Por recomendación -con préstamo incluido- de mi querido amigo Manolo de Malpica, dediqué buena parte del pasado puente a devorar las dos temporadas de la serie “Carnivale”. Pese a tener ya casi diez años, nunca había tenido noticia de ella y viniendo la pista de quien venía -un artista de gustos refinadamente oscuros- francamente, no sabía muy bien que esperar.
Como no quiero arruinar el misterio ni desvelar la trama a los que tampoco la hayan visto, sólo puedo decir que en plena Gran Depresión, con sus sequías, plagas, miserias y tormentas de arena de resonancias bíblicas, un circo ambulante de “freaks” (de los de Browning) sigue un misterioso, y aparentemente errático viaje en el que está en juego nada menos que el futuro de la humanidad.
La recreación es visualmente deslumbrante, y mientras el gran misterio se va aclarando asistimos a los goces y miserias cotidianas de una comunidad de feriantes muy especial dirigida por un misterioso patrón que se comunica con sus trabajadores únicamente a través de Samson “el-enano-de-Twin-Peaks”.
Mención especial merece la música, no sólo la compuesta para la ocasión (que ganó Emmys y cosas de esas) sino, sobre todo, la estupenda selección de temas de época que acompaña los viajes en coche, contextualiza las funciones eróticas o emana de desvencijadas Victrolas desde los carromatos.
Parece ser que dados los elevados costes de producción, HBO cortó el grifo y no se pudieron rodar las restantes temporadas del ambicioso proyecto, pero lo que quedó tiene entidad propia y, personalmente, prefiero quedarme con un pelín de hambre que presenciar cómo estirar el chicle más de la cuenta acaba dejando un horrendo sabor de boca (“Lost”, “Prison Break”…) .
Absténganse refractarios a la fantasía y la magia.
El museo no es un lugar en el que esperemos encontrar música popular y, cuando aparece, suele ser como fondo sonoro de algún movimiento social o cultural más prestigioso (los beatnicks y el be-bop, “la transición” y “la movida”…), o como pura celebración gráfica (la estupenda exposición sobre portadas jazz del Pompidou/CCCB de hace unos años).
La exposición “Vibracións prohibidas”-de Xavier Valiño y Héctor Fouce- que pueden visitar actualmente en el Centro Galego de Arte Contemporánea de Santiago de Compostela, consigue aunar brillantemente ambas vías mostrando a través de las portadas de discos censurados la obsesión del franquismo por el control de la moral de la juventud.
Aunque arranca con un guión teatral al que la frenética aplicación del sello “Censurado” ha vuelto literalmente ilegible y un par de viejos carteles de cine, y termina con videos de los Beatles en las Ventas y el festival “Canet Rock”, el núcleo de la muestra es la comparación entre las portadas originales y su versión española.
Según avanza, pasamos de la sorprendente satanización de cosas tan inofensivas como el twist o Cliff Richard a la obsesión por el adulterio, la carne y las drogas.
¿Cuánto tiempo dedicaría el censor salido de turno a dibujar bragas y sujetadores en los centenares de diminutas fotos que empapelaban la habitación del pajillero que retrataban los Who en la carpeta interior de “Quadrophenia”?
¿O a encontrar un detalle obsceno de medio centímetro cuadrado en una portada de Zappa?
¿A quien se le pudo ocurrir que convertir a una mujer desnuda en un improbable centauro con culo de elefante podía resultar edificante para la moral de los jóvenes?
¿Como se puede llegar a considerar subversivo el puño alzado de la Estatua de la Libertad?
Estas y otras preguntas son las que plantea esta recomendable exposición que a través de un juego de agudeza visual (del tipo “Los ocho errores”/ ¿Donde está Wally?”) consigue ilustrar de manera amena el grado de podredumbre mental del régimen franquista.
Y si se prefiere hacer únicamente una lectura estética, podemos ver la diversidad de mecanismos gráficos que se usaron, que van desde la portada sin ilustración del “Beggar’s Banquet” hasta re-encuadres, pegatinas estratégicamente colocadas y en al menos un caso (el que convierte la ilustración en un puzle) una portada censurada que supera a la original.
Pese a no comulgar con el culto a Nick Cave, siempre me ha encantado mucho su disco de versiones “Kicking against the pricks”. A mi modo de oír, lo que … Continúa leyendo El australiano y el cosaco
A excepción de cierta debilidad por algunos pinchas-recitadores jamaicanos como Big Youth o “el-pollo-mejor-vestido-de-la-ciudad”-el Dr. Alimantado- mi interés por la cultura dj ha sido bastante limitado, y nunca había considerado a un dj un auténtico músico hasta que vi este par de videos de Kid Koala.
En el primero, “Drunken Trumpet” vemos cómo dos tocadiscos se convierten en una banda completa y cómo la manipulación creativa de discos idénticos puede dar lugar a una música vibrante, viva y diferente cada vez:
… y en el segundo, ya disfrazado de oso koala por una apuesta perdida, deconstruye y vuelve a montar “Moon River”, convirtiendo un estándar mil veces oído en algo nuevo y de una evanescente belleza:
Las fiestas de disfraces terroríficos típicas de estas fechas me han dado la idea para la lista de reproducción de hoy: Canciones sobre Monstruos.
“Blues for Dracula”-Philly Joe Jones (1958)
Una desternillante imitación de Bela Lugosi y un groove hipnótico perfectos para acompañar una velada festivo-terrorífica.
“A Monster in Black Tights”-Screaming Lord Sutch (1963)
La contestación proto-tonti-pop de Sutch al auténticamente terrorífico “Venus in Blue Jeans” de Jimmy Clanton.
“Frankenstein”-The New York Dolls (1973)
¿Crees que podrías hacerlo con Frankestein?
“Black Heart Man”-Bunny Wailer (1976)
El “coco” de la infancia de Wailer era el “Hombre de Corazón Negro” que da «chuches» a los niños y al que hasta los leones temen (aunque, ya de adulto, acaba identificándolo como un hermano rasta).
“Vampire”- Devon Irons/Lee “Scratch” Perry (1976)
El demente “Scratch” a los controles, en la cumbre de sus poderes, explorando los límites del ritmo desde su estudio “Black Ark”.
“Zombie”- Fela Kuti (1976)
Reconozco que el afro-beat de Fela, con esas pistas interminables se me hace a veces un pelín cuesta arriba, pero en sus mejores momentos, y en dosis razonables, puede resultar irresistible:
“Abominable Snowman in the Market”-Jonathan Richman & The Modern Lovers (1977)
Hay un Yeti en el supermercado, cerca de las zanahorias y los guisantes, y se enfrenta a importantes problemas de convivencia con las amas de casa.
“Werewolves of London”-Warren Zevon (1978)
El difunto crápula californiano retrata un hombre lobo aficionado a la comida china y a la piña colada.
“Creature from the Black Leather Lagoon”-The Cramps (1990)
Lux Interior y Posion Ivy con una de sus festivas exploraciones del lado oscuro. Tuve la suerte de verlos en esta gira y aún recuerdo a Lux dándolo todo mientras escala una altísima torre de altavoces.
“Meet Ze Monsta”- P.J. Harvey (1995)
La gran Polly Jean no tiene miedo del monstruo sino que lo espera impaciente para irse con él.
“… mis proyectos se habían basado en una técnica de diferenciación entre “positivo”y “negativo”, lo cual me permitía no tener que hacer ninguna ventana. Sin embargo, me di cuenta de que había situaciones en las que era absolutamente necesario hacer ventanas. Aquello suponía un problema real que no podía soslayar por más tiempo. (…). A la hora de hacer ventanas, el primer problema con el que hoy nos enfrentamos es que la arquitectura carece de “tamaño”-le falta dimensión para poder respirar-, y el segundo es el de la “profundidad”. Cuando recortamos una ventana en un muro, en los muros tal como los hacemos hoy, la ventana parece una superficie que esté vibrando. (…) tenía que superar la dificultad y diseñar ventanas; la cosa más difícil de hacer en arquitectura. Para mi es la “prueba” definitiva. Hay pocos arquitectos que sepan hacer ventanas muy bien, con honestidad. De hecho, se hacen tantos muros de vidrio, entre otras cosas, porque no se sabe hacer ventanas” (Eduardo Souto de Moura. Entrevista con Luis Rojo.“El Croquis” nº 124, 2005)
Dada la resistencia de los arquitectos modernos a reconocer nuestras poco divulgadas dificultades con las ventanas, es de agradecer la sinceridad e insistencia –véase también la entrevista en “El País” de hace unos días o el libro “Conversaciones con estudiantes”-con la que Souto de Moura aborda este tema tan importante. Si sustituimos “mis proyectos” por “la arquitectura moderna”, podemos recordar como ésta empezó por destruir “la caja” (Wright), liberar las fachadas (Casa Domino) y perseguir a toda costa la abstracción (Neoplasticismo-Mies…) y acabó convirtiendo a la pobre ventana en un problema ya que, al estar tan cargada de significado e historia, remitía inevitablemente al pasado que se estaba intentando superar. Si obviamos otras tradiciones modernas-que las hay-, vemos como los seguidores y descendendientes de la línea dura/”Estilo Internacional”, hicieron ventanas corridas (una línea), muros cortina (una superficie), vidrieras (una interrupción del muro, un “negativo”) o tramas geométricas (“un dibujo”). Cualquier cosa antes que una ventana-ventana. Souto de Moura nos recuerda que con la desaparición de la “honestidad” (ponerlas donde hacen falta, no dónde quedan bien) y la “profundidad” (la fachada ha dejado de ser un interfaz grueso y complejo) -a los que se podría añadir la simplificación extrema de los elementos de regulación de la intimidad y la protección solar-, tal vez hayamos acabado perdiendo la ventana como lugar o, dicho a la manera de Christopher Alexander, “el lugar ventana”.
Nota 1:
El “lugar ventana” según el muy recomendable “El modo intemporal de construir” de Christopher Alexander (Gustavo Gili, 1979): “Cuando estás en una habitación durante equis cantidad de tiempo, dos de las muchas fuerzas que actúan sobre ti son las siguientes:
1. Tienes tendencia a ir hacia la luz. La gente es biológicamente fototrópica, de modo que, con frecuencia, te resulta cómodo situarte donde hay luz.
2. Si estás en la habitación durante equis cantidad de tiempo, probablemente quieras sentarte y ponerte cómodo. (…) si las ventanas sólo son agujeros en la pared, y no hay lugares ventanas, una fuerza me atrae hacia la ventana, pero otra me lleva hacia los “lugares” naturales de la habitación, donde se encuentran los asientos y las mesas cómodas.
En tanto permanezca en esa habitación, me veré empujado y rechazado por esas dos fuerzas, no podré hacer nada para evitar el conflicto interior que crean en mí.En una habitación que tiene como mínimo una ventana que es un “lugar”-un asiento de ventana, una ventana salediza, una ventana con un amplio alféizar bajo que te invita a acercar tu silla favorita par ver hacia afuera fácilmente, un antepecho o un pequeño hueco totalmente cubierto de cristal-puedes entregarte a ambas fuerzas, o sea, que resuelves el conflicto por ti mismo. En síntesis, puedes estar cómodo.”
A veces, cosas pensadas para un fin y momento muy concreto, acaban trascendiéndolo y adquieren, con la pátina del tiempo, un significado diferente. Un buen ejemplo es el jingle publicitario “(I got your ice cold) Nugrape”, grabado en 1926 para vender un sucedáneo de mosto, y que, escuchada hoy, nos transporta, no a un pasado concreto, sino a algún extraño lugar fuera del tiempo donde reina la placidez.
La letra, teniendo en cuenta el tema, resulta bastante enigmática: detalles del producto (si la botella tiene tres anillos, es genuina) se mezclan con referencias a la tierra prometida, labios que hacen “flippity-floppa” y hasta-si lo entiendo bien- una monja con pretendiente. Pero, en realidad, no creo que tenga gran importancia porque las armonías vocales y el estribillo murmurado hablan un lenguaje universal:
De los intérpretes Mark y Mathew, los Nugrape Twins, que parecen haber elegido su nombre especialmente para la ocasión, casi nada se sabe. El mismo día de Noviembre grabaron el gospel “There´s a city built of mansions” para completar el single, a los pocos meses otra breve sesión, y se esfumaron para siempre.
Nota 1:
Encontré la canción en el excelente disco “American Primitive. Vol. 2.Pre-War Revenants (1897-1939)” (Revenant, 2005) dedicado íntegramente a rescatar este tipo de fantasmas que pasaron por un estudio para grabar alguna maravilla y desaparecieron. (A ver si otro día cae un post sobre otra aparecida, Geechie Wiley, y su “Last Kind Words”, una de las mejores canciones de todos los tiempos -al menos para mí y para Crumb)
Nota 2:
Para los que tengan curiosidad, esta es la letra:
(I GOT YOUR ICE COLD) NUGRAPE
I got a NuGrape mighty fine Three rings around the bottle is a-genuine I got your ice-cold NuGrape
I got a NuGrape mighty fine Got plenty imitation but they none like mine I got your ice-cold NuGrape
Way down yonder in the promised land A-run and tell your mama here the NuGrape man I got your ice-cold NuGrape
Little childrens in the backyard playin’ in the sand A-run and tell your mama here the NuGrape man I got your ice-cold NuGrape
Mmm hm hm hm hm hm hm When you feelin’ kind of blue A-do not know what ailin’ you Get a NuGrape from the store Then you have the blues no more I got your ice-cold NuGrape
What’s that make your lips go flippity-floppa When you drink a NuGrape You don’t know when to stop I got your ice-cold NuGrape
If from work you come home late Rolling pin waits at the gate Smile and ‘prise her with NuGrape Then you’ll sneak through in good shape I got your ice-cold NuGrape
Sister Mary has a beau Says he crazy loves her so Buys a NuGrape every day Know he’s bound to win that way I got your ice-cold NuGrape
El “Cakewalk” es un baile-como el “Moonwalk” de Jacko- que estuvo de moda hacia finales del siglo XIX. Dicen que se originó entre los esclavos negros de Florida como parodia … Continúa leyendo Cakewalk
Conocí al “ángel borracho” la noche del 29 de noviembre de 1989 en la piscina interior de un cutre motel de las afueras de Minneapolis adonde me había desplazado desde Cable, Wisonsin para asistir a mi primera “última oportunidad” de ver a sus satánicas majestades.
Fue horas después de la decepcionante experiencia, durante un chapuzón nocturno, cuando me resultó imposible no fijarme en un grupo de orondos barbudos que bebían en una esquina acompañados por una sentida música que acabó picando mi curiosidad. Me armé de valor y me acerqué a preguntarles qué era aquello que sonaba.
Curiosamente, resultaron ser los curtidos “pipas” de los Rolling y mil otras bandas, y debió hacerles cierta gracia que un acnéico adolescente español se interesase por lo mismo que ellos, ya que, tras contarme sus batallitas en la carretera, acabaron regalándome una zurrada camiseta de los Replacements y vendiéndome una copia de la cinta “Live at the Austin Outhouse (and not there)” que seguía sonando en bucle. Así entró en mi vida Blaze Foley, que había muerto tiroteado sólo unos meses atrás.
Acabé desgástando tanto la camiseta, que me facilitó el difícil respeto de los rebeldes del instituto, como la cinta, que grabó definitivamente en mi cortex “Oval Room”, “If I could only fly”, la simpática parodia de Dylan “Blaze Foley´s 113th Wet Dream” (…we made it to it/ we made it in it/she would not let me rest a minute...) o “Clay Pigeons”, :
Contra todo pronóstico, aquel artista alcoholizado y bondadoso (1$ de cada cinta iba a una asociación de ayuda a los sin techo que le había acogido), que tuneaba sus zapatos y abrigos con cinta americana, acabó ganando póstumamente un cierto estatus de culto.
Sus canciones las tocaron desde Merle Haggard hasta Lyle Lovett o John Prine, la cinta se reeditó (en 2 cedés y, por cierto, con una más que discutible instrumentación añadida), se rescataron ignotos trabajos anteriores, se hicieron documentales… y la gran Lucinda Williams, que lo trató personalmente, le dedicó “Drunken Angel”.
Uno de los primeros discos africanos que, para entendernos, podía escuchar como si fuesen los Clash, fue la reedición de las casetes de Etoile de Dakar. Ver que, más allá de las diferencias de idioma y cultura, aquello era una música tan juvenil, desinhibida y desbordante de energía como el rock and roll, que por aquel entonces monopolizaba mi atención, fue toda una revelación.
Aunque mis favoritos fuesen otros (Jalo, My Wa Wa, Xalis…), enseguida me intrigó un tema titulado “El hombre misterioso” y cantado en un macarrónico afroñol que me recordó cómo el “you-ain’t-no-friend-of-mine” del “Hound Dog” de Elvis se transformaba, cuando lo aullábamos de niños, en “yuéi-no-pueido-más”.
El mismo entusiasmo que nosotros teníamos por una música cuyas letras no entendíamos, pero berreábamos-el rock and roll-, atrapó a la juventud africana de los sesenta, que veneraba a Beny Moré, el Trio Matamoros y demás clásicos de la musica negra del otro lado del charco, y muy especialmente, cubana. En su caso, además, la afinidad cultural era mayor, ya que aquellos músicos de ultramar, descendientes de esclavos africanos, compartían, a veces literalmente, su ADN.
Con el tiempo, fui encontrando numerosos ejemplos de este ir y venir entre África y América, pero “El hombre misterioso” fue el primero, y me permitió intuir la maraña de influencias entre culturas musicales que tendemos a ver como compartimentos estancos (quizás otro día podamos ver algún ejemplo del proceso paralelo Caribe-Europa, del Son a la Rumba Catalana, del “Qué Mala Suerte la Mía de “El Jibarito de Lares” al de “Los Amaya”; o de la influencia de James Brown o el reggae en el afro-pop).
Y volviendo a Etoile de Dakar, aunque hoy en día el grupo sea recordado sobretodo por contar con un bisoño Youssou N’Dour en sus filas, la realidad es que era un colectivo de entre diez y quince músicos desbordantes de talento- Eric M’Backe N’Doye, era nominalmente el líder del grupo y canta está canción, y El Hadji Haye, con la escisión Etoile 2000, creó el tema por excelencia de la música de garaje africana, “Boubou N’Gary”-:
Hace unos meses, mi amigo Pit me envió desde la República Dominicana la versión original del tema, interpretado por el Dúo Los Ahijados (los hermanos Cuco y Martín Valoy), lo que me permitió entender que “p’alantero” era “parrandero”, que el son no sólo se toca en Cuba, y que el hombre misterioso era el autoproclamado “Rey de las Mujeres”:
Mis dos citas favoritas sobre arquitectos y gatos: «Gosto da naturalidade dos edifícios do Siza. Parecem gatos a dormir ao sol.» Eduardo Souto de Moura Un elogio a Álvaro Siza y … Continúa leyendo Arquitectos y Gatos
Pese a lo difícil que resulta encontrar piezas instrumentales en la música popular africana, la desaparición de los elementos que nos son más evidentemente ajenos (voces, acentos, idiomas) tiene el efecto de amplificar lo que nos resulta más familiar y las convierte en una posible puerta a ese universo.
Elegidos con la idea de mostrar que, si se escuchan sin prejuicios, el highlife nigeriano, la rumba congoleña o el mbaquanga y ska surafricanos pueden sonar casi tan próximos como el reggae o el blues, propongo esta pequeña selección de instrumentales:
1. Exhibition Dechaud- Doctor Nico & African Fiesta Sukisa (1967)
Kasanda wa Mikalaya, el Dr. Nico, se exhibe acompañado de su hermano Dechaud, que compuso el tema. Por algo sus paisanos zaireños le llamaban “Dieu de la guitarre”:
2. Merengue Sposa- Chief Stephen Osita Osadebe (1996)
Uno de los reyes del highlife nigeriano es otro doctor, “el de la hipertensión”, y aquí lo tenemos ya septuagenario pero conservando el buen humor de siempre y aprovechando un descanso en su gira norteamericana para grabar el fenomenal “Kedu America”.
3. Pachanga Maria- Os Bongos (1975)
Una de sus dos piezas en el mítico elepé recopilatorio “Rebita 75”.
4. Midnight Ska- Reggie Msomi´s Hollywood Jazz Band (1965)
Este grupo de nombre imposible nos ofrece un auténtico ska sin nada que envidiar a sus modelos jamaicanos:
5. Sobabamba- Udokotela Shange Namajaha (1985)
Desde las Townships de Soweto, una muestra del tipo de ritmos que inspiraron el Graceland de Paul Simon
6. Bleida- Nayim Alal (1998)
Guitarras eléctricas desde un campamento saharaui.
7. Mother’s love- Tsegue Maryam Guebrou (1963)
Meditación al piano de una monja multi-instrumentista etíope.
8. Kadia Blues- Orchestre de la Paillotte (1968)
Instrumental guineano digno de acompañar un funeral.
9. Merengue Fafa- Orchestra African Jazz & Manu Dibango (60’s)
Y cerramos el círculo con el Dr. Nico y su banda acompañados de Manu “Ma-ma-ma. Ma-ma-ma, ma-ma-ma-ko-ssa…” Dibango.
Enlace a la lista de reproducción completa (por desgracia, no todo está en youtube, y la última tuve que subirla yo mismo al grooveshark…):
“Solía tener fobia a cuadros y cosas colgadas en una pared algo torcidas. Thelonious me curó. Clavó un reloj en la pared ligeramente angulado, justo lo suficiente para enfurecerme. Lo discutimos durante dos horas pero no me dejó corregirlo. Al final, me acostumbré. Ahora, cualquier cosa puede estar colgada con cualquier ángulo y no me molesta en absoluto.” Nellie Monk
Una anécdota puede a veces ser mucho más explicativa que una retahíla de adjetivos y conceptos para transmitir una sensibilidad determinada. Esta cita, con la que Gary Giddins arranca su perfil de Thelonious Monk en el magnífico libro “Visions of Jazz. The First Century”, me parece muy reveladora de una estética que asume la inutilidad de aspirar a la perfección.
El mensaje es profundo y me parece extensible a disciplinas diferentes de aquella para la que se formuló. Así, en el mundo de la arquitectura, hay una tradición que va de la época clásica hasta nuestros días (pasando por Mies Van der Rohe) que busca la perfección a través del orden. Tramas, módulos, ejes y alineaciones son los mecanismos a los que se confía la bondad del diseño. Con frecuencia, el resultado son edificios “perfectos” (en el sentido gramatical de “totalmente acabados”) pero muertos, ya que su rígidez les impide asumir con naturalidad lo más característico de la naturaleza humana: el cambio, el crecimiento. La vida.
Uno de los placeres distintivos de la edición catalana de “El País” es la estupenda sección de crítica de arquitectura en el suplemento “Quadern” de los jueves escrita por Xavier Monteys. Textos claros e incisivos, dirigidos a los ciudadanos y no a los colegas de profesión, que obvian los nombres de los autores de las obras analizadas para sacar de cada caso concreto reflexiones de un alcance mucho más amplio. Auténticas lecciones de arquitectura.
Se acaba de publicar, en la colección “Microgrames” de la Universitat de Girona, “El plaer de la ciutat”, una breve selección de 18 de esos artículos que deberían servir para ampliar su público (aunque una edición bilingüe catalán/inglés no sea tal vez la mejor manera), e invitan a replantearse ideas tan arraigadas como las bondades de la peatonalización indiscriminada de calles o a entender cómo la aportación más importante de “La Pedrera” de Gaudi puede encontrarse más en su potencial de convertirse en modelo (planta) que en su excepcionalidad (fachada). Recuerdo otros artículos que no parecen haber pasado el corte y que me gustaría tener la oportunidad de releer en los que se analizaba la manía de ocultar la escala en muchos edificios contemporáneos o cómo la diferenciación de pavimentos urbanos podía acabar con la flexibilidad de una calle. Tal vez, si la acogida es buena,alguien se anime a publicar selecciones mas amplias o que no se ciñan estrictamente a lo publicado en «El País».
En ese sentido, aunque al editarse en una revista especializada y no en un periódico generalista tengan una extensión mucho mayor y un tono más erudito y profesional, sería una excelente idea recuperar también los magníficos artículos que escribió para la sección «Doméstica» de la revista “Quaderns d’arquitectura i Urbanisme” entre 2006 y 2010.
Además de la fiesta del sábado noche y la resaca del domingo por la mañana, el sexo, el “nadie-me-comprende”, las mariposas en la barriga y el “mi-chica-me-ha-dejado” , o el “acabo-de-cobrar-y-me voy-a-divertir” destaca entre los grandes temas del rock´n´roll clásico el culto al automóvil como concepto (velocidad, libertad, estatus…) y como lugar (donde tener escarceos amatorios o bajarse un paquete de cervezas mientras se circula dejándose ver ante bandas rivales y “fichajes” femeninos).
Dado que es un fenómeno tan amplio (carreras de hot-rods, drive-ins, odas a la carretera como evasión…), la lista de reproducción de hoy se limita, sin ninguna pretensión de exhaustividad, al subgénero de canciones que contienen en su título el nombre de alguna marca concreta.
Un jugoso jump-blues recordado hoy sobre todo como inspiración directa del “Rocket 88” de Jackie Brenston & his Delta Cats, eterno contendiente al título de primera canción de rock´n´roll de la historia.
“Red Cadillac and a Black Moustache”– Warren Smith (Sun, 1957)
A diferencia de Perales, Warren Smith sabe perfectamente a qué dedica el tiempo libre ese cabrón de ojos azules, bigote negro y cadillac rojo que se lo ha robado todo.
“Cadillac”-Bo Diddley. (Chess, 1960)
Aunque muchos lo infravaloren por sus guitarras cuadradas, su indumentaria extravagante y su carácter afable, Bo Diddley, siempre acompañado por Jerome a las maracas, es un auténtico gigante de la música negra del siglo pasado, responsable, entre otras cosas, de “inventar” un ritmo inmortal (que se puede oir en canciones como el “Not Fade Away” de Buddy Holly). Aquí nos deleita con una estupenda oda al coche más codiciado por los roqueros: el C-A-D-I-L-L-A-C.
“Cadillac Man”-The Jesters. (Sun, 1966)
Uno de los últimos grandes singles de Sun Records perpetrado por el grupo del hijo del jefe, Jerry Phillips, y el legendario en según qué círculos Jim Dickinson.
“From a Buick 6”- Bob Dylan (Columbia, 1967)
El joven Dylan, recién electrificado, circula a toda pastilla por la autopista 61 en su Buick asociando libremente imágenes y palabras.
“Mercedes Benz”- Janis Joplin (Columbia, 1970)
Janis, prácticamente a capella y en una sola toma, fantasea con la compra de un Mercedes que le permita afirmarse frente a los Porsches de sus amigos. ¡Caramba con los jipis!
“Azda”- Franco & Tout Puissant OK Jazz (African/Sonodisc, 1973)
Aquí hago trampas ya que el título de la canción hace referencia no a una marca sino a una cadena de concesionarios, pero el estribillo deja claro que no hay nada mejor que un “Vey-Wey, Vey-Wey, Vey-Wey, Vey-Wey “ (VolksWagen), disponible en Azda. Un jingle que es a la vez un clásico de la rumba congolesa y gracias al cual cada uno de los veinticuatro miembros del todopoderoso OK jazz se convirtió en feliz propietario de un flamante Passat.
“Cadillac Walk”- Mink de Ville (Capitol, 1977)
Siempre he sentido debilidad por el soulero debut del difunto Willy de Ville, un pequeño clásico ajeno al ajetreo punk que lo rodeaba, con canciones tan memorables como ésta o el inmortal “Spanish Stroll”.
“Dodge-Vedge-O-Matic”-Jonathan Richman & The Modern Lovers (Beserkley, 1977)
El eterno enamorado del mundo moderno (para muchos más conocido como el juglar de «Algo pasa con Mary») celebra en este desquiciado rockabilly la visión de su Dodge pudriéndose en el aparcamiento.
“Joe Stalin’s Cadillac”- Camper Van Beethoven (Pitch-a-Tent, 1986)
El puente, ¿dónde demonios se ha metido el puente? No lo busques en esta canción, es de las pocas que no lo tienen.
“God’s Camaro”- Wussy (Shake It, 2007)
Sólo a Wussy se les ocurre asociar a Dios con uno de los coches norteamericanos más horteras de los ochenta para dar título a esta poética canción.
Nota 1: Ya sé que me he dejado “Que difícil es hace el amor en un Simca 1000” y “Cadillac solitario”
Nota 2: Me da cierta rabia que por la regla auto-impuesta para seleccionar las canciones no haya podido incluir “Maybellene” o «No Particular Place to Go» de Chuck Berry, que tanto aportó al género, por lo que titulo el post con una de sus fabulosas invenciones lingüísticas.