Prince. Su propio epitafio

Singing star Prince shown in this undated photo.  (AP Photo)
Prince  (AP Photo)

Al llegar a casa tras enterarme de la muerte de Prince, en vez de pinchar los discos que más me gustan de él («Dirty Mind«, «Purple Rain» y «Sign of the times«) me decidí por uno que tenía menos oído («The Gold Experience«) y me sobrecogió escuchar -entre «Endorphinemachine» y «Shhh«- una voz femenina que dice en perfecto español:

«Prince está muerto. Prince está muerto. Que viva para siempre el Poder de la Nueva Generación«

Precisión

escalímetro

“A quien pueda pensar que la insistencia en la precisión de formas y dimensiones es una suerte de manía y que esos errores no son percibidos por quienes han de usar la obra, hay que responderle, como hice una vez hace ya tiempo, que la diferencia entre una nariz larga y una corta es de milímetros.”

Eladio Dieste- “La conciencia de la forma”

“¿Cuál es el módulo de esta oficina? No supe qué responder porque realmente no lo sabía. Uno de mis ayudantes le respondió diciendo: Quizás un milímetro o menos.”

 Alvar Aalto. Discurso ante el RIBA, 1957

Mamuts en mi teléfono

Llamo «mamuts» a esas colecciones musicales tan grandes que resultan difíciles de asimilar completamente pero que, por su calidad, son ideales para dejar sonando de fondo durante horas y familiarizarse poco a poco con su contenido.

Además, para ser auténticos mamuts, deben estar extintos. Es decir, o nacieron en la era analógica y nunca se re-editaron en CD o vivieron durante un suspiro en la primera era digital. Por esas maravillas de la tecnología, tengo ahora mismo varios encerrados en una ranura de mi teléfono y sus barritos amenizan mi interminable jornada laboral (aquí en México, diez horas diarias y sábados por la mañana).

Como todos ellos aparecieron en ediciones de dudosa legalidad, que no pagaban royalties a los músicos, no me planteó ningún dilema moral descargarlos cuando los tuve a tiro. Quien roba a un ladrón… : (más…)

Playa (de vías)

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Los ingenieros llaman «playa de vías» a la plataforma de maniobras de las estaciones en la que los trenes pueden esperar el empalme con otras locomotoras, cambiar de dirección o ser desviados a un área de mantenimiento.

Este poético nombre me parece especialmente apropiado en el caso de la madrileña estación de Atocha ya que -tras tantos años de vivir en Barcelona- tiendo inconscientemente a pensar que cuando una gran avenida desciende con una pendiente suave pero constante, lo hace para encontrarse con ese mar que busco en vano al bajar por el Paseo del Prado.

La primera vez

The Greatest in Country Blues

Pocos meses antes de cerrar, la fabulosa tienda barcelonesa «Planet Music» empezó a saldar sus discos de blues y jazz. Conseguí bastantes joyas a muy buen precio (el vinilo de «In a Silent Way«, una recopilación de Fletcher Henderson para Smithsonian, la caja de Specialty records y otra de 3 lps en directo de Eric Dolphy…) pero ninguna que me marcase tanto como los tres volúmenes de «The Greatest in Country Blues» que me llevé a tres euros la pieza.

Por aquel entonces creía tener cierta familiaridad con el blues, gracias a un puñado de discos que había en casa de mis padres (el «Fourth and Beale» de Furry Lewis, otro de John Lee Hooker en Vee Jay y una historia del blues de CBS), a un tío melómano (que nos había acercado al blues blanco -John Mayall, Eric Clapton, Rory Gallagher, Johnny Winter…- y a los clásicos re-descubiertos en los 60), a mi hermano Alexo (que se trajo unas excelentes cintas de Blind Wilie McTell y Sleepy John Estes de su año de intercambio en EE.UU), y a mi propia curiosidad (que me había llevado a agenciarme discos de Robert Johnson, Muddy Waters, Howling Wolf o Lightining Hopkins).

Pero cuando puse aquellos tres discos, se me abrió un nuevo mundo. Sonidos que parecían venir no ya de otro tiempo sino de otra galaxia –el demonio llevándose a la mujer de Skip James, la oda al metílico casero de Tommy Johnson, el obsesivo triángulo que puntua el «Honey in the Rock«, las voces alucinadas de William y Versey Smith describiendo el hundimiento del Titanic, el mágico y trascendente «Dark was the Night» de Blind Willie Johnson (más…)

Canción Mixteca

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Emigrado en tierras mexicanas, me acuerdo a veces de  aquella “Canción Mixteca” cantada con un extraño acento yanqui que se escondía en los surcos de la inolvidable banda sonora de “Paris, Texas”, entre los evocadores paisajes de guitarra slide -inspirados en el “Dark was the night” de Blind Willie Johnson- y aquel largo monólogo -“I knew these people, these two people…”- que aprendí casi de memoria mucho antes de tener ocasión de emocionarme con la maravillosa película (y de enamorarme perdidamente de Nastassja Kinski). (más…)

La fiebre de Urbicanda

La fiebre de Urbicanda

El urbatecto Robick -miembro del consejo que gobierna Urbicanda-  deja parcialmente apoyado sobre un libro que hay en su escritorio un pequeño cubo vacío encontrado en una excavación, y se va a dormir. A la mañana siguiente, el cubo se ha incrustado en la mesa, ha aumentado ligeramente de tamaño y las aristas que lo conforman han empezado a alargarse más allá de sus vértices. A partir de ahí, comienza un proceso imparable de crecimiento y multiplicación en el que el cubo original se transforma en una malla tridimensional que coloniza primero la habitación, luego el apartamento, la calle,  la ciudad, y el territorio que hay más allá de los límites urbanos, formando una mega-estructura espacial de escala planetaria. La interacción de los ciudadanos con este cáncer geométrico (más…)

La Crítica

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«La Crítica» es ese monstruoso parásito con gafas que -aferrado con una de sus pequeñas manos al periódico que le otorga su poder y con las garras de sus patas traseras a las sienes de Julio Ruelas –  inocula su veneno a través de un largo aguijón que clava en pleno centro de la frente del artista para succionar sus ideas y transformarlas en ese humo informe que sale por su chistera-chimenea. (más…)

Merle Haggard (1937-2016)

Merle Haggard

Johnny Cash tocó en San Quintín y Merle Haggard -tras unos años salvajes de saltar de tren en tren como su héroe Jimmie Rodgers, de huir hacia adelante, de curros estacionales y de delincuencia juvenil intentando escapar de sus miserables orígenes en un poblacho californiano de inmigrantes de la Gran Depresión- no sólo estuvo allí aquel día sino que pasó encarcelado en el célebre presidio tres largos años que marcaron sus canciones como inspiración directa («Sing Me back Home«) o provocándole sentimientos de culpa («Mama Tried«)- y, aunque durante una época encarnase los valores más rancios de la América profunda frente al despendole hippie (el grimoso himno «Okie from Muskogee«), hoy lo amamos por lo que importa: sus inolvidables canciones sobre la botella, la cárcel, el trabajo, el amor y demás vivencias de aquella gente humilde entre la que nació y creció y a la que siempre consideró los suyos. Descanse en paz.

De Azúa, Colau y la RAE

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Por muy criticables y desagradables que resulten las rudas declaraciones de Félix de Azúa sobre Ada Colau -y aún más su decepcionante empecinamiento- no me cabe en la cabeza que tanta gente (¡casi 100.000 en las últimas 24 horas!) las considere motivo suficiente para solicitar su dimisión de la Real Academia Española.

No conozco sus novelas ni su poesía, pero todos sus ensayos me parecen dignos de ser leídos y, aunque sólo hubiese escrito el genial «Diccionario de las Artes«, su vida como estudioso y agudo observador de la realidad artística ya estaría justificada. De Azúa es un maestro del ensayo y domina como pocos la lengua española. Esos son los méritos que le llevaron a ocupar un sillón en la institución y, que yo sepa, ninguno de ellos ha desaparecido a raíz de sus últimas entrevistas.

Ni comulgo con sus ideas políticas ni con ese afán provocador que siempre le ha caracterizado (una ya lejana recopilación de artículos se titulaba «Salidas de Tono«), pero prefiero aguantar exabruptos ocasionales que renunciar a leer opiniones originales que con frecuencia enriquecen mi visión sobre algún tema y me inducen a cuestionar el discurso dominante (como, por cierto, ya ocurría en sus inolvidables clases de Estética en la Escuela de Arquitectura de Barcelona).

Podría haberme indignado que en su entrevista me incluya indirectamente en el grupo de los que fueron a votar borrachos  (más…)

4 años

cuatro velas

 

Hoy hace cuatro años que empecé este blog. En ese tiempo he vivido en Barcelona, Santiago de Compostela y la Ciudad de México y he tenido todo tipo de vicisitudes personales y profesionales pero, con mis más y mis menos, he buscado un momento cada semana para escribir sobre el orden, las ventanas, el blues y otros temas recurrentes;  o sobre croquetas, dedicatorias y otras entradas encontradas.

Agradezco a los que leen y siguen el blog su interés, sus comentarios y su paciencia con las digresiones -me consta que a algunos les interesa la parte arquitectónica pero abominan de cowboys, rastas y demás fauna musical (y viceversa)-. Gracias a todos por animarme a continuar.

 

¿El más grande constructor de todos los tiempos? (II)

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Albert Kahn con Diego Rivera y Frida Kahlo

Hace ya casi cuatro años defendí en estas páginas que el ingeniero Eugene Freyssinet fue «el más grande constructor de todos los tiempos« pero el descubrimiento en una polvorienta librería de «Albert Kahn. Industrial Architecture» (1939) me ha hecho replantearme a fondo la cuestión y he decidido adjudicar el título a este hijo de un rabino prusiano que llegó a Detroit con once años y acabó construyendo cerca de dos millares de edificios incluyendo viviendas, rascacielos, facultades y clubes universitarios, teatros, bancos, laboratorios, bibliotecas, mausoleos, hospitales y -sobre todo- incontables instalaciones industriales en los cinco continentes.

Ford River Rouge.jpgMe había encontrado con Albert Kahn en varias historias de la arquitectura moderna que, invariablemente, se centraban en los descomunales complejos que diseñó para Henry Ford (los más grandes del mundo en su momento) pero fue este libro de escaso texto y mágicas fotografías en blanco y negro el que me hizo ver que, más que el volumen, lo impresionante de su obra era su altísimo estándar de calidad, su variedad -nunca recurría a fórmulas probadas, cada proyecto se empezaba desde cero para conseguir el diseño óptimo- y una visión empresarial de la profesión que le permitió convertirse en el primer arquitecto global, construir un ingente volumen de edificios dispersos por todo el planeta y realizar hazañas que continúan asombrando hoy en día como la de montar (¡en plena era comunista!) un gabinete técnico de más de un millar de personas en Moscú para poder diseñar en plazo y presupuesto la colosal fábrica de tractores en Stalingrado que le había encargado el gobierno de Stalin (para el que acabó construyendo cerca de 500 instalaciones). (más…)

El carrito

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Ha vuelto el carrito de colores al barrio. Nunca lo he visto moverse pero no dejo que sus ruedas, cadenas y pedales me engañen. Sé que cuando nadie mire, pese a la calma chicha, las aspas de sus molinillos de flores, pájaros e insectos alados empezarán a girar, primero casi imperceptiblemente, luego cada vez más rápido, hasta convertirse en un torbellino multicolor que levanta sin esfuerzo el vuelo y desaparece sobre las azoteas de la colonia de vuelta a ese mundo de cuento del que sin duda llegó.

Mr. Magic’s Rap Attack. Volume 4

Mr Magic's rap attac. vol 4

Por una de esas felices paradojas pop, este disco de horrenda portada que reúne vacas sagradas (Public Enemy, De La Soul, RUN DMC) con singles inmortales («Push It» de Salt’n’Peppa -que hasta ahora sólo había  oído fusionado para la eternidad con el «No Fun» de los Stooges– o «It takes Two» de Rob Base & DJ EZ Rock) y con completos desconocidos que aportan imaginativos sampleados  (como ese «I shot the sheriff» o esa profética trompetilla en «We wanna Party» que anuncia el  reciente»Surf» de Donnie Trumpet, Chance the Rapper y compañía), resulta sorprendentemente coherente y adictivo y trasciende su modesto propósito original de recopilar los singles raperos más exitosos del momento (1988) para convertirse, treinta años más tarde, en la introducción perfecta a un género que -al favorecer el ingenio rimado sobre la pura musicalidad- resulta hermético incluso para gente abierta de orejas.

Nota: Agradezco a Tom Hull y a su excelente lista «1,000 Albums for a Long and Happy Life» el descubrimiento de este (y bastantes otros) discos.