
Desde hace unos años, probablemente como reacción a los excesos anteriores, proliferan los proyectos en los que se cambia la estética de control característica de los años de bonanza por la exaltación de la rebaba: ese buscado desaliño y pobreza de tantas fachadas y estructuras- en las que los ladrillos, la termo-arcilla, las bovedillas, las viguetas o el bloque de hormigón no se revisten-; y de tantos interiores dominados por la madera de pino sin barnizar y el pavimento hidráulico.
En lugar de cuidar al máximo el aparejo de las fábricas de ladrillo o bloque y los encofrados para mostrarlos con orgullo -como tradicionalmente se ha hecho- se busca intencionadamente lo rugoso y lo crudo, que como mucho se vela con una manita de pintura blanca.
Asocio esta estética a aquellos lofts neoyorquinos de paredes desvencijadas y suelos de resina y a esos cafés berlineses que afrontan las reformas con la mínima inversión posible y que reutilizan los muebles disparejos que encuentran consiguiendo esa atmósfera a la vez austera y relajada que parecen buscar estos proyectos.
Pero, una vez más, lo alternativo devino tendencia, los lofts acabaron convertidos en codiciados activos inmobiliarios y ahora hay que aguantar que en bares caros y totalmente reformados intenten evocar la atmósfera casual de aquellos desaliñados pero encantadores cafés sirviendo la cerveza en tarros con rosca fabricados ex-profeso que me parecen la perfecta metáfora de esta estética impostada en la que la austeridad y la aceptación de lo inacabado y lo imperfecto se sustituyen por su simulacro.

Esta vez hubo suerte. Una encantadora familia catalano-mexicana que esperaba en la puerta y que había ido para ver a un amigo, sus hijas y su legendario huerto urbano, aceptó amablemente incorporarnos a su grupo.










