Categoría: arquitectura

De reyes a gusanos

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Las ciudades están formadas por capas y, a veces, el subsuelo de un páramo puede ser un auténtico hormiguero, como ocurre en los pasadizos que unen las líneas 8 y 12 del  metro en Atlalilco.

Las dos líneas distan más de un kilómetro y, durante semanas, pensé que representar en el plano de transporte su cruce era un ejercicio de pensamiento positivo porque nunca había visto antes un trasbordo tan largo (y porque la unión es a través de un discretísimo acceso al final del andén en el que no había reparado).

Durante esa etapa de feliz ignorancia, caminaba tranquilamente quinientos metros por la calzada de la Ermita de Iztapalapa y otros tantos por la avenida Tláhuac para hacer la conexión disfrutando del aroma a fritanga de los puestos de comida y de los tubos de escape de los «peseros» mientras pasaba ante desiertos aparcamientos, un motel-picadero y una curiosa tienda en la que vendían desde sofás hasta motocicletas. Pero un día, un compañero me comentó que me la estaba jugando y que «todo el mundo» iba de uno al otro punto por un túnel, que era mucho más seguro.

Al probarlo esa misma noche, no podía creerme lo que encontré. Debajo de las tranquilas aceras que normalmente recorría había, efectivamente, no uno sino dos interminables túneles alfombrados con cintas transportadoras: el primero para aquellos que se desplazaban en el sentido Tláhuac-Ermita y, aún más profundo, un segundo túnel para los que se movían en sentido contrario.

A los futuristas italianos les habría encantado pero yo no puedo evitar acordarme de aquel comentario que leí no se donde sobre la demolición de la preciosa Penn Station de Nueva York y su sustitución por un gigantesco «intercambiador modal» subterráneo: «Antes llegabas a la ciudad como un rey, ahora como un gusano«.

Contra «El ruedo»/»La cárcel»

 

El ruedo

La última entrada del siempre interesante blog de José Ramón Hernández Correa, defiende que el conjunto de viviendas proyectado por Sáenz de Oiza al borde de la M-30 madrileña y conocido como «El Ruedo» (por los arquitectos) y como «La cárcel» (por el ciudadano de a pie) es a la vez «una obra maestra llena de aciertos arquitectónicos» y «una bazofia, un muy mal lugar para vivir«. ¿Es eso posible?

A mi modo de ver, su única virtud es que parte de una idea fuerte -cerrarse a un exterior hostil e intentar crear un remanso interior- que, por desgracia,  no se enriquece o matiza al pasar del croquis en una servilleta al mamotreto kilométrico enroscado en si mismo  que finalmente se construyó. El edificio es un esquema.

Como la fachada exterior debe cerrarse al entorno, se formaliza como una muralla de minúsculas ventanas todas iguales -inspiradas en el nefasto osario del cementerio de Aldo Rosssi en Módena– que, efectivamente, evoca un presidio; obviando que ese exterior no siempre es una autopista (sólo uno de los cuatro lados de la parcela da a la M-30) o que en lugar de una muralla micro-perforada, podía haber pensado en fachadas con espesor, filtros u otros elementos que realmente atenuasen el insoportable ruido del tráfico.

En el interior ni siquiera lleva a sus últimas consecuencias la idea de partida -planteando un parque o espacio de convivencia- sino que nos encontramos con un espacio inhóspito y lleno de coches que no veo porque no podrían aparcar debajo de los edificios; y en lugar de plantear una fachada abierta y porosa con generosas terrazas que puedan acoger plantas y vida al aire libre, nos encontramos con otra muralla que, para contrastar con la rossiana imagen exterior, se pinta de colorines- inspirándose esta vez en los peores proyectos de los posmodernos norteamericanos.

Jane Jacobs demostró que cuando las manzanas superan un determinado tamaño provocan inmediatamente problemas a su alrededor al interrumpir la permeabilidad entre zonas que provoca que la gente pase por los lugares de camino a otros, dándoles vida y evitando que se vuelvan siniestros y peligrosos. Este edificio ignora ese principio básico y tiene un gravísimo problema de escala ya que únicamente está pensado como hito urbano: un mojón que se identifica al pasar a toda velocidad por el anillo de circunvalación. Un icono, un esquema monumentalizado que ignora la orientación, las diferencias de carácter de las calles que lo rodean y, lo que es más grave, las necesidades más básicas de sus habitantes.

Es esa imagen fuerte y esa «radicalidad» lo que algunos arquitectos admiran pero me repugna pensar que una colmena inhabitable pueda ser sinceramente considerada una obra maestra de la arquitectura residencial.

Contra los poetas (y los arquitectos)

 

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El transporte público me llevó a los libros ultra-portátiles, esa categoría extrema del libro de bolsillo, y a descubrir la fascinante colección «Versus», dedicada a recuperar incendiarios panfletos contra todo tipo de cosas (los no fumadores, el trabajo, el copyright…). «Contra México lindo» y «Contra la originalidad» me gustaron. «Contra los poetas» son palabras mayores.

El librito, de apenas 60 páginas, contiene 2 versiones del ataque de Witold Gombrowicz contra los poetas (la original que presentó en 1947 en el café «Fray Mocho» de Buenos Aires  y la que re-escribió años después para sus «Obras Completas») y un brevísimo texto sobre «El escritor y el dinero» que dictó pocos días antes de morir.

No sólo me ha dado varias claves para explicar mi -hasta ahora- inconfesada aversión por la poesía , sino que, al leerlo, no podía dejar de sustituir mentalmente «los poetas» por «los arquitectos» y de asombrarme por cómo la argumentación mantenía su fuerza y coherencia y retrataba con crudeza algunos de los rasgos más lamentables del sector «artístico» de la profesión.

El contraflujo

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De camino a una entrevista de trabajo en la periferia le comenté al taxista que, de tener éxito, preferiría moverme en metro para no fundirme el sueldo en las gravosas carreras propias de su gremio, pero que me aterraban las asfixiantes aglomeraciones de la hora “pico”. Me tranquilizó con un concepto que entonces me sonó sorprendentemente científico pero que ahora sé que forma parte del vocabulario común chilango:

– No se preocupe. Al ir “contraflujo” no hay «pedo».

Resulta que la gente se desplaza de la periferia al centro a trabajar por la mañana y regresa a sus casas a dormir por la tarde  insuflando a la ciudad un caudalosísimo movimiento de sístole y diástole. Y aunque en tantas ocasiones convenga dejarse llevar por la ola –como cuando los ciclistas chupan rueda o se agrupan en pelotón-, en una ciudad de este calibre nadar contracorriente puede mejorar sustancialmente tu calidad de vida: excepto en el tramo en que coincido con el movimiento centrífugo hacia la UNAM de los estudiantes más madrugadores, suelo viajar cómodamente sentado.

La campana

Camion basura

Desde que nos mudamos hace cosa de un mes, vivimos pendientes de una campana. Acostumbrados a que los porteros hiciesen desaparecer la basura que dejábamos debajo del último rellano de la escalera de nuestro anterior domicilio, la ausencia de papeleras y contenedores en la ciudad -que siempre nos había inquietado- se ha convertido en uno de nuestros principales quebraderos de cabeza.

Aquí no hay servicio municipal de recogida de basuras como tal sino un incomprensible sistema de colaboración público-privada. El lucrativo negocio de la gestión de residuos parece estar en manos de una inmensa flota de camiones particulares en los que viajan un conductor y dos o tres personas colgadas del lateral o recostadas sobre la carga. Siguiendo un calendario y un mapa al que sólo los iniciados tienen acceso, paran en alguna esquina y uno de ellos salta y empieza a agitar furiosamente una campana para alertar al vecindario de su presencia.

Como surgidos de la nada aparecen desde todas las direcciones decenas de individuos jadeantes con sus enormes bolsas a cuestas y ,si tienes la fortuna de oír su repicar y llegas a tiempo, puedes presenciar cómo a los pies del camión, los «pre-pepenadores» y los «macheteros» abren las bolsas y proceden a clasificar «in-situ» los residuos -metal, cartón, vidrio, varios…- dejando sobre la calzada uno de esos ubicuos charcos de nauseabundo líquido verde cuyo origen no había logrado determinar hasta ahora.

Tras días sin oír su llamada y con las bolsas acumulándose en equilibrio precario junto a la nevera, empiezo a plantearme comprobar la leyenda urbana sobre ese gran árbol de la avenida Veracruz  de cuyos pies desaparece mágicamente cualquier cosa que allí se abandone.

Nota:

No puedo resistirme a añadir una ilustración musical cortesía del fabuloso Milton Brown:

 

¿Y si sustituimos La Moda por Dios?

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En su recomendable libro «Menos es suficiente«, Pier Vittorio Aureli carga contra el falso ascetismo de John Pawson (y Peter Zumthor y Steve Jobs) apoyándose en una entrevista con uno de los monjes que le encargaron a Pawson el diseño del monasterio de Novy Dvur en la República Checa tras extasiarse con su tienda de Calvin Klein en Nueva York:

 En 1999 me fascinó el anuncio de que el arquitecto minimalista John Pawson había diseñado un monasterio cisterciense

– ¿Le fascinó la vida monástica o la arquitectura minimalista?

Es que son la pareja perfecta. El arquitecto sirve a un propósito elevado y, a cambio, el estilo de vida sencillo de sus clientes valida la arquitectura

– ¿No es siempre así? ¿No cree que sucede lo mismo cuando un arquitecto diseña una casa lujosa para un famoso?

Me impresiona que, siendo monjes, tuviesen ustedes la idea de elegir a John Pawson

– Uno de nosotros entró por azar en la tienda de Calvin Klein en Nueva York -que había diseñado John-. Era tan pura que nada distraía la atención del producto, era el consumo llevado a un nivel religioso. ¿No saldría un monasterio maravilloso si sustituyésemos la Moda por Dios?

 Aureli cita como fuente el blog «The Unknown Hipster» y al visitarlo para leer la entrevista completa, veo una nota al final -que al autor parece habérsele escapado u omite mencionar- indicando que la entrevista es «unreal«.

Sea ficticia o sencillamente increíble (dos posibles acepciones de «unreal«) la conversación resulta impagable como caricatura del supuesto ascetismo de los minimalistas y de la curiosa relación entre moda y trascendencia, entre el comercio y la religión.

Nota:

aureliEl ensayo de Aureli reflexiona entorno al ascetismo y la vida en comunidad, desde sus orígenes monásticos hasta el auge actual de las micro-viviendas con servicios comunes compartidos (provocado por la precariedad inherente a esta era del capitalismo en lugar de buscado por el habitante, como el autor desearía) . Además de desenmascarar el discutible ascetismo del «minimalismo», Aureli revisa interesantes precedentes de Serlio y Hannes Meyer, la obra del artista Absalon y algunas reflexiones proféticas del nómada Walter Benjamin componiendo un texto interesante al que, en mi opinión, le falta la garra de un auténtico panfleto provocador y más bien parece el esbozo de una obra  mayor que espero algún día llegue a escribir.

Huerto vertical

huerto urbano
Huerto vertical en la colonia Juárez, Ciudad de México.

Durante un paseo encontramos esta simpática alternativa a aquellos artificiosos «jardines verticales» que –desde que Herzog y De Meuron los popularizaron como decoración de la medianera de la plaza de acceso al Caixa Fórum de Madrid–  se han convertido en un cliché de la arquitectura contemporánea que ha transformado medianeras de todo el planeta en carísimas vallas publicitarias que gritan «¡SOY SOSTENIBLE!».

La autobiografía de O’Gorman

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Un O’Gorman sexagenario resume su vida y obra con una gran franqueza -en varias largas charlas con Antonio Luna que se han editado para convertirlas en su  «Autobiografía»- y, al hacerlo, resume buena parte de ese siglo XX mexicano que vivió en primera línea: su infancia en Guanajuato donde su padre (al que retrata con gran crudeza) dirigía una mina, la Revolución que pasaron en San Ángel viendo muertos a diario y comiendo perros, gatos, tupinambos y chayotes; las mujeres mexicanas que representan lo que ama del pais (su abuela, su nana, la criada yaqui, la profesora de primaria, y Frida) sus amoríos en una ciudad que «acababa en el caballito» y desde la que siempre se veían los dos volcanes que ahora oculta el smog, su difícil relación con su célebre hermano Edmundo, su temprano triunfo como pionero de la arquitectura moderna, sus desengaños profesionales (como profesor y como arquitecto reacio a venderse al imperio del dinero), su estrecha relación con Kahlo (a la que adoraba y conoció desde la infancia) y Rivera (al que consideraba un genio pero también un oportunista desvergonzado), interesantes reflexiones sobre el arte abstracto vs. el figurativo y sobre la separación entre los artistas y la gente, la muerte de sus padres (¡su madre falleció «en perfecto estado de salud» debido a la angustia de que su marido no se hubiese confesado antes de morir un mes antes!), su homenaje constante a los que le ayudaron en sus obras (albañiles, estudiantes), chismorreos sobre el intrigante Siqueiros y el rencoroso Tamayo, estancias en Estados Unidos en las que durante meses pasó todos los fines de semana en la Casa de la Cascada, su antipatía por el alcohólico Alvar Aalto (¡y por su arquitectura!), su adoración por Wright y Gaudí, su decepción con Velázquez y con Roma («una ciudad fea pintada de un café sucio desagradable«); su invención del mosaico de piedras de colores (que inició en la casa que proyectó para el músico Conlon Nancarrow), las circunstancias que rodearon algunos de sus murales más significativos (el del aeropuerto, los de Chapultepec, el de la biblioteca de la UNAM), su depresión tratada por un médico-charlatán que lo tuvo en ayuno durante 39 días (según él con éxito, aunque su suicidio una década más tarde lo desmienta), su larga relación con el maravilloso pintor surrealista/popular Antonio «El Corcito» Ruiz , su temprano desengaño con los comunistas, la destrucción de su casa-cueva en San Jerónimo -su obra más querida-, su desprecio por cualquier crítica de arte que no sea a su vez obra de arte, su encontronazo con André Malraux que despreció sus  murales calificándolos de «affiches» («Era como servirle enchiladas a un señor acostumbrado a comer su pato podrido en el restaurante Maxim´s de Paris«) y mil historias y anécdotas más de una vida apasionante que interesará a cualquier aficionado a las memorias bien escritas, a las artes o a la historia mexicana contemporánea. Lo leí de una sentada.

  • Nota: Parece ser que se publicó por primera vez en 1973, pero la edición que encontré en una librería de segunda mano es de 2007 (DGE Ediciones, colección «Equilibrista») e incluye un excelente perfil biográfico de Víctor Jiménez.autobiografía
  • Nota 2: Para los vagos que prefieran la versión corta de su autobiografía, O´Gorman escribió la siguiente «calavera«:

Juan O’Gorman arquitecto,

un artista muy sutil,

con voluntad de albañil,

fue pintor de fino esmero 

y poeta tilichero.

No hizo casas de cajón

para acumular dinero.

Por andar de ´namorado

dándoselas de glotón

se volvió vegetariano

y esquelético marciano.

Al infierno fue directo,

hoy reposa en el panteón

con hambre de tiburón.

El patio de mi casa

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Por fin he tenido ocasión de ver en la cineteca de la Ciudad de México el documental «El patio de mi casa» que mencionaba en el post de hace unas semanas dedicado al arquitecto Óscar Hagerman. La película es un conmovedor homenaje de Carlos Hagerman a sus dos padres -Óscar y Doris- en el momento en que afrontan la vejez -y la cercanía de la muerte-; que relata el amor de una pareja que lo ha compartido todo (sus proyectos arquitectónicos estaban ligados a las actividades en favor de la educación de los más desfavorecidos a los que ella dedicó todas sus energías).

Además de filmar las obras de Óscar -y muy especialmente esa casa patio familiar de Valle del Bravo invadida por la maleza que resume su actitud vital y proyectual- , y de acercarse al emocionante magisterio de Doris Ruiz Galindo en las comunidades indígenas más pobres del sur del país y al del propio Hagerman en sus clases de diseño de mobiliario, el documental es un viaje a sus pasados que nos descubre los orígenes acomodados de ambos -con sus veleros, sus vacaciones europeas y sus películas de super-8, con breves escalas en la casa coruñesa de la familia materna de Hagerman, los veranos de su infancia de Suecia- y con una breve pero significativa visita a ese ayuntamiento proyectado por Alvar Aalto en Säynätsalo que Hagerman reconoce como su mayor influencia y el patrón que -por la naturalidad con la que crea lugares en los que «se está bien»- le muestra las limitaciones de sus propias obras.

Creo que es un acierto que el director no cuente la obra y milagros de este arquitecto descalzo  -e ignore trabajos que me llamaron la atención en la monografía de Arquine y de los que me gustaría saber más- y se centre en una pareja que construyó un inspirador proyecto común ya que así, en lugar de orientarse a un minúsculo nicho académico, consigue mostrar un conmovedor ejemplo de unas vidas gobernadas por el amor (de pareja, paterno-filial, al prójimo, al trabajo, a las cosas sencillas) que tiene un alcance universal. (más…)

Del cavernícola al crítico

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En «Mis páginas mejores» la excelente recopilación de sus columnas favoritas que el propio Julio Camba seleccionó en 1956 y que recientemente recuperó la genial editorial «Pepitas de Calabaza«, encontramos reivindicaciones de la sardina, agudas observaciones sobre las particularidades de los diferentes pueblos europeos (y también sobre esos yankis a los que se niega a llamar norte-americanos o estadounidenses), ataques a la República o reflexiones sobre los problemas de los españoles con el ácido úrico (y su influencia sobre nuestra lamentable productividad).

Curiosamente, únicamente recuerdo una página y media dedicada a temas artísticos pero esos cinco párrafos le bastan a este maestro de la concisión para explicar el largo viaje de la pintura rupestre a la crítica y, de paso, al reflexionar sobre la perfección de las pinturas paleolíticas, adelantarse más de 60 años al descubrimiento del «efecto turifel«, que Camba no asocia únicamente a nuestra percepción de los monumentos sino al de toda la realidad: (más…)

El misterio de la calle Unión

Calle Unión

 

Habíamos quedado para ver un «depa» en la calle Unión nº 72. Tras atravesar Benjamin Franklin y girar por la Cerrada de Otoño, nos encontramos con la esquina del nº 68 y cruzamos hacia el sur esperando encontrar el nº 70 y, a continuación, el nº 72. Empezamos a intuir que algo iba mal cuando los siguientes números resultaron ser el 1 y el 88, pero lo atribuimos a una broma de algún vecino y continuamos caminando decididos. Al ver que se alternaban números pares e impares, y que entre el 43 y el 45 estaba el 136, volvimos sobre nuestros pasos hasta la Cerrada Otoño y preguntamos a un vecino que nos indicó que debíamos cruzar la calle Martí y seguir unos metros más hasta llegar a un tramo con varios edificios nuevos de departamentos.

Con paso firme  -detestamos llegar tarde- cruzamos Martí, ignorando el alucinante baile de números que veíamos pasar de reojo hasta llegar al nº 71. Ahí decidimos preguntar de nuevo en un «abarrotes» (ultramarinos) donde el amable dependiente nos pidió que esperásemos un segundo mientras entraba en su trastienda de la que salió triunfalmente con una serie de hojas de libreta empalmadas con celo que resultó ser ¡un levantamiento completo de la demencial numeración de la calle Unión! que se había decidido a dibujar tras hartarse de intentar dar direcciones a tantos y tantos transeúntes perdidos. Creo que la imagen habla por sí sola. (más…)

El tarro con rosca (y la exaltación de la rebaba)

Tarro con rosca

Desde hace unos años, probablemente como reacción a los excesos anteriores, proliferan los proyectos en los que se cambia la estética de control característica de los años de bonanza por la exaltación de la rebaba:  ese buscado desaliño y pobreza de tantas fachadas y estructuras- en las que los ladrillos, la termo-arcilla, las bovedillas, las viguetas o el bloque de hormigón no se revisten-; y de tantos interiores dominados por la madera de pino sin barnizar y el pavimento hidráulico.

En lugar de cuidar al máximo el aparejo de las fábricas de ladrillo o bloque y los encofrados para mostrarlos con orgullo -como tradicionalmente se ha hecho- se busca intencionadamente lo rugoso y lo crudo, que como mucho se vela con una manita de pintura blanca.

Asocio esta estética a aquellos lofts neoyorquinos de paredes desvencijadas y suelos de resina y a esos cafés berlineses que afrontan las reformas con la mínima inversión posible y que reutilizan los muebles disparejos que encuentran consiguiendo esa atmósfera a la vez austera y relajada que parecen buscar estos proyectos.

Pero, una vez más, lo alternativo devino tendencia, los lofts acabaron convertidos en codiciados activos inmobiliarios y ahora hay que aguantar que en bares caros y totalmente reformados intenten evocar la atmósfera casual de aquellos desaliñados pero encantadores cafés sirviendo la cerveza en tarros con rosca fabricados ex-profeso que me parecen la perfecta metáfora de esta estética impostada en la que la austeridad y la aceptación de lo inacabado y lo imperfecto se sustituyen por su simulacro.

El Paraíso de Dante

 

El paseo de ayer arrancó en la colonia Nochebuena- al norte del Parque Hundido- y, tras pasar por la plaza de toros y el estadio del Cruz Azul donde hordas de granaderos (antidisturbios) armados hasta los dientes indicaban que el partido estaba a punto de acabar, fuimos subiendo hasta que una inexplicable atracción nos llevó de nuevo ante la puerta de entrada al edificio Martí desde la calle Sindicalismo de la que hablé el pasado viernes.

20160507_193535.jpgEsta vez hubo suerte. Una encantadora familia catalano-mexicana que esperaba en la puerta y que había ido para ver a un amigo, sus hijas y su legendario huerto urbano, aceptó amablemente incorporarnos a su grupo.

Dante resultó el cicerone perfecto para guiarnos por esta gran corrala Art Decó, subiendo y bajando escaleras curvas o entubadas, y llevándonos a través de las grandes pasarelas de acceso que, frente a su departamento, se convertían en un vergel de brotes de toda clase de plantas comestibles que colonizaban la jardinera-antepecho, y los alrededores de su puerta con ingeniosas estructuras que le permitían apilar los cultivos y optimizar el escaso espacio disponible.
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El cofre de la Sra. McCoy

Retrato McCoy

Como orgulloso propietario del catálogo «Blueprints for Modern Living: History and Legacy of the Case Study House» y, sobre todo, de  «The Second Generation» (donde descubrí a Gregory Ain) admiro el trabajo de Esther McCoy y me ha encantado enterarme de que  su  maravilloso archivo está a disposición de quien quiera consultarlo.

Tras trabajar en el estudio del genial heterodoxo R.M. Schindler , Esther McCoy se convirtió en la gran difusora de la arquitectura moderna en Estados Unidos y tuvo la suerte de tratar con gran parte de los mejores arquitectos de su época cuando investigaba para sus artículos, libros y exposiciones.

En este auténtico cofre del tesoro podemos encontrar -además de los borradores de sus escritos y conferencias- (más…)