Categoría: arquitectura

El carenado hostil

Sevilla

El lavado de cara de la línea 1 del metro de la Ciudad de México consiste en revestir sus paredes con paneles metálicos verticales blancos rematados con una estrecha franja horizontal rosa  del mismo material en la que figuran los nombres y pictogramas de las estaciones.

Cuando el metro arranca o se aproxima a la estación, como la alineación de los paneles no es perfecta, toda la franja rosa se convierte en una informe vibración luminosa que sigue el movimiento del tren y-al fundirse el blanco de las letras con los brillos de la onda de reflejos de las luminarias- dificulta enormemente la lectura de los nombres de las paradas; y contradice  la imagen pulida y afilada que probablemente perseguían sus diseñadores.

Y cuando espero en el andén y siento que el tacto frío y la sonoridad hueca del material anulan el impulso natural de apoyarme contra un paramento al que ya sólo espera un futuro de abolladuras y ralladuras, añoro la digna pátina de los cascados azulejitos rojos de la estación de Sevilla que antes hacían su misma función.

Teísmo

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Este libro escrito en inglés hace algo más de un siglo por Kakuzo Okakura consigue resumir para un público occidental la esencia de la cultura y el arte japoneses en apenas cien páginas . Más que un libro sobre el té es un libro sobre el «teísmo» que es como el autor denomina a la filosofía estética y vital que nació en China en el siglo VIII y floreció en Japón setecientos años después, determinando su visión del mundo, la moral, el arte y la arquitectura.

En siete breves capítulos, Okakura evoca toda la densidad estética y filosófica que se condensa en la ceremonia del te, pasando de la historia de las diferentes formas de consumir la planta a un análisis de la arquitectura de la casa de té y de los principios que rigen su decoración interior, el arreglo de flores,  el relato de episodios significativos de la vida de los grandes maestros del té y las ideas que los inspiraron, y consigue transmitir la importancia de encontrar lo hermoso en lo cotidiano y  de cultivar lo vacío, lo inacabado y la naturalidad.

Un clásico engañosamente simple -empecé a releerlo nada más terminarlo- que contiene enseñanzas profundas sobre lo que constituye una vida (y una muerte) bella y plantea una demoledora crítica de la estética de la permanencia, la repetición, la simetría y la perfección propia de Occidente.

Del volcán al desierto

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Siempre he pensado que los premios deberían apoyar a la gente con talento antes de que el reconocimiento a sus logros sea unánime, evitando a toda costa la filosofía «Príncipe de Asturias» según la cual sólo aquellos que ya lo han ganado todo tienen derecho a un galardón. En ese sentido, celebro que el premio Pritzker de este año se le haya concedido a un estudio «joven» (para los parámetros de la profesión) y con un volumen construido relativamente modesto.

Pero no comparto la insistencia de los medios de comunicación -y de los propios arquitectos- en destacar su arraigo y dependencia del contexto cuando el estudio cuenta ya con obras importantes en el extranjero y ha saltado sin mayores problemas del terruño volcánico de la Garrotxa al desierto urbano de Dubai.

De hecho, creo que RCR ejemplifican al arquitecto-artista centrado en la forma y la belleza (1) que tiene eso tan esquivo como imprescindible para triunfar: un estilo reconocible y exportable.

Una estética poderosa en la que una paleta mínima de materiales fetiche -dominada por el acero (a poder ser «corten») y el vidrio- conforma volúmenes sin ventanas ni ningún otro elemento que pueda remitir a lo doméstico, revelar la escala y desvirtuar así el carácter abstracto de la obra . Una estética del control (2) capaz de producir obras tal vez bellas pero difícilmente compatibles con el cambio y la vida que, personalmente, considero la esencia de la mejor arquitectura.  (más…)

La casa de Barragán en la playa

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Playa de Majagua. Colima

Aunque soy un buen aficionado a la obra de Barragán y he leído al menos media docena de libros sobre él, no recuerdo haber oído hablar de la misteriosa casa que se construyó en una playa del Pacífico a mediados de la década de los 50. Fue leyendo anoche el capítulo dedicado al regionalismo en «La arquitectura mexicana del siglo XX» (Fernando González Gortázar. Lecturas Mexicanas, 1996) donde la siguiente referencia -al hilo de una discutible argumentación sobre la influencia de Mies en Barragán- me hizo dar un respingo:

«Hay obras en las que esto se vuelve aún más evidente: la entrada del Pedregal o la capilla abierta de Lomas Verdes, por ejemplo, o la extraordinaria y destruida casa en Majahua, en la costa de Colima, con sus muros de hojas de palma y sus estancias y terrazas con piso de arena

A ver si va a resultar que la imagen del devoto que medita contemplando su jardín desde su solitario refugio es una burda simplificación y Barragán era también un hedonista aficionado a la playa y el sol.

Al bucear por la red encontré estas referencias dispersas:

«En Colima, en la Bahía de Majagua, están las ruinas —muy fácilmente restaurables— de la casa que Barragán construyó para sí mismo. Copropiedad actualmente de unos conocidos arquitectos locales, resulta incomprensible la persistencia del abandono de una de las obras más significativas y originales de la carrera de Barragán.» (Hernán Porras. «El  Informador» 01.05.2016)

«Del mirador bajamos a la casa de Majagua, que disfrutó la familia Bustamante, obra de Luis Barragán, con generosos corredores, vanos y patios. Entramos por la casa de servicio, unos muros de ladrillo, separados y parados de canto a 45° daban luz y ventilación a su patio. Cinco peldaños nos llevaron a un amplio pasillo de la casa, de planta rectangular, de dos pisos, que fue cubierta a dos aguas, grandes vanos se asomaban a la exuberante vegetación vecina, dominando el follaje de parotas. El primer piso comprendía: la cocina, un baño, comedor y sala, espacio abrazado por los dos niveles. El segundo, las recámaras, con grandes ventanas, la principal con balcón. En el lado norte de la casa estaba el inmenso jardín, delimitado por bardas, con dos albercas aledañas a la casa, una grande, cuadrada y escalonada y una chica, rectangular y con escalera, en todo su costado poniente, lado corto. Sombreadas por una añeja higuera. Nos sentamos al pie de la higuera a contemplar los detalles de la obra de Barragán, con agradables y amplios espacios, sencillamente relajantes. De la casa bajamos a la paradisíaca playa…»  (Hernán Porras. «El  Informador» 01.05.2016)

 «Algún día hace años entramos por la brecha que conduce a un fraccionamiento sui géneris, pensado por unos arquitectos tapatíos como un proyecto de comunión con el entorno. Es casi más devoción que negocio. Devoción al mar y a unas ruinas, huellas de una presencia, la del arquitecto jalisciense. Hace medio siglo quizá, otro devoto le obsequió allí un terreno para fincar una casa de playa. No pegado a las olas, pero suficientemente cerca de la arena. De su recámara, queda el hueco de la ventana, justo como un marco para la contemplación de un alto cerro a lo lejos. Del jardín, leves bardas de cemento pulido, el invencible rojo óxido de algunos muros, la amplitud del horizonte, el resto de lo que debió ser un patio para gozar de los árboles y del aire de la tarde, bajo la húmeda sombra del trópico.» (María Guadalupe Morfín. «Las huellas de Barragán» 03.07.2002)

«Hacia 1954 realiza Barragán el último intento de construir otra casa propia. Adquiere varias propiedades en la costa del Pacífico, en la playa de Majahua, creo que conocida por sus tiburones, en el estado de Colima, en una zona que pretendía urbanizar. Allí construye una “casa preciosa”, con “muros de hojas de palma” y “piso de arena”, para su disfrute personal, que desaparece por un incendio años después, pero confirma una vez más el empeño del arquitecto por construir un sitio donde vivir.» (Anna Martínez Durán. «La casa del arquitecto» Tesis doctoral 2007)

Pero ninguna de estas evocadoras descripciones iba acompañadas de imágenes y mi curiosidad no ha hecho más que aumentar.

¿Alguien tiene algún plano o fotografía de la casa de Barragán en Majagua que pueda amablemente compartir para poder profundizar en la -para mí- desconocida faceta hedonista de este  arquitecto ensimismado ?

Nota:

Gracias a un amable lector, he conseguido fotografías recientes de la misteriosa casa. Ver «La casa de Barragán en la playa (2)»

 

El pilar y el bastón

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Aunque me parece que se abusa bastante de los pilares inclinados, comparto esta ingeniosa justificación de Gaudí que los aficionados a ellos podrán utilizar a conveniencia:

«Me preguntaron por qué hacía columnas inclinadas. Les respondí que por la misma razón que el caminante cansado, cuando se detiene, se apuntala con el bastón inclinado, porque si lo pusiese vertical no descansaría»

(de «El pensamente de Gaudí» de Isidre Puig Boada. DUXELM, 2004)

El viaje al centro

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Este pabellón viajero nació en Pittsburg (en las acerías del señor Carnegie) para representar a México en la Exposición de Nueva Orleans de 1884, pasó temporadas en Chicago y Saint Louis, y encontró un acomodo provisional en la Alameda Central de la Ciudad de México antes de arraigar definitivamente en la colonia Santa María La Ribera.

Ahí, ubicado en el centro geométrico de su principal espacio público, este errante «Kiosko Morisco» de planta centralizada y estructura de hierro no sólo encontró su lugar sino que se ha convertido en el corazón del barrio  y en el icono con el que tanto sus vecinos como el resto de la ciudad identifican la colonia, hasta el punto de resultar inimaginable en cualquier otro lugar. El centro de esos círculos concéntricos que forman su cúpula es ahora el centro físico y mental del barrio, su kilómetro cero.

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Laurie Baker

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Como saben los que siguen habitualmente el blog, últimamente me interesan mucho los «arquitectos descalzos»: esos profesionales -como Hagerman o Van Lengen– que prefieren trabajar in-situ con la gente (y con sus propias manos) que en el tablero de dibujo, que intentan respetar al máximo el terreno y vegetación existentes, que celebran la individualidad del ser humano y su derecho a tener una vivienda adaptada a sus necesidades concretas, que luchan contra el despilfarro económico, energético o material, que aprovechan los recursos próximos y plantean edificios de muy baja tecnología que casi cualquier persona puede llegar a construir y que se preocupan por recuperar el modo intemporal de construir y aquellas lecciones que podemos aprender de la arquitectura tradicional.

Hace algunos días veíamos cómo Hassan Fathy luchó (y fracasó) en su intento por establecer una nueva arquitectura vernácula para Egipto ya que sus propuestas no fueron aceptadas por la gente humilde para la que estaban pensadas (tanto por el uso de bóvedas que hasta entonces se asociaban a la arquitectura funeraria, como por el empecinamiento de los usuarios para los que proyectaba en tener casas lo más parecidas posible a las de los ricos de su pueblo); y ahora se le ve como un arquitecto de talento pero con una mirada nostálgica que le impedía proponer lo que realmente necesitaban sus paisanos más desfavorecidos y que le llevó a un callejón estilístico sin salida.

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The Hamlet. La casa del arquitecto

Laurie Baker, en cambio, consiguió desarrollar una arquitectura vernácula contemporánea para Kerala, la región tropical húmeda del sur de la India donde vivió la última parte de su vida. Allí construyó más de mil casas unifamiliares -todas diferentes y adaptadas al presupuesto y necesidades de cada cliente- varias iglesias, un pueblo de pescadores, un centro de computación, cafés, hospitales y casi cualquier tipología que se pueda imaginar. Pese al escepticismo y hostilidad con que se encontró inicialmente, su manera de hacer se ha extendido por toda la región ya que su bajísimo costo permite a mucha gente que no puede tener una casa convencional construirse una vivienda fresca y cómoda.

Su biografía es digna de una película (que, de hecho, ya se ha filmado pero todavía no he podido ver). Nacido en Inglaterra en 1917 en una estricta familia metodista, se graduó en arquitectura en 1938, fue objetor de conciencia y pasó la segunda guerra mundial en China como voluntario en hospitales de atención a leprosos como parte de la iniciativa «Friends Ambulance Unit» de los cuáqueros a los que se había acercado tras distanciarse de la iglesia de sus padres.

En 1943, tras cuatro años en China, le ordenaron regresar a Inglaterra pero por el camino, se detuvo en Bombay. Allí  se encontró con Mahatma Gandhi y el flechazo fue instantáneo. Gandhi se interesó por aquel modesto arquitecto inglés que en lugar de zapatos llevaba -a la manera china- unos trapos envolviendo sus pies, y Baker.a su vez, quedó profundamente impresionado por el pensamiento de Gandhi y, muy especialmente, por su idea de que la esencia de la India estaba en sus aldeas y de que los materiales de construcción deberían estar cómo muy lejos a 5  kilómetros de la obra.

Regresó a Inglaterra pero no podía olvidar la India y en cuanto surgió la oportunidad de unirse como misionero a la organización  «The Mision to Lepers» para el cuidado de leprosos que buscaba arquitectos e ingenieros para construir centros de acogida en aquel país, no lo dudó y partió hacia Faizabad (Uttar Pradesh) para ayudar en su labor humanitaria al Dr. Chandy y a su hermana Elizabeth -también doctora- de la que en seguida se enamoró perdidamente.

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Las décadas oscuras

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Lewis Mumford comparaba el período que siguió a la Guerra Civil estadounidense (1865-1895) con esos años tristes en los que no hay verano y, tras la primavera, el suelo aparece un día cubierto de hojas pardas; y dedicó «Las Décadas Oscuras» a reivindicar las raíces de la modernidad que se hunden en ese menospreciado lecho marrón.

Por este libro, publicado en 1931, desfilan escritores (Whitman, Thoreau, Dickinson), pintores (Homer), geógrafos (G.P. Marsh, precursor de  la ecología), jardineros (Olmsted); y pioneros de la arquitectura moderna como Richardson, Sullivan, Gill, Wright o la saga de los Roebling (protagonistas de la emocionante epopeya de la construcción del puente de Brooklyn). Todos ellos lucharon contra el espíritu de su tiempo y abrieron caminos por los que podría llegar un futuro mejor.

Al leerlo no pude evitar ver un cierto paralelismo entre dos épocas que idolatran el simulacro y producen arquitecturas inertes: aquella -entregada a copiar trasnochados motivos clásicos o medievales con medios industriales- y ésta –obsesionada por lograr que los edificios se parezcan a sus imágenes virtuales-.

¿Dónde andarán nuestros Roeblings  y Richardsons?

 

Nota:

las-decadas-oscurasEl libro se llama literalmente «Las Décadas Marrones» («The Brown Decades») pero he respetado en el texto el título de la traducción que he leído ( Ediciones Infinito, 1960)

Arquitectura para los pobres

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El gran arquitecto egipcio Hassan Fathy pensaba que la solución al problema global de la vivienda y, en especial, a cómo proporcionar cobijo a los campesinos más desfavorecidos, no pasaba por la industrialización o la pre-fabricación sino por la recuperación de las técnicas artesanales; y defendía su idea basándose en argumentos económicos, culturales, climáticos, estéticos y -sobre todo- en el irrenunciable respeto al ser humano como individuo cuya vivienda -por muy modesta que pueda ser- debe ser digna, personal y hecha a su escala.

Tras descubrir la arquitectura vernácula de su país, intentó por todos los medios proponerla como alternativa a los habituales programas de vivienda social masiva pero, pese a demostrar con una casa muestra la viabilidad económica y técnica de su propuesta, vio con horror como la destruían para encargar el proyecto a un arquitecto bien conectado que -por un coste global y unos honorarios mucho mayores- construyó un deprimente conjunto de unidades pobremente adaptadas al medio, pésimamente iluminadas y repetidas hasta el infinito.

Pero Fathy no se rendía fácilmente y continuó experimentando en propiedades de amigos receptivos, madurando su sistema de construcción integral con adobe y recuperando la técnica  -que ya sólo recordaban algunos ancianos nubios- de construir bóvedas de adobe de trazado parabólico que permitían evitar el uso de cimbras y podían ser levantadas por sólo dos obreros sin más utensilio que una azuela.

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Tras mucho batallar consiguió que en 1948 le encomendasen el reto de re-alojar a 7.000 personas que el gobierno egipcio deseaba desplazar de su ubicación encima de un yacimiento arqueológico de gran valor en Luxor para evitar que continuasen saqueándolo sistemáticamente. Para ello tuvo que luchar contra las reticencias al desplazamiento de los implicados, lamentar que no le dejasen consultar con las mujeres (que eran las que realmente sabían de casas),  estudiar detalladamente la organización de la aldea original-con sus patios privados y públicos y su dependencia de los clanes familiares- y la arquitectura del lugar (sus captadores de viento, sus camas anti-alacranes, sus puertas de maderas recicladas, sus celosías, sus patios).

Formó a sus albañiles y artesanos, les devolvió el orgullo del trabajo artesanal bien hecho y les hizo ver el sinsentido de imitar el trabajo de las máquinas y de esforzarse por crear copias de copias de copias (imitando las casas de los ricos del pueblo que se inspiraban en las casas de los ricos de El Cairo que a su vez plagiaban modas europeas).

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Para responder con seriedad al gran reto de crear una ciudad desde la nada, Fathy  tuvo además que estudiar y reinventar el suministro de agua, re-diseñar los lavaderos públicos, las escuelas y el teatro, la mezquita y el mercado, las cocinas y las estufas domésticas (basadas en la tropicalización de las tradicionales Kachelofen austriacas), intentó recuperar artesanías de la región (textiles, carpintería y cerámicas) para porporcionar a la gente modos de vida alternativos a la rapiña de tumbas y dedicó uno de los edificos públicos del complejo a la exhibición de sus productos; y hasta se disfrazó de diablo-parásito en una de las funciones teatrales del pueblo para concienciar a los vecinos de los peligrosos gusanos ocultos en las aguas del Nilo.

En su sencillez, «Arquitectura para los pobres» es un ensayo profundo e inspirador, un canto de amor al ser humano, a su individualidad y a la riqueza de unos modos de vida que Fathy veía empobrecerse y desapareceer a gran velocidad debido a un progreso mal entendido que abocaba a todos a intentar ser «americanos». Su vocación es la de cambiar las cosas y, de hecho, la mitad del libro está dedicado a los apéndices en los que detalla los costes de mano de obra y otros aspectos técnicos para facilitar su aplicación. Tal vez sea la visión de un romántico que se aferra a un pasado idealizado que ya nunca regresará pero todavía podemos aprender muchas cosas de su fallido intento por cambiar las cosas.

Ya en su época todos ponían en duda que fuese más económico construir con métodos tradicionales que a partir de productos industriales y él consiguió demostrar que no era así. Probablemente -y más si se descuentan los costes ambientales ocultos- la globalización haya reducido tanto el precio de los materiales industriales básicos que la construcción tradicional ya no puede competir con los productos que dan forma a la nueva arquitectura vernácula internacional.

Aún así, su trabajo nos puede ayudar a entender la increíble complejidad y sutilezas implícitas en el diseño de un núcleo urbano y la inconsciencia con la que se planifican enormes barrios de una tacada, así como la sabiduría escondida en la arquitectura popular que tantas veces desechamos a cambio de una mediocre uniformidad exacerbando esa dinámica de hacer copias de copias de copias que Fathy tan bien explicó.

Imagino que le horrorizaría ver cómo la pobreza global ha aumentado y cómo el proceso de degradación contra el que combatió toda su vida se ha acelerado, pero su legado -tanto su obra construida como el hermoso fracaso que relata este libro- nos muestra un camino digno de ser explorado para intentar hacer frente al desolador imperio de esa nueva «arquitectura sin arquitectos» a base de bloque de hormigón, plástico y chapa ondulada que se extiende desde los galpones de las aldeas gallegas hasta las inmensas barriadas de chabolas del extra-radio de las megalópolis subdesarrolladas.

Nota 1:

Actualmente, si la buscas en googlemaps la localidad no aparece como Gourna sino como «Model Villa» y tanto la mezquita como el teatro llevan ahora el nombre de su autor. Aparentemente aún se conserva una parte importante de esta obra ejemplar y hubo alguna iniciativa dirigida a protegerla que fue abandonada por la inestabilidad del país.

Nota 2:

Para una visión muy crítica de la obra de Fathy, recomiendo leer este artículo

Nota 3:

Aquí pueden descargar un interesante libro preparado por la Biblioteca de Alejandría en el que se recoge buena parte de su vida y obra.

Nota 4:

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El libro se publicó inicialmente en 1969 en una pequeña tirada en Egipto y pocos años después lo reeditó la Universidad de Chicago (1973) y se convirtió en un libro de culto. Mi roñoso ejemplar de «Arquitectura para los pobres» corresponde a la segunda edición (1982) de la editorial mexicana «Extemporáneos». Que yo sepa no se volvió a editar en español. Ojalá alguien se anime.

Leonard Cohen (1934-2016)

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Entre los poquísimos discos de música «no clásica» de la discoteca paterna estaba «Songs for Leonard Cohen» que escuché a fondo cuando era un (pre-)adolescente sensible, antes de sentir la llamada de lo salvaje y centrar mi atención en Lou Reed, los Clash y compañía.

Lo redescubrí con «I’m your man» que -pese a esos sintetizadores que los rockeros militantes siempre encontrábamos sospechosos- me emocionó; y luego le perdí la pista durante muchísimo tiempo hasta que una crítica de Christgau me dirigió hacia el doble «Live in London» que se ha convertido en mi disco favorito de Cohen . Ahí dejé de verlo como un hombre lúcido pero mustio cuya música era apropiada sólo para momentos tristes y melancólicos y descubrí a un artista que en plena vejez alcanzaba su plenitud -y forzado por una ruina inminente- descubría, por fin, la alegría del amor correspondido (aunque sólo fuese por su legión de fans).

Por alguna razón que se me escapa, no conseguí escucharlo nunca en directo (ni siquiera en esa misma interminable y triunfal  gira reflejada en el directo londinense que hasta lo llevó al auditorio de Ourense donde lo vio mi hermano) y, aunque hace pocas semanas fantaseaba con cuánto me gustaría verlo en el auditorio de la Ciudad de México, eso ya nunca podrá suceder. Ya sólo me quedan los discos.

Descanse en paz.

La esfera, el cubo, el cono….y el árbol.

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Siempre me entristece tropezar con «la obra» de uno de esos individuos cegados por el afán de deformar los árboles hasta que se ajusten a cubos, conos o esferas.

Desgraciadamente, el responsable de parques y jardines de la hermosa ciudad de Querétaro padece una cepa especialmente virulenta de esta aflicción geométrica conocida como «lujuria del bloque» y – a excepción de la frondosa alameda (donde José López Alavez compuso la inmortal «Canción Mixteca«)- no hay espacio público que haya sobrevivido a su sádico afán mutilador.

La última cena de Santa Rosa

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En la iglesia de Santa Rosa de Viterbo (Querétaro), Jesús y sus doce apóstoles -esculpidos a escala natural y vestidos con coloristas túnicas- se sientan en la penumbra de un banco corrido adosado a la fachada sur de la sacristía, formando una de las más sorprendentes representaciones de la última cena que haya visto.

No comparten mesa -como suelen hacer cuando se juntan (aunque, como en toda «Última Cena» que se precie, San Juan intente a toda costa apoyar su cabeza en el pecho de Jesús de ese modo artificioso que tanto incomodaba a Bernard Rudofsky).

Sin podio que los separe ni cambio de escala que los magnifique, estos trece hombres tristes y preocupados, que alguien talló en madera hace ya tres siglos, te miran como a un igual, con una intimidad emocionantemente moderna.