Autor: iago lópez

El tarro con rosca (y la exaltación de la rebaba)

Tarro con rosca

Desde hace unos años, probablemente como reacción a los excesos anteriores, proliferan los proyectos en los que se cambia la estética de control característica de los años de bonanza por la exaltación de la rebaba:  ese buscado desaliño y pobreza de tantas fachadas y estructuras- en las que los ladrillos, la termo-arcilla, las bovedillas, las viguetas o el bloque de hormigón no se revisten-; y de tantos interiores dominados por la madera de pino sin barnizar y el pavimento hidráulico.

En lugar de cuidar al máximo el aparejo de las fábricas de ladrillo o bloque y los encofrados para mostrarlos con orgullo -como tradicionalmente se ha hecho- se busca intencionadamente lo rugoso y lo crudo, que como mucho se vela con una manita de pintura blanca.

Asocio esta estética a aquellos lofts neoyorquinos de paredes desvencijadas y suelos de resina y a esos cafés berlineses que afrontan las reformas con la mínima inversión posible y que reutilizan los muebles disparejos que encuentran consiguiendo esa atmósfera a la vez austera y relajada que parecen buscar estos proyectos.

Pero, una vez más, lo alternativo devino tendencia, los lofts acabaron convertidos en codiciados activos inmobiliarios y ahora hay que aguantar que en bares caros y totalmente reformados intenten evocar la atmósfera casual de aquellos desaliñados pero encantadores cafés sirviendo la cerveza en tarros con rosca fabricados ex-profeso que me parecen la perfecta metáfora de esta estética impostada en la que la austeridad y la aceptación de lo inacabado y lo imperfecto se sustituyen por su simulacro.

El Paraíso de Dante

 

El paseo de ayer arrancó en la colonia Nochebuena- al norte del Parque Hundido- y, tras pasar por la plaza de toros y el estadio del Cruz Azul donde hordas de granaderos (antidisturbios) armados hasta los dientes indicaban que el partido estaba a punto de acabar, fuimos subiendo hasta que una inexplicable atracción nos llevó de nuevo ante la puerta de entrada al edificio Martí desde la calle Sindicalismo de la que hablé el pasado viernes.

20160507_193535.jpgEsta vez hubo suerte. Una encantadora familia catalano-mexicana que esperaba en la puerta y que había ido para ver a un amigo, sus hijas y su legendario huerto urbano, aceptó amablemente incorporarnos a su grupo.

Dante resultó el cicerone perfecto para guiarnos por esta gran corrala Art Decó, subiendo y bajando escaleras curvas o entubadas, y llevándonos a través de las grandes pasarelas de acceso que, frente a su departamento, se convertían en un vergel de brotes de toda clase de plantas comestibles que colonizaban la jardinera-antepecho, y los alrededores de su puerta con ingeniosas estructuras que le permitían apilar los cultivos y optimizar el escaso espacio disponible.
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Atrapado por Shane (y Sinéad)

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«Rum, Sodomy and the Lash«* es uno de los discos de mi vida. Envidio a quien no lo conoce y puede beneficiarse de que su encarnación actual incluya como propina el fabuloso EP «Poguetry in motion» con descartes de las mismas sesiones – «The Body of an American» (esa que siempre suena en el pub de «The Wire» antes de que McNulty y/o Bunk pierdan el conocimiento tras la ingesta etílica semanal), la marchosa «London Girl» o la sentida «A Rainy Night in Soho«, así como un prescindible instrumental (nadie es perfecto)-. Seguramente es el único disco de los Pogues que necesitará.

poguetry in motion

Del debut me gustaron «Dark Streets of London», «Streams of Whisky» y alguna más pero «If I should fall from grace with god«- que muchos consideran su obra maestra y que tiene varias grandes canciones- nunca acabó de convencerme e inició mi distanciamiento de la banda.

Arruinado por una producción demasiado grandiosa y porque MacGowan canta a la vez acelerado y desganado, el disco está a años luz del sentimiento y los matices que hicieron de «Rum, Sodomy and the Lash» (1985) algo tan especial: la perfecta amalgama de cánticos de taberna («Sally MacLennan«), funerales por algún olvidado dios celta («The Sick Bed of Cuchulainn«),  inolvidables gamberradas (ese desquiciado «Billy’s bones» en el que MacGowan canta más rápido que los Descendents de «Weinerschnitzel«), exquisiteces como ese «I’m a man you don´t meet everyday» maravillosamente cantado por Cait O’Riordan antes de que el cabrón del productor -Elvis Costello- se casase con ella y la apartase del grupo, ebrias cavilaciones («A pair of brown eyes«) y definitivas versiones del «Dirty Old Town» de Ewan MacColl o de la eterna canción anti-bélica  «The band played waltzing Matilda» de Eric Bogle que cierra el disco y demuestra para siempre que Shane MacGowan no sólo era un punk borracho y desdentado (y un gran compositor) sino también uno de los mejores cantantes de su quinta. (más…)

Decó biselado

FCE Tamaulipas
Vista trasera del Centro Cultura «Bella Época»

Buscando «depa» nos encontramos con esta curiosa vista a través de vidrios biselados y medianeras de la chimenea del Centro Cultural de la Calle Tamaulipas (antiguo Cine Lido) que alberga la fantástica librería del Fondo de Cultura Económica.

 

El cofre de la Sra. McCoy

Retrato McCoy

Como orgulloso propietario del catálogo «Blueprints for Modern Living: History and Legacy of the Case Study House» y, sobre todo, de  «The Second Generation» (donde descubrí a Gregory Ain) admiro el trabajo de Esther McCoy y me ha encantado enterarme de que  su  maravilloso archivo está a disposición de quien quiera consultarlo.

Tras trabajar en el estudio del genial heterodoxo R.M. Schindler , Esther McCoy se convirtió en la gran difusora de la arquitectura moderna en Estados Unidos y tuvo la suerte de tratar con gran parte de los mejores arquitectos de su época cuando investigaba para sus artículos, libros y exposiciones.

En este auténtico cofre del tesoro podemos encontrar -además de los borradores de sus escritos y conferencias- (más…)

La principal, la de apoyo y la que contrasta.

 

ikebana
Arreglo floral

Hojeando «Gardens of Japan» de Tetsuro Yoshida (1957) encontré resumido en un único párrafo y dos imágenes (un florero y el dibujo de cinco piedras) el esquivo principio formal que rige «cualquier forma de arte japonés»: ese orden aparentemente natural y casual, que siempre sospechamos que encerraba sus propias reglas:

«La forma en que se ordenan las piedras muestra otro* de los principios de diseño del arte japonés y su aplicación física a la arquitectura de jardines. Las piedras se ordenan siguiendo la siguiente fórmula: La piedra principal se dispone ligeramente a la izquierda del eje central, y un poco a la izquierda de ésta se sitúa la piedra de apoyo: estas dos forman el grupo principal. En diagonal respecto a la piedra principal pero a una distancia algo mayor que la que hay entre ésta y la de soporte, se coloca una tercera piedra, cuyas características deben contrastar tanto como sea posible con las dos primeras; de modo que, si las dos primeras son altas la tercera deberá ser plana y baja. (más…)

Prince. Su propio epitafio

Singing star Prince shown in this undated photo.  (AP Photo)
Prince  (AP Photo)

Al llegar a casa tras enterarme de la muerte de Prince, en vez de pinchar los discos que más me gustan de él («Dirty Mind«, «Purple Rain» y «Sign of the times«) me decidí por uno que tenía menos oído («The Gold Experience«) y me sobrecogió escuchar -entre «Endorphinemachine» y «Shhh«- una voz femenina que dice en perfecto español:

«Prince está muerto. Prince está muerto. Que viva para siempre el Poder de la Nueva Generación«

Precisión

escalímetro

A quien pueda pensar que la insistencia en la precisión de formas y dimensiones es una suerte de manía y que esos errores no son percibidos por quienes han de usar la obra, hay que responderle, como hice una vez hace ya tiempo, que la diferencia entre una nariz larga y una corta es de milímetros.”

Eladio Dieste- “La conciencia de la forma”

¿Cuál es el módulo de esta oficina? No supe qué responder porque realmente no lo sabía. Uno de mis ayudantes le respondió diciendo: Quizás un milímetro o menos.”

 Alvar Aalto. Discurso ante el RIBA, 1957

Mamuts en mi teléfono

Llamo «mamuts» a esas colecciones musicales tan grandes que resultan difíciles de asimilar completamente pero que, por su calidad, son ideales para dejar sonando de fondo durante horas y familiarizarse poco a poco con su contenido.

Además, para ser auténticos mamuts, deben estar extintos. Es decir, o nacieron en la era analógica y nunca se re-editaron en CD o vivieron durante un suspiro en la primera era digital. Por esas maravillas de la tecnología, tengo ahora mismo varios encerrados en una ranura de mi teléfono y sus barritos amenizan mi interminable jornada laboral (aquí en México, diez horas diarias y sábados por la mañana).

Como todos ellos aparecieron en ediciones de dudosa legalidad, que no pagaban royalties a los músicos, no me planteó ningún dilema moral descargarlos cuando los tuve a tiro. Quien roba a un ladrón… : (más…)

Playa (de vías)

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Los ingenieros llaman «playa de vías» a la plataforma de maniobras de las estaciones en la que los trenes pueden esperar el empalme con otras locomotoras, cambiar de dirección o ser desviados a un área de mantenimiento.

Este poético nombre me parece especialmente apropiado en el caso de la madrileña estación de Atocha ya que -tras tantos años de vivir en Barcelona- tiendo inconscientemente a pensar que cuando una gran avenida desciende con una pendiente suave pero constante, lo hace para encontrarse con ese mar que busco en vano al bajar por el Paseo del Prado.

La primera vez

The Greatest in Country Blues

Pocos meses antes de cerrar, la fabulosa tienda barcelonesa «Planet Music» empezó a saldar sus discos de blues y jazz. Conseguí bastantes joyas a muy buen precio (el vinilo de «In a Silent Way«, una recopilación de Fletcher Henderson para Smithsonian, la caja de Specialty records y otra de 3 lps en directo de Eric Dolphy…) pero ninguna que me marcase tanto como los tres volúmenes de «The Greatest in Country Blues» que me llevé a tres euros la pieza.

Por aquel entonces creía tener cierta familiaridad con el blues, gracias a un puñado de discos que había en casa de mis padres (el «Fourth and Beale» de Furry Lewis, otro de John Lee Hooker en Vee Jay y una historia del blues de CBS), a un tío melómano (que nos había acercado al blues blanco -John Mayall, Eric Clapton, Rory Gallagher, Johnny Winter…- y a los clásicos re-descubiertos en los 60), a mi hermano Alexo (que se trajo unas excelentes cintas de Blind Wilie McTell y Sleepy John Estes de su año de intercambio en EE.UU), y a mi propia curiosidad (que me había llevado a agenciarme discos de Robert Johnson, Muddy Waters, Howling Wolf o Lightining Hopkins).

Pero cuando puse aquellos tres discos, se me abrió un nuevo mundo. Sonidos que parecían venir no ya de otro tiempo sino de otra galaxia –el demonio llevándose a la mujer de Skip James, la oda al metílico casero de Tommy Johnson, el obsesivo triángulo que puntua el «Honey in the Rock«, las voces alucinadas de William y Versey Smith describiendo el hundimiento del Titanic, el mágico y trascendente «Dark was the Night» de Blind Willie Johnson (más…)

Canción Mixteca

cancionmixteca

Emigrado en tierras mexicanas, me acuerdo a veces de  aquella “Canción Mixteca cantada con un extraño acento yanqui que se escondía en los surcos de la inolvidable banda sonora de “Paris, Texas”, entre los evocadores paisajes de guitarra slide -inspirados en el “Dark was the night” de Blind Willie Johnson- y aquel largo monólogo -“I knew these people, these two people…”- que aprendí casi de memoria mucho antes de tener ocasión de emocionarme con la maravillosa película (y de enamorarme perdidamente de Nastassja Kinski). (más…)