Categoría: arquitectura

Tiempo vs. Lugar

 

Santiago Mercado de Abastos

“La arquitectura siempre es la expresión espacial de la voluntad de una época. Hasta que no se reconozca con claridad esta sencilla verdad no podrá dirigirse con acierto y eficacia la lucha por los fundamentos de una nueva arquitectura (…) Por consiguiente, es un esfuerzo vano intentar que el contenido y las formas de épocas arquitectónicas anteriores sean útiles para nuestro tiempo”

Mies Van der Rohe

Existe una arquitectura sobre la que las historias convencionales pasan de puntillas porque – al renunciar a hacer de la expresión de su tiempo su principal preocupación- tiene un encaje problemático en el relato de los vencedores que precisamente hicieron bandera de la tabula rasa y la expresión de “la voluntad de una época”.

Una arquitectura diplomática que confía más en la evolución que en la revolución y que, a diferencia del punto de vista dominante que Mies expresa elocuentemente en la cita que abre este texto, sí encuentra provecho en el estudio de las formas y contenidos del lugar donde se ubica.

Una arquitectura que valora más lo que nos une a los que nos han precedido -compartir un lugar- que aquello que nos separa -vivir en épocas diferentes- tal como lo expresó hace ya más de cien años Asplund:

“Un pintor que quiera pintar, por ejemplo, un paisaje con una cabaña roja en una pradera verde, y que por tanto intente crear una ilusión, añade un poco del verde de la pradera sobre el rojo de la cabaña y así consigue que la cabaña surja con suavidad de la naturaleza. De la misma forma puede el arquitecto hacer que un edificio de nueva construcción parezca haber surgido naturalmente de su entorno, tomando prestada la escala, los materiales, la forma de construir y el estilo de los edificios que lo rodean. (…) ahora parece que deba utilizar el estilo arquitectónico de moda –independientemente del entorno y las tradiciones- para por nada del mundo quedarse atrás en la “competición arquitectónica”. Se olvida que es más importante seguir el estilo del lugar que el estilo del tiempo”

Una arquitectura que al estar dispuesta a “contaminarse” -a adoptar la escala, los materiales y la composición de sus vecinos, resulta especialmente adecuada para intervenir en edificios o lugares con una larga historia.

Una actitud sanamente ecléctica que también transitaron destacados arquitectos, como Henri Sauvage o Auguste Perret –de los que luego se apropiaría la modernidad destacando únicamente la parte de su obra que se ajustaba a su relato triunfal- y que permitió, por poner un ejemplo más cercano, a Vaquero Palacios proyectar en los años 40 el mercado de abastos compostelano de tal manera que el paseante distraído lo percibe como una parte integral del casco histórico, como si siempre hubiera estado ahí, hasta el punto de que, sin dejar nunca de servir al ciudadano, se ha convertido en un auténtico monumento civil y el segundo lugar más visitado de la ciudad.

Es también la actitud del propio Asplund en la ampliación del ayuntamiento de Goteborg, de Gardella en la Giudecca veneciana, de Gallego Jorreto frente a la colegiata coruñesa, o de Zumthor en Versam.

Representa, evidentemente, lo opuesto al Pompidou, al MACBA, al horrible guiño de Toyo Ito a Gaudi en el paseo de Gracia, a la ola solidificada de Grimshaw en A Coruña y a tantas y tantas intervenciones que buscan destacar y contrastar en vez de tomar prestadas del entorno los atributos que le permitirán surgir con naturalidad de él.

No tiene nada que ver con eso que algunos llaman “estilo remordimiento” o “estilo comisión (de Patrimonio)” que consiste -según Juan Diez del Corral, que lo etiquetó a su vez como “estilo disimulo”-en que “sea como fuere la planta, el sistema constructivo, el uso o las pretensiones del nuevo edificio, la fachada tiene que hacer como que se parece a los edificios del entorno o, incluso, a los edificios que sustituyó” como estipulan tantas ordenanzas de cascos antiguos- inspiradas en el ejemplo de Moneo y Solá Morales en la rúa Vieja de Logroño- que jamás habrían permitido edificar algunos de los ejemplos señalados.

Tampoco está relacionada con esa manía contemporánea de replicar edificios desaparecidos que tan bien ejemplifica la demolición en Berlín del Palacio de la República para volver a construir un nuevo edificio con la fachada del antiguo Palacio Real que la RDA había volado por sus connotaciones monárquicas.

Porque esta arquitectura -para evitar caer en el “falso histórico”, el pastiche o el simulacro- debe atender al lugar sin negar su tiempo. Debe admitir al menos dos niveles de lectura: fundirse en el entorno en una visión lejana o con los ojos entornados para revelar, en una visión más cercana y atenta, su carácter contemporáneo.

Bibliografía:

Erik Gunnar Asplund. “Peligros arquitectónicos actuales para Estocolmo” 1916 en “Escritos 1906/1940” (El Croquis, 2002)

Mies Van der Rohe. “Arquitectura y voluntad de época”, 1924. En “La palabra sin artificio” (El Croquis, 1995)

Juan Diez del Corral- “Estilo Disimulo” (LHD nº 20, mayo de 2006. )

Ascensión Hernández Martínez- “La clonación arquitectónica” (Siruela, 2007)

Problemas

https://i0.wp.com/farm5.staticflickr.com/4042/4517695552_791e899e15_z.jpg
Neue National Gallery

 

«Nunca pueden resolverse todos los problemas…. Por cierto, es una característica del siglo XX, que los arquitectos sean altamente selectivos en determinar que problemas quieren resolver. Mies, por ejemplo, hace edificios magníficos solo porque ignora muchos aspectos de los mismos. Si resolviera más problemas, sus edificios serían menos potentes.» 

Paul Rudolph (Perspecta No 7 .1952)

“…cada estilo real de arquitectura es capaz de expresar ciertas funciones a la perfección. Sólo mediante la pérdida de la integridad perfecta puede un estilo lograr dar la expresión más adecuada a todas las funciones”.

Henry Russell Hitchcock (Modern Achitecture. Romanticism and Reintegration. 1929)

 

Si, como Russell Hitchcock, entendemos un edificio sobre todo como una obra de arte, valoraremos en él su capacidad de expresar un estilo determinado -sea este colectivo y compartido con artistas afines o sea individual- y nos parecerá “mejor” cuanto más pura sea la expresión de esa estética. Cualquier compromiso con la realidad compromete esa pureza y diluye la integridad de la obra.

El ejemplo de Mies es paradigmático en ese sentido ya que no hacía concesión alguna en su personal investigación formal y espacial hasta el punto de, por ejemplo, enterrar la mayor parte de su museo berlinés para conseguir que el único volumen visible fuese un perfecto templo moderno de vidrio. Y, efectivamente, la estrategia parece que funciona ya que algunas de sus creaciones tienen tal fuerza estética que nos siguen pareciendo la expresión más pura e intemporal de cierta modernidad precisamente por ser, más que edificios en los que vivir, obras de arte que condensan y fijan una nueva estética.

Generalmente, ni siquiera nos queda la belleza como consuelo, y manos menos dotadas -obsesionadas por el problema de cómo construir un icono- nos inflingen adefesios inhabitables que no expresan más que la firma de su autor y sus promotores; o se centran en el problema de cómo maximizar beneficios mediante la implacable matemática de la especulación y devastan la ciudad y el territorio con desolados barrios instantáneos.

Pero si, en cambio, consideramos que un edificio es sobre todo el intento de resolver un variadísimo número de problemas –espaciales, económicos, funcionales, energéticos, estructurales o contextuales- no podemos aceptar que se prescinda de ninguno de ellos porque puedan comprometer la expresión de determinada voluntad artística, y nos parecerá “mejor” cuanto más armónicamente reconcilie todos esos requerimientos aparentemente contradictorios:

“Trátese de una ciudad o de un barrio, de un edificio o de una red de transporte, de una pintura, una escultura o un objeto de uso diario, existe sólo una condición indispensable para que el valor que alcance sea considerado cultura. Hay aún más condiciones, pero empecemos por ésta: en todos los casos, los contrastes deben resolverse de manera simultánea y aglutinante”

Alvar Aalto (“Arte y Técnica”, 1955)

 

¿Qué es la arquitectura?

Las dos definiciones de “arquitectura” que se enseñan más insistentemente en las escuelas del ramo son la de Vitrubio (“Utilitas, Firmitas, Venustas”) y la de Le Corbusier (“el juego sabio de los volúmenes bajo la luz”).

La primera sintetiza tres aspectos que, inevitablemente, siguen estando ahí (“Utilidad, Solidez, Belleza”), aunque la utilidad se reduzca a veces al “auto-bombo” del arquitecto y/o político de turno; se flirtee con la sensación de colapso estructural –como en esos edificios “deconstruídos” que parecen haber sufrido un terremoto o en esa carrera constante por construir el más audaz voladizo (¡mira mamá, sin pies!)-; y no exista ya consenso alguno sobre el concepto de belleza.

La definición de Le Corbusier tiene el detalle de referirse a la luz pero sólo como eso que baña lo importante –los volúmenes, las formas- y por alguna razón siempre me ha parecido una definición propia de pájaros o deidades, de alguien que ve las cosas desde una gran altura o es la propia fuente de la luz que ilumina sus creaciones.

Por eso, la más satisfactoria que he encontrado hasta la fecha es la de Miguel Fisac: “La arquitectura es un trozo de aire humanizado”* porque -con un lenguaje a la vez llano y profundo- pone al ser humano en el centro mismo de la disciplina, parece hecha desde dentro -por alguien que respira ese aire previamente acotado-, y puede llegar a abarcar casi cualquier intervención humana sobre su entorno incluida la que Sverre Fehn consideraba el momento fundacional de la arquitectura:

“Dentro de cada hombre hay un arquitecto. Su primer paso hacia la arquitectura es su paso a través de la naturaleza. Abre un sendero, una especie de escritura sobre la superficie de la tierra. Las hierbas y arbustos aplastados que ceden ante su fuerza muestran su interferencia con la naturaleza, una definición sencilla de la cultura humana. Su camino es un signo a seguir. Su movimiento inicial requiere el movimiento de otros. Es la forma más elemental de composición”**

*Miguel Fisac- “Carta a mis sobrinos” (Fundación Miguel Fisac, Ed. Lampreave y Millán. 2007)

**Per Olaf Fjeld- “Sverre Fehn. The thought of construction” (Rizzoli, 1983)

Los Manantiales

La Sala de Fiestas/Restaurante «Los Manantiales» en los canales de Xochimilco, proyectada por Félix Candela (y Joaquín Álvarez Ordóñez) en 1958 sigue funcionando a la perfección. Hoy había sesión de baile cubano.

Félix Candela 1958
El mural del patio de acceso
Félix Candela 1958
Vista desde el embarcadero Zacapa

La idea

CONCEPTO_foa virtual house

“Mi arquitectura tiene tantos flujos como la de Zaera, lo que pasa es que hoy hay un tipo de edificios que busca reconocerse con la idea de flujo … Si además hay un enunciado previo teórico que habla de los flujos, éste parece legitimar esas formas y se convierte en una explicación supuestamente coherente de algo en realidad caprichoso”  Victor López Cotelo. Entrevista en “El Pais” 12/07/2003

En la escuela, al arrancar un proyecto lo crucial era tener “la idea”. Es decir, un “concepto” fuerte que guiase su desarrollo, y en esos momentos de duda que inevitablemente surgen, nos permitiese optar siempre por la solución mas “coherente” con esa “idea” previa, aquella que más potenciase su legibilidad o visibilidad en el resultado final.

Por poner un ejemplo que estuvo bastante de moda, si la idea era “el flujo”-monumentalizar la circulación hasta convertirla en el argumento central del proyecto-, la propia forma del edificio debía ser la expresión de ese movimiento, sus suelos y paredes del mismo material la expresión de la continuidad espacial- y hasta el encuentro entre ellos debía evitar esas aristas vivas que marcarían una separación clara optando en su lugar por ligarlas con superficies curvas (con “fillets” en vez “chamfers”, por decirlo en lenguaje CAD). No es-como señaló López Cotelo al comentar la obra de Zaera, principal inspirador de estas “ideas”- que sus edificios (y los de sus imitadores) tengan más flujos que los de los demás, sino que convierten la expresión de ese aspecto particular en el principal argumento proyectual. Lo que podría ser un esquema de partida para la organización de la circulación por su interior, se convierte en un edificio-suprimiendo o callando todas las otras variables a las que una construcción debería dar respuesta. Es una metonimia arquitectónica en la que se toma una parte del edificio para representar un todo.

Aunque la monumentalización del flujo es un ejemplo extremo por la ruptura formal que produce (la idea puede otras veces ser dos bloques de escollera –el Kursaal de Moneo-, el pixelado de una foto de Marylin- el proyecto de Herzog y de Meuron en Tenerife, o “la ola solidificada” de Grimshaw en A Coruña), todas las aproximaciones al proyecto que parten de un a priori formal, son las propias de lo que Pallasmaa llama “la arquitectura del ojo”, a la que opone la obra de Aalto que -en vez de someter sus edificios a una única idea formal totalizadora- los enfoca como “aglomeraciones sensoriales”*.

Una arquitectura basada en el “realismo sensorial”, que “dibujada puede parecer torpe” porque está concebida para ser apreciada al encontrársela física y espacialmente “de cuerpo presente”, en el mundo real y no como la construcción de una imagen previa que vuelve artificial e inerte el resultado.

La idea del edificio como “aglomeración sensorial” me parece muy sugerente, por su renuncia a la búsqueda de la unidad, porque vuelve a poner al ser humano y sus sensaciones en el centro y porque ese proceder por agregación de episodios es el característico de la mejor arquitectura sin arquitectos (y de su reformulación como lenguaje de “patrones” que llevó a cabo Christopher Alexander y su equipo de investigadores).

 

*Juhani Pallasmaa. “The eyes of the skin” (Wiley-Academy, 2005):“Instead of the disembodied Cartesian idealism of the architecture of the eye, Aalto´s architecture is based on sensory realism. His buildings are not based on a single dominant concept or gestalt; rather, they are sensory agglomerations”

 

Negocio

 

bag-of-money

“La arquitectura o es popular o es culta. Lo demás es un negocio”. Alejandro de la Sota (“Por una arquitectura lógica”, 1982)

 Desde que De la Sota escribió su certero aforismo, la arquitectura popular prácticamente ha desaparecido del mapa por obra y gracia de la especulación y la globalización; y lo que pasa hoy en día por arquitectura culta (la de la mayoría de Pritzkers y sus epígonos) sirve como coartada para revalorizar económicamente yermos desiertos de hormigón -como la ría bilbaína antes del advenimiento del Guggenheim- o de arena -como la transformación de Dubai en la cumbre del “pelotazo”.

Ahora ya todo es negocio.

 

Tres peligros del dibujo

DIBUJO- De La Sota

“No se debe nunca erigir desde un plano, desde un dibujo; todo lo contrario, el auténtico camino es crear en el espacio infinitas posibles proyecciones, hijas, no madres.” Eduardo Chillida (“Escritos” )

El dibujo es una de las herramientas principales de la arquitectura y, excepto en los casos más extremos e inmediatos de autoconstrucción, acompaña necesariamente el proceso de proyecto y construcción de los edificios -desde los primeros tanteos mediante bocetos hasta la definición de plantas, fachadas y detalles constructivos-, y permite fijar y transmitir ideas, atmósferas o dimensiones.

Una herramienta que permite aproximarse a algo complejo, tridimensional y en lo que intervienen varios sentidos reduciéndolo a líneas, manchas y signos sobre un papel pero tan poderosa que si olvidamos su papel subordinado y le otorgamos un papel excesivamente importante puede pasar de aliada a enemiga.

El primer peligro es que su gran poder de sugestión puede confundirnos y llevarnos a pensar que un bonito dibujo implica un buen edificio. Por eso un gran arquitecto (y excelente dibujante) como Alejandro de la Sota recomienda prescindir de efectos pictóricos al representar un edificio:

“No son mejores los edificios por muchas sombras que se dibujen en sus proyectos. La arquitectura es un problema mental y como tal debe ser planteado y resuelto. El dibujo artesanal generalmente oculta lo no resuelto, lo ni siquiera planteado. Dos planos se cortan en una recta, que es la que debe dibujarse. Las sombras en los edificios son variables o no existen. ¿No hay arquitectura en días nublados o durante la noche?” Alejandro de la Sota (“Escritos, conversaciones, conferencias”)

También existe el riesgo de encariñarse con un dibujo hasta el punto de que nos cueste desprendernos de él y lo que representa, aunque otras señales nos estén indicando que tal vez sería conveniente enfocar el proyecto de otra manera. Esto puede pasar con un boceto inicial en el que creemos ver algo que vale la pena perseguir o investigar, pero también cada vez más –dado que el dibujo asistido por ordenador permite generar con bastante rapidez un importante volumen de planos “acabados”- en fases posteriores del proyecto. Para evitar esto, lo más inteligente es dibujar poco para evitar encapricharse de algún dibujo o sentir pena por el trabajo desperdiciado, tal como explican Lacaton y Vassal, hablando de la sorprendente casa atravesada por pinos que proyectaron en Cap Ferret:

“Cada proyecto parte de cero. No partimos de ideas a priori. (…) Apenas dibujamos y, gracias a ello, no nos bloqueamos en una imagen. Al dejar muy pocos rastros de nuestras investigaciones podemos evolucionar sin problemas. Si llegamos a la conclusión de que hay que cambiarlo todo, nadie puede referirse a un dibujo anterior.” Lacaton&Vassal (2G. Conversación con Patrice Goulet ) 

Y por último, existe el riesgo potencialmente aniquilador de pensar que lo que construyamos será mejor cuánto más se aproxime a su representación gráfica previa, despreciando el enriquecimiento que puede suponer ajustar lo proyectado a aquellas sutilezas del lugar y el propio proyecto que aparecen en el proceso de puesta en obra:

“La persona que traza un plano no puede dibujar de manera diferente cada ventana ni cada ladrillo porque carece de base para conocer las sutiles diferencias que se requerirán. Esto sólo queda en claro cuando el proceso de construcción real está en curso. O sea que el dibujante los hace todos iguales porque sentado ante el tablero de dibujo no tiene ninguna razón para hacerlos diferentes. Pero si el constructor construye según un dibujo detallado y su contrato lo limita a hacer el edificio exactamente igual al plano, hará idénticos los detalles para cumplir lo que indica el dibujo…y el edificio real será inerte y artificial.” Christopher Alexander (El Modo Intemporal de Construir) 

Todas estas advertencias sobre los riesgos de encariñarnos de un boceto, dejarnos engañar por las sombras o elevar a ley lo que no es más que una simplificación nunca apearán, ni lo pretenden, al dibujo de su posición privilegiada entre las herramientas del arquitecto, pero sirven para recordarnos los peligros de confundir una herramienta con su fin, peligros que non han hecho más que aumentar en paralelo al incremento imparable de nuestra capacidad de representación mediante la tecnología.

Sencillez

SENCILLEZ_Campo Baeza

“…un equipo joven, multidisciplinar. Y por favor, nadie minimalista”. Instrucciones de Ferrán Adriá a los diseñadores de su bar de tapas “Tickets” (2011)

Hay una arquitectura de los estetas formalmente muy diferente de la que comúnmente llamamos “del espectáculo”  que -al aspirar a un tipo de belleza pretendidamente intemporal escudándose en “la sencillez” (a veces también llamada “simplicidad”) como valor supremo- consigue aparecer como una alternativa a la arquitectura espectacular con la que, en el fondo, tanto comparte como lo demuestra la trayectoria de Herzog & De Meuron que “evolucionaron” sin solución de continuidad de la una a la otra, de la castidad a la promiscuidad semántica.

No es muy riguroso llamar a ese tipo de arquitectura “minimalista” porque el arte minimal -con el que comparte algunas afinidades -es mudo. Su objetivo es “cortocircuitar el intento del espectador por valorar la obra”* y escapar a cualquier atribución de significado mientras que la arquitectura “minimal”, como la del espectáculo, es sobre todo un símbolo. Un símbolo tan poderoso que se ha convertido durante muchos años en la estética “por defecto” del interiorismo de hoteles, restaurantes finos y casas de futbolistas (aunque su hegemonía empiece a decaer, tal como muestra el comentario de un Adriá sediento de kitsch a los diseñadores de su espantoso local).

Una arquitectura que evoca valores refinados como el ascetismo, la renuncia a lo superfluo, la limpieza, la claridad, la elegancia, la pureza formal, el silencio o lo esencial pero que para conseguir parecer “sencilla” está dispuesta a recurrir a los más sofisticados artificios constructivos.

Como su búsqueda de la pureza formal se antepone a cualquier consideración mundana, el uso de estas arquitecturas por seres humanos vivos es siempre problemático porque éstos tienden indefectiblemente a romper el orden visual, ocupando el espacio pretendidamente trascendente con sus muebles, recuerdos y enseres personales. Lo esencial es la forma (recatada, eso sí) y entre lo superfluo está la vida. El habitante nunca podrá estar a la altura de la obra durante más tiempo del que dura un anuncio.

Es una estética del control y para los que proyectan este tipo de arquitectura, la elección de un interruptor o una luminaria “inapropiada” –que puede descalabrar todo el diseño- es objeto de largas cavilaciones. Si les dejasen, se ofrecerían gustosamente a diseñar hasta las zapatillas que el cliente necesita para no desentonar, como aquel arquitecto “Jugendstil” caricaturizado por Adolf Loos en la perenne sátira “De un pobre hombre rico”.

Y, según reconoce John Pawson – uno de los arquitectos más exitosos y representativos de esta tendencia- , la simplicidad es, sobre todo, algo visual. Lo dice explícitamente en el prólogo a su ensayo (como no, visual) “Minimum” en el que recopila centenares de bellas imágenes que para él comparten esa cualidad suprema: la “sencillez”.

Las únicas personas o rastros de vida humana los encontrarás -buscando bien- en un retrato de Lucio Fontana frente a uno de sus lienzos rasgados, otro de Mies fumando un puro sentado sobre el arco circular perfecto de su silla Tugendhat, en una acuarela de Kobayashi que parece habérsele colado porque representa un baño convivial (hasta que su comentario -“Figuras sensuales contra una trama medida”-nos aclara que lo hermoso no es ver dos mujeres bañándose juntas sino el contraste de sus figuras con la rigidez geométrica del alicatado) y, por último, en una fotografía de Mapplethorpe de dos cabezas rapada –una blanca, negra la otra- a los que acompaña el revelador pie de foto “La cabeza humana se convierte más en geometría que en personalidad”.

Una vez eliminado el ser humano de la ecuación, es perfectamente posible defender una estética basada únicamente en la adoración de la sencillez formal y encontrar una sensibilidad común en arquitecturas tan radicalmente opuestas como la de Mies y la de Lewerentz, o entre una máscara geometrizada primitiva y unos fluorescentes de Flavin. Todo es sólo forma.

Notas:

Adolf Loos- “De un pobre hombre rico” (1900) en “Escritos I. 1897-1909” (El Croquis, 1993)

John Pawson-“Minimum” (Phaidon, 1996)

*Josep Quetglas- “Pasado a limpio, II” (Pre-Textos, 1999).

 

 

Cruces

CRUZ_Tavole-herzog de meuron

En arquitectura, hay cruces que son espacio –como la planta de algunas iglesias- y que, por tanto, pueden ser percibidas; y otro tipo de cruces que sólo se ven en los planos (y pantallas) de los arquitectos: las cruces generadas por la intersección de dos muros.

Estas cruces, tal como me enseñó mi maestro Elías Torres en un comentario de pasada, permiten detectar un tipo particular de mediocridad en arquitectura, la de aquellos que no sólo piensan que el cometido principal de su trabajo es ordenar, sino que imponen un orden elemental, artificioso e imposible de percibir.

Un muro separa dos espacios, y cuando las necesidades a cada uno de sus lados son diferentes, forzar que las divisiones a un lado del mismo coincidan con las que hay al otro implica que en uno de los dos no se ha colocado la división en el lugar más conveniente para favorecer las actividades que previsiblemente se desarrollarán en él sino buscando establecer una regularidad que nadie puede ver.

En el mejor de los casos se explica por la inocencia de quien sólo es capaz de plantearse el orden (gráfico) más primario; en el peor, por una resabiada voluntad de trascendencia.

 

Códigos (de barras)

CODIGO_Moneo Ayuntamiento de Murcia

Cuenta Stan Allen que circula por la red un programa informático llamado “El generador de fachadas español” que permite “introducir unas pocas sencillas variables (la anchura de fachadas, el número de plantas, etc.) y luego (…) generar ese distintivo patrón de huecos desfasados, que cambian de planta en planta, y que se ha convertido en algo así como un cliché en la arquitectura contemporánea”.

Allen considera que uno de los orígenes del cliché está en el mítico proyecto de Alejandro de la Sota para el Gobierno Civil de Tarragona, en el que logró convertir una fachada de mármol “en algo del grosor del papel” gracias a disponer dos grandes huecos que “se tocan esquina con esquina (lo que es imposible desde el punto de vista tectónico)” e “impulsan la fachada hacia la planeidad”.

Este artificio arquitectónico suele implicar que -en plantas con idéntico programa- los huecos se muevan arbitrariamente desde su posición idónea desde el punto de vista del usuario, a aquella que –desde el exterior- produzca una vibración agradable a juicio del proyectista.

El recurso se utiliza preferentemente en edificios monolíticos con escasa variedad de usos (edificios institucionales, educativos o terciarios) y en los que el usuario no interactúa con la fachada (abriendo y cerrando ventanas y persianas, utilizando terrazas, asomándose a un balcón, plantando jardineras o modificándola al insertar letreros o toldos).

El potencial gráfico del invento se desarrolló desde ese inicial desfase entre dos grandes huecos a la aplicación de patrones geométricos lineales basados en desplazar lamas paneles de hormigón o losas de piedra entre unos forjados y otros para evocar, en los casos más descarados, esa etiqueta distintiva de todo producto comercial: el código de barras.

Convertir la piedra en papel puede animar – más en el sentido de alegrar que en el de insuflar alma- arquitecturas cuya mudez inquieta hasta a su propio autor, pero la representación de un movimiento congelado sólo en raras excepciones –como, por cierto, el Gobierno Civil de Tarragona – podrá suplantar convincentemente a la auténtica vitalidad.

Nota:

El comentario de Stan Allen aparece en “Alejandro de la Sota, una apreciación” , artículo del libro “Alejandro de la Sota” (Arquia/Temas, 2009)

Arquitectura del espectáculo

ESPECTÁCULO_eiffel-tower-earrings

“Es fácil distinguir entre arquitectura del espectáculo y arquitectura moderna. En la arquitectura moderna, el visitante siempre parece interesante. En la arquitectura del espectáculo, el visitante nunca está a la altura de la obra, queda eclipsado por la obra, que despierta y concentra toda la atención.”

Josep Quetglas. “Miscelánea de opiniones ajenas y prejuicios propios, acerca del Mundo, el Demonio y la Arquitectura”. El Croquis, nº 92. 1998

Podría estar de acuerdo si sustituimos «moderna» por “viva”, ya que celebradas obras de la arquitectura doméstica moderna – la casa Farnsworth, la casa Schroder- consiguen también que no sólo la presencia humana sino cualquier signo normal y corriente de lo doméstico estorbe.

No es una casualidad que las construcciones pioneras de esta tradición -como la torre Eiffel- naciesen en las grandes exposiciones de productos de consumo, aquel precedente decimonónico de nuestros actuales centros comerciales. La “arquitectura del espectáculo” es publicidad edificada para una sociedad de consumidores sometida al imperio de la imagen característico del sistema económico que nos gobierna.

Actualmente, aunque esa finalidad publicitaria se mantenga, el proceso se ha sofisticado -al resultar más determinante la “marca” del edificio que su propia forma- y ya no es necesario que la construcción anuncie otra cosa que a sí misma y a su autor. El glamouroso aroma que emana del arquitecto “de prestigio” (el propio calificativo revela a las claras su función) perfuma a los promotores de la obra, en una fiesta de seducción en el que las normas urbanísticas se pueden hacer a medida, los presupuestos multiplicarse y los usos inventarse a posteriori, porque no se está encargando un edificio que resuelva una necesidad, se está comprando un “…” (ponga el nombre del arquitecto-estrella que más deteste).

La del espectáculo es una arquitectura que nace y muere el día de su inauguración, cuando se toman las fotografías –evidentemente sin personas- . Es el momento a la vez inicial y culminante de su existencia, tal como corresponde a esta época de exaltación de la juventud sobre todas las cosas.

Además, en su forma más pura, la primera fotografía debe ser indistinguible de la infografía que propició su construcción y que es lo que realmente se compró; y su repetición cientos, miles, millones de veces en las pantallas de todo el mundo debe llevarla a su fin último: convertirse en un icono.

Entonces, se produce ese fenómeno tan característico de nuestra era que Sánchez Ferlosio -en honor a la famosa torre parisina – bautizó como “efecto turifel” que consiste en que “la insistente repetición de esa imagen va educando –o más bien pervirtiendo-de tal manera la mirada a la instantánea inmediatez del reconocimiento, que el ojo acaba por identificar antes de ver”.

Cuando triunfa, el trágico destino de la arquitectura del espectáculo consiste en un extraño tipo de desaparición por ubicuidad ya que, cuando nos acercamos a ella, “los cientos o miles de imágenes vistas antes del primer viaje (…) se interpondrán de manera tan obstructiva en la mirada que menoscabarán en cierto modo hasta la convicción empírica de tenerla por fin físicamente delante de los ojos”.

Y cuando fracasa -como esta inacabada “Ciudad de la Cultura” que veo degradarse día a día sin dejar de consumir ingentes recursos públicos- su única utilidad es recordarnos los peligros de dejar que, mientras la razón duerme, sea el dinero quien nos gobierne.

Nota:

El «efecto turifel» lo conocí en el fantástico libro de Rafael Sánchez Ferlosio “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos” (Destino, 1993).

Ángulos rectos

Ángulo recto

“El ángulo recto me ha llegado a parecer el más hermoso que hay entre todos los ángulos, pero es algo intolerante, no admite diálogo nada más que con sus iguales. Ante este poder del ángulo recto, pienso que hay ángulos a su alrededor, desde los 88 hasta los 93 grados, que son casi tan poderosos y al mismo tiempo son más dialogantes, dialogan entre ellos (…). Creo que la virtud está cerca del ángulo recto, pero no en él.”

                                                                                                             Eduardo Chillida. “Escritos” (Ed. La Fábrica, 2005)

“…la mayoria de espacios de un edificio deben ser polígonos, en planta, con paredes aproximadamente rectas y esquinas obtusas (digamos entre 80 y 100 grados). En general, lo más probable es que sean irregulares, aproximadamente rectangulares. De hecho, el respeto al emplazamiento y a las sutilezas del plan llevarán inevitablemente a formas ligeramente irregulares.”  

                                                                                                       Christopher Alexander. Patrón 191 “Forma del espacio interior”

Tan absurdo es proscribir el ángulo recto, fijar un rango de ángulos “virtuosos” o negar que “un cubo que funcione” (o, más bien, convenientemente matizado por su funcionamiento) pueda ser la solución ideal a un determinado problema; como lo es utilizarlo por defecto -o pereza, o desconocimiento de las sutilezas del lugar- para dividir a escuadra y cartabón continentes enteros; o negar que las más perfectas simbiosis entre arquitectura y naturaleza aparecen precisamente cuando el edificio se deforma para arraigar en un lugar concreto o, mejor aún, cuando nace ya allí y, al crecer buscando la luz, la sombra, o parapetarse del viento (o de los vecinos fisgones) encuentra su hueco y su postura, con la naturalidad de aquel gato durmiendo al sol con el que Souto de Moura comparó la mejor arquitectura de Álvaro Siza, o de aquel otro gato sobre un cojín al que Georges Perec se refirió para describir una de las casas usonianas de Wright .

Tal vez el ángulo recto sea el más hermoso por tener un pie en el mundo de las ideas y otro en el real. Pero la realidad es casi siempre rugosa, abollada, tozuda (y mancha); y nuestro empecinamiento en apisonarla y trozearla con geometrías rígidas e ideales tiene más que ver con nuestras fantasías de dominación, la pereza mental y las implacables leyes del Dinero, que con su presunta superioridad geométrica.

 

Orden

ORDEN_Marrakesh

“Hay una cualidad más extendida aún que la descarada fealdad o el desorden, y esta cualidad es la deshonesta máscara de un supuesto orden conseguido por ignorancia o supresión del orden real, que se debate por existir y ser reconocido”

Declaración de un vecino disgustado con la reforma de su barrio. Recogido en “Muerte y vida de las grandes ciudades” de Jane Jacobs.

La arquitectura cualifica un espacio para permitir que en él se desarrollen determinadas actividades y. al hacerlo, establece inevitablemente  algún tipo de orden. Pero sus pautas deben atender al orden profundo de las cosas, que no es ni arbitrario ni aleatorio.

Un ejemplo de orden aleatorio sería aquel que un Erasmus francés de intercambio en la Escuela de Arquitectura de Barcelona llamaba colocar el mobiliario público “a la catalana” y que consiste en recortar las plantas de bancos y papeleras, agitarlas dentro de un cubilete y lanzarlas sobre el plano para que el azar determine su posición y tengan así un aspecto “casual” (en el doble sentido de determinado por el azar y desenfadado). Esa manera de proceder tiene una de sus manifestaciones más claras en esas sillas que pueblan tanta plaza dura barcelonesa que -al no formar ni corrillos ni grupos separados- anulan cualquier posibilidad de uso colectivo.

Un ejemplo de orden arbitrario, siguiendo con ejemplos de espacio público, consistiría por ejemplo en dibujar sobre el espacio a urbanizar una trama que paute la posición de todos los elementos, desde el adoquín hasta las tapas de alcantarilla, las farolas o las pérgolas. Es el más habitual, y puede aparecer en versión lineal –como la reforma de la Avenida Roma o tantísimos otros proyectos de urbanización en franjas- o curva –como el Parque de los Auditorios en el Fórum de Barcelona, donde la misma pieza de pavimento en forma de luna se extruye para formar desde un graderío a esos extraños asientos con forma de inodoro.

Pero el orden de la arquitectura lo pauta la vida humana. Y, como ella, no es ni aleatorio ni arbitrario. Es complejo.

En su forma más simple, cada persona tiene el potencial de crearlo instintivamente en sus actividades cotidianas, como en el ejemplo que pone Christopher Alexander en “El Modo Intemporal de Construir” :

“Imagínate una tarde invernal con una tetera, un libro, una lámpara para leer y dos o tres mullidos cojines en los que puedes apoyar la espalda. Ahora, ponte cómodo. No de manera tal que puedas mostrárselo a otros y decirle cuánto te gusta. Quiero decir que te guste realmente por ti mismo.

Pon la tetera al alcance de la mano pero en un sitio donde no pueda volcarse. Baja la luz de modo que caiga sobre el libro pero sin que veas la bombilla resplandeciente. Coloca esmeradamente los cojines, uno por uno, exactamente donde los quieras para apoyar la espalda, el cuello, los brazos, de modo que te sientas cómodamente sostenido, tal como te agrada para beber el té, para leer, para soñar.

Si te tomas la molestia de hacer todo eso y lo haces esmeradamente, con gran atención, es posible que el conjunto empiece a tener la cualidad sin nombre.”

Obviando la peliaguda “cualidad sin nombre” (ese «no-se-qué» que, para Alexander, comparten las cosas vivas), si realmente el lector-bebedor de té del ejemplo busca concienzudamente la posición de las cosas que mejor posibilita su disfrute, la tetera, los cojines, el libro y la lámpara acabaran colocados en sitios muy concretos y determinados, siguiendo un orden que no es ni rígido ni caótico, sino natural, vivo y cambiante.

Desgraciadamente, lo que resulta relativamente asequible con una tetera, unos cojines, una lámpara y un libro, se complica enormemente al aumentar la escala del problema, siendo el caso más sofisticado ese orden complejo de tantos asentamientos humanos en los que cada elemento comparte ciertas leyes pero es a la vez único, y entre todos forman un conjunto armónico y vibrante. Es un tipo de orden que no puede decidirse de una tacada sino que se forma colectivamente por agregación paulatina de elementos pensados bajo unos mismos parámetros que se singularizan para responder a las sutilezas de cada situación. Un orden lento para un mundo cada vez más rápido.

Si no podemos organizarnos según sus principios, debemos al menos asegurarnos de que los órdenes que imponemos sean compatibles con su aparición a una escala menor. Por seguir con la escala urbana, es interesante a ese respecto la lección del ensanche barcelonés, con una retícula capaz de absorber tejido residencial decimonónico (Eixample Dreta), desarrollista (Eixample Esquerra) y olímpico (Vila Olímpica) siendo este último -al estar proyectada cada gran manzana por solamente uno o dos arquitectos (para más inri, de renombre)- el que menos permite la aparición de signos de vida y diversidad.

Creo que la reflexión es extensible también a escalas más pequeñas y que es importante luchar siempre por mantener y propiciar ese orden complejo y humano aunque su lentitud choque con la velocidad que exige un mundo regido por las despiadadas reglas del dinero.

Nota:

La imagen es del libro «Architecture Without Architects» de Bernard Rudofsky, un inagotable catálogo de ejemplos del tipo de orden que reivindico en este breve texto.

Flexibilidad

FLEXIBILIDAD_maison domino

 “Esa casa siempre la encontré muy triste, bella y triste como un museo. Era la casa la que hacía la ley. El lugar de cada cosa estaba designado de antemano y aún el de las personas. Era difícil estar vivos, éramos como esculturas”

Marie Jaoul (citada en “Las aventuras de la vanguardia” de Juan José Sebreli)

“Mies talks about “free space” but his space is very fixed. I can’t even put a clothes hanger in my house without considering how it affects everything from outside. Any arrangement of furniture becomes a major problem, because the house is transparent, like an X-ray”.

Dr. Edith Farnsworth

 Ahora que uno de los legados más visibles del pinchazo de la burbuja inmobiliaria es un sinfín de maisons Domino salpicando el paisaje gallego, me acuerdo con frecuencia de “la flexibilidad”, ese concepto fetiche de la arquitectura moderna desde que Le Corbusier lo incluyera como “planta libre” entre sus “5 puntos para una nueva arquitectura”. La teoría sostiene que una estructura de pilares y losas -sin muros de carga que condicionen la distribución- otorga la máxima flexibilidad ya que la planta puede subdividirse a voluntad.

Sin embargo, las principales aplicaciones de la planta libre -que en teoría podría efectivamente dar lugar a cualquier tipo de distribución- resultaron ser, en primer lugar, el desarrollo de ese sueño moderno del espacio ininterrumpido, fluido, en el que las visuales atraviesan la casa de punta a punta; y, paralelamente, la posibilidad de conseguir la ansiada casa “funcional”, en la que cada pieza está dimensionada según las actividades que se prevé que puedan desarrollarse en ella. Pero ambos principios –la visión total y la especialización funcional- resultaron ser radicalmente incompatibles con la flexibilidad.

Como ejemplo de los peligros de la visión total, se puede leer en la cita de la propietaria de la casa Farnsworth –todo un paradigma de espacio fluido- que lo que le habían vendido como “espacio libre” resultaba ser “muy fijo” y no había manera de poner ni un simple perchero. Achacaba la imposibilidad de usar su casa con libertad a su radiográfica transparencia.

Las palabras de Marie Jaoul apuntan al segundo problema, la excesiva especialización funcional de las estancias. La maison Jaoul de Le Corbusier –cuya estructura no era de pilares y losas sino de muros de carga y bóvedas “a la catalana”- es un lugar “bello” pero en el que “el lugar de las cosas estaba fijado de antemano” y “resultaba difícil estar vivos”. (más…)

Moda

MODA_reloj estacion-tren

“…uno debe seguir su camino y ver pasar los trenes. Trenes que en una ocasiones son de lujo, como el de Mies, o atrayentes, como el de Le Corbusier. Otras veces conceptuales, monumentales y hasta un poco retrógrados, como el de Kahn. O comerciales, o de mercancías, como los de Rudolph, SOM o Pei. O los formalmente escultóricos de Saarinen, Utzon, Tange. O, en fin, estos otros de última hora y de vía estrecha de Rossi, Ventury (sic), Moore, Graves…”

Miguel Fisac

 

Para Fisac (como para Palladio o Chillida) la única manera de aprender de verdad es analizando directamente la realidad y obteniendo conclusiones personales “que enriquezcan el conocimiento propio” y proporcionen herramientas para desarrollar mejor el trabajo diario.

El otro camino – “ir adquiriendo información, a base de libros y revistas, de aquello que se lleva en el mundo y los críticos valoran como buena arquitectura”- responde a “una actitud de mimetismo de muy dudosos resultados creativos”.

La reproducción acrítica de algo supuestamente novedoso anula la potencial originalidad de cada individuo, que éste sólo podrá desarrollar yendo él mismo al origen: el encuentro entre el ser humano y el mundo- y el consiguiente asombro e intento de comprensión-. Un encuentro directo, sin intermediarios ni atajos. Seguir “lo que se lleva” difícilmente nos acercará al meollo de la arquitectura.

La deslenguada apreciación de un septuagenario Miguel Fisac sobre la conveniencia de seguir a lo suyo en vez de intentar subir a cada tren que pasa me trae a la mente casos poco frecuentes pero dignos de mención como el de Glenn Murcutt que -sin pretenderlo, simplemente siguiendo su camino- ha acabado por obtener los máximos reconocimientos profesionales, como en la célebre paradoja de que un reloj parado da la hora correcta al menos dos veces al día mientras que uno en marcha lo más probable es que no la de nunca.