Teísmo

the book of tea

Este libro escrito en inglés hace algo más de un siglo por Kakuzo Okakura consigue resumir para un público occidental la esencia de la cultura y el arte japoneses en apenas cien páginas . Más que un libro sobre el té es un libro sobre el «teísmo» que es como el autor denomina a la filosofía estética y vital que nació en China en el siglo VIII y floreció en Japón setecientos años después, determinando su visión del mundo, la moral, el arte y la arquitectura.

En siete breves capítulos, Okakura evoca toda la densidad estética y filosófica que se condensa en la ceremonia del te, pasando de la historia de las diferentes formas de consumir la planta a un análisis de la arquitectura de la casa de té y de los principios que rigen su decoración interior, el arreglo de flores,  el relato de episodios significativos de la vida de los grandes maestros del té y las ideas que los inspiraron, y consigue transmitir la importancia de encontrar lo hermoso en lo cotidiano y  de cultivar lo vacío, lo inacabado y la naturalidad.

Un clásico engañosamente simple -empecé a releerlo nada más terminarlo- que contiene enseñanzas profundas sobre lo que constituye una vida (y una muerte) bella y plantea una demoledora crítica de la estética de la permanencia, la repetición, la simetría y la perfección propia de Occidente.

El corazón de un perro (II)

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Gracias a la amabilidad de Scalisto, he podido ver «Heart of a dog» de Laurie Anderson este fin de semana. No voy a re-escribir la reseña de la banda sonora porque, en esencia, la película es el disco ilustrado. Pero la omnipresente lluvia, los vídeos de seguridad reproducidos hacia atrás, los maltratados super-ochos de la infancia de la artista, las actuaciones benéficas de Lolabelle, los cielos azules e infinitos o invernales y recortados por las siluetas de los árboles, las imágenes quemadas de Lou en la playa o los hermosos dibujos de Laurie imaginando a Lolabelle en sus 49 días en el Bardo complementan a la perfección los monólogos y consiguen que, por una vez, el clásico lema de los vagos «casi mejor me espero a que salga la peli» tenga todo el sentido.

El corazón de un perro

heart of a dog

Tras un par de escuchas apresuradas en las que me pareció que había demasiado budismo y poca chicha musical, había relegado «Heart of a dog» (2015) -el último disco de Laurie Anderson- a los más oscuros rincones de mi ipod. Afortunadamente, tuve hace unos días el impulso de darle otra oportunidad  y, desde entonces, es la banda sonora de mis desplazamientos diarios al trabajo y la magia de sus palabras me absorbe hasta el punto de convertir el libro que antes amenizaba el viaje en un peso muerto bajo el sobaco.

Aunque es la banda sonora de una película que no he tenido ocasión de ver, las historias entrelazadas tienen tanta fuerza que no necesitan más que la maravillosa dicción de Anderson para llegar al oyente (su inglés cristalino me ha parecido uno de los más hermosos que he escuchado desde que me cautivó con el inmortal «Big Science»). Hasta la música es poco más que una amalgama de sutiles efectos sonoros que ilustran los relatos pero muy rara vez se acercan a la estructura de una canción.

Cuatro muertes entreveran los recuerdos y pensamientos de la artista: la de su madre -a la que admiraba pero no quería-, la de su adorada terrier  Lolabelle -a la que enseñó a tocar música, esculpir y pintar cuando se quedó ciega-, la de su gran amigo Gordon Matta Clark – del que, de pasada, explica el desconocido origen biográfico de sus famosas casas cortadas– y, aunque no se lo mencione más que con algún ocasional «nosotros», la de su querido esposo Lou Reed, que contribuye póstumamente una hermosa canción («Turning time around«) que pasaba desapercibida en «Ecstasy» pero parece expresamente compuesta para cerrar este hermoso ciclo de historias y reflexiones alrededor del amor y la pérdida.

Sobre este fondo triste pero afrontado con entereza, naturalidad y una absoluta falta de pretensiones, aparecen anécdotas sólo aparentemente triviales, momentos reveladores de la vida de la artista -ese accidente que casi la deja paralítica en su infancia, el episodio del hundimiento en un lago helado del carro en el que llevaba a sus dos hermanos gemelos-, citas literarias (Foster Wallace y su «toda historia de amor es una historia de fantasmas«), filosóficas (Kirkegaard y su «la vida sólo se entiende hacia atrás , pero sólo se puede vivir hacia adelante«) y aquellas enseñanzas de su maestro budista que inicialmente me habían echado para atrás pero que ahora considero una parte importante de la obra.

Más que un gran disco, una meditación profunda y vitalista sobre el amor y la muerte. Estoy deseando ver la película.

Del volcán al desierto

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Siempre he pensado que los premios deberían apoyar a la gente con talento antes de que el reconocimiento a sus logros sea unánime, evitando a toda costa la filosofía «Príncipe de Asturias» según la cual sólo aquellos que ya lo han ganado todo tienen derecho a un galardón. En ese sentido, celebro que el premio Pritzker de este año se le haya concedido a un estudio «joven» (para los parámetros de la profesión) y con un volumen construido relativamente modesto.

Pero no comparto la insistencia de los medios de comunicación -y de los propios arquitectos- en destacar su arraigo y dependencia del contexto cuando el estudio cuenta ya con obras importantes en el extranjero y ha saltado sin mayores problemas del terruño volcánico de la Garrotxa al desierto urbano de Dubai.

De hecho, creo que RCR ejemplifican al arquitecto-artista centrado en la forma y la belleza (1) que tiene eso tan esquivo como imprescindible para triunfar: un estilo reconocible y exportable.

Una estética poderosa en la que una paleta mínima de materiales fetiche -dominada por el acero (a poder ser «corten») y el vidrio- conforma volúmenes sin ventanas ni ningún otro elemento que pueda remitir a lo doméstico, revelar la escala y desvirtuar así el carácter abstracto de la obra . Una estética del control (2) capaz de producir obras tal vez bellas pero difícilmente compatibles con el cambio y la vida que, personalmente, considero la esencia de la mejor arquitectura.  (más…)

La casa de Barragán en la playa

majagua
Playa de Majagua. Colima

Aunque soy un buen aficionado a la obra de Barragán y he leído al menos media docena de libros sobre él, no recuerdo haber oído hablar de la misteriosa casa que se construyó en una playa del Pacífico a mediados de la década de los 50. Fue leyendo anoche el capítulo dedicado al regionalismo en «La arquitectura mexicana del siglo XX» (Fernando González Gortázar. Lecturas Mexicanas, 1996) donde la siguiente referencia -al hilo de una discutible argumentación sobre la influencia de Mies en Barragán- me hizo dar un respingo:

«Hay obras en las que esto se vuelve aún más evidente: la entrada del Pedregal o la capilla abierta de Lomas Verdes, por ejemplo, o la extraordinaria y destruida casa en Majahua, en la costa de Colima, con sus muros de hojas de palma y sus estancias y terrazas con piso de arena

A ver si va a resultar que la imagen del devoto que medita contemplando su jardín desde su solitario refugio es una burda simplificación y Barragán era también un hedonista aficionado a la playa y el sol.

Al bucear por la red encontré estas referencias dispersas:

«En Colima, en la Bahía de Majagua, están las ruinas —muy fácilmente restaurables— de la casa que Barragán construyó para sí mismo. Copropiedad actualmente de unos conocidos arquitectos locales, resulta incomprensible la persistencia del abandono de una de las obras más significativas y originales de la carrera de Barragán.» (Hernán Porras. «El  Informador» 01.05.2016)

«Del mirador bajamos a la casa de Majagua, que disfrutó la familia Bustamante, obra de Luis Barragán, con generosos corredores, vanos y patios. Entramos por la casa de servicio, unos muros de ladrillo, separados y parados de canto a 45° daban luz y ventilación a su patio. Cinco peldaños nos llevaron a un amplio pasillo de la casa, de planta rectangular, de dos pisos, que fue cubierta a dos aguas, grandes vanos se asomaban a la exuberante vegetación vecina, dominando el follaje de parotas. El primer piso comprendía: la cocina, un baño, comedor y sala, espacio abrazado por los dos niveles. El segundo, las recámaras, con grandes ventanas, la principal con balcón. En el lado norte de la casa estaba el inmenso jardín, delimitado por bardas, con dos albercas aledañas a la casa, una grande, cuadrada y escalonada y una chica, rectangular y con escalera, en todo su costado poniente, lado corto. Sombreadas por una añeja higuera. Nos sentamos al pie de la higuera a contemplar los detalles de la obra de Barragán, con agradables y amplios espacios, sencillamente relajantes. De la casa bajamos a la paradisíaca playa…»  (Hernán Porras. «El  Informador» 01.05.2016)

 «Algún día hace años entramos por la brecha que conduce a un fraccionamiento sui géneris, pensado por unos arquitectos tapatíos como un proyecto de comunión con el entorno. Es casi más devoción que negocio. Devoción al mar y a unas ruinas, huellas de una presencia, la del arquitecto jalisciense. Hace medio siglo quizá, otro devoto le obsequió allí un terreno para fincar una casa de playa. No pegado a las olas, pero suficientemente cerca de la arena. De su recámara, queda el hueco de la ventana, justo como un marco para la contemplación de un alto cerro a lo lejos. Del jardín, leves bardas de cemento pulido, el invencible rojo óxido de algunos muros, la amplitud del horizonte, el resto de lo que debió ser un patio para gozar de los árboles y del aire de la tarde, bajo la húmeda sombra del trópico.» (María Guadalupe Morfín. «Las huellas de Barragán» 03.07.2002)

«Hacia 1954 realiza Barragán el último intento de construir otra casa propia. Adquiere varias propiedades en la costa del Pacífico, en la playa de Majahua, creo que conocida por sus tiburones, en el estado de Colima, en una zona que pretendía urbanizar. Allí construye una “casa preciosa”, con “muros de hojas de palma” y “piso de arena”, para su disfrute personal, que desaparece por un incendio años después, pero confirma una vez más el empeño del arquitecto por construir un sitio donde vivir.» (Anna Martínez Durán. «La casa del arquitecto» Tesis doctoral 2007)

Pero ninguna de estas evocadoras descripciones iba acompañadas de imágenes y mi curiosidad no ha hecho más que aumentar.

¿Alguien tiene algún plano o fotografía de la casa de Barragán en Majagua que pueda amablemente compartir para poder profundizar en la -para mí- desconocida faceta hedonista de este  arquitecto ensimismado ?

Nota:

Gracias a un amable lector, he conseguido fotografías recientes de la misteriosa casa. Ver «La casa de Barragán en la playa (2)»

 

El mundo bajo los párpados

el-munod-bajo-los-parpados

Soy alérgico al Ocultismo y el «New Age». Nunca me ha interesado ni la psicología, ni la interpretación de los sueños, ni la videncia, ni la curación mental de dolencias físicas, ni las visiones asociadas a las experiencias cercanas a la muerte; ni jamás me había preguntado dónde estamos cuando soñamos. Ignoraba que existiesen los onironautas y el sueño lúcido, que Hipnos  (el sueño) y Tanatos (la muerte) fuesen hijos de Nix (la noche) o que Asclepio y sus hijas Panacea e Higía fuesen las diosas de la curación (y que la gente peregrinase a sus santuarios a incubar sueños y así sanarse).

Apoyándose tanto en relatos históricos recurrentes como en mitos griegos, egipcios y orientales; en las visiones premonitorias de Nietzsche, Schopenhauer, Kafka o Mark Twain; en el trabajo conjunto de Jung y Pauli; o en las implicaciones de que la física que se acerca a la materia desde lo diminuto acepte con resignación las paradojas espacio-temporales y la posibilidad de la existencia de múltiples dimensiones, el autor de este hermoso ensayo consigue inocular en el lector una duda razonable sobre si eso que consideramos realidad, en lugar de restringirse a lo que percibimos por los sentidos, debería tal vez ampliarse a una visión de un mundo que integre lo psíquico y la conciencia y en el que presente, pasado y futuro pueden convivir simultáneamente (aunque sólo podamos acceder a esa realidad aumentada cuando soñamos o tenemos experiencias cercanas a la muerte).

Así, lo que a primera vista parece una investigación sobre el mundo de los sueños y los fenómenos, mitos y rituales asociados a ellos esconde en realidad una crítica radical de ese racionalismo que el autor considera simplista e intransigente por atribuir todo lo inexplicable al azar.

No es que vaya a abandonar de repente la tradición ilustrada que tan bien me ha servido hasta la fecha pero la lectura de este poderoso libro de Jacobo Siruela me ha hecho plantearme que tal vez las cosas no sean tan simples como pensaba. No se puede pedir más a un ensayo.

Luces de ciudad

La ciudad por la noche son esas luces que anuncian poco recomendables antros o forman un bello perfil luminoso que nos indica el camino a casa.

«Bright Lights, Big City«- Jimmy Reed (1961)

El bluesman más relajado de todos sufre porque las luces de la ciudad «se subieron a la cabeza de su chica» e intenta advertirle de que la llevarán a la perdición. Es también muy recomendable la desgañitada versión de un bisoño Van Morrison con los nunca suficientemente reivindicados Them.

«Harbor Lights«- Elvis Presley (1954)

En este pequeño clásico de los años 30 -lo primero que  grabó Elvis nada más pisar los estudios Sun de Memphis- las luces del puerto que una vez anunciaron el reencuentro con la amada marcan ahora la separación definitiva.

«City Lights«- Ray Price (1958)

Hermoso tema country -cortesía del gran Ray Price- que asocia llas luces con los antros a los que acude la gente con el corazón roto.

«Dallas»- The Flatlanders (1972)

¿Has visto alguna vez Dallas desde la ventanilla de un DC-9 por la noche?

«City Lights» – Lou Reed  «(1979)

Una oda a Chaplin rescatada de un disco menor de Lou Reed («The Bells») al que llevo enganchado una buena temporada (sobre todo a la inolvidable «All through the night» co-compuesta con Don Cherry) .

«New York Skyline» – Garland Jeffreys (1977)

El único músico tan perdidamente enamorado de Nueva York como su amigo Lou Reed compuso esta hermosa canción a mayor gloria de la silueta nocturna de su ciudad.

«Downtown Lights»- The Blue Nile (1989)

La canción más memorable de su disco «Hats».

«Big City» – Spacemen 3 (1991)

«Gran ciudad, luces brillantes, gente «cool», todos mis conocidos están allí» (una inversión total de la canción de Jimmy Reed). Spacemen 3 ya no eran a estas alturas un grupo más que en el nombre y hasta se habían repartido las caras del lp para no tener que verse las suyas. Aún así, crearon un gran disco («Recurring») que se abre con este clásico (que hasta los Simpson utilizaron en uno de sus episodios psicodélicos)

Los yonquis del agua

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El agua del grifo no es potable. Acercarse al OXXO, el 7-eleven o el «abarrotes» más cercano para volver cargados con  garrafas de cinco o seis litros, subir los tres tramos de escaleras que nos separan de la calle y vivir pendientes de la campana que marca la hora de bajar los bidones vacíos son actividades que hemos incorporado con naturalidad a nuestras rutinas semanales y no plantean mayores problemas. Hasta el día que te olvidas.

Anoche volvimos a casa de una boda en Xochimilco y nos acostamos temprano tras terminar con el escaso cuarto de litro que quedaba en la botella de la nevera. A las tres de la mañana me desperté con una sed de una intensidad que no recordaba haber experimentado antes. Abrí la puerta del refrigerador y recordé con horror que no quedaba ni una mísera gota de agua que echarse al gaznate. Había cervezas -poco apetecibles tras la importante ingesta de alcohol del día anterior- y una tónicas que también recordaban demasiado a los gin-tonics de hacía unas horas.

Desesperado, abrí el congelador y empecé a masticar cubitos de hielo. Pero los dientes me dolían por el frío y tras el tercer cubito volví a acostarme esperando dormir unas horas hasta que amaneciera y bajar entonces a reponer existencias. Era inútil. No podía pensar en otra cosa que grifos, vasos, botellas y garrafas. Y no era el único.

Nos envalentonamos y decidimos bajar a la tienda de conveniencia más cercana con la esperanza de que estuviese abierta. Nos vestimos por encima de los pijamas y nos pusimos en camino. Al acercarnos a Juan Escutia vimos una luz que confirmaba nuestras esperanzas. Podríamos calmar nuestra sed.

Entramos corriendo, nos abalanzamos sobre las neveras y agarramos una garrafa bien fresquita de Epura y otra de Ciel, pagamos; y, nada más salir, nos detuvimos entre la puerta y el cubo de basura, abrimos con avidez el precinto y bebimos como nunca habíamos bebido, en larguísimos tragos que sólo interrumpíamos para poder respirar, hasta que por fin pudimos empezar a pensar en algo que no fuese nuestra propia sed.

Nos sentimos yonquis del agua.

 

El pilar y el bastón

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Aunque me parece que se abusa bastante de los pilares inclinados, comparto esta ingeniosa justificación de Gaudí que los aficionados a ellos podrán utilizar a conveniencia:

«Me preguntaron por qué hacía columnas inclinadas. Les respondí que por la misma razón que el caminante cansado, cuando se detiene, se apuntala con el bastón inclinado, porque si lo pusiese vertical no descansaría»

(de «El pensamente de Gaudí» de Isidre Puig Boada. DUXELM, 2004)