Categoría: arquitectura

Monk y el reloj torcido

“Solía tener fobia a cuadros y cosas colgadas en una pared algo torcidas. Thelonious me curó. Clavó un reloj en la pared ligeramente angulado, justo lo suficiente para enfurecerme. Lo discutimos durante dos horas pero no me dejó corregirlo. Al final, me acostumbré. Ahora, cualquier cosa puede estar colgada con cualquier ángulo y no me molesta en absoluto.”     Nellie Monk

Una anécdota puede a veces ser mucho más explicativa que una retahíla de adjetivos y conceptos para transmitir una sensibilidad determinada. Esta cita, con la que Gary Giddins arranca su perfil de Thelonious Monk en el magnífico libro “Visions of Jazz. The First Century”, me parece muy reveladora de una estética que asume la inutilidad de aspirar a la perfección.

El mensaje es profundo y me parece extensible a disciplinas diferentes de aquella para la que se formuló. Así, en el mundo de la arquitectura, hay una tradición que va de la época clásica hasta nuestros días (pasando por Mies Van der Rohe) que busca la perfección a través del orden. Tramas, módulos, ejes y alineaciones son los mecanismos a los que se confía la bondad del diseño. Con frecuencia, el resultado son edificios “perfectos” (en el sentido gramatical de “totalmente acabados”) pero muertos, ya que su rígidez les impide asumir con naturalidad lo más característico de la naturaleza humana: el cambio, el crecimiento. La vida.

Los placeres de Monteys

Uno de los placeres distintivos de la edición catalana de “El País” es la estupenda sección de crítica de arquitectura en el suplemento “Quadern” de los jueves escrita por Xavier Monteys. Textos claros e incisivos, dirigidos a los ciudadanos y no a los colegas de profesión, que obvian los nombres de los autores de las obras analizadas para sacar de cada caso concreto reflexiones de un alcance mucho más amplio. Auténticas lecciones de arquitectura.

Se acaba de publicar, en la colección “Microgrames” de la Universitat de Girona, “El plaer de la ciutat”, una breve selección de 18 de esos artículos que deberían servir para ampliar su público (aunque una edición bilingüe catalán/inglés no sea tal vez la mejor manera), e invitan a replantearse ideas tan arraigadas como las bondades de la peatonalización indiscriminada de calles o a entender cómo la aportación más importante de “La Pedrera” de Gaudi puede encontrarse más en su potencial de convertirse en modelo (planta) que en su excepcionalidad (fachada). Recuerdo otros artículos que no parecen haber pasado el corte y que me gustaría tener la oportunidad de releer en los que se analizaba la manía de ocultar la escala en muchos edificios contemporáneos o cómo la diferenciación de pavimentos urbanos podía acabar con la flexibilidad de una calle.  Tal vez, si la acogida es buena,alguien se anime a publicar selecciones mas amplias o que no se ciñan estrictamente a lo publicado en “El País”.

En ese sentido, aunque al editarse en una revista especializada y no en un periódico generalista tengan una extensión mucho mayor y un tono más erudito y profesional, sería una excelente idea recuperar  también los magníficos artículos que escribió para la sección “Doméstica” de la revista “Quaderns d’arquitectura i Urbanisme” entre 2006 y 2010.

La (otra) capilla del bosque

Hojeando un curioso libro llamado “Sacred Buildings. A Design Manual”  de Rudolf Stegers me enteré de la existencia de otro destacado discípulo de Frank Lloyd Wright, además de mis admirados Schindler y Lautner.

El arquitecto se llama Euine Fay Jones y la obra que me llamó tan poderosamente la atención es la Thorncrown Chapel que construyó en 1980 en Eureka Springs, Arkansas. Frente al protagonismo del espacio interior de los otros ejemplos recogidos en el libro, la Capilla de la Corona de Espinas es un ejemplo de la arquitectura más esencial: una cubierta-una sombra- en el medio de un bosque de robles y arces. La unidad material (está construida íntegramente en madera local), la gran transparencia y las cuidadas proporciones (los pilares miden aproximadamente lo mismo que los troncos de los árboles vecinos) permiten que se funda completamente con el entorno.

Aunque algunos detalles puedan remitir al maestro Wright, me parece una construcción tan “natural” que resulta difícil de datar. Encuentro que tiene “eso” tan difícil de conseguir: un carácter intemporal.

Nota:

Teniendo en cuenta que esta obra fue considerada la mejor de 1981 y entre las diez más importantes del siglo XX por el American Institute of Architects, nunca dejará de sorprenderme lo eurocéntrica que llega a ser nuestra formación.

Arquitectura Vegetal

El árbol más singular que he visto jamás es la centenaria higuera  “Na Blanca d’en Mestre” en Formentera.  Más que un árbol, es una auténtica “arquitectura vegetal” ya que la intervención humana, mediante la incorporación de soportes verticales (talóns), vigas (perxades) y riostras en v para neutralizar la acción del viento (ulls de poll), lo ha convertido en una auténtica sala hipóstila vegetal. El objetivo de esta singular técnica, que se puede ver en otros ejemplares de menor tamaño, era evitar que la higuera volviese a enraizar al tocar sus ramas el suelo y proporcionar sombra al ganado.
Con un único tallo y más de cien soportes consigue cubrir  con su memorable sombra una superficie de 350 metros cuadrados, lo que la convierte, si no la más vieja, sí en la mayor higuera del mundo.

Nota 1:

Debo el placer de conocer este prodigio (y muchas otras cosas) a mi maestro Elías Torres que tuvo la generosidad de invitarnos en el verano de 2004 a un grupo de sus colaboradores a las Pitiusas para conocer sus obras y otras maravillas locales.

Nota 2:

Curioseando por la web he visto que este árbol fue presentado en la exposición ‘Humanizar la ciudad. Arquitecturas de Madrid y Barcelona’ por el arquitecto Mariá Castelló en 2011. A él debo esta estupenda representación de la planta cenital de la higuera.

¿El más grande constructor de todos los tiempos?

Aunque en la mayoría de historias de la arquitectura moderna o no se le menciona o aparece como uno más de los pioneros del hormigón- entre figuras mucho menos relevantes como Maillart, Nervi o Perret-  la lectura del magnífico libro de José Antonio Fernández Ordóñez sobre Eugene Freyssinet me ha convencido de que tal vez se trate del “más grande constructor de todos los tiempos”.

J.A.F.O.  combina la biografía con el relato de sus hazañas como proyectista y constructor y con una selección de textos del propio Freyssinet para formar una imagen muy completa de este gran genio de la construcción.

Pese a revolucionar la ingeniería con el desarrollo de numerosas patentes (gato y anclaje de conos, tubos pretensados prefabricados, gato plano…), nuevas tipologías estructurales (hangares de Orly, puentes,…) y la invención de un nuevo material (hormigón pretensado), Freyssinet no era un genio loco encerrado entre toneladas de papeles sino un proyectista-director de obra-constructor que iba desarrollando las nuevas técnicas y herramientas que le permitían resolver problemas muy concretos y ganar infinidad de concursos de puentes y otras estructuras gracias a que sus inventos permitían abaratar increíblemente la construcción (desde sus primeros puentes clandestinos en Vichy hasta las cimbras reciclables de Plougastel) o resolver problemas para los que nadie más ofrecía soluciones (hundimiento de la estación marítima de Le Havre). Su falta de prejuicios le llevó incluso a proyectar barcos y alas de avión de hormigón.

En 1928, en la cumbre de su vida profesional tras haber construido las más importantes obras de hormigón armado del mundo (de Villeneuve a Plougastel), renuncia a todas sus patentes y derechos sobre sus diseños y abandona  la exitosa empresa que había formado con Claude Limousin para desarrollar una intuición que le obsesionaba desde el  principio de su carrera – el hormigón pretensado:

La idea de la tensión previa es sencilla: comprimir el hormigón para hacerlo capaz de resistir tracciones ulteriores permanentes
Hasta 1933 se dedica febrilmente a desarrollar su invento y pese a los decisivos avances técnicos que consigue desarrollar,  no consigue encontrar comprador para los postes que había creado y pierde en esos 5 años la fortuna que había acumulado durante los 23 precedentes. Con 55 años, arruinado y al borde de la desesperación consigue la proeza de evitar el hundimiento de la Estación Marítima del Havre aplicando sus teorías de las tensiones previas y comienza su resurrección profesional que tras llevarle a trabajar por todo el mundo  (Argelia, Venezuela,Brasil) ya no acabaría hasta su muerte en 1962.

Cualquier ingeniero que hubiese llevado una de las dos vidas de Freyssinet (pre y post  1928) merecería  ya figurar entre los más grandes del siglo XX, pero que ambas hazañas fuesen llevadas a cabo por una única persona que lo arriesgó todo, elevan su categoría a la de “más grande constructor de todos los tiempos”.

Nota: Toda la información está sacada del libro “Eugène Freyssinet” de José Antonio Fernández Ordóñez (Xarait, 1972).  Pese a sus 400 páginas (con apéndices y notas técnicas) el relato central se lee casi como una novela de superación frente a las adversidades y creo que sería una gran idea reeditarlo.

Sin edulcorantes

Las dos maneras más poderosas de sintetizar una idea son la filosófica -máxima abstracción- y la poética – máxima concreción. Así, frente al filosófico “menos es más” de Mies Van der Rohe, tenemos la evocadora alternativa poética del gran Josep Maria Sostres: “Amb sucre, pitjor”. Con azúcar, peor.

 

NOTA: Debo la cita de Sostres al profesor Josep Alemany, que fue alumno suyo. Me ha parecido importante compartirla porque tras rebuscar por el libro “Opiniones sobre arquitectura”, y por la web, no he encontrado ninguna otra referencia a esta inversión que tanto me gusta del dicho popular “Quant més sucre, més dolç“.

¡No más castros!

Los últimos años de abundancia, coincidieron en nuestro país con una efímera moda de utilizar el círculo como base de bastantes proyectos arquitectónicos. Las apoteosis de esta tendencia iban a ser la fracasada ciudad judicial de Madrid, donde me parece recordar que todos los edificios debían ser redondos y el también paralizado palacio de congresos (“la moneda de canto”) de la misma ciudad, en el que se acabó la financiación durante la cimentación.

Así que de aquella fiebre, como realidad construida, no ha quedado tanto pero, curiosamente, lo que ha quedado está en Galicia (ayuntamiento de Lalín, museo arqueológico de Lugo). ¿Casualidad? No lo creo.

En mi modesta opinión, los gallegos debemos ese honor al amor de los políticos por las metáforas construidas. Un ojo (planetario de Valencia), una ola solidificada (Fundación Caixa Galicia en Coruña) o una vieira (Ciudad de la Cultura en Compostela) son algo mucho más fácil de entender y comprar que un edificio.

Y, en Galicia, no se me ocurren muchas cosas que puedan apelar más directamente al corazoncito nacional-popular de un jurado que una referencia a los castros celtas. Daba igual que el programa fuese administrativo o expositivo, la caprichosa geometría quedaba inmediatamente legitimada por la referencia histórica.

Cirugía de casas

Hace ya unos cuantos años, en una conocida librería del Raval, me llamó la atención un pequeño libro de extraño título- “Cirugía de casas”-, y de un autor del que nunca había oído hablar -Rodolfo Livingston- pero que iba por la décimo segunda edición.  La curiosidad, una ojeada a la introducción, lo personal del enfoque -con capítulos con títulos como “Faltan techos, sobran paredes”, “Las modas pasan…las casas quedan”, “Arquitectura cáscara contra arquitectura objeto”- y, para que negarlo, su asequible precio acabaron de convencerme de apoquinar y llevármelo a casa.

Ya en su día me pareció una lectura de lo más recomendable para arquitectos y gente que tenga que vérselas con ellos y creo que la actual coyuntura lo vuelve todavía más necesario. A los primeros, puede enseñarles que, a veces, el mejor servicio que se puede dar a un cliente puede ser un simple consejo o unas directrices sobre intervenciones mínimas que él mismo puede llevar a cabo, pero que dicho servicio debe cobrarse (y, lo más interesante, explica cómo hacerlo). Para los segundos pensó el título alternativo del libro (“Como defenderse de los malos arquitectos”) y su lectura puede ayudarles a aclarar conceptos, definir con claridad sus necesidades y no dejarse embaucar.

El libro proporciona un antídoto poderoso contra esas casas de papel couché en la que el habitante parece molestar y, con palabras sencillas y ejemplos cotidianos que incluyen las transformaciones que tuvo que hacer en casas “de diseño” para hacerla habitables, transmite un importante mensaje humanista. Hay que olvidarse de “enfatizar volúmenes”, “acusar texturas” o “balconear” (con esto no sé muy bien a que se refiere pero me encanta la palabra) para centrarse en lo importante: mejorar la vida de las personas.

Puede parecer una ambición modesta, en contradicción con “la gran arquitectura” obsesionada con la innovación formal y/o tecnológica. Algunas intervenciones pueden parecer “feas”, como las vulgares fotos que las ilustran, pero es que su objetivo no es la belleza, sino la felicidad de sus usuarios.

Nota 1:

El autor, deseoso de compartir su experiencia, ofrece la descarga gratuita del libro en su página web:

http://www.estudiolivingston.com.ar/

Nota 2:

Comparto su constatación de que “el Neufert”  (también conocido bajo el pomposo título de “El Arte de Proyectar en Arquitectura”), pese a no ser jamás mencionado, es probablemente el libro de mayor –y más perniciosa- influencia en el diseño de viviendas “modernas”, ya que su catálogo de dimensiones mínimas acabó convirtiéndose en un estándar. Como dice Livingston: “El comportamiento humano, esencia misma de la arquitectura, no se compone de medidas, sino de escenas; más que de escenas, de ceremonias. Hacer el amor, comer en familia, bañarse, entrar en una casa, y cocinar, ocupan un espacio físico, es cierto, pero ocupan también el espacio psicológico en el que siempre se desenvuelven nuestras ceremonias cotidianas. Y de esas ceremonias está hecha la vida.”

I love my house (arquitecturas felices)

Sumidos en plena crisis cuesta creerlo, pero hubo no hace tanto tiempo-sobre todo en los Estados Unidos- una época de optimismo desbordante ante la vida. Habían ganado la guerra, la economía iba como un tiro y tenían una confianza absoluta en que el progreso no tenía límites.

Aunque fuese un espejismo, fue un momento feliz que produjo arquitecturas felices. Por un lado estaban los que aspiraban a universalizar el estilo de vida moderno con sol, luz y vida al aire libre, intentando plantear modelos económicos repetibles-el programa de las Case-Study Houses o la iniciativa de Joseph Eichler- y, por otro, los más fieles al individualismo característico de los norteamericanos-como mi admirado John Lautner o, el protagonista del post de hoy, Andrew Geller.

Geller fue un auténtico innovador en el diseño de segundas residencias, de formas juguetonas y extravagantes que constituían un marco perfecto para un estilo de vida hedonista (pre-ley de costas, todo hay que decirlo). Aunque puedan parecer “frívolas”, aquí donde tan arraigados están entre algunos arquitectos la austeridad, el no pasarse, la sobriedad y otros valores de tradición católica; y entre algunos clientes el imaginario Falcon Crest/narcopazo y sus variantes regionales, me parece que podemos aprender valiosas lecciones de sus propuestas. Por ejemplo, que existen vías más desenfadadas de resolver el problema de la segunda residencia, o que se debe intentar que la huella del edificio sea la mínima posible y que hay pocas cosas de peor gusto que una casa fuera de escala.

Porque aunque Geller siempre buscaba esquemas formales potentes, sintetizables casi en un logotipo (casa “Faro”, casa “A”, casa “Monopoly”, casa “Tetrabrik Tumbado”…) y en cierto modo  sus viviendas podrían calificarse de “caprichosas”, también es innegable que se ajustaban como un guante a las necesidades de sus clientes. Eran baratas, muy pequeñas pero espaciosas, con un carácter juguetón ideal para un refugio de vacaciones, y con un aire de precariedad/provisionalidad muy apropiado a su emplazamiento entre dunas. Por desgracia, dicha precariedad era algo más que una imagen, y las mareas vivas de los Hamptons y Fire Island se llevaron por delante algunas de sus más valiosas creaciones. Pero aún más destructivo que las mareas fue el mal gusto de los nuevos ricos que compraban sus casas para demolerlas y sustituirlas por desmesurados bodrios neo-coloniales (las McMansion las llamaba él).

En todo caso, independientemente de los vaivenes de la crítica, creo que para un arquitecto hay pocas recompensas más gratificantes que recibir una carta como la  que le envió su clienta la señora Eileen Hunt:

Nota 1:  Debo esta información al estupendo libro “Beach houses. Andrew Geller” de Alastair Gordon (Princeton Universty Press, 2003) que conseguí de saldo en el remate final de la desaparecida, y nunca suficientemente llorada, librería barcelonesa Interlibro.

Nota 2: Los proyectos de las casas playeras de Geller los hacía en su tiempo libre, ya que trabajaba a tiempo completo en la oficina de Raymond Loewy

Nota 3:  Andrew Geller  murió en Diciembre del año pasado a los 87 años. Su muerte parece  haber despertado el interés en proteger su legado:

http://www.andrewgeller.net/

Edificios icónicos y flores de plástico

“Cuándo éramos ricos”, que diría Évole, te podías encontrar fácilmente en el pliego de condiciones de un concurso de proyectos de arquitectura que el objeto del mismo era conseguir un edificio “icónico”. Dado que los iconos suelen ser representaciones planas de realidades tridimensionales, supongo que lo que querían realmente decir es que se buscaba un edificio que fuese una imagen. Un edificio que pareciese un render.

Por alguna extraña razón,  me hace pensar en una visita a mi difunta tía abuela Isabel en la que nos agradeció el ramo que le habíamos llevado diciendo: – ¡Que flores más bonitas! ¡Son tan bonitas que parecen de plástico!