El viaje al centro

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Este pabellón viajero nació en Pittsburg (en las acerías del señor Carnegie) para representar a México en la Exposición de Nueva Orleans de 1884, pasó temporadas en Chicago y Saint Louis, y encontró un acomodo provisional en la Alameda Central de la Ciudad de México antes de arraigar definitivamente en la colonia Santa María La Ribera.

Ahí, ubicado en el centro geométrico de su principal espacio público, este errante «Kiosko Morisco» de planta centralizada y estructura de hierro no sólo encontró su lugar sino que se ha convertido en el corazón del barrio  y en el icono con el que tanto sus vecinos como el resto de la ciudad identifican la colonia, hasta el punto de resultar inimaginable en cualquier otro lugar. El centro de esos círculos concéntricos que forman su cúpula es ahora el centro físico y mental del barrio, su kilómetro cero.

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Laurie Baker

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Como saben los que siguen habitualmente el blog, últimamente me interesan mucho los «arquitectos descalzos»: esos profesionales -como Hagerman o Van Lengen– que prefieren trabajar in-situ con la gente (y con sus propias manos) que en el tablero de dibujo, que intentan respetar al máximo el terreno y vegetación existentes, que celebran la individualidad del ser humano y su derecho a tener una vivienda adaptada a sus necesidades concretas, que luchan contra el despilfarro económico, energético o material, que aprovechan los recursos próximos y plantean edificios de muy baja tecnología que casi cualquier persona puede llegar a construir y que se preocupan por recuperar el modo intemporal de construir y aquellas lecciones que podemos aprender de la arquitectura tradicional.

Hace algunos días veíamos cómo Hassan Fathy luchó (y fracasó) en su intento por establecer una nueva arquitectura vernácula para Egipto ya que sus propuestas no fueron aceptadas por la gente humilde para la que estaban pensadas (tanto por el uso de bóvedas que hasta entonces se asociaban a la arquitectura funeraria, como por el empecinamiento de los usuarios para los que proyectaba en tener casas lo más parecidas posible a las de los ricos de su pueblo); y ahora se le ve como un arquitecto de talento pero con una mirada nostálgica que le impedía proponer lo que realmente necesitaban sus paisanos más desfavorecidos y que le llevó a un callejón estilístico sin salida.

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The Hamlet. La casa del arquitecto

Laurie Baker, en cambio, consiguió desarrollar una arquitectura vernácula contemporánea para Kerala, la región tropical húmeda del sur de la India donde vivió la última parte de su vida. Allí construyó más de mil casas unifamiliares -todas diferentes y adaptadas al presupuesto y necesidades de cada cliente- varias iglesias, un pueblo de pescadores, un centro de computación, cafés, hospitales y casi cualquier tipología que se pueda imaginar. Pese al escepticismo y hostilidad con que se encontró inicialmente, su manera de hacer se ha extendido por toda la región ya que su bajísimo costo permite a mucha gente que no puede tener una casa convencional construirse una vivienda fresca y cómoda.

Su biografía es digna de una película (que, de hecho, ya se ha filmado pero todavía no he podido ver). Nacido en Inglaterra en 1917 en una estricta familia metodista, se graduó en arquitectura en 1938, fue objetor de conciencia y pasó la segunda guerra mundial en China como voluntario en hospitales de atención a leprosos como parte de la iniciativa «Friends Ambulance Unit» de los cuáqueros a los que se había acercado tras distanciarse de la iglesia de sus padres.

En 1943, tras cuatro años en China, le ordenaron regresar a Inglaterra pero por el camino, se detuvo en Bombay. Allí  se encontró con Mahatma Gandhi y el flechazo fue instantáneo. Gandhi se interesó por aquel modesto arquitecto inglés que en lugar de zapatos llevaba -a la manera china- unos trapos envolviendo sus pies, y Baker.a su vez, quedó profundamente impresionado por el pensamiento de Gandhi y, muy especialmente, por su idea de que la esencia de la India estaba en sus aldeas y de que los materiales de construcción deberían estar cómo muy lejos a 5  kilómetros de la obra.

Regresó a Inglaterra pero no podía olvidar la India y en cuanto surgió la oportunidad de unirse como misionero a la organización  «The Mision to Lepers» para el cuidado de leprosos que buscaba arquitectos e ingenieros para construir centros de acogida en aquel país, no lo dudó y partió hacia Faizabad (Uttar Pradesh) para ayudar en su labor humanitaria al Dr. Chandy y a su hermana Elizabeth -también doctora- de la que en seguida se enamoró perdidamente.

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Queridísima

 

Mientras escuchaba distraídamente el disco «Memorial» de Don Drummond, la delicada canción «Dearest» contrastó tanto con el fondo de vigorosos instrumentales ska con los Skatalites que lo hicieron célebre que tuve que levantarme para volver a pincharla (una y) otra vez hasta averiguar qué diablos era eso que me resultaba tan familiar pero que tenía la certeza de nunca haber escuchado antes.

Resultó que la familiaridad se debía, por un lado, a que se trataba de una composición de Bo Diddley -con cierto aire de familia con la irresistible «Crackin’ Up«- y, por otro, a que era una versión de Mickey and Sylvia -que evoca irremediablemente su inmortal «Love is Strange» (por cierto, también compuesta por Diddley)-. Pero esas voces, ese trombón y esa evocadora guitarra -por no hablar de esa dulce manera de tocar R&B yanqui propia de la música jamaicana anterior al reggae- conseguían ese característico milagro pop mediante el cual una tópica letra de amor y una tonadilla aparentemente inocua consiguen evocar un lugar o un estado de ánimo fuera del tiempo en el que, por un momento, desearías vivir para siempre.

De Dotty y Bonny apenas nada se sabe. Grabaron éste y algún otro tema para Duke Reid y se esfumaron para siempre.

Notas:

– Aunque se suele considerar a Mickey and Sylvia «one-hit-wonders», Mickey Baker es reverenciado en según que círculos como uno de los grandes guitarristas de la música popular, participó como músico de sesión en muchísimos clásicos R&B, y es autor del curso de referencia   «Complete Course in Jazz Guitar» ; y Sylvia Robinson pasaría a la historia -entre muchas otras cosas- como creadora de una de las mejores canciones de la era disco («Shame Shame Shame«) y como fundadora de Sugarhill Records (y, por tanto, madre del hip-hop). Poca broma.

– Y su versión del tema es también preciosa:

– Hay también una excelente versión de Buddy Holly (de las «Apartment Tapes«):

La alegría del trabajo: La rampa de Juan Cipriano

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La magna obra del maestro Juan Cipriano

En estas fechas amargas de vuelta al cole y al curre, me ha animado encontrar este mensaje garabateado por el maestro Juan Cipriano en el cemento de una vulgar rampa de garaje que nos recuerda que el trabajo -por modesto que sea- puede ser algo digno de celebración y no únicamente una maldición bíblica.

La venganza de los Mekons

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Aproveché que estaba de rodríguez para ver anoche «The Revenge of the Mekons«, el documental de Joe Angio dedicado a celebrar los 40 años de vida de este genial colectivo musical.

Salidos de las escuelas de arte de Leeds, empezaron en 1977 como punks de primera hornada compartiendo escenarios (e instrumentos) con sus paisanos Gang of Four.Llamaron la atención de John Peel con sus primeros singles, ficharon por Virgin al poco tiempo de formarse, fueron cabeza de cartel en uno de los primeros bolos de U2 (que -según cuentan- ya entonces se tomaban rídiculamente en serio a sí mismos y hacían aspavientos de rock de estadio en el escenario),  adelantaron a los Clash por la izquierda (su «Never Been in a Riot» era una crítica al «White Riot» que en tantos lugares de Inglaterra se interpretaba -erróneamente- como un cántico a la supremacía blanca) y participaron activamente en las huelgas mineras del thatcherismo.

Hasta ahí -y resumida tan burdamente- una trayectoria relativamente normal. Pero en las 4 décadas transcurridas desde entonces -sin un sólo éxito y con ventas que muy rara vez superan los 4 dígitos- han grabado más de 20 discos y han entrado y salido del grupo decenas de músicos (incluido el olvidado fundador de los Rolling Stones y los Pretty Things, Dick Taylor;  o el genial baterista Stephen Goulding, que tocó en los primeros discos de Graham Parker & The Rumour -y en el «Watching the Detectives» de Costello) y durante todo ese tiempo fueron madurando sin perder su esencia ni desfallecer nunca ante la adversidad.

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Tras la primera etapa punk fueron despedidos sin miramientos por Virgin,  pasaron un par de años en barbecho y empezó «la maldición de los Mekons» (de la que se reirían años después en su álbum homónimo). Luego, descubrieron el folk inglés y, sobre todo, a su primo bastardo norteamericano, el country/honky-tonk (que reinventaron como eso que algunos llaman alt-country);  y empezaron una nueva etapa en la que grabaron discos colosales («Fear and Whiskey«, «The Edge of The World«), y hasta ficharon por una multinacional e intentaron -sin éxito- un asalto a las listas con el excelente «Rock and Roll» (llegaron a hacer un video-clip para «Memphis, Egypt»). Parecía que su suerte podía por fin cambiar.

Pero la banda nunca generó suficientes ingresos y todos sus miembros subsiten gracias a otros trabajos (algunos de ellos relacionados con el mundillo artístico, otros «haciendo cosas que podría hacer un robot«). Viven esparcidos por el globo -de Los Ángeles  a Siberia- pero de vez en cuando se reúnen para hacer un disco,  alguna performance (que puede ser «de postín» con su fan Vito Acconci en una galería, o «cutre-hasta-decir- basta» disfrazados de piratas acompañando a una ignota cantautora de shanties en lo que parece una función escolar); o se lanzan a una de esas giras de conciertos por diminutos clubes medio vacíos como el que tuve la suerte de ver en el 2008 en el sótano del Apollo de Barcelona (uno de los conciertos de mi vida, menos de 50 asistentes).

El documental los sigue por todo el mundo durante 2011, mientras trabajaban en el disco «Ancient & Modern»,  y por él van pasando antiguos miembros, fans (Jonathan Frazen,  Will Oldham), colegas (Hugo Burnham) y críticos (Greil Marcus, Luc Santé) que intentan explicar la magia de esta gente increíblemente «normal» pero capaz de hacer cosas tan extraordinarias.

Aunque sea difícil explicar qué los hace tan especiales,  el escritor Jonathan Frazen se acerca bastante en una de sus contribuciones al documental: «They teach you how to be gracious and amusing losers». Esta panda de canosos y borrachuzos izquierdistas consigue, efectivamente, convertir el fracaso, la desolación y la rabia por lo injusto que es el mundo en una alegre celebración de algunos de los mejores valores del ser humano -la amistad, la fiesta, el humor, la resistencia y la camaradería-.

Si pasan por su ciudad, no se los pierdan.

Hambre

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Un hombre del que no sabemos ni el nombre ni la edad, deambula hambriento por la ciudad de Cristiania, sin un duro, intentando escribir un texto que pueda interesar al diario local y proporcionarle algún pequeño ingreso para ir tirando unos días, pero el ayuno forzoso le inspira proyectos cada vez más ambiciosos y delirantes (dramas en tres actos, tratados filosóficos…) que son sistemáticamente rechazados y le van llevando al borde de la locura, al desahucio y a la inanición.

Sería un dramón lacrimógeno si no fuese por el peculiar sentido del humor de este héroe peripatético, las alucinantes situaciones en las que se ve metido en su lucha contra la carpanta; y ese carácter noble y orgulloso que le impide mendigar, robar o tener deudas y le lleva a deshacerse de las escasas monedas que consigue para ayudar a alguien o mostrar su superioridad moral.

La brevísima novela «Hambre» -escrita en 1890 por Knut Hamsum– es absolutamente contemporánea y sólo los detalles de época (los chalecos, las velas y los veleros) permiten datar la inolvidable historia de este hombre expulsado por la sociedad y obligado a arrastrarse por una ciudad hostil.

Nota:

El discurso alucinado, la miseria y el progresivo hundimiento del personaje me evocaron en varios momentos -cambiando el hambre por el frío y la ciudad por la naturaleza- al inmortal «Las Estaciones» de Maurice Pons, uno de mis libros favoritos cuyo autor nos dejó el pasado junio sin que apenas nadie se molestase en dedicarle un obituario.

Las décadas oscuras

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Lewis Mumford comparaba el período que siguió a la Guerra Civil estadounidense (1865-1895) con esos años tristes en los que no hay verano y, tras la primavera, el suelo aparece un día cubierto de hojas pardas; y dedicó «Las Décadas Oscuras» a reivindicar las raíces de la modernidad que se hunden en ese menospreciado lecho marrón.

Por este libro, publicado en 1931, desfilan escritores (Whitman, Thoreau, Dickinson), pintores (Homer), geógrafos (G.P. Marsh, precursor de  la ecología), jardineros (Olmsted); y pioneros de la arquitectura moderna como Richardson, Sullivan, Gill, Wright o la saga de los Roebling (protagonistas de la emocionante epopeya de la construcción del puente de Brooklyn). Todos ellos lucharon contra el espíritu de su tiempo y abrieron caminos por los que podría llegar un futuro mejor.

Al leerlo no pude evitar ver un cierto paralelismo entre dos épocas que idolatran el simulacro y producen arquitecturas inertes: aquella -entregada a copiar trasnochados motivos clásicos o medievales con medios industriales- y ésta –obsesionada por lograr que los edificios se parezcan a sus imágenes virtuales-.

¿Dónde andarán nuestros Roeblings  y Richardsons?

 

Nota:

las-decadas-oscurasEl libro se llama literalmente «Las Décadas Marrones» («The Brown Decades») pero he respetado en el texto el título de la traducción que he leído ( Ediciones Infinito, 1960)

Arquitectura para los pobres

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El gran arquitecto egipcio Hassan Fathy pensaba que la solución al problema global de la vivienda y, en especial, a cómo proporcionar cobijo a los campesinos más desfavorecidos, no pasaba por la industrialización o la pre-fabricación sino por la recuperación de las técnicas artesanales; y defendía su idea basándose en argumentos económicos, culturales, climáticos, estéticos y -sobre todo- en el irrenunciable respeto al ser humano como individuo cuya vivienda -por muy modesta que pueda ser- debe ser digna, personal y hecha a su escala.

Tras descubrir la arquitectura vernácula de su país, intentó por todos los medios proponerla como alternativa a los habituales programas de vivienda social masiva pero, pese a demostrar con una casa muestra la viabilidad económica y técnica de su propuesta, vio con horror como la destruían para encargar el proyecto a un arquitecto bien conectado que -por un coste global y unos honorarios mucho mayores- construyó un deprimente conjunto de unidades pobremente adaptadas al medio, pésimamente iluminadas y repetidas hasta el infinito.

Pero Fathy no se rendía fácilmente y continuó experimentando en propiedades de amigos receptivos, madurando su sistema de construcción integral con adobe y recuperando la técnica  -que ya sólo recordaban algunos ancianos nubios- de construir bóvedas de adobe de trazado parabólico que permitían evitar el uso de cimbras y podían ser levantadas por sólo dos obreros sin más utensilio que una azuela.

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Tras mucho batallar consiguió que en 1948 le encomendasen el reto de re-alojar a 7.000 personas que el gobierno egipcio deseaba desplazar de su ubicación encima de un yacimiento arqueológico de gran valor en Luxor para evitar que continuasen saqueándolo sistemáticamente. Para ello tuvo que luchar contra las reticencias al desplazamiento de los implicados, lamentar que no le dejasen consultar con las mujeres (que eran las que realmente sabían de casas),  estudiar detalladamente la organización de la aldea original-con sus patios privados y públicos y su dependencia de los clanes familiares- y la arquitectura del lugar (sus captadores de viento, sus camas anti-alacranes, sus puertas de maderas recicladas, sus celosías, sus patios).

Formó a sus albañiles y artesanos, les devolvió el orgullo del trabajo artesanal bien hecho y les hizo ver el sinsentido de imitar el trabajo de las máquinas y de esforzarse por crear copias de copias de copias (imitando las casas de los ricos del pueblo que se inspiraban en las casas de los ricos de El Cairo que a su vez plagiaban modas europeas).

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Para responder con seriedad al gran reto de crear una ciudad desde la nada, Fathy  tuvo además que estudiar y reinventar el suministro de agua, re-diseñar los lavaderos públicos, las escuelas y el teatro, la mezquita y el mercado, las cocinas y las estufas domésticas (basadas en la tropicalización de las tradicionales Kachelofen austriacas), intentó recuperar artesanías de la región (textiles, carpintería y cerámicas) para porporcionar a la gente modos de vida alternativos a la rapiña de tumbas y dedicó uno de los edificos públicos del complejo a la exhibición de sus productos; y hasta se disfrazó de diablo-parásito en una de las funciones teatrales del pueblo para concienciar a los vecinos de los peligrosos gusanos ocultos en las aguas del Nilo.

En su sencillez, «Arquitectura para los pobres» es un ensayo profundo e inspirador, un canto de amor al ser humano, a su individualidad y a la riqueza de unos modos de vida que Fathy veía empobrecerse y desapareceer a gran velocidad debido a un progreso mal entendido que abocaba a todos a intentar ser «americanos». Su vocación es la de cambiar las cosas y, de hecho, la mitad del libro está dedicado a los apéndices en los que detalla los costes de mano de obra y otros aspectos técnicos para facilitar su aplicación. Tal vez sea la visión de un romántico que se aferra a un pasado idealizado que ya nunca regresará pero todavía podemos aprender muchas cosas de su fallido intento por cambiar las cosas.

Ya en su época todos ponían en duda que fuese más económico construir con métodos tradicionales que a partir de productos industriales y él consiguió demostrar que no era así. Probablemente -y más si se descuentan los costes ambientales ocultos- la globalización haya reducido tanto el precio de los materiales industriales básicos que la construcción tradicional ya no puede competir con los productos que dan forma a la nueva arquitectura vernácula internacional.

Aún así, su trabajo nos puede ayudar a entender la increíble complejidad y sutilezas implícitas en el diseño de un núcleo urbano y la inconsciencia con la que se planifican enormes barrios de una tacada, así como la sabiduría escondida en la arquitectura popular que tantas veces desechamos a cambio de una mediocre uniformidad exacerbando esa dinámica de hacer copias de copias de copias que Fathy tan bien explicó.

Imagino que le horrorizaría ver cómo la pobreza global ha aumentado y cómo el proceso de degradación contra el que combatió toda su vida se ha acelerado, pero su legado -tanto su obra construida como el hermoso fracaso que relata este libro- nos muestra un camino digno de ser explorado para intentar hacer frente al desolador imperio de esa nueva «arquitectura sin arquitectos» a base de bloque de hormigón, plástico y chapa ondulada que se extiende desde los galpones de las aldeas gallegas hasta las inmensas barriadas de chabolas del extra-radio de las megalópolis subdesarrolladas.

Nota 1:

Actualmente, si la buscas en googlemaps la localidad no aparece como Gourna sino como «Model Villa» y tanto la mezquita como el teatro llevan ahora el nombre de su autor. Aparentemente aún se conserva una parte importante de esta obra ejemplar y hubo alguna iniciativa dirigida a protegerla que fue abandonada por la inestabilidad del país.

Nota 2:

Para una visión muy crítica de la obra de Fathy, recomiendo leer este artículo

Nota 3:

Aquí pueden descargar un interesante libro preparado por la Biblioteca de Alejandría en el que se recoge buena parte de su vida y obra.

Nota 4:

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El libro se publicó inicialmente en 1969 en una pequeña tirada en Egipto y pocos años después lo reeditó la Universidad de Chicago (1973) y se convirtió en un libro de culto. Mi roñoso ejemplar de «Arquitectura para los pobres» corresponde a la segunda edición (1982) de la editorial mexicana «Extemporáneos». Que yo sepa no se volvió a editar en español. Ojalá alguien se anime.

El metro como puente

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Aturdido por el sueño y por los ruidos propios del metro -el motor, el abrir y cerrar de puertas, la procesión de vociferantes vendedores ambulantes- tardé en darme cuenta de que  la habitual cadencia de subida y bajada de  pasajeros se ve a veces alterada -en la parada de «Chabacano»- por una auténtica tromba que irrumpe por las puertas de la izquierda y-en un suspiro- atraviesa transversalmente el vagón y sale por las de la derecha.

No entendía a qué respondía ese extraño comportamiento, hasta que caí en la cuenta de que utilizan el metro como puente de conexión entre el andén central y el lateral, evitando bajar a un túnel, cruzar por debajo de la vía y volver a subir para conectar con otra línea.

Nunca dejará de asombrarme el ingenio humano y su capacidad de explotar el más mínimo resquicio de cualquier sistema en beneficio propio.

Un árbol no es «un árbol»

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«No sentía que los escenarios de mi infancia interfiriesen con el presente sino lo contrario: Había regresado a mi infancia y era el presente el que interfería. (…) Aquello era lo que añoraba, cuando los árboles eran árboles y no «árboles», coches no «coches», Papá era Papá y no «Papá»»

Tuve que pasar un reguero de vomitonas y eyaculaciones precoces y llegar casi hasta el final del cuarto volumen de «Mi Lucha»- cuando Knausgard rememora la escritura de sus primeros cuentos- para entender que, al examinar tan minuciosamente la realidad, persigue exactamente lo mismo que aquel hombre que lloraba para limpiar su mirada y volver a ver campo donde ya sólo veía «paisaje»: recuperar la inocencia y la capacidad de asombro ante el mundo que le rodea.

Leonard Cohen (1934-2016)

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Entre los poquísimos discos de música «no clásica» de la discoteca paterna estaba «Songs for Leonard Cohen» que escuché a fondo cuando era un (pre-)adolescente sensible, antes de sentir la llamada de lo salvaje y centrar mi atención en Lou Reed, los Clash y compañía.

Lo redescubrí con «I’m your man» que -pese a esos sintetizadores que los rockeros militantes siempre encontrábamos sospechosos- me emocionó; y luego le perdí la pista durante muchísimo tiempo hasta que una crítica de Christgau me dirigió hacia el doble «Live in London» que se ha convertido en mi disco favorito de Cohen . Ahí dejé de verlo como un hombre lúcido pero mustio cuya música era apropiada sólo para momentos tristes y melancólicos y descubrí a un artista que en plena vejez alcanzaba su plenitud -y forzado por una ruina inminente- descubría, por fin, la alegría del amor correspondido (aunque sólo fuese por su legión de fans).

Por alguna razón que se me escapa, no conseguí escucharlo nunca en directo (ni siquiera en esa misma interminable y triunfal  gira reflejada en el directo londinense que hasta lo llevó al auditorio de Ourense donde lo vio mi hermano) y, aunque hace pocas semanas fantaseaba con cuánto me gustaría verlo en el auditorio de la Ciudad de México, eso ya nunca podrá suceder. Ya sólo me quedan los discos.

Descanse en paz.