El nido

Anoche me tropecé con otra reflexión sobre la dificultad de ver con ojos limpios:

«Recogido en el seto como una flor marchita, el nido no es más que una «cosa». Tengo derecho de cogerlo en la mano, de deshojarlo. Me vuelvo melancólicamente hombre de los campos y de los matorrales, presumiendo un poco del saber que transmito a un niño diciendo: «es un nido de paro». Así el viejo nido entra en la categoría de los objetos. Cuánto más diversos sean los objetos, más sencillo se hará el concepto. A fuerza de coleccionar nidos se deja a la imaginación en paz. Se pierde contacto con el nido vivo.»

Gastón Bachelard, «La poética del espacio» (1957)

Christopher Alexander (1936-2022)

Corría el año 2009, en plena crisis, y estaba luchando -en vano- por mantener a flote mi estudio. Un día encontré en una librería de segunda mano de Gracia un libro del que había oído hablar no recordaba muy bien dónde y que decidí llevarme a casa sin sospechar que me cambiaría para siempre.

En él se desvelaba ese misterio que hacía tiempo me intrigaba: ¿Por qué gente sin formación, en todas las partes del mundo, habían construido durante milenios conjuntos armónicos, sostenibles, adaptados al entorno y espacialmente ricos y sofisticados y ahora nos rodeaba la fealdad por doquier? ¿Por qué se jodió todo?

Porque habíamos olvidado un lenguaje que compartimos desde la noche de los tiempos, un lenguaje no verbal ni estilístico; y no basado en elementos arquitectónicos sino en la relación entre ellos. Resulta que, si analizábamos los lugares en los que nos sentíamos bien, en los que nos sentíamos más vivos, descubriríamos que nuestro bienestar se debía a una serie de ricas relaciones entre elementos, niveles y espacios que era posible describir y definir.

Esas relaciones – o “patrones”- tenían nombres tan concretos (y a la vez poéticos) como “Lugar Ventana”, “Vista Zen”, “Gradiente de Intimidad”, “Sol adentro” o “Transición en la entrada”. Algunos eran universales y otros  podían depender de cada cultura por lo que el autor no fijaba un número determinado y animaba a los lectores a descubrir otros.

Me costó digerir el mensaje porque era una carga de profundidad contra todo lo que nos habían enseñado en la escuela. La calidad de la arquitectura no tenía absolutamente nada que ver con la mayor parte de los proyectos que ganaban premios y se publicitaban en los libros y revistas del ramo.

Era algo mucho más esencial y arraigado en cada uno de nosotros, pero años de propaganda nos habían hecho olvidarlo. Tocaba hacer introspección, volver a mirar el entorno con ojos limpios, aplicarse el cuento, y empezar a perseguir «la cualidad sin nombre».

Hay muy pocos libros que te cambien la vida. “El modo intemporal de construir” es uno de ellos.

Descanse en paz Christopher Alexander.

¿Qué disco te llevarías a una isla desierta?

Optaría por el silencio, el murmullo del mar, o los sonidos del bosque, antes que volver a escuchar por enésima vez cualquier grabación. No hay ningún disco que puedas escuchar a diario sin llegar a aborrecerlo.

Pero en el hipotético caso de tener que elegir uno, creo que el criterio de elección no debe ser “el más perfecto”, “el más bonito”, “el más alegre”, «el que más me marcó» o “el que mejores recuerdos me trae”. Debe ser el que sinceramente crees que puede aguantar más audiciones sin desvelar todos sus secretos.

Debes conocerlo desde hace tiempo y seguir recurriendo a él con relativa frecuencia. Debes poder ponerlo bajito y que te acompañe como música de fondo o subirlo a tope para dar saltos descontrolados. Debes poder bailar a su(s) son(es). Debe poder acompañarte en algún viaje inducido. Debe evocarte los mejores valores -camaradería, compasión, solidaridad- de esa especie a la que no volverás a ver.  Debe tener también sus momentos tontos o ridículos -como la vida misma-. Debe ser largo, variado y misterioso.

Por eso elegiría un disco que odié de adolescente obsesionado por el rock y el punk, redescubrí hace unos diez años y escucho al menos un par de veces al mes sin conseguir descifrarlo del todo. Un disco que Cobain odiaba, que toda la crítica británica destrozó y que, todavía hoy, Allmusic pone a caldo; pero que siempre ha tenido su culto. Un disco por el que acusaron a sus autores de “venderse” pese a ser lo más radical que han hecho. Un disco en el que hay sampleados de videojuegos, intentos de hacer hip-hop blanco, algo de calypso, de gospel, mucho dub y reggae, recitados nocturnos acompañados de saxo, algún himno rockero, versiones desfiguradas de r&b de Nueva Orleans o de jazz, balidos de ovejas, coros infantiles… Un disco triple del que todos dicen que debería haber sido doble o sencillo, pero en el que jamás se ponen de acuerdo en qué canciones eliminar. Un disco del que sus propios autores dijeron que era ideal para gente desplazada a plataformas petrolíferas o estaciones en el Ártico.

Me llevaría el “Sandinista” de The Clash.

Luz cenital

Colaboración con AXYZ y Prompt Collective aportando los textos que sirven de inspiración para una serie de videos sobre temas de arquitectura. El segundo de los textos debía tratar sobre «la luz cenital«.

Si ocupamos una tenebrosa cueva, podemos estar protegidos de la intemperie al calor de un fuego que nos permita cocinar y contarnos historias al terminar el día pero -sin luz natural- viviremos en una madriguera. Sin luz natural no hay arquitectura.

Si aparejamos las piedras de modo que entre ellas pueda pasar la luz, podremos usar el espacio interior durante buena parte de la jornada sin necesidad de recurrir al fuego y podremos atisbar qué sucede en el mundo exterior. 

Una entrada de luz, incluso cuando no permite ver fuera -bien por estar hecha con materiales translúcidos (como una vidriera gótica o un ventanuco cerrado con alabastro en una iglesia románica) o bien porque su propia configuración oculta el exterior (como en algunas celosías o cuando vemos una serie de troneras en escorzo)- siempre nos permitirá intuir qué tiempo hace, disfrutar de la claridad del mediodía o asustarnos por el resplandor de una tormenta que se acerca.  

El interior cambia con el paso de las horas y las estaciones; podemos empezar a disfrutar de gradientes de penumbra que pautan nuestras actividades u orientar un hueco hacia un punto significativo (una hermosa vista, una buena orientación, el lugar por dónde sale el sol en el equinoccio). La envolvente que nos separaba del exterior empieza a vibrar con la fuerza del sol y los elementos. La luz activa el espacio interior. Nace la arquitectura.

Si en vez de captar la luz horizontal o diagonal mediante perforaciones o intersticios en un muro dejamos que la luz vertical atraviese la cubierta, cambia algo más profundo que la dirección de la luz.

 Cuando la entrada de luz cenital nos permite ver el cielo, lo que vemos es un recorte aislado de lo que sucede a ras de suelo: un cuadrado azul, o blanco, o plomizo, o un fragmento de nube. A diferencia de una ventana que nos relaciona con el entorno a ras de tierra -con el mundo terrenal-, un hueco en la cubierta nos hace sentir nuestra verticalidad, ese eje gravitatorio que nos atraviesa desde el centro de la tierra y nos vincula con el firmamento, con lo inconmensurable. 

Cuando, en vez de dejar que entre por un hueco visible (un patio, un óculo, un lucernario plano), la canalizamos mediante lucernarios, linternas y cúpulas, la luz puede producir efectos casi mágicos. Podemos tener luz sin ver de dónde viene. Podemos hacer que se derrame por el espacio y parezca casi líquida, o que lo corte limpiamente con un haz cegador, o que forme una constelación de diminutas estrellas, o que lo tiña de ámbar o de sangre, o que vuelva ingrávido lo pesado.

 Podemos incluso construir una cueva de luz.

El proceso de diseño

La idea del diseño como el desarrollo progresivo de una serie de bocetos es romántica y no muy certera.

Se trata más bien de un proceso de optimización que arranca con una serie de corazonadas que son desarrolladas o descartadas de modo puramente intelectual antes de hacer un solo dibujo o maqueta.

Si estas corazonadas empiezan a combinarse de un modo que parece satisfacer más aspectos del problema de los que se podía razonablemente esperar, entonces surge el concepto.

Cuando el concepto aparece, representa apenas un 5% del esfuerzo de diseño. El 95% restante se dedica a evitar que se caiga a pedazos.”

Ray Eames. Nota manuscrita (Julio de 1964). De “An Eames Anthology” pag. 247

Niveles de escala

Colaboración con AXYZ y Prompt Collective aportando los textos que sirven de inspiración para una serie de videos sobre temas de arquitectura. El primero de los textos debía tratar sobre «la escala».

NIVELES DE ESCALA

Aunque los arquitectos justifiquen sus creaciones alegando que tienen “escala humana” la realidad es que los mejores edificios funcionan a varias escalas, todas ellas perceptibles por nuestros sentidos. Todas ellas humanas.

A escala territorial, el edificio puede ser un hito que ayude a la gente a orientarse en el espacio -y, a veces, en el tiempo- como ocurría antaño con los campanarios que destacaban sobre el perfil de una ciudad y cuyas campanadas pautaban la vida de la comarca.

A escala urbana, contribuye a conformar el espacio en el que se inserta, como uno más en una humilde calle corredor (alineándose con sus vecinos en un gesto de urbanidad) o  como protagonista de algún importante espacio de convivencia cívica (abrazando una plaza o rematando visualmente un bulevar).

A escala peatonal, sus proporciones y el juego con la dimensión de algunos elementos respecto al conjunto -puertas, ventanas, cornisas, basamentos- pueden alterar completamente nuestra percepción de su tamaño real y provocar esa reacción tan típica cuando finalmente conocemos físicamente un edificio tras haberlo visto únicamente a través de fotografías: ¡Me lo imaginaba más grande! (o, menos frecuentemente, ¡Me lo imaginaba más pequeño! cuando por ejemplo se agrupan los pisos de dos en dos provocando que el tamaño del edificio parezca la mitad de lo que es). 

Si continuamos descendiendo en la escala de percepción, los elementos pueden a su vez tener una configuración o “textura” que nos obligue de nuevo a ponderar el tamaño real de lo que vemos (como los paneles que dividen una puerta, el tamaño relativo de un tirador o cerradura, o ciertos muebles ligeramente mayores o menores de lo normal).

El nivel más íntimo de escala es el que se aprecia mediante el tacto al pasar la mano por la moldura o almohadillado de un basamento, por la junta en el encuentro entre dos materiales, por un pasamanos, por el bocel de un peldaño ya bruñido por el uso de generaciones, o por un revoco especialmente rugoso, descubriendo con asombro que la información que recibimos al tocarlo contradice nuestras expectativas cuando nos aproximamos a él. A veces, sólo el tacto –“los ojos de la piel”- nos da la medida real de algo.

Desgraciadamente, el trabajo con los diferentes niveles de escala es un arte en desaparición debido a una tendencia a la abstracción formal que nació hace más de un siglo en la era de las vanguardias -prohibiendo todo lo que pudiese oler lejanamente a ornamento- y que se acentuó en un mundo contemporáneo en el que el imperio de lo visual provoca que se valoren más los edificios reducibles a un diagrama o meme (y en el que el mayor éxito de un edificio es parecer su render) que aquellos otros que buscan enriquecer la experiencia sensorial atendiendo las diferentes escalas de interacción entre el ser humano y la arquitectura.

Bailarsobrearquitectura. La gramola

La idea inicial era recopilar mis 50 canciones favoritas, pero enseguida vi que eso iba a ser imposible y acabé montando una lista de reproducción indecentemente larga (va por 12 horas y no estoy seguro de poder cerrarla definitivamente algún día) con canciones muy queridas pero que debían respetar las siguientes reglas:

– Una sola canción por artista (aunque no puede resistir hacer dos o tres excepciones)

– Canciones que puedan escucharse de fondo pero que se disfruten aún más prestando atención. Ideal para poner mientras cocinas, mientras tomas algo tranquilamente con tu señora o con unos amigos, o para un largo viaje.

– Debe poder reproducirse aleatoriamente sin provocar sobresaltos. Por lo tanto, ni Sonic Youth, ni Ornette, ni Stooges.

– Variedad estilística, sensibilidad pop. Hay canciones pop, country, reggae, dub, Rocksteady, calypso, gospel, R&B, shanties, highlife, soukous, doo-wop, blues o jazz pero todas ellas pueden ser escuchadas como pop.

La he escuchado con frecuencia estas últimas semanas y estoy bastante contento con la ecléctica mezcla que ha salido así que he decidido compartirla por aquí por si a alguien le interesa.

Aprovecho para desearos a todos unas felices fiestas y un buen 2022.

La dimensión oculta

En el clásico “La dimensión oculta”, el antropólogo Edward T. Hall analiza la componente cultural del uso que el ser humano hace del espacio y constata que la proximidad tolerable antes de sentir una fuerte incomodidad es totalmente diferente entre unos países y otros, o cómo la forma de ocupar el espacio (privilegiando el centro en Japón y las paredes en Occidente, por ejemplo) tampoco obedece a reglas universales.

De la poderosa idea de que una burbuja invisible nos rodea y condiciona nuestra forma de movernos no hay mejor síntesis que la cita de un poeta que abre uno de los capítulos:

A unas treinta pulgadas de mi nariz está la frontera de mi persona, y todo el aire que hay entremedio es mi privado pagus solariego. Extraño, a menos que con ojos íntimos te haga yo señales fraternales, cuidado, no lo pases rudamente: que no tengo cañón pero sí escupo

W.H. Auden, prólogo a “The birth of architecture”

Lee Perry (1936-2021)

Pensaba que el reggae sonaba todo igual. Que era música monótona y aburrida sólo apta para fumetas empedernidos y buenistas cumbayás. Que empezaba y terminaba con Marley. Hasta que conocí a «Scratch».

En 1995 fui de Erasmus a Paris y la gente con la que me junté eran fanáticos del género y uno de ellos, Manu, me prestó una cinta “Chicken Scratch” que me cambió la vida. Era reggae, ciertamente, pero de un tipo que nunca había escuchado. Canciones cortas y relativamente rápidas con coros y estribillos inolvidables que me recordaban el rhythm and blues de los 50 que tanto me gustaba. La cinta estaba a nombre de un tal Lee “Scratch” Perry (del que hasta entonces sólo conocía su trabajo como productor en el inmortal single «Complete Control» de mis adorados Clash) y, tras gastarla de tanto escucharla, pasé a buscar más de lo mismo.

Lo siguiente fueron los recopilatorios “Some of the Best” (que se abría con la inmortal “People Funny Boy”) y “The Upsetter Collection” (en el que ya aparecían locuras como “Bucky Skank” y ejemplos de sus míticas producciones de los 70 como “Words of My Mouth”). 

Ya de regreso en Barcelona fui haciéndome con una modesta colección de algunas de sus obras maestras en las fantásticas cajas que le dedicó Trojan a las legendarias producciones de su estudio Black Ark (“Open The Gate”, “Build the Ark”), “Arkology”) y algunos lps de sus experimentos dub («Blackboard Jungle«, «Super Ape«).

En algún momento del proceso compré la maravillosa guía “Rough Guide to Reggae” y tuve por fin la visión global que me permitió entender las diferentes fases de su trabajo (y que la banda que me había encandilado en “Chicken Scratch” eran los mismísimos Skatalites acompañando a Perry y las I-Threes). Eso inevitablemente me llevó a otros discos en los que había participado como productor (“Heart of the Congos”, “War Ina Babylon”, “Police and Thieves”….) y a reconciliarme con Marley y los Wailers a quienes produjo sus mejores sesiones.

Aún el año pasado me sorprendió -con más de 80 años- con el excelente “Rainford”, a la altura de sus mejores trabajos. Entre obras propias y producciones debo tener alrededor de una veintena y no tendría problema en hacerme con algunos más. Es uno de esos pocos artistas -como Armstrong, Ellington o Dylan- de los que es difícil tener demasiados discos.

Sólo lo ví una vez -de lejos- en la Rambla del Raval en unas fiestas de la Mercé de 2003, aunque había tanta gente que apenas se podía disfrutar del concierto. Ahora me arrepiento de haber dejado escapar la oportunidad de verlo en una sala pequeña aquí en México hace un par de años.

Descanse en paz el genio loco de la música jamaicana.

El veraneo refinado

El estupendo libro “Lineage and Legacy: A certain Modernism in Cadaques” repasa las viviendas que cierta burguesía ilustrada remodeló en el casco antiguo de Cadaqués desde los años 50 -la misma época en que Man Ray, Duchamp y compañía lo “descubrieron”- hasta nuestros días.

Es un libro emotivo y personal porque sus autores -el excelente arquitecto Fernado  Villavecchia y su discípulo devenido eminente arquitecto Stephen Bates- son parte activa del proceso que relatan. La familia Villavecchia encargó en 1955 al dúo Correa-Milá una de las casas fundacionales de esta tendencia y desde entonces han continuado veraneando y remodelando otras casas en el pueblo.  Los estudios de los dos autores (Sergison-Bates y Villavecchia-Liebman) se unieron para proyectar la magnífica casa Voltes (2011) que trae esta peculiar tradición moderna hasta nuestros días.

Algunas de las casas son muy conocidas (la Senillosa de Coderch) o la propia casa Villavecchia pero otras (la que se construyeron Coderch y Leopoldo Milá para sus escapadas de pesca, las del dúo italo-británico Harnden-Bombelli, la casa de Federico Correa) rara vez se publican y llaman la atención por su austeridad y sus reducidísimas superficies.

La magnífica arquitectura casi anónima que se presenta (es casi imposible para el paseante distinguir exteriormente estas casas de sus vecinas) y la elegancia y ejemplar economía de medios con que se resuelve nos recuerda que la auténtica clase no está ni en los grandes espacios, ni en los grandes ventanales, ni en las piscinas infinitas, ni en los acabados de importación, y que algunas de las personas con gusto más refinado prefirieron* para sus vacaciones una vida más sencilla en diminutas casas en un pequeño pueblo de difícil acceso. ¿Y si este tipo de turismo en vías de extinción es el auténtico lujo?

Nota: *Y prefieren. Tenemos también el ejemplo de los largos veraneos de David Chipperfield en su casa de Corrubedo (A Coruña) o de Nani Marquina en Ibiza.

El maravilloso mundo de Alexander Girard

Antes de disfrutar la excelente exposición del museo Franz Mayer, apenas conocía de Girard las hermosas figuras en madera pintada que vende VITRA. Ahora lo considero uno de los grandes diseñadores del pasado siglo.

Al pasear por las salas van desfilando ante tus ojos: el estudiante italiano en Escocia que creó su propio mundo de fantasía (la república de Fife), con sus blasones, sus sellos, sus monedas, sus mapas y sus tipografías; el joven arquitecto autor de algunas inolvidables casas en el área de Detroit; el coleccionista de ojo infalible que logró acumular más de 100.000 piezas de arte popular y organizó algunas de las mejores exposiciones sobre el tema; el diseñador de tejidos de Herman Miller capaz de crear inolvidables patrones para los muebles de los Eames (y para los menos conocidos pero muy apreciables diseños propios); el interiorista capaz de diseñar un restaurante desde la arquitectura hasta el mobiliario, la vajilla, las cerillas y los azucarillos; el diseñador de la delirante imagen corporativa de la aerolínea texana Braniff (incluidos los uniformes) y el bohemio retirado en una maravillosa casa-museo tradicional de Santa Fe (Nuevo México).

Terminas el recorrido boquiabierto por el talento y la arrolladora creatividad de un artista total que embellecía, alegraba y mejoraba todo lo que pasaba por sus manos. Si tienen ocasión de ver esta exposición, no se la pierdan.