
- Conjunto de viviendas en C/ Río Elba. (Luis Barragán)
Al llegar a esta ciudad e interesarme por su arquitectura me dejé orientar por las pequeñas guías de la editorial Arquine (Barragán, Candela, O’Gorman) para visitar aquellos edificios que me parecían más prometedores o me quedaban más a tiro de casa o de mi trabajo en la construcción de «la torre más alta de la ciudad».

Según dichas guías, en el entorno inmediato de mi lugar de trabajo se encontraba un conjunto de viviendas de Luis Barragán (en la calle Río Elba) y la casa con dos estudios para artistas que Juan O’Gorman construyó para la editora ilustrada Frances Toor (en la calle Manchester), ambas de los años 30, pero cuando me acerqué a verlas descubrí con sorpresa que se habían esfumado. En el lugar de la primera se alza la estructura de la próxima «torre más alta de la ciudad» (Torre Reforma) con su extraña arista inclinada y sus aparatosos tirantes de acero; y en el de la segunda un polvoriento solar frente a la popular rotonda de la Diana Cazadora que espera el advenimiento de la siguiente campeona en esta carrera sin fin por demostrar quien «la tiene más larga».

Cabe la posibilidad de que el desaparecido edificio de Barragán fuese -como buena parte de su obra temprana- una operación especulativa sin mayor interés más allá de su autoría; pero la de O’Gorman parecía un hermoso ejemplar de aquella época optimista en que algunos creían que una nueva arquitectura blanca, luminosa y aireada traería también una humanidad mejor.

Me pasma que se acepte con tanta deportividad* la destrucción del patrimonio moderno; especialmente cuándo precisamente en la obra de esa Torre Reforma se llevó a cabo la proeza tecnológica de desplazar 18 metros una casona neo-gótica de la época porfiriana– construida por el empresario inglés Patrick O’Hea y su esposa tejana – para devolverla a su posición original una vez construido el sótano**.
El hecho de que la casona neo-gótica, las viviendas de Barragán y la casa de O’Gorman sean de la misma década parece demostrar que sólo veneramos la piedra -lo que tiene apariencia de antiguo- ya que a nadie importa la desaparición de algunos de los primeros edificios racionalistas de la ciudad mientras movemos cielo y tierra para conservar un nostálgico (y mutilado) edificio que se vuelve ridículo -«de juguete»- bajo la imponente sombra de un rascacielos de más de 250 metros de altura.
Notas:


El ejemplar libro que le ha dedicado Arquine -una de las monografías de arquitectos más inspiradoras que me he encontrado- muestra que la realización personal y profesional puede encontrarse lejos de los focos mediáticos, en la felicidad que proporciona mejorar la vida de los más desfavorecidos y que algunos de los diseños y construcciones más atemporales surgen precisamente cuando se trabaja con modestia, ajeno a cualquier pretensión de trascendencia, y aprendiendo del saber acumulado en el lento perfeccionamiento de tantos objetos y edificios anónimos.
Pero si realmente me viese en ese brete, seguramente elegiría el “Manual del arquitecto descalzo” de 



-Entre los amigos del autor que leyeron el texto antes de su publicación se encuentran nada menos que el músico Brian Eno y el bueno de Christopher Alexander.





