Cuanto más apretada, más explosiva (2)

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Hace unas semanas recopilé varios elogios de la concisión, entre los que destacaba el de Julio Camba ( “Perdóneme que esta crónica haya salido algo extensa, pero la premura de tiempo para mandársela no me ha permitido escribir algo más corto“) y ahora descubro -en una mención de pasada en el capitulo dedicado a la organización de los patios traseros en el excelente «Designs for Outdoor Living» (1941) de Margaret O’Goldsmith- que Camba fusiló su ingeniosa idea de Cicerón (quien, por cierto, la expresó más económicamente):

«No debemos pensar que el jardín como espacio es fácil de diseñar sólo porque sea compacto (…) No fue Cicerón quien dijo «Si tuviese más tiempo, te escribiría una carta más corta«»

A ver si al final va a resultar que tenía razón el «carca» de Nick Tosches cuando decía:

“Creo en el poder de los orígenes, una creencia en que, como lo expresa el Eclesiastés, “Lo que fue, eso será, Y lo que se hizo, eso se hará. No hay nada nuevo bajo el sol.”, en que lo que reclamamos como originalidad y descubrimiento no son más que aires y delirios de nuestra inocencia, ignorancia, y arrogancia; en que lo que se diga, fue dicho mejor- más poderosa, hermosa y puramente- hace mucho. La aurora de los dedos rosados de Homero es la más grande aurora de dedos rosados; la luna de dedos rosados de Safo, igual. No hay nueva sabiduría, sólo tontos que encuentran su camino a lo viejo; ni nueva poesía, sólo poetas tomando un aliento tan viejo como el tiempo” 

Actualización (15/07/2016):

Gracias a la increíble cultura clásica -y de la otra- de Javier LF (ver comentarios), queda resuelto el enigma. La cita es en realidad de Blaise Pascal:

” je n´ai fait celle-ci plus longue que parce que je n´ai pas le loisir de la faire plus courte”

(Lettres provinciales, Seiziéme lettre aux révérends pères jesuites, 4 dic. 1656).

Blaise_Pascal_2

 

La campana

Camion basura

Desde que nos mudamos hace cosa de un mes, vivimos pendientes de una campana. Acostumbrados a que los porteros hiciesen desaparecer la basura que dejábamos debajo del último rellano de la escalera de nuestro anterior domicilio, la ausencia de papeleras y contenedores en la ciudad -que siempre nos había inquietado- se ha convertido en uno de nuestros principales quebraderos de cabeza.

Aquí no hay servicio municipal de recogida de basuras como tal sino un incomprensible sistema de colaboración público-privada. El lucrativo negocio de la gestión de residuos parece estar en manos de una inmensa flota de camiones particulares en los que viajan un conductor y dos o tres personas colgadas del lateral o recostadas sobre la carga. Siguiendo un calendario y un mapa al que sólo los iniciados tienen acceso, paran en alguna esquina y uno de ellos salta y empieza a agitar furiosamente una campana para alertar al vecindario de su presencia.

Como surgidos de la nada aparecen desde todas las direcciones decenas de individuos jadeantes con sus enormes bolsas a cuestas y ,si tienes la fortuna de oír su repicar y llegas a tiempo, puedes presenciar cómo a los pies del camión, los «pre-pepenadores» y los «macheteros» abren las bolsas y proceden a clasificar «in-situ» los residuos -metal, cartón, vidrio, varios…- dejando sobre la calzada uno de esos ubicuos charcos de nauseabundo líquido verde cuyo origen no había logrado determinar hasta ahora.

Tras días sin oír su llamada y con las bolsas acumulándose en equilibrio precario junto a la nevera, empiezo a plantearme comprobar la leyenda urbana sobre ese gran árbol de la avenida Veracruz  de cuyos pies desaparece mágicamente cualquier cosa que allí se abandone.

Nota:

No puedo resistirme a añadir una ilustración musical cortesía del fabuloso Milton Brown:

 

Máscaras, butargas y capas

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De paseo por la colonia Doctores nos encontramos esta hermosa muestra de publicidad artesanal.

Nota:  Las misteriosas «butargas» resultaron ser las mallas típicas de la lucha libre (en el diccionario de la RAE aparece «botarga»: 1. f. En las mojigangas y en algunas representaciones teatrales, vestido ridículo de varios colores)

 

 

Rob Wasserman (1952-2016)

Gracias a las elogiosas críticas de Ignacio Juliá en Ruta 66 compré hace ya dos décadas sus dos discos «Duets» y «Trios» en los que su contrabajo acompañaba a alguno de sus músicos favoritos y desde entonces atesoro su espectacular colaboración con Stephane Grapelli en «Over the Rainbow» y, sobre todo, su dueto con un Lou Reed en excepcional forma en el clásico «One for my baby (and one more for the road)». Descanse en paz.

Nota: Tuve la suerte de verlo en el año 1989 en el Vicente Calderón acompañando de nuevo a Lou Reed en la gira de «New York» (también toca en ese genial disco)

Scotty Moore (1931-2016)

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A veces basta muy poco para cambiarlo todo. Los primeros singles de Elvis para Sun records -un puñado de revolucionarias versiones de viejas (y no tan viejas) canciones blues y country-inauguraron la era del rock and roll.  Y aunque el magnetismo sexual y la voz de Presley eran la clave, no se puede ignorar la aportación de su base rítmica -Bill Black y D.J. Fontana- y del gran Scotty Moore, el creador de uno de los sonidos arquetípicos de la guitarra rock a quien despedimos hoy.

La llamada del polvo

Siempre me han gustado las librerías de viejo y las tiendas de discos de segunda mano, su olor, y su promesa de raros especímenes floreciendo en vertederos de papel y plástico. Emigré ligero de equipaje e intenté adaptarme al e-book y al i-pod evitando durante meses estos antros de perdición, pero la llamada del polvo es fuerte y tímidamente empecé a asomarme a algunas librerías con las que me iba tropezando en los paseos por la ciudad y a encontrar maravillas (algunas de las cuales ya he comentado aquí, aquí o aquí).

Pegado al mostrador de una de ellas me llamó la atención este práctico mapa del tesoro que me permitirá explorarlas un poco más sistemáticamente y que comparto por si a alguien más le resulta útil (ojalá la iniciativa se extendiese a otras grandes ciudades).

mapa librerias de viejo CDMX

Sobredosis de tele

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Llevo unos días escuchando el disco «England´s Dreaming» -recopilado por Jon Savage para ilustrar su homónima (e imprescindible) historia del punk- y, como suele suceder con este tipo de artefactos, entre los sospechosos habituales (Ramones, Buzzcocks, Wire, Stooges…) se cuelan algunas canciones interesantes difíciles de descubrir de otro modo.

Entre ellas está una insidiosa tonadilla que, de haber escuchado antes, habría usado para ilustrar el post de «La televisión es nutritiva» de hace unos días. Se llama «T.V. O.D.» («Sobredosis de tele«) y es la cara A del single que grabó Daniel Miller sólo en casa con su sintetizador -aunque se presentase como el grupo «The Normal«- y con el que fundó en 1978 el sello Mute, que tan decisivo resultaría en el desarrollo de la música industrial/post-punk.

La letra es tan minimalista como la música (“I don’t need a Tv screen/I just stick the aerial into my skin/let the signal run through my veins/T.v.o.d”) y se podría traducir así:

Sobredosis de tele

No necesito televisor

Me enchufo la antena 

Directa a la vena

Sobredosis de tele

 

Nota:La cara B del single era «Warm Leatherette» basada en la novela «Crash» de J.G. Ballard que obsesionaba a Miller y que fantaseaba con llevar algún día a la pantalla (su guión acabó resumido en esta letra). Llegó a ser bastante más famosa que la cara A y hasta Grace Jones la versionó (y utilizó para titular un disco).

 

¿Y si sustituimos La Moda por Dios?

pawson novy dvur

En su recomendable libro «Menos es suficiente«, Pier Vittorio Aureli carga contra el falso ascetismo de John Pawson (y Peter Zumthor y Steve Jobs) apoyándose en una entrevista con uno de los monjes que le encargaron a Pawson el diseño del monasterio de Novy Dvur en la República Checa tras extasiarse con su tienda de Calvin Klein en Nueva York:

 – En 1999 me fascinó el anuncio de que el arquitecto minimalista John Pawson había diseñado un monasterio cisterciense

– ¿Le fascinó la vida monástica o la arquitectura minimalista?

– Es que son la pareja perfecta. El arquitecto sirve a un propósito elevado y, a cambio, el estilo de vida sencillo de sus clientes valida la arquitectura

– ¿No es siempre así? ¿No cree que sucede lo mismo cuando un arquitecto diseña una casa lujosa para un famoso?

– Me impresiona que, siendo monjes, tuviesen ustedes la idea de elegir a John Pawson

– Uno de nosotros entró por azar en la tienda de Calvin Klein en Nueva York -que había diseñado John-. Era tan pura que nada distraía la atención del producto, era el consumo llevado a un nivel religioso. ¿No saldría un monasterio maravilloso si sustituyésemos la Moda por Dios?

 Aureli cita como fuente el blog «The Unknown Hipster» y al visitarlo para leer la entrevista completa, veo una nota al final -que al autor parece habérsele escapado u omite mencionar- indicando que la entrevista es «unreal«.

Sea ficticia o sencillamente increíble (dos posibles acepciones de «unreal«) la conversación resulta impagable como caricatura del supuesto ascetismo de los minimalistas y de la curiosa relación entre moda y trascendencia, entre el comercio y la religión.

Nota:

aureliEl ensayo de Aureli reflexiona entorno al ascetismo y la vida en comunidad, desde sus orígenes monásticos hasta el auge actual de las micro-viviendas con servicios comunes compartidos (provocado por la precariedad inherente a esta era del capitalismo en lugar de buscado por el habitante, como el autor desearía) . Además de desenmascarar el discutible ascetismo del «minimalismo», Aureli revisa interesantes precedentes de Serlio y Hannes Meyer, la obra del artista Absalon y algunas reflexiones proféticas del nómada Walter Benjamin componiendo un texto interesante al que, en mi opinión, le falta la garra de un auténtico panfleto provocador y más bien parece el esbozo de una obra  mayor que espero algún día llegue a escribir.

Huerto vertical

huerto urbano
Huerto vertical en la colonia Juárez, Ciudad de México.

Durante un paseo encontramos esta simpática alternativa a aquellos artificiosos «jardines verticales» que –desde que Herzog y De Meuron los popularizaron como decoración de la medianera de la plaza de acceso al Caixa Fórum de Madrid–  se han convertido en un cliché de la arquitectura contemporánea que ha transformado medianeras de todo el planeta en carísimas vallas publicitarias que gritan «¡SOY SOSTENIBLE!».

La autobiografía de O’Gorman

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Un O’Gorman sexagenario resume su vida y obra con una gran franqueza -en varias largas charlas con Antonio Luna que se han editado para convertirlas en su  «Autobiografía»- y, al hacerlo, resume buena parte de ese siglo XX mexicano que vivió en primera línea: su infancia en Guanajuato donde su padre (al que retrata con gran crudeza) dirigía una mina, la Revolución que pasaron en San Ángel viendo muertos a diario y comiendo perros, gatos, tupinambos y chayotes; las mujeres mexicanas que representan lo que ama del pais (su abuela, su nana, la criada yaqui, la profesora de primaria, y Frida) sus amoríos en una ciudad que «acababa en el caballito» y desde la que siempre se veían los dos volcanes que ahora oculta el smog, su difícil relación con su célebre hermano Edmundo, su temprano triunfo como pionero de la arquitectura moderna, sus desengaños profesionales (como profesor y como arquitecto reacio a venderse al imperio del dinero), su estrecha relación con Kahlo (a la que adoraba y conoció desde la infancia) y Rivera (al que consideraba un genio pero también un oportunista desvergonzado), interesantes reflexiones sobre el arte abstracto vs. el figurativo y sobre la separación entre los artistas y la gente, la muerte de sus padres (¡su madre falleció «en perfecto estado de salud» debido a la angustia de que su marido no se hubiese confesado antes de morir un mes antes!), su homenaje constante a los que le ayudaron en sus obras (albañiles, estudiantes), chismorreos sobre el intrigante Siqueiros y el rencoroso Tamayo, estancias en Estados Unidos en las que durante meses pasó todos los fines de semana en la Casa de la Cascada, su antipatía por el alcohólico Alvar Aalto (¡y por su arquitectura!), su adoración por Wright y Gaudí, su decepción con Velázquez y con Roma («una ciudad fea pintada de un café sucio desagradable«); su invención del mosaico de piedras de colores (que inició en la casa que proyectó para el músico Conlon Nancarrow), las circunstancias que rodearon algunos de sus murales más significativos (el del aeropuerto, los de Chapultepec, el de la biblioteca de la UNAM), su depresión tratada por un médico-charlatán que lo tuvo en ayuno durante 39 días (según él con éxito, aunque su suicidio una década más tarde lo desmienta), su larga relación con el maravilloso pintor surrealista/popular Antonio «El Corcito» Ruiz , su temprano desengaño con los comunistas, la destrucción de su casa-cueva en San Jerónimo -su obra más querida-, su desprecio por cualquier crítica de arte que no sea a su vez obra de arte, su encontronazo con André Malraux que despreció sus  murales calificándolos de «affiches» («Era como servirle enchiladas a un señor acostumbrado a comer su pato podrido en el restaurante Maxim´s de Paris«) y mil historias y anécdotas más de una vida apasionante que interesará a cualquier aficionado a las memorias bien escritas, a las artes o a la historia mexicana contemporánea. Lo leí de una sentada.

  • Nota: Parece ser que se publicó por primera vez en 1973, pero la edición que encontré en una librería de segunda mano es de 2007 (DGE Ediciones, colección «Equilibrista») e incluye un excelente perfil biográfico de Víctor Jiménez.autobiografía
  • Nota 2: Para los vagos que prefieran la versión corta de su autobiografía, O´Gorman escribió la siguiente «calavera«:

Juan O’Gorman arquitecto,

un artista muy sutil,

con voluntad de albañil,

fue pintor de fino esmero 

y poeta tilichero.

No hizo casas de cajón

para acumular dinero.

Por andar de ´namorado

dándoselas de glotón

se volvió vegetariano

y esquelético marciano.

Al infierno fue directo,

hoy reposa en el panteón

con hambre de tiburón.

La televisión es nutritiva

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En los últimos meses he observado varias veces, al salir a comer o cenar, cómo algunas parejas jóvenes, en lugar de sentarse enfrentados, de modo que puedan verse las caras y conversar atendiendo a las expresiones y gestos de su interlocutor, prefieren colocarse uno al lado del otro.

Al principio pensaba que esperaban la llegada de algún acompañante que completase la mesa  -y así fue en algún caso aislado- pero ahora creo que este sorprendente comportamiento surge del hábito de sentarse en el sofá a cenar mientras se disfruta de los rayos catódicos. (más…)