospechado que se pudiesen generar tramas regulares a partir de pentágonos irregulares pero este artículo del Guardian me ha sacado de mi ignorancia. Resulta que hasta la fecha se conocían 14 de esos pentágonos y se ha tardado tres décadas en descubrir un (¿el?) décimo-quinto.

15 tramas 2

Me sorprendió que hubiese tantas tramas regulares posibles a partir de un pentágono y aún más el hecho de que no sea un campo cerrado y se sigan descubriendo hoy en día nuevos patrones.

– Las 15 propiedades de una arquitectura viva:

the nature of orderComo admirador de “El modo intemporal de construir” y “Un lenguaje de patrones” me estoy planteando invertir en el magnum opus de Christopher Alexander “The Nature of Order” en el que sostiene que son 15 las propiedades geométricas necesarias para generar una arquitectura viva. Son cuatro tochos muy caros y temo que un poco místicos, de ahí mis dudas.

– Las 15 rocas del jardín zen de Ryoan-ji en Kyoto.

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Parece ser que los budistas asocian el número 15 a la perfección y este célebre jardín – que se organiza alrededor de 15 rocas que no pueden verse a la vez- podría ilustrar la imposibilidad de alcanzarla.