
Hojeando «Gardens of Japan» de Tetsuro Yoshida (1957) encontré resumido en un único párrafo y dos imágenes (un florero y el dibujo de cinco piedras) el esquivo principio formal que rige «cualquier forma de arte japonés»: ese orden aparentemente natural y casual, que siempre sospechamos que encerraba sus propias reglas:
«La forma en que se ordenan las piedras muestra otro* de los principios de diseño del arte japonés y su aplicación física a la arquitectura de jardines. Las piedras se ordenan siguiendo la siguiente fórmula: La piedra principal se dispone ligeramente a la izquierda del eje central, y un poco a la izquierda de ésta se sitúa la piedra de apoyo: estas dos forman el grupo principal. En diagonal respecto a la piedra principal pero a una distancia algo mayor que la que hay entre ésta y la de soporte, se coloca una tercera piedra, cuyas características deben contrastar tanto como sea posible con las dos primeras; de modo que, si las dos primeras son altas la tercera deberá ser plana y baja. (más…)












Me había encontrado con Albert Kahn en varias historias de la arquitectura moderna que, invariablemente, se centraban en los descomunales complejos que diseñó para Henry Ford (los más grandes del mundo en su momento) pero fue este libro de escaso texto y mágicas fotografías en blanco y negro el que me hizo ver que, más que el volumen, lo impresionante de su obra era su altísimo estándar de calidad, su variedad -nunca recurría a fórmulas probadas, cada proyecto se empezaba desde cero para conseguir el diseño óptimo- y una visión empresarial de la profesión que le permitió convertirse en el primer arquitecto global, construir un ingente volumen de edificios dispersos por todo el planeta y realizar hazañas que continúan asombrando hoy en día como la de montar (¡en plena era comunista!) un gabinete técnico de más de un millar de personas en Moscú para poder diseñar en plazo y presupuesto la colosal fábrica de tractores en Stalingrado que le había encargado el gobierno de Stalin (